AÑO 1995 #2
Yo, absorto en mis inventarios de logística, solía cruzármela por los pasillos, pero mi timidez siempre me ganaba.
Lo que más me llamaba la atención era su apariencia: una mujer de ojos azules tan claros que parecían transparentes, con el cabello rubio recogido en una cola de caballo y una expresión de serenidad que contrastaba con la agitación constante de la vida a bordo.
Un día, durante una escala en Málaga, ambos coincidimos con unas horas libres.
Vencí mis nervios y la invité a salir. Comimos algo en el puerto y conversamos.
Hablamos durante horas, lo cual era extraordinario viniendo de una finlandesa, un pueblo famoso por su amor al silencio.
Me contó que hablaba varios idiomas con fluidez y que su mayor ambición en la vida era encontrar un lugar tranquilo donde establecerse y formar una familia.
Yo le conté sobre mis años como cadete, sobre mi trabajo y algunos sueños que tenía en el futuro.
A partir de ese día en Málaga, empezamos a encontrarnos por las noches en los bares de la tripulación o en la cubierta para beber algo y charlar.
Descubrimos que teníamos muchísimas cosas en común.
Sin darnos cuenta, ya habíamos construido una relación sólida, y tiempo después, ambos decidimos casarnos.
Después de casi dos lustros, decidí dejar de trabajar a bordo de estos barcos de pasajeros.
Cuando me quedé en la capital, empecé a buscar empleo.
Recuerdo que fue una etapa sumamente difícil; ingenuamente, pensé que sería fácil encontrar algo gracias a que toda mi experiencia laboral había sido en el extranjero.
Sin embargo, la realidad fue muy distinta: envié más de ochocientos currículums a lo largo de siete agónicos meses de búsqueda.
Todo ese esfuerzo se redujo a solo cuatro entrevistas, dos exámenes y, finalmente, una única oferta.
Por fortuna, logré ingresar a una multinacional muy reconocida.
Era un trabajo fijo, con un horario que me brindaría la estabilidad necesaria para, por fin, poder estudiar por las tardes.
Con el paso del tiempo en esa empresa, ya me había consolidado, había obtenido una valiosa experiencia laboral y, finalmente, había escogido mi especialidad: la cadena de suministros.
Aquella ansiada estabilidad en tierra firme me permitió matricularme en la universidad para continuar mis estudios.
Y fue precisamente en ese trajín diario de ir y venir a clases donde mi vida, y la de mi familia, cambiaría para siempre.
Lo que voy a relatar a continuación es maléfico, perturbador, maligno.
El haber conseguido trabajo en la capital me permitió aplicar y obtener un cupo en una universidad de posgrado.
Lo recuerdo como si el tiempo no hubiera pasado.
Lo que vi aquel jueves, a principios de agosto de 2014...
hubiera preferido mil veces no haberlo visto.
¿Por qué tuve que ir ese día? Creo que mi sentido de responsabilidad primó.
Pero lo vi. Lo vi tan claro que se ha convertido en una fotografía perpetua grabada en mi mente.
Aquel jueves, después del trabajo, había regresado a casa rápidamente para comer algo antes de partir a la universidad.
Mis clases comenzaban a las siete de la tarde y se extendían hasta altas horas de la noche, así que el tiempo siempre estaba en mi contra.
Tomé mis cosas y me dirigí a la parada de autobús, que afortunadamente quedaba muy cerca de donde vivía.
Ya a bordo, me senté en la parte de atrás del autobús.
A esa hora de la tarde, el tráfico en aquella zona de la ciudad siempre es asfixiante.
Mi vista estaba suspendida, perdida a través de la ventana, observando a la multitud que caminaba de un lado a otro por la acera: niños, madres con sus hijos, personas subiendo y bajando de otros vehículos.
Y ahí estaba ella.
Una mujer delgada, de aproximadamente un metro setenta y cinco de estatura, vestida con un pantalón vaquero y una blusa.
Tenía el cabello ligeramente rubio. En ese momento me la imaginé con ojos claros, y el tiempo acabaría dándome la razón.
Caminaba con un paso elegante; fue eso lo que me llamó la atención.
Eso, y la maleta roja que llevaba arrastrando.
Era una de esas maletas con ruedas pequeñas, fáciles de llevar.
Mi mirada se clavó en aquel objeto. Lo primero que cruzó por mi mente fue: «Qué pesado llevar una maleta de viaje cuando el aeropuerto está lejísimos de aquí, al igual que la estación de autobuses». Luego pensé, con cierta ingenuidad, que tal vez buscaba un taxi.
Pero no sé cómo describirlo... el bulto que se formaba en el interior de esa tela no era ropa.
No. Era algo mucho más sólido, y había una parte que sobresalía demasiado.
¿Qué era? ¿Acaso era yo el único que lo notaba?
El autobús comenzó a avanzar y la distancia entre lo que yo observaba y aquella mujer que caminaba sobre la acera se acortó.
Fue entonces cuando logré verlo de cerca.
Una pequeña mancha líquida que sobresalía justo por aquel bulto. Era sangre.
Mi mente quedó paralizada. Cientos de pensamientos me asaltaron de golpe.
No entendía cómo la gente a su alrededor no lo notaba, aunque, claro, en una ciudad con un tráfico caótico a las cinco de la tarde, la gente solo quiere llegar a su destino sin mirar a los lados.
¿Acaso ella había escogido esa hora a propósito?
Entre todas las ideas y preguntas que viajaban a cien por hora en mi cabeza, recordé a Carlos y sus treinta y ocho palabras.
Pero una, en especial, salió a relucir: Bebés.
Cuando llegué a casa, mi esposa notó de inmediato que algo andaba mal. Me conocía perfectamente. Yo trataba de eludir su mirada durante la cena, y también antes de apagar la luz. Inevitablemente, la pregunta llegó por la noche, ya acostados:
—Noah, ¿todo bien?
La miré. Por un instante, estuve a punto de contarle lo que había visto, pero algo en mi interior me detuvo. ¿No sabía qué era, conciencia?, ¿miedo?
—Sí, todo bien, ¿por qué? —respondí finalmente.
—Es que tienes una cara... —insistió.
—Bueno, imagínate, estudiar y trabajar me trae muchas preocupaciones.
—Sí, pero te conozco. Eres un adicto al trabajo y el estudio para ti es casi un pasatiempo. Pero bueno, vamos a dormir que mañana hay que levantarse temprano.
Tenía razón. Me conocía tan bien que sabía que tarde o temprano terminaría por contarle la verdad. Pero ese instinto invisible, aquella vocecita muy a lo lejos, me obligaba a guardar silencio.
Durante los siguientes días y semanas, solo tenía esa imagen en la cabeza. A duras penas lograba concentrarme en el trabajo o en mis estudios de maestría. ¿Esa mancha húmeda era realmente sangre? ¿O era simplemente producto de una imaginación demasiado sugestionada?
Las noches eran lo peor. Cuando apagaba la luz y me acostaba junto a Mary, la oscuridad se convertía en una pantalla donde mi cerebro proyectaba la misma escena en bucle: la mujer caminando, la valija roja arrastrándose sobre la acera,
y esa mancha oscura extendiéndose lentamente como una acusación silenciosa.
A veces, en el borde del sueño, la imagen se distorsionaba y me parecía ver que la valija se movía sola, como si algo en su interior luchara por salir.
Un sábado por la mañana, mientras desayunábamos en silencio, Mary bajó su taza de café y me miró con esa franqueza nórdica que no admitía rodeos.
—Noah, llevas días sin ser tú. No duermes bien, apenas comes, y a veces te quedas mirando por la ventana como si esperaras ver algo. ¿Qué te está pasando?
Sentí que las palabras pugnaban por salir, pero una fuerza invisible me las devolvía a la garganta. ¿Cómo podía explicarle que estaba obsesionado con una desconocida y una valija ensangrentada sin parecer un demente?
—Es el estrés de la maestría, amor. La tesis me tiene agotado —fue todo lo que pude articular.
Ella me sostuvo la mirada unos segundos más de los necesarios, y en ese silencio pude leer que no me había creído ni una sola palabra. Pero Mary tenía esa sabiduría de saber cuándo presionar y cuándo retirarse. Volvió a levantar su taza y cambió de tema.
Los días continuaban sumidos en la rutina, pero la imagen de aquel jueves no se desvanecía.
No era algo que pudiera simplemente olvidar.
Las suposiciones y el eco de la advertencia de Carlos en 2003 se expandían como raíces en mi mente.
Entonces, surgió una idea que le daría un vuelco irreversible a esta historia.
Ya no había marcha atrás: tenía que encontrar a esa mujer. Tenía que verla cara a cara.
Recordaba su apariencia. Al ser alta y rubia, resaltaría sobre el común en una ciudad latinoamericana donde la mayoría de las mujeres son de baja estatura y cabello oscuro.
No sería tan difícil volver a ubicarla. El problema era que solo la había visto de camino a la universidad, y mis clases eran únicamente los martes y jueves.
Sin embargo, la obsesión pudo más. Cambié mi rutina.
Todos los días, al salir del trabajo, me dirigía a la zona de la universidad y me subía al mismo autobús.
A mi esposa le dije una pequeña mentira: le aseguré que los días que no tenía clases me quedaba estudiando con mi grupo de la maestría.
Me bajaba en ese mismo paradero, un cruce de varias avenidas muy transitadas, y me quedaba observando a la multitud mientras ojeaba el reloj, más que nada para calmar los nervios.
Hice esto durante semanas sin ningún éxito. Pasó un mes, luego dos, casi tres. Nada. Ya hasta me había hecho conocido del vendedor de periódicos de una de las esquinas, quien, al verme llegar, me ofrecía revistas tras haberme sorprendido ojeando varias de las portadas más reconocidas.
Fue un martes. Lo recuerdo perfectamente.
Ya llevaba casi dos horas de pie, repasando rostros, analizando cabelleras, escrutando los autos nuevos y leyendo los titulares de las noticias.
Eran casi las siete de la noche cuando me había dado por vencido y comencé a caminar hacia la parada para regresar a casa.
Pero entonces, en la misma acera, caminando en sentido contrario y gracias a la aguda visión que Dios me dio, logré divisarlos.
Esos enormes ojos verde claro.
No me quedé paralizado por esas lumbreras, sino por su mirada.
Atravesó mi cráneo. No sé cómo explicarlo; era como si esa mujer supiera inmediatamente quién era yo o por qué estaba exactamente en ese lugar.