La Valija de Amanda AÑO 1991 #3
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AÑO 1991 #3

Nos fuimos a la cama, pero yo no lograba conciliar el sueño. Todo lo que Amanda me había contado —la maleta, el cuerpecito, la enfermera y ese bendito Jefe— daba vueltas y vueltas en mi cabeza. No sabía qué hacer, pero tenía que calmarme y organizar mis ideas.

Tenía que volver a ver a Amanda. Tenía demasiadas preguntas.

Por otro lado, el terror de haberme metido en una situación tan oscura me gritaba que jamás debí bajarme del autobús a medio camino.

Pero algo dentro de mí, por alguna razón que hasta ese momento desconocía, me instaba a continuar.

Era como un: «Noah, solo sigue adelante, que yo voy a estar contigo».

Sí, una pequeña voz que, sin emitir sonido alguno, grababa esa certeza en mi mente.

Pero también había otra cosa que resultaba muy difícil de controlar: Amanda había sido muy amable conmigo, demasiado amable.

Ese abrazo que me dio en la puerta todavía lo tenía impregnado.

Lo sentí real. Semejante belleza se había acercado a mí de una manera muy íntima.

Yo amaba —y amo— a mi esposa, y no quería tropezar en el engaño marital.

Habíamos construido una relación muy valiosa y superado muchos problemas de pareja.

No podía botar todo eso a la basura por más belleza o perfección que se me cruzara en el camino. Tenía que estar alerta.

Sin darme cuenta, sonó la alarma. Era viernes, mi último día de trabajo, al menos por esa semana. No había dormido casi nada. Mi esposa siguió descansando, ya que no tenía clases por la mañana. Tomé una ducha, preparé un poco de café y salí directo a la oficina.

Ya en mi escritorio, la cabeza me daba vueltas, producto del insomnio y de todos los pensamientos que no me dejaban en paz.

«Tengo que continuar con esto», me dije a mí mismo.

Saqué mi libreta de notas y escribí las palabras clave de mi reunión con Amanda: Enfermera, cuerpo pequeño, maleta, trabajo, Manchester... y, entre otras más, El Jefe.

Tenía que organizar mi próximo encuentro con ella, pero ¿cuándo? Prácticamente ya estaba invitado; ese susurro había sido su carta de invitación.

Ese día me sentí sumamente improductivo en el trabajo. Si mi esposa me hubiera visto ahí sentado, se habría decepcionado, pues siempre decía que yo era un adicto al trabajo. Estaba agotado.

Pasaron algunas semanas desde mi último encuentro con Amanda. Trataba de ordenar mis ideas. Además, había tenido una semana de exámenes en la universidad y quería que mi esposa me viera más a menudo por las noches.

Un miércoles por la mañana, un día como cualquier otro en la oficina, de repente entró una llamada de un número desconocido. Un frío intenso me recorrió el estómago. Por alguna razón, supe que era ella. Caminé rápidamente hacia una de las salas privadas y contesté.

—¿Aló?

—Hola, Noah... ¿cómo has estado? Ya han pasado varias semanas desde el último día que conversamos. Pensé que ibas a venir más pronto.

—Pero... bueno, todo bien por aquí, sin novedad. Estuve ocupado con la universidad y en casa... pero, ¿cómo sabes mi número telefónico?

Solo escuché su respiración al otro lado de la línea, hasta que, simplemente, colgó.

Era demasiado. ¿Acaso me estaban vigilando las veinticuatro horas del día? Miré las cámaras de seguridad de la oficina y, por un instante, llegué a pensar que ella me observaba a través de ellas.

Salí de inmediato. Me faltaba todavía una hora para terminar la jornada laboral, pero me importó poco. Tomé un taxi directo a la casa L1017.

Cuando llegué, la puerta principal ya estaba abierta. Entré y la cerré a mis espaldas. Crucé el jardín con las mismas flores, y entré a la sala.

—Siéntate, por favor, ponte cómodo —dijo ella desde una de las habitaciones del segundo piso.

Sabía que era yo... pero, ¿cómo sabía que iría exactamente ese día?

¿Acaso estaba frente a una bruja? Comencé a mirar rápidamente a mi alrededor, buscando una bola de cristal o algo parecido.

De pronto, bajó por las escaleras. Dios santo, era increíble...

tanta hermosura no podía ser cierta. Jamás había visto una combinación tan perfecta como la de esa blusa con aquel pantalón, que resaltaba aún más su figura.

Llevaba el cabello aún mojado. Literalmente, me dejó boquiabierto.

—Noah... aquí —dijo, chasqueando los dedos para sacarme de mi trance.

Era obvio que estaba acostumbrada a tener a los hombres con la boca abierta de par en par.

—¿El mismo vino? —preguntó.

Yo no dije nada; aún estaba procesando lo que acababa de presenciar.

—Bueno, esa falta de respuesta quiere decir que sí.

Caminó hacia el mismo bar y sirvió dos copas. Y efectivamente, era el mismo Merlot. Amaba el Merlot.

Mientras servía el vino, no podía evitar observar cada detalle de aquel lugar.

Los muebles eran de una elegancia sobria, europea.

La fotografía con el presidente que me había paralizado la primera vez seguía allí, dominando el centro de la pared, pero ahora mis ojos se posaban en el resto de la decoración.

Colgaban cuadros que parecían originales; reconocí un estilo que me recordaba a los impresionistas franceses, aunque no habría sabido identificar al artista.

Había una estantería entera de libros, muchos de ellos en inglés y algunos en un idioma que no pude descifrar.

Todo en ese espacio hablaba de una mujer culta, viajada y acostumbrada a un nivel de vida que yo jamás había conocido de cerca.

Lo que más me inquietaba era la naturalidad con la que Amanda se movía a mi alrededor. No había tensión en su cuerpo, ni nerviosismo en sus gestos. Para ella, mi presencia en su casa era algo completamente normal, como si me hubiera estado esperando durante mucho tiempo. Y quizás así era.

Me senté en el sofá frente a ella. La distancia entre nosotros era prudente, pero sentía que cada centímetro de aire que nos separaba estaba cargado de una energía eléctrica.

Tomé un largo sorbo de Merlot y me obligué a recordar por qué estaba ahí: necesitaba respuestas, no más preguntas.

Sin embargo, estar tan cerca de Amanda hacía que las preguntas se multiplicaran y las respuestas parecieran cada vez más inalcanzables.

—Y dime... aparte de la universidad... ¿tienes algunas otras responsabilidades? —preguntó ella.

Tratando de poner mis ideas en orden, contesté:

—Bueno... en casa siempre hay cosas que hacer. —No bajé la mirada; traté de mantenerme firme ante su imponente belleza y continué—: Sabes, no estoy acostumbrado a recibir llamadas de números desconocidos... ¿Cómo sabías cuál era mi número?

—Noah, primero que nada, no somos desconocidos. Ya me había presentado antes; además, te conté parte de mi historia.

La corté rápidamente:

—Amanda —dije, dándole a entender que, ciertamente, ya no era una desconocida para mí—, no has contestado mi pregunta: ¿cómo sabías mi número?

Ella bebió un poco de vino, se acomodó suavemente en el sofá y prosiguió:

—Cuando empecé en este trabajo, sabía en lo que me metía.

Mi madre ya me lo había hecho saber desde muy joven; no era algo que pudiera evadir.

Para hacer el trabajo a la perfección, necesito información.

Sé muchísimas cosas. El Jefe tiene informantes por todas partes; sin exagerar, en todo el mundo.

El Jefe es dueño de fuerzas militares, policiales, empresas, de gobiernos y hasta de reinos.

Y no soy la única que trabaja para él. Si bien es cierto que soy una pieza clave en la organización, hay muchos más que tienen una «maleta» por ahí.

En ese momento comprendí que mi idea de acudir a la policía habría sido completamente en vano.

Mi pie y mi rodilla derecha comenzaron a moverse de un lado a otro, producto de los nervios. Ella lo notó rápidamente.

—Pero, como te mencioné antes, no tienes de qué preocuparte —continuó—. Eres parte de los Invulnerables. Aunque eso no significa que el Jefe no quiera mantener todo así como está... en el absoluto anonimato.

—Entonces... la maleta y ese bebé... ¿para qué o para quién eran? ¿De qué se trata todo esto?

El siguiente relato aún lo tengo grabado en la memoria, como si ya formara parte de mí:

—Mira, todos estos grupos de personas, a los que algunos medios y teóricos de la conspiración llaman la «Élite», son quienes literalmente le entregaron sus almas al Jefe.

Hay todo un proceso en esto, un proceso que de verdad no vale la pena que escuches.

Tampoco me agrada la idea de relatarlo, sabiendo que ya tienes demasiado con lo de la maleta y lo que contenía...

Bueno, estas, digamos, «personas», necesitan cada cierto tiempo de sangre fresca.

Y esta es una de las pocas cosas que hace feliz al Jefe; es un recordatorio de esa conexión que hay entre ellos y él.

Mientras yo me bebía el último sorbo de vino y trataba de asimilar todo lo que venía escuchando, ella prosiguió:

—Esto no es de ahora, tiene siglos. Los seres humanos con ansias de poder, fama y de una estúpida «gloria» son capaces de hacer cualquier cosa, porque todas estas banalidades en la vida tienen un precio...

que es muy, pero muy alto: el alma misma.

Después de la muerte, ya no hay marcha atrás.

Es sencillo: llega tu día, a veces con ayuda del Jefe, y listo, a pagar la cuota.

Lo que viene después es... cómo decirlo...

ningún libro ha podido describir ese lugar de destino para estos que cambiaron su esencia por algunos años de «poder».

Salvo el Libro Sagrado, ese compendio inspirado por el Creador; ahí existen ciertas pistas claras de cómo es este lugar.

El infernum fue creado para el Jefe y todo su séquito, y él lo sabe perfectamente.

Es por eso que trata de llevarse consigo a la mayor cantidad posible... y el Jefe sabe que tú sabes todo eso.