La Valija de Amanda AÑO 1995 #3
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AÑO 1995 #3

Tenía unos treinta años y era hermosísima.

Llegué a pensar que, unos años atrás, debió haber sido modelo o reina de belleza.

Pero, volviendo a sus ojos, simplemente no pude sostenerle la mirada.

Mi instinto me gritaba que me alejara, que debía irme de allí en ese mismo instante.

No obstante, mi mente ya me había ganado la partida, alimentada por los meses de arraigar aquella imagen ensangrentada en mi cabeza. Seguí caminando hacia mi paradero mientras ella continuaba su rumbo. Al pasar frente al puesto de periódicos, el vendedor me preguntó:

—¿Finalmente se decidió por alguna revista?

Le respondí con una mirada cargada de nervios.

Él se dio cuenta de inmediato de que yo estaba en otra sintonía, pero aproveché la pausa para echarle un último vistazo y confirmarlo por completo: era ella.

La misma figura, la misma cabellera suelta, esta vez vistiendo una falda muy elegante que acentuaba aún más su presencia.

Giré la cabeza de izquierda a derecha, llevándome una mano a la barbilla. «Si no es hoy, ¿cuándo será?», me dije. «Tengo que seguirla».

Sé que fue una decisión estúpida. Humanamente hablando, no se ve bien que un hombre siga a una mujer atractiva y solitaria en una sociedad castigada por la violencia.

Pero comprendí que todo tiene un propósito.

Nada se mueve sin una razón divina. Luego entendería que para esto había nacido: para sacar a la luz una verdad.

Pero eso es algo de lo que hablaré más adelante.

Di media vuelta. Al ver que estaba a punto de perderla de vista entre la gente, tuve que acelerar el paso. Al ser alta, su ritmo no era lento; a decir verdad, tenía la marcha de una deportista. Lo reconocí de inmediato por mis años en la Marina observando al equipo femenino de atletismo.

. A unos metros de distancia, noté que nos acercábamos a un condominio de casas de dos pisos, construidas en los años noventa, enclavado en un barrio tranquilo de clase media-alta.

Ella dio vuelta en la segunda esquina. Tuve casi que correr, sabiendo que entraría a una de esas viviendas.

No podía perderla ahora; necesitaba saber cuál era su casa.

Me bastaba con ver la puerta y grabarme el número de la pared.

El corazón me latía en la garganta. Cada paso que daba sobre el pavimento sonaba como un disparo en mis oídos.

Estaba a unos cuarenta metros de ella y acortaba la distancia con la ansiedad de un hombre que sabe que, si pierde de vista a esa mujer, quizás no la encuentre nunca más.

Los postes de luz de ese condominio comenzaban a encenderse con esa iluminación anaranjada y tenue que convierte las calles de Lima en escenarios de película noir.

Las sombras se alargaban sobre las fachadas y, por un instante irracional, me pareció que la sombra de ella era más grande de lo que debería ser; como si algo más la acompañara.

Un perro ladró desde algún patio trasero y el sonido me sobresaltó tanto que di un torpe traspié contra el borde de la acera.

Me recuperé sin caer, pero el rasgueo de mis zapatos sobre el cemento fue suficiente para que ella, por una fracción de segundo, girara la cabeza.

No completamente; solo lo necesario para que yo alcanzara a ver el perfil de su rostro bajo la luz del farol más cercano.

Fue un segundo, quizás menos, pero en ese instante pude confirmar algo que mi instinto ya me gritaba: ella sabía que la estaba siguiendo. Y no le importaba.

Llegué a la esquina justo cuando abría la puerta. Pasé de largo disimulando, giré ligeramente la mirada y lo vi con una claridad absoluta: el número era L1017. No había margen de error. La puerta, hecha de madera de excelente calidad, era de color ámbar.

Me alejé corriendo. La adrenalina mezclada con los nervios rara vez es una buena combinación.

Esta vez, tropecé de verdad y caí aparatosamente contra la acera, pero no sentí dolor alguno en el brazo derecho.

Mis casi ochenta y cinco kilos, forjados por años de gimnasio, no hicieron mella en mis extremidades, gracias a Dios.

Me levanté sacudiéndome y continué hasta el paradero más cercano para tomar el siguiente autobús.

Logré subir. Iba repleto de estudiantes.

Eran casi las nueve de la noche cuando llegué a casa. Mi esposa estaba frente a la computadora preparando sus clases de inglés corporativo. Me vio entrar y, con su habitual perspicacia, se fijó en mis pantalones sucios por la caída.

—Noah, ¿qué te pasó? —preguntó mientras cerraba su laptop.

No había contemplado esa posibilidad. Durante todo el trayecto en el autobús había sido incapaz de apartar de mi mente los ojos verdes de aquella mujer. ¿Sabía quién era yo?

—¡Noah! ¿Estás ahí? —insistió mi esposa. Su expresión había mutado de la preocupación al enfado. —Me tropecé con el borde de la acera en la esquina —mentí rápidamente y me dirigí al baño para revisar si me había rasguñado. No quería entrar a la habitación y someterme a un interrogatorio.

Al salir, la cena ya estaba servida. Me senté y me llevé un bocado a los labios, pero no me supo a nada.

Era increíble; yo, que siempre disfrutaba de la comida, tenía el paladar anestesiado.

Mi cabeza seguía repasando los eventos de las últimas horas, obsesionada con aquella mirada.

Era la mirada de alguien que me conocía.

Trataba de hacer memoria, rebuscando en mi pasado por si nuestros caminos se habían cruzado antes, pero era inútil.

Aquel rostro, pequeño y de rasgos que rozaban la perfección, era imposible de olvidar.

Pero ahora la situación era mucho más grave, al menos para mi. Tenía que saber más de ella, de esa casa número L1017... y, sobre todo, de lo que escondía dentro de aquella maleta roja.

Los días pasaron sumidos en la rutina de siempre, divididos entre el trabajo y la universidad. Me encantaba acompañar a mi esposa; a veces coincidíamos en el horario y en la ruta, ya que ella tenía que ir a varias oficinas a dictar sus clases y uno de esos lugares quedaba cerca de mi trabajo.

Conversábamos durante aquel trayecto matutino. Hablábamos de todo, pero el tema más importante para nosotros era nuestro futuro hijo. Todavía no teníamos familia, pero la ansiábamos con muchas ganas (cuatro años después nacería nuestro primogénito). Las charlas solían centrarse en una sola pregunta:

—¿Qué nombre le vamos a poner? —Tiene que ser un nombre que mis padres también puedan pronunciar —acotaba ella, siempre pragmática con sus raíces nórdicas.

Yo la miraba con alegría, sintiendo ese deseo profundo de estar de acuerdo con sus peticiones y, por supuesto, de consentirla.

Habíamos atravesado muchos problemas en los años anteriores, pero ya habíamos alcanzado esa madurez de pareja que te permite ceder y dejar de lado ciertas cosas en nombre del amor.

Habíamos aprendido a ser el uno para el otro.

Una de esas mañanas, después de dejarla en su destino, llegué a mi oficina.

Solía llegar muy temprano, casi a las seis y media, y aprovechaba ese tiempo para leer o repasar alguna materia de la universidad.

Pero ese día fue diferente. Tomé papel y bolígrafo, y comencé a trazar un plan sobre cómo lograr entrar a aquella casa y acercarme a esa mujer.

Varias ideas surgieron en mi cabeza: hacerme pasar por repartidor de comida rápida, cartero, inspector municipal, instalador de televisión por cable o, simplemente, un vendedor puerta a puerta.

Pero, ¡qué idiota era! Si me veía, reconocería mi rostro al instante. Esa mirada, la que me había penetrado el alma en la calle, no era común. No era normal.

Entre todos los planes que revoloteaban en mi cabeza, y que ya había plasmado en aquella hoja de papel, incluso se me cruzó la descabellada idea de colarme por la ventana de su casa.

Claro que la descarté de inmediato ante la certeza de terminar capturado por la policía y protagonizando los titulares de los periódicos más destacados del país.

No sabía qué hacer. ¿Cómo acercarme a ella? ¿Qué decirle? ¿Con qué excusa podía tocar a su puerta?

No podía simplemente plantarme allí y soltarle: «Señora, ¿cómo está? Disculpe, pero hace unos meses, sentado en un autobús, la vi por la ventana mientras usted caminaba. Llevaba una pequeña maleta de viaje con un bulto en su interior que tenía toda la apariencia de ser un pequeño cuerpo humano,

y había una mancha de sangre haciéndose notar a través de la humedad de la tela. ¿Es cierto o yo estaba equivocado?» .

Obviamente que no. Sin embargo, el único gancho del que podía aferrarme era su mirada; esa expresión penetrante que prácticamente me había gritado a la cara: «Sé quién eres, sé lo que viste y también conozco tu obsesión por saber más».

Y sí. Llegado a este punto, todo se había convertido en una absoluta obsesión. Tenía que saber qué era lo que ocultaba esa maleta.

No tenía nada claro, no sabía cómo proceder, y esa impotencia me frustraba muchísimo.

Ese día, en la oficina, ya había terminado los reportes que el departamento de ventas me había encargado.

Manejaban un volumen gigantesco de documentos que databan de los años ochenta hasta casi la actualidad: facturas, boletas de pago, órdenes de compra, etc., pero que estaban tercerizados por una compañía encargada de su custodia e inventario.

Cada mes nos enviaban una factura por sus servicios.

Cuando llegué a esta empresa (cuyo nombre prefiero reservar), noté que se pagaba mensualmente una cuota aparentemente pequeña, pero que, con el transcurso de los años, ya sumaba miles de dólares.