AÑO 1995 #4
El verdadero problema era que se pagaba a ciegas, por cajas sin ningún detalle específico.
Pedí por correo electrónico el detalle exacto de los archivos, el cual jamás recibí.
Finalmente, tras conseguir la autorización de los jefes de ventas y de finanzas, hicieron trasladar todas esas cajas a nuestro almacén.
Nos tomó dos meses, a mí y a un ayudante, darnos cuenta de que el ochenta por ciento de esos papeles era, literalmente, basura: documentos muy antiguos que, por política de la empresa, ya no servían más.
Era simple: mi ojo analítico había descubierto un gasto innecesario. Era obvio que, bajo la administración anterior, nadie le había prestado atención. Por simple desinterés en los detalles, resultaba más fácil pagar el recibo a fin de mes que darse el trabajo de revisar el inventario caja por caja.
Ahora, con los archivos depurados, el reporte estaba listo. Por la tarde, después del almuerzo, lo envié y recibí las felicitaciones de la jefa de ventas. Para mí, era un proyecto cerrado que me había proporcionado una inmensa satisfacción profesional. Tras leer el correo, me alisté para salir.
Eran casi las cuatro de la tarde. Caminé hacia el paradero con la felicidad que me había dejado mi última hazaña laboral y tomé el autobús directo hacia la universidad.
Cuando nos acercábamos a aquel cruce —ese mismo que se había convertido prácticamente en mi «segundo hogar» durante los últimos meses—, la vi.
Ella estaba ahí. Esa mujer.
El autobús se detuvo. A través de la ventana, ella me miró y sonrió. Era esa misma mirada que, por un lado, me cautivaba, y por el otro, me infundía un profundo pavor. Algo muy dentro de mí me advertía que debía tener mucho cuidado.
Mientras el vehículo terminaba de frenar, ella alzó la mano y me saludó. Un gesto familiar. Uno de esos saludos que solo los viejos amigos saben dar.
Yo tenía que ir a clases, me dirigía hacia allá.
Rápidamente me pregunté a mí mismo: «¿Me quedo o me bajo del autobús?»
. Algo dentro de mí me empujó a descender.
Me sudaban las manos y tenía el ritmo cardíaco a mil.
Cuando terminé de dar el último paso para bajar completamente a la acera, ella ya estaba ahí. A un metro de distancia.
Allí estaba de nuevo esa mirada, tan penetrante que, por un segundo, me obligó a agachar la cabeza.
Pero en ese instante recordé lo que mi abuelo me había repetido varias veces durante mi niñez: «Noah, cuando hables con alguien, con cualquier persona, siempre mírala a los ojos».
Con ese recuerdo en mente, alcé la vista nuevamente.
Dios, era realmente hermosa. Era... no sé cómo describirlo.
Una mezcla de dama superelegante, con el porte aristocrático de una mujer europea de la Edad Media que emanaba gallardía, combinado con un físico espectacularmente trabajado.
Reconocí de inmediato el tono muscular de sus brazos y piernas, el claro resultado de las pesas y las máquinas; era algo a lo que estaba acostumbrado por mis años en el gimnasio.
Su rostro estaba muy bien definido, era simétricamente perfecto. En resumen, una mujer despampanante.
Me percaté de que los hombres que pasaban a su lado no vacilaban en voltear a mirarla una y otra vez. Y claro, ¿quién no lo haría? Una mujer con esos atributos no se veía todos los días.
Muy lentamente, levantó su mano derecha y, con voz pausada y una tonalidad casi coqueta, rompió el silencio:
—Hola, Noah. ¿Cómo estás?
Ese acento en su voz no era cien por ciento local; tenía cierta cadencia extranjera que no pude identificar en ese momento.
A lo largo de mi vida había aprendido a reconocer los dejos de personas de diferentes nacionalidades: búlgaras, rumanas, lituanas, croatas, etc. Pero este era diferente.
Era algo muy bien trabajado; se notaba que ya llevaba varios años viviendo en Lima.
Quedé petrificado. Literalmente, se me hacía difícil mover un solo músculo. ¿Cómo era posible que ella supiera mi nombre si jamás en la vida la había visto? Al menos no formaba parte de mis recuerdos de la adolescencia, ni de mi etapa laboral en los barcos de pasajeros.
El ruido de la avenida se había disuelto.
Los cláxones, los motores, la gente... todo había dejado de existir.
Era como si el universo entero hubiera hecho una pausa para dejar que ese momento ocurriera.
Solo estábamos ella y yo, aislados en medio de la multitud, de pie en esa acera, separados por un metro de distancia que se sentía como un abismo
Ella no parecía tener prisa. Me estudiaba con la misma tranquilidad con la que un relojero examina un mecanismo que ya conoce de memoria.
En sus ojos no había amenaza, pero tampoco inocencia.
Había algo intermedio, algo que mi vocabulario no alcanzaba a definir: una familiaridad imposible, como si nos hubiéramos conocido en otra vida o en un sueño que yo había olvidado al despertar.
El viento de la tarde agitó levemente su cabello rubio y trajo consigo un perfume que no se parecía a nada que yo hubiera olido antes: no era floral ni cítrico, era algo muchísimo más especial.
Solo atiné a responder:
—Todo bien... todo bien, gracias a Dios.
Había aprendido a mencionar al Altísimo en los momentos más críticos de mi vida.