AÑO 1991
Cursaba el primer año de secundaria. Era un sábado de verano y me había alistado para asistir a la reunión de adolescentes de la iglesia.
Amaba esas reuniones, ya que los sábados y domingos eran los únicos días que podía ver a la niña que me encantaba.
Y creo que yo también le gustaba. Sin embargo, nunca se concretó nada: ella era la hija de la pareja de misioneros que se congregaba allí, y a los pocos meses regresaron a Estados Unidos.
Aun así, siempre la recuerdo con alegría y nostalgia.
Ese sábado, mientras me dirigía a la reunión, me paré a esperar el autobús como de costumbre, pero fui abordado por tres jóvenes.
Hasta el día de hoy recuerdo sus ojos, inyectados en sangre, evidentes estragos de alguna sustancia psicotrópica.
Me preguntaron la hora. Les respondí sin prestarles mucha atención, pero de pronto uno de ellos sacó un cuchillo, advirtiéndome que, si era inteligente, no intentaría correr. Yo solo tenía doce años.
Me llevaron detrás del paradero, cerca de un vecindario donde las casas están prácticamente pegadas unas a otras.
Me obligaron a sentarme en la acera y comenzaron a golpearme.
Es interesante lo que la adrenalina provoca en el cuerpo en momentos así: sentía los impactos contra mis brazos, mi espalda y mi rostro, pero no experimentaba dolor alguno.
Me quitaron las zapatillas y la camiseta.
Fue en ese instante de desesperación cuando, en mi mente, solo logré articular una frase: «Ayúdame, Dios».
Unos segundos después, la puerta de una de esas casas se abrió y salió un dóberman a toda velocidad.
Los tres cobardes huyeron despavoridos. El perro simplemente trotó hacia mí, me olfateó, y dio media vuelta para alcanzar a su dueño, quien hasta ese momento no se había percatado de lo que ocurría.
Me levanté como pude y caminé de regreso a mi casa, que afortunadamente no estaba muy lejos.
Desde ese día, algo despertó en mi interior.
Cada vez que caminaba por la calle, escudriñaba mi entorno.
Contaba a las personas que me rodeaban, analizaba si eran hombres o mujeres, me fijaba en qué llevaban en las manos y evaluaba cualquier otro detalle.
En resumen, mi estado de alerta había alcanzado límites casi inhumanos.
Ese instinto me salvó al año siguiente. Tenía que presentar un trabajo a máquina para el curso de Historia.
Mi abuela me había regalado una máquina de escribir eléctrica Sharp, pero necesitaba reemplazar el cartucho de cinta, que ya se había agotado.
Tuve que caminar por la avenida principal de mi barrio, preguntando tienda por tienda, ya que ese tipo de tecnología era escasa en mi país.
Había caminado casi media hora sin éxito. Mi última opción era un centro comercial que no estaba muy lejos. Mientras me dirigía hacia allá, noté a cuatro sujetos caminando en dirección opuesta a la mía. Era cuestión de un minuto para que nuestros caminos se cruzaran.
De inmediato, mi alarma interna se activó.
Hice el ademán de cruzar hacia el otro lado de la avenida, y noté que uno de ellos imitaba mi movimiento para interceptarme.
Fue entonces cuando di media vuelta y corrí hacia la tienda más cercana.
Entré y me puse a preguntar por el precio de cualquier producto del mostrador, manteniendo la mirada fija en la puerta de cristal para asegurarme de que pasaran de largo.
Efectivamente, pasaron. Los cuatro se detuvieron a mirarme desde afuera y yo les sostuve la mirada, saludándolos con una sonrisa de burla y satisfacción.
No se atrevieron a entrar porque en la tienda había todo tipo de personas.
Esperé unos minutos antes de salir, asomándome primero para comprobar que la calle estuviera despejada.
Ya no estaban cerca. Salí corriendo y me subí al primer autobús rumbo a casa.
—¿Quisieras conversar un rato? —preguntó ella con cierta dulzura, pero al mismo tiempo con recelo.
Me dejó entender que para ella tampoco había sido fácil o agradable acercarse; al menos eso fue lo que interpreté por su expresión. Ya no era una mirada tan inmersiva, sino que destellaba cierta compasión. Tiempo después entendería por qué.
Con terror, y voz trémula y casi tartamudeando, respondí:
—Eh... mmm... sí, sí, pero...
Cortándome rápidamente, añadió:
—No te preocupes, todo va a estar bien, solo vamos a conversar. Vamos. Además, ya conoces mi casa, así que va a ser mucho más fácil.
Empezamos a caminar uno al lado del otro. No sabía cómo se sentirían los condenados ante el paredón de fusilamiento, hasta ese momento. Sentía que iba a morir. «¿Era mi último día?», me pregunté.
Faltaban unos cuarenta metros para llegar a su casa.
Ninguno de los dos había pronunciado palabra, pero era evidente que ella había notado mi estado catatónico.
Para ese momento ya había planeado mi huida: correr, simplemente correr.
Pero ni siquiera podía sentir las piernas.
Era una sensación de absoluto terror, combinada con la más horrenda curiosidad por seguir adelante.
Tenía tantas preguntas... no recordaba ninguna en concreto, pero sabía que eran muchas.
Al menos era consciente de la enorme cantidad de cuestionamientos que había formulado en mi cabeza durante los últimos meses.
Llegamos a la puerta y ella la abrió con toda naturalidad.
Pasamos primero por un patio grande lleno de flores.
No soy un amante de esta rama de la ciencia, pero creo que cualquier botánico hubiese estado feliz de contemplar ejemplares tan bellos.
Al entrar a la sala principal, todo estaba finamente decorado.
Pero eso no fue lo que me llamó la atención.
En las paredes y sobre las mesas de centro había fotografías enmarcadas, muchísimas de ellas.
Sin embargo, una capturó mi mirada de inmediato: era ella junto a uno de los presidentes de los Estados Unidos y, si no me equivoco, había sido tomada en la Casa Blanca.
Cuando la vi, me pregunté: «Noah, ¿qué haces allí?»
. Definitivamente, una mujer así no entablaría una conversación con un simple plebeyo.
Los muebles eran finísimos, y el comedor era más grande que mi sala y mi dormitorio juntos.
Era una casa demasiado grande para una sola persona.
Para ese instante, el terror me había abandonado y los escalofríos se habían disipado. Pero algo no cuadraba. No sabía qué era, pero algo simplemente no estaba bien.
—Por favor, siéntate y ponte cómodo—dijo muy amablemente.
Se dirigió a un pequeño bar que separaba la sala del comedor y sacó una botella de vino.
Nunca me preguntó mi preferencia. Eso sí, fijé mi mirada en la botella: gracias a Dios, estaba completamente sellada.
La abrió con rapidez usando un sacacorchos eléctrico.
Mi nivel de alerta no me permitía bajar la guardia; no quería ser víctima de algún sedante o algo parecido.
Con cierta gallardía, caminó de regreso hacia la sala con las copas ya servidas y se sentó justo frente a mí.
Yo no podía dejar de admirar su belleza, pero esperé a que ella bebiera primero.
Principalmente porque no la conocía. Había sido militar y mi entrenamiento me había grabado a fuego ciertas reglas de supervivencia para situaciones adversas: jamás bebas primero ante un desconocido.
Como si ella leyera mi mente, juntó los labios a la copa y bebió con una finura y elegancia que jamás había visto antes. Mi abuela me había enseñado a usar los cubiertos y las copas, pero ella lo hacía a otro nivel.
—Dime, ¿a qué te dedicas? —preguntó.
Por alguna razón, estaba casi seguro de que esa pregunta era solo para que yo entrara en confianza. Si ya sabía mi nombre, el resto de mi vida le resultaría más que conocido.
—Bueno, trabajo y estudio... pero creo que no necesitas más detalles, si es que ya conoces mi nombre.
—No creas que te subestimo. Quiero que te sientas a gusto. Y, por favor, no tienes por qué tener miedo; todo va a estar bien si haces lo correcto.
—¿Cómo sabías mi nombre? No recuerdo haberte visto antes... ni siquiera tengo redes sociales.
Con una sonrisa, respondió:
—A ver, recuerda lo que te acabo de decir: todo va a estar bien si haces lo correcto.
—Pero, desde que entramos, me hiciste sentir en confianza. Además, fuiste tú la que me esperó en el paradero y mencionaste mi nombre —añadí:
—. No todos los días una mujer tan bella se aparece así, con un saludo, y me invita a su casa.
Ella sonrió, irradiando una belleza por la que cualquier fotógrafo de catálogo pelearía para tener en su portada.
—Eres muy inteligente y perspicaz. Todo lo que nos había mandado el Jefe era cierto... y creo que se quedó corto.
Eso último lo tomé como algo más que un cumplido.
Me ruboricé. Nunca me había sentido cómodo ante los halagos, y mucho menos viniendo de una mujer de semejante presencia.
Mi timidez ya me estaba pasando factura, cobrándome un recargo de vergüenza.
Obviamente, ella se había dado cuenta de mi actitud cohibida.
—Gracias, pero sabes que no sé qué estoy haciendo aquí, y ya se está haciendo tarde... —titubeé.
Ella me interrumpió nuevamente:
—Noah, sé que tienes muchas preguntas, y hay una en especial que te está dando vueltas en la cabeza.
—Entonces, si ya lo sabes... soy todo oídos.
—Hasta ahora no me has preguntado nada. Recuerda: si haces lo correcto, todo va a estar bien.
¿Me estaba amenazando? No entendía esa última frase; eso de «hacer lo correcto» ya lo había repetido varias veces. ¿Habría alguien más en esa casa?
—Mejor te cuento algo de mí y así entramos más en confianza —prosiguió—.
Primero, mi nombre es Amanda. ¡Mucho gusto!
—añadió con cierta tonalidad sarcástica y ánimos de bromear—.
Nací en Manchester, crecí en una familia muy adinerada, estudié siempre en colegios privados y me gradué en Oxford.
Mi especialidad es la Antropología... soltera.
Sé que esto te sorprende, dado que esa mirada que me lanzaste desde el principio, con cierta «apreciación masculina» y admiración, la he visto cientos de veces.
Varones ingleses, políticos de varias naciones, empresarios y un vasto etcétera han pedido mi mano.
Han querido poner todos sus bienes a mis pies.
Pero yo estoy casada con mi trabajo desde siempre.
Para esto nací y estoy comprometida con lo que hago.
Es el legado familiar, me tocó a mí, soy la cuarta generación.