La única regla que rompemos Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Nathan la lleva a la universidad cuando les coinciden los horarios. Emma ve parte de un entrenamiento y lo espera en las gradas. Comen juntos, discuten sobre películas y algunas noches comparten la cama solo para hablar hasta quedarse dormidos.

La relación tiene una naturalidad que sorprende a Emma.

No es perfecta.

Siguen discutiendo cuando Nathan intenta controlarle demasiado la rutina. A Emma todavía le molesta que él responda por ella. Nathan sigue haciendo demasiadas preguntas sobre sus comidas, sus horarios y la gente con la que habla.

Pero ahora hablan del problema antes de que se convierta en distancia.

Cuando Emma se siente insegura, lo dice.

Cuando Nathan siente miedo, lo admite.

Ya no hace falta interpretar cada silencio.

Una tarde, Emma vuelve de la universidad y se encuentra a Nathan sentado en el sofá con el móvil en la mano.

Él levanta la vista.

—Llegas tarde.

—Estaba hablando con Daniel.

Nathan arquea una ceja.

A Emma le dan ganas de reír.

—Necesitaba ayuda con la presentación.

—No te lo he preguntado.

—Pero lo has pensado.

—Puede.

Emma se sienta a su lado.

—¿Estás celoso?

—No.

—Vas mejorando.

Nathan deja el móvil sobre la mesa.

—Confío en ti.

—Lo sé.

—Pero sigue sin caerme bien.

—Apenas lo conoces.

—Lo conozco lo suficiente.

—¿Sigues usando eso?

—Estoy intentando acostumbrarme.

Emma le toca el brazo.

—No tiene por qué caerte bien todo el que me habla.

—Lo sé.

—Pero sí tienes que confiar en mí.

—Confío.

—Entonces, todo bien.

Nathan le besa la mano.

—Todo bien.

Emma apoya la cabeza en su hombro.

Su relación no se sostiene solo por la intensidad de los besos ni por la intimidad que han compartido. La sostienen los momentos corrientes, la manera en que Nathan la escucha, sus gestos de cuidado, su disposición a quedarse cuando las cosas se ponen incómodas.

A Emma le tranquiliza darse cuenta de eso.

…

El jueves se resuelve por fin el asunto de la residencia.

Emma recibe un mensaje de la administración en el que le comunican que su habitación vuelve a estar disponible. Puede volver esa misma tarde.

Se queda mirando la pantalla varios minutos.

La noticia debería aliviarla.

En cambio, se le encoge el pecho.

No porque la habitación haya dejado de ser suya, sino porque volver significa dejar el apartamento de Nathan. La convivencia que los ha ido acercando ya no será inevitable.

Entra en el salón, donde Nathan está ordenando material de entrenamiento.

—¿Te han dicho algo? —pregunta él.

Emma asiente.

—La residencia vuelve a estar disponible.

Nathan se detiene.

Por un momento, ninguno de los dos habla.

—¿Vuelves hoy? —pregunta él.

—No lo sé.

—¿Quieres volver?

—Eso tampoco lo sé.

Nathan deja el equipo sobre la mesa.

—No tienes que decidirlo ahora.

—Lo sé.

—Puedes quedarte hasta mañana.

—¿Y después?

—Después decides.

Emma le estudia la cara.

Nathan intenta parecer tranquilo, pero ella le conoce esa tensión en la mandíbula.

—¿Quieres que me quede?

—Sí.

—¿Aunque volver sea mejor para mí?

—No sé qué es lo mejor para ti.

—Pero sabes lo que quieres.

—Sí.

—Entonces dilo.

Nathan se acerca más.

—Quiero que te quedes. Quiero despertarme contigo en la habitación de al lado. Quiero prepararte el café. Quiero que dejes tus libros sobre la mesa y te quejes de que no sé cocinar.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque sigo queriéndolo.

Emma le toma la mano.

—Pero no quieres que me quede porque necesites cuidar de mí.

—No.

—¿Entonces por qué?

—Porque te quiero.

La respuesta es sencilla.

No necesita explicación.

Emma siente que se le llenan los ojos de lágrimas.

—Yo también quiero quedarme.

Nathan sonríe.

—Entonces quédate.

—Pero no quiero que nuestra relación dependa de esto.

—No depende.

—En algún momento quiero volver a la residencia. Quiero tener mi propio espacio.

—Lo sé.

—¿No vas a pensar que me estoy alejando?

—No.

—¿No vas a sentir que prefiero estar lejos de ti?

—No.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque acabas de decir que me quieres.

Emma se acerca y lo abraza.

Nathan la rodea con los brazos.

—Quiero que tengas tu propio espacio —dice—. Quiero que tengas una vida fuera de este apartamento. No quiero que quedarte conmigo sea la única manera de que estemos juntos.

—¿Entonces qué quieres?

—Quiero que salgamos juntos. Quiero visitarte. Quiero que conozcas los lugares que me importan. Quiero seguir formando parte de tus días aunque no esté a dos metros de ti.

Emma cierra los ojos.

—Hablas como si ya supieras cómo se construye una relación.

—No lo sé.

—Parece que sí.

—Estoy aprendiendo.

Ella sonríe apoyada en su pecho.

—Vas a seguir diciendo eso.

—Probablemente.

...

Al final de la tarde, Emma decide quedarse una noche más.

Nathan no hace ningún comentario triunfal. Simplemente prepara la cena, mete en casa las cajas que aún quedaban en el coche y deja claro que la decisión es de ella.

Después, se sientan en el sofá.

Nathan le pasa un brazo por los hombros.

—¿Quieres volver mañana?

—Puede.

—Está bien.

—¿No vas a intentar convencerme?

—No.

—Pero te gustaría.

—Sí, quiero.

—Pero no lo harás.

—No.

Emma lo mira.

—¿Por qué?

—Porque quererte no significa tenerte siempre cerca.

La respuesta la conmueve.

Nathan le besa la frente.

—Quiero que te quedes porque lo elijas, no porque te sientas obligada.

Emma apoya la cabeza en su hombro.

—¿Y si elijo quedarme?

—Seré feliz.

—¿Y si elijo volver?

—Seré feliz igualmente, porque estarás haciendo lo que quieres.

—¿Aunque me eches de menos?

—Aunque te eche de menos.

—¿Ya me echas de menos?

—Sí.

—Todavía estoy aquí.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué me echas de menos?

—Porque ya me imagino cómo será cuando no estés.

Emma se queda en silencio.

El amor de Nathan no es una cárcel.

No pretende ocupar todos los espacios.

No quiere borrar la vida de ella.

Quiere formar parte de esa vida.

Esa es la diferencia.

…

Más tarde, Nathan le pide a Emma que se vista.

—¿Para qué?

—No te lo puedo decir.

—¿Vas a llevarme a algún sitio?

—Puede.

—¿Estás tramando una sorpresa?

—Puede.

Emma entrecierra los ojos.

—Estás muy satisfecho de ti mismo.

—Intento ser misterioso.

—No eres misterioso.

—Puedo serlo.

—Haces café y dejas notas.

—Eso es misterioso.

—Eso es romántico.

Nathan sonríe.

—Te gusta.

—Sí.

—Pues vístete.

Emma elige un vestido sencillo y una chaqueta. Cuando vuelve al salón, se encuentra a Nathan esperando junto a la puerta.

Lleva una camisa oscura y sostiene un paquete pequeño entre las manos.

—¿Qué es eso?

—Ya lo descubrirás.

—No me gustan las sorpresas.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué lo haces?

—Porque quiero que confíes en mí.

Emma le estudia el rostro.

Las palabras son sencillas, pero hay algo distinto en su voz.

—Confío en ti.

—Pues vamos.

Nathan le coge la mano.

—¿Adónde vamos?

—Ya lo descubrirás.

—¿Me llevas a la pista?

—No.

—¿A una cafetería?

—No.

—¿Al gimnasio?

—No.

—¿Entonces adónde?

Nathan abre la puerta.

—Confía en mí.

Emma lo mira.

Unas semanas antes, esas mismas palabras le habrían removido la inseguridad.

Ahora, sin embargo, suenan distintas.

No como una petición de que renuncie a sus dudas, sino como la promesa de que Nathan no hará nada sin contar con ella.

—Confío en ti —repite ella.

Él le besa la mano.

—Entonces vamos.

Nathan la lleva hasta el coche.

Antes de subir, Emma lo mira.

—¿Me avisarás si necesito cambiar de opinión?

—Te avisaré.

—¿Y si no me gusta la sorpresa?

—Puedes quejarte.

—Me quejaré.

—Lo sé.

Nathan le abre la puerta.

Emma sube.

Cuando el coche se aleja del edificio, ella le observa la expresión.

Nathan parece nervioso, pero feliz.

Hay algo que quiere enseñarle.

Algo que ha preparado para los dos.

Emma no sabe qué es.

Pero, por primera vez, no siente la necesidad de averiguarlo antes de tiempo.

Confía en él.

Y mientras Nathan le sostiene la mano sobre la consola, Emma comprende que su relación ya existe, aunque todavía no la hayan anunciado al mundo.

Aún tienen que decidir cómo contárselo a la gente.

Aún tienen que enfrentarse a las preguntas de la familia y al cambio de rutina cuando ella vuelva a la residencia.

Pero ya no se preguntan si hay algo entre ellos.

Lo hay.

Y Nathan no piensa irse a ninguna parte.

—Estás sonriendo —observa él.

—Tengo curiosidad.

—¿Estás contenta?

—Lo estoy.

—¿Aunque no sepas adónde vamos?

—Sobre todo por eso.

Nathan la mira de reojo.

—¿Por qué?

—Porque me pediste que confiara en ti.

Él le aprieta la mano.

—No te voy a decepcionar.

Emma se recuesta en el asiento.

—Lo sé.

El coche avanza por la calle iluminada.

La sorpresa sigue siendo un misterio.

Pero Emma ya sabe lo que de verdad importa.

Nathan no solo quiere quedarse a su lado esta noche.

Quiere demostrarle que hay un lugar para ella en su vida, incluso cuando no esté en la habitación de al lado.

Y cuando él le aprieta la mano, Emma comprende que lo que son no depende de compartir un espacio.

Son dos adultos que se eligen mutuamente.

Aún no delante de todos.

Pero ya, del todo, el uno con el otro.