La Valija de Amanda AÑO 1991 #2
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AÑO 1991 #2

Yo simplemente estaba con la boca abierta, completamente sonrojado. El vino no había ayudado mucho a disimularlo, pero, sobre todo, me había liquidado al mencionar mi «apreciación masculina».

Amanda. Hasta el nombre era increíblemente hermoso.

Pero era injusto: aparte de todas las interrogantes que ya tenía en la cabeza, ahora cargaba con todo su perfil en mi mente.

Una nueva carga. No me extrañaba en lo absoluto lo de las pedidas de mano; ahora cobraba todo el sentido del mundo aquella foto que había visto con el presidente.

Pero no entendía eso de estar "casada con su trabajo". Dinero no le faltaba, saltaba a la vista que siempre había sido muy rica. No trabajaba por un sueldo. Entendí que era el peso de su legado familiar.

Pero, finalmente, ¿a qué se dedicaba? ¿Qué era eso que hacía, que la había llevado a rechazar a tantos hombres y tantas propuestas formales de matrimonio? Esa maleta roja tenía que ser parte de su trabajo... Y, a todo esto, ¿quién diablos era «el Jefe»?

—Sabes, todo lo que me has contado sobre ti...

sinceramente, me causa mucho respeto y admiración —comencé, midiendo mis palabras—.

Eres una mujer que tiene códigos y principios; hoy en día eso es muy, pero muy escaso.

Cualquier otra mujer en tu lugar, y con esos atributos, hubiese aceptado la primera propuesta de uno de esos magnates.

Pero bueno, como tú dices: el trabajo es tu compañero de vida y respetas el legado de tu familia.

Todo eso lo dije para hacerla sentir bien, para mostrarle mi empatía y lograr que, en la siguiente ronda de preguntas, se sintiera mucho más cómoda y no se guardara nada.

—Como dije antes, eres demasiado audaz —respondió ella—. Tu objetivo es claro y, para alcanzar tu meta, usas todas tus herramientas.

La corté de golpe:

—No, lo digo sin ánimo de aprovecharme de la situación. Tus cualidades son notables y admirables... Además, no dijiste que yo era audaz. Dijiste que era inteligente y perspicaz.

Ella soltó una carcajada tan espontánea que casi se le cae la copa de la mano. Me sentí a gusto porque había hecho reír a una reina.

—Bueno, bueno... ¿no vas a preguntarme nada o te quieres acabar la botella de vino primero?

Yo ya no podía seguir con el vino. Habían pasado horas desde mi última comida; si me tomaba una segunda copa, sencillamente me iba a marear.

—Amanda, estoy impactado por tu personalidad, por todo lo que proyectas, y te agradezco haberme contado un resumen de tu vida.

Pero... ambos sabemos por qué estoy aquí.

Te vi con esa maleta, y lo que llevabas ahí no era precisamente equipaje o artículos de turista.

Entonces, ¿qué era lo que traías dentro de esa valija?

Ella simplemente alzó su copa y la terminó de un solo sorbo. Con cierta tranquilidad, recostó la espalda en el mueble y me miró fijamente.

—Ese día todo salió mal. La enfermera que tenía que entregarme el «cuerpo» era nueva, una recién iniciada.

Se puso nerviosa. Sabía lo que tenía que hacer, pero se percató de que un guardia de seguridad la estaba siguiendo.

Yo la esperaba en el auto, pero nunca llegó.

No tuve más remedio que salir a recibirlo a la puerta auxiliar del hospital.

Ella lloraba porque sabía lo que se le venía encima; casi temblando, me lo entregó.

Lo metí en la maleta lo más rápido que pude y me alejé caminando lentamente para no llamar la atención.

El hospital no quedaba tan lejos de casa, pero eso no era lo planeado.

Hizo una breve pausa antes de continuar:

—Sabía que este momento iba a llegar algún día. El Jefe nos había advertido y nos preparaba para esto... y toda esa preparación te incluía a ti. Claro, los errores se pagan. El Jefe no perdona a nadie; la enfermera, simplemente, desapareció.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? —exclamé, sintiendo que me faltaba el aire—. Me estás confesando un tipo de tráfico de cuerpos humanos... un crimen. Pero... aparte de todo eso, ¿ese al que llamas Jefe me conoce?

—Claro que sí. Es decir, él sabía que este día iba a llegar.

Además, tú estabas en la lista de personas probables que iban a coincidir con ese atípico momento.

Todo estaba planeado por el Creador. En esa lista de los Invulnerables estaba tu nombre.

Y este momento llegó, un punto donde, al parecer, no se puede hacer nada, aunque el Jefe hará todo lo posible para que esto se revierta.

De pronto, el timbre de mi teléfono rompió la tensión de la sala.

Miré la pantalla: era mi esposa. Me fijé rápidamente en la hora y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Eran casi las once de la noche. ¡Dios mío, tenía que salir de ahí ya! Mi esposa sabía que yo siempre llegaba a casa a las nueve y media, o máximo a las diez.

Contesté rápidamente y, sintiendo la mirada de Amanda sobre mí, solo atiné a decir:

—Amor... ya estoy llegando.

—Disculpa, pero me tengo que retirar.

Sin decir más, caminé rápidamente hacia la salida. Aceleré el paso por el jardín hasta llegar a la puerta principal, pero, justo en el momento de abrirla, ella me tomó de la mano. Me volteó hacia ella sin el más mínimo esfuerzo, me envolvió en un abrazo y me lanzó un susurro al oído:

—Te espero la próxima semana para que me cuentes acerca de ti.

La miré. Fui incapaz de pronunciar una sola palabra.

Dentro del auto, ya más calmado, la cabeza me daba vueltas, y no por la copa de vino, sino por todo lo que había escuchado minutos antes.

Efectivamente, lo que mi vista había captado meses atrás en esa maleta no había sido producto de mi imaginación ni un efecto del contraluz.

No. Era realmente un pequeño cuerpo. El hijo o la hija de alguien. Esto me aterró.

El taxi avanzaba por las avenidas con el tráfico de siempre —caótico, horrendo—, pero yo miraba la ciudad como si la viera por primera vez.

Los edificios, los semáforos, la gente cruzando las calles; todo me parecía absurdamente normal.

¿Cómo era posible que el mundo siguiera funcionando exactamente igual mientras yo acababa de descubrir que existía otro mundo debajo de este, un mundo de sombras y secretos que la mayoría de los seres humanos ni siquiera sospechaba?

El taxista llegó a mi casa. Abrí la puerta rápidamente, pues ya le había pagado durante el trayecto.

Desde afuera vi la luz encendida a través de la ventana.

Mala señal. Mi esposa aún me esperaba despierta; ya era medianoche.

Al entrar, la atmósfera tibia y familiar me golpeó con la fuerza de lo cotidiano —ese contraste brutal entre la normalidad de mi hogar y la oscuridad de lo que acababa de escuchar en casa de Amanda.

Estaba sentada en la sala con un libro en la mano. «Cómo educar a los hijos», era el título. Nuestras ansias de tener familia nos habían hecho adelantarnos a muchas cosas; entre otras, queríamos prepararnos para ser buenos padres o, al menos, intentar hacerlo lo mejor posible.

—Hola... es casi medianoche —dijo ella—. ¿Qué pasó?

Me senté a su lado y le di un pequeño beso.

—Mmm, Noah, has estado bebiendo alcohol. Conociéndote... vino, ¿cierto?

—Bueno, sí. Era el cumpleaños de Antony y fuimos a un bar a celebrar un poco y a charlar.

—Pero pudiste haberme avisado.

—Sí, lo sé, pero honestamente se me pasó. Pensé que iba a ser un rato, pero se nos fue el tiempo... perdóname.

Nos fuimos a la cama, pero yo no lograba conciliar el sueño.

Mi mente repasaba las palabras de Amanda como un disco rayado.

Las revelaciones eran tan descomunales que una parte de mí quería creer que todo había sido un sueño, una fantasía elaborada por una mujer hermosa con demasiada imaginación.

Pero otra parte —esa parte entrenada en la observación durante mis años de cadete, esa parte que veía lo que nadie más veía— sabía con certeza absoluta que Amanda decía la verdad.

Cada gesto, cada pausa, cada mirada durante nuestra conversación había sido genuina.

No estaba actuando. Y eso era lo más aterrador de todo.

Mi esposa y yo ansiábamos tener familia...

pero, ¿cómo lograrlo ahora? Me aterraba la idea de que alguien pudiera llevarse a mi bebé del hospital o de la clínica.

¿Tenía que ir a la policía? ¿Acaso me iban a creer todo eso?

Además, Amanda me conocía, sabía quién era yo y, probablemente, también conocía a mi esposa.

¿Cómo sabía que yo ya había dado con su casa?

¿Tenía cámaras en la puerta? Dios mío, ¿en qué estaba metido?

Y, peor aún, el tal «Jefe» me conocía desde mucho antes.

¿Cómo puede alguien saber de mí, o de cualquiera, en una ciudad con más de diez millones de habitantes?

¿Acaso la policía estaba metida en esto?

Lo que logré averiguar después fue mucho peor que eso... muchísimo peor.

El taxista llegó a mi casa. Abrí la puerta rápidamente, pues ya le había pagado durante el trayecto. Desde afuera vi la luz encendida a través de la ventana. Mala señal. Mi esposa aún me esperaba despierta; ya era medianoche. ¿Qué le iba a decir? El interrogatorio era inevitable.

Abrí la puerta. Estaba sentada con un libro en la mano. «Cómo educar a los hijos», o algo así, era el título. Nuestras ansias de tener familia nos habían hecho adelantarnos a muchas cosas; entre otras, queríamos prepararnos para ser buenos padres o, al menos, intentar hacerlo lo mejor posible.

—Hola... es casi medianoche —dijo ella—. ¿Qué pasó?

Me senté a su lado y le di un pequeño beso.

—Mmm, Noah, has estado bebiendo alcohol. Conociéndote... vino, ¿cierto?

—Bueno, sí. Era el cumpleaños de Antony y fuimos a un bar a celebrar un poco y a charlar.

Antony era parte de mi grupo de estudio, una de las personas más inteligentes que había conocido en mi vida.

—Pero pudiste haberme avisado.

—Sí, lo sé, pero honestamente se me pasó. Pensé que iba a ser un rato, pero se nos fue el tiempo... perdóname.

—Mmm... en un bar. Cuando te llamé no escuché a otras personas.

—Es que ya sabes, día de semana... no hay mucha gente.

Me sentía muy mal, no quería engañarla. Pero la situación que estaba viviendo ameritaba todas esas mentiras, también por su propia protección. Para ese momento ya sabía que cualquier error que cometiera podría afectarla a ella, y me aterraba la idea de no volver a verla.