Capítulo 19
Lo que son
Emma se despierta antes que Nathan.
Durante unos segundos no se mueve.
Está tumbada de lado, envuelta en la sábana, con la cabeza apoyada en la almohada y el cuerpo tibio por el calor de él. Nathan duerme a su lado, boca arriba, con una mano abandonada en el hueco que queda entre los dos, como si, incluso dormido, siguiera intentando tocarla.
El recuerdo de la noche anterior vuelve poco a poco.
Los besos.
Las palabras.
La forma en que Nathan la miró después de que se entregaran del todo el uno al otro.
Emma nota que le sube el calor a la cara.
No se arrepiente.
Esa certeza debería bastar.
Pero esa mañana surge otra pregunta.
¿Qué son ahora?
Nathan la llamó su novia delante de Ethan. Ella aceptó. Hablaron de construir una relación. Él dijo que quería un futuro.
Aun así, una cosa es decirlo en caliente y otra despertarse al día siguiente y enfrentarse a la realidad.
Emma le observa la cara.
Dormido parece tranquilo. Tiene el pelo revuelto y la expresión controlada de siempre se le ha borrado de la cara. Sin la tensión constante en los ojos, Nathan parece más joven, casi el chico que conoció hace años.
Verlo así le aprieta el pecho.
¿Y si la noche anterior solo había sido un arrebato de deseo?
¿Y si ahora que la tensión acumulada había encontrado una vía de escape, Nathan se daba cuenta de que todo era más fácil mientras seguía siendo algo prohibido?
Emma no quiere pensar así.
Pero el miedo vuelve justo cuando más vulnerable se siente.
Se incorpora despacio, intentando no despertarlo.
El movimiento hace que Nathan se remueva.
—¿Te vas?
Tiene la voz ronca de sueño.
Emma vuelve la mirada hacia él.
—No.
Nathan abre los ojos.
—¿Entonces por qué te has levantado?
—Me he despertado.
—Puedes quedarte tumbada.
—Lo sé.
Alarga la mano y le coge la muñeca.
El contacto es suave.
Emma le mira los dedos.
Nathan parece darse cuenta de la distancia que se le ha instalado en la cara.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Le estás dando demasiadas vueltas.
Emma intenta sonreír.
—Tú también.
—Acabo de despertarme.
—Aun así.
Nathan se incorpora y atrae a Emma hacia él. Ella se deja, pero su cuerpo sigue rígido durante los primeros segundos.
Nathan lo nota.
Le apoya la mano en la cintura.
—Emma.
—Estoy bien.
—Eso ya lo has dicho.
—Entonces ¿por qué sigues preguntando?
—Porque no parece que lo estés.
Emma aparta la mirada.
Nathan le toca la barbilla y la obliga a mirarlo.
—¿Te arrepientes?
Es exactamente la pregunta que temía.
Emma siente una presión en el pecho.
—No.
—Entonces ¿qué pasa?
—No lo sé.
Nathan frunce el ceño.
—Estás usando mi respuesta.
—Puede.
—Emma.
Ella respira hondo.
—Solo intento entender qué significa esto.
Nathan se queda callado.
—Para ti —añade ella.
—Ya te lo he dicho.
—Dijiste que quieres construir una relación.
—Y lo quiero.
—Dijiste que me quieres.
—Y te quiero.
—Me llamaste tu novia.
—Porque es lo que eres.
Emma lo mira.
—¿Lo soy?
Nathan parece sorprendido.
—Lo aceptaste.
—Lo sé.
—Entonces…
—Solo quiero saber si sigues sintiendo lo mismo ahora.
A él se le suaviza la expresión.
Nathan tarda unos segundos en responder.
—Sí.
—¿No crees que fue demasiado rápido?
—No.
—¿No te arrepientes?
—No.
—¿No crees que confundimos el deseo con algo más grande?
Nathan le toma la cara entre las manos.
—No.
La firmeza con la que responde hace que Emma contenga el aliento.
—Lo que pasó anoche no fue un impulso —dice—. No me acosté contigo porque estuviéramos solos, ni porque estuviera celoso, ni porque llevara semanas intentando controlarme.
—¿Entonces por qué?
—Porque te quiero.
A Emma se le empañan los ojos.
—¿Y si no lo hubiéramos hecho?
—Te querría igual.
—Eso no lo sabes.
—Sí que lo sé.
Nathan le besa la frente.
—Ya te deseaba antes de lo de ayer. Te deseaba antes de nuestro primer beso. Antes de que aceptaras quedarte aquí. Lo de anoche no creó lo que siento. Solo acabó con parte de la distancia que seguíamos manteniendo entre nosotros.
Emma baja la mirada.
—¿Me sigues viendo igual?
—No.
A ella se le cae el alma a los pies.
Nathan se da cuenta y le sujeta la cara con más firmeza.
—No como crees.
—¿Entonces cómo?
—Antes te veía como alguien a quien quería y deseaba, pero a quien tenía que mantener a distancia. Ahora te veo como la mujer con la que quiero construir algo.
Emma respira despacio.
—¿No me ves como una aventura pasajera?
—No.
—¿Ni como un error?
—Emma.
—Necesito oírlo.
—No eres una aventura pasajera. No eres un error. No eres una consecuencia de vivir juntos.
—¿Entonces qué soy?
Nathan se acerca más.
—Eres mi novia.
Esa palabra le llega con una fuerza inesperada.
—¿Aunque no se lo hayamos contado a todo el mundo?
—Ethan lo sabe.
—Es tu mejor amigo.
—Y mi familia lo sabrá.
—¿Cuándo?
—Cuando estés preparada.
Emma le estudia el rostro.
Nathan no parece decirlo solo para tranquilizarla. Hay seguridad en su voz, pero también delicadeza.
—No tienes que esperar a que yo esté preparada para elegirme —dice ella.
—Ya te he elegido.
—¿Entonces por qué no lo hemos hecho oficial?
—Porque no quiero que sientas que tienes que anunciar nada antes de entender lo que sientes.
Emma le toca el pecho.
—Sé lo que siento.
—Yo también.
—¿Me estás diciendo que todavía no somos pareja oficialmente?
Nathan esboza una sonrisa.
—Estoy diciendo que, por mi parte, lo somos. Pero quiero que el momento de contárselo a los demás sea una decisión que tomemos juntos.
Emma le da vueltas a eso.
La relación ya existe.
No depende de un anuncio, de una foto ni de la aprobación de quienes los rodean.
Pero entiende lo que Nathan quiere decir.
No quiere esconderla.
Solo quiere respetar el ritmo de los dos.
—Me gusta ser tu novia —dice ella.
Nathan sonríe.
—Me gusta que seas mía.
Emma entrecierra los ojos.
—Cuidado.
—Me refería a…
—Sé a qué te referías.
—Siempre te esperas lo peor.
—Tienes que medir mejor tus palabras.
—Lo intentaré.
—No paras de usar esa palabra.
—Porque todavía estoy aprendiendo.
Emma se inclina y lo besa.
El beso es lento, sin prisa, pero lleno de confianza. Nathan le rodea la cintura con los brazos y la atrae hacia sí. Emma nota cómo se le relaja el cuerpo.
No hay ni rastro de la incomodidad que esperaba.
No hay arrepentimiento.
La intimidad no ha cambiado la manera en que Nathan la mira.
De hecho, parece haber ahondado algo que ya estaba ahí.
Cuando se separan, Nathan le toca la punta de la nariz.
—¿Estás más tranquila?
—Un poco.
—¿Solo un poco?
—Tienes que seguir demostrándolo.
—¿Cómo?
—Quedándote.
Nathan le besa la frente.
—Estoy aquí.
...
Salen del dormitorio casi una hora después.
Emma lleva puesta una camisa de Nathan, porque tiene la ropa desparramada por el suelo y no quiere separarse de él para ir a buscarla. La camisa le queda enorme, le cubre parte de las piernas, y Nathan se la queda mirando en cuanto entra en la cocina.
—Esa camisa es mía.
—Lo sé.
—Tienes ropa.
—Sí que la tengo.
—Entonces…
—Estaba más cerca.
Nathan se acerca.
—Lo has hecho a propósito.
—¿El qué?
—Has elegido esa.
—¿Quieres que me cambie?
Nathan la mira.
—No.
—Entonces no te quejes.
—No me estoy quejando.
—Pues lo parece.
Nathan la coge por la cintura.
—Estás preciosa.
—Llevo tu camiseta.
—Por eso mismo.
Emma sonríe.
Él la besa.
La cocina todavía guarda huellas de la noche anterior. Una copa de vino sigue en la encimera, el abrigo de Emma está echado sobre una silla y los platos de la cena siguen apilados junto al fregadero.
La intimidad no parece desvanecerse con la luz de la mañana.
Está en cada detalle.
Nathan prepara café mientras Emma está sentada en la encimera. Se mueve por la cocina con naturalidad: saca ingredientes, calienta leche y mete pan en la tostadora.
—¿Vas a seguir dándome de comer? —pregunta ella.
—Sí.
—¿Eso forma parte de ser novio?
—Forma parte de que me gustes.
—¿Le das de comer a todo el que te gusta?
—No.
—Entonces es algo especial.
—Lo es.
Emma lo observa moverse.
—No pareces nervioso.
—Lo estoy.
—Estás haciendo café.
—Así es como llevo los nervios.
—Deberías habérmelo dicho.
—No lo sabía.
—Has dicho que siempre haces café cuando estás nervioso.
—No he dicho eso.
—Pero lo acabas de decir.
Nathan le pone la taza delante.
—Tú también necesitas comer cuando estás nerviosa.
Emma mira la tostada.
—No estoy nerviosa.
—Lo estás.
—¿Por qué?
—Te muerdes la mejilla.
Emma deja de hacerlo al instante.
Nathan sonríe.
—Te gusta usar eso en mi contra.
—Me gusta demostrar que te conozco.
—Sabes demasiado.
—Todavía estoy aprendiendo.
—Lo sabes todo.
—No sé qué quieres para el futuro.
La frase le cambia la expresión.
Emma siente el peso del tema.
—No quería decir…
—Lo sé.
Nathan se apoya en la encimera, frente a ella.
—No lo sé todo sobre el futuro. Pero sé lo que quiero ahora.
—¿Qué quieres?
—A ti.
Emma sujeta la taza.
—¿Ahora?
—Ahora y después.
—No sabes cómo será después.
—No lo sé.
—Pero lo quieres.
—Lo quiero.
Emma los mira a los dos.
—¿Quieres que siga viviendo aquí?
Nathan no responde de inmediato.
—Quiero que te quedes porque quieras quedarte. No porque la residencia no haya resuelto el problema.
—Puedo volver cuando quiera.
—Lo sé.
—¿Y eso no te hará cambiar de opinión?
—No.
—¿Seguirás viéndome?
—Sí.
—¿Aunque no estemos bajo el mismo techo?
—Lo haré.
—¿Seguirás besándome?
—Si tú quieres.
—Lo querré.
Nathan sonríe.
—Entonces lo haré.
Emma siente que su seguridad crece.
El amor de Nathan no depende de una puerta entreabierta, de una habitación temporal ni de una rutina compartida.
Él quiere conocerla más allá de esa situación.
Quiere seguir adelante cuando la cercanía entre ellos deje de ser inevitable.
—Otra vez le estás dando vueltas a todo —dice él.
—Estoy intentando creer.
—¿En mí?
—En nosotros.
Nathan se acerca y le toma las manos.
—No quiero que tengas que creerlo todo de golpe. Solo te pido que no salgas corriendo antes de escucharme.
Emma asiente.
—No lo haré.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
…
En los días siguientes, Emma y Nathan empiezan a comportarse como una pareja.
No hacen ningún anuncio.
Siguen sin decírselo a los padres de Emma.
Pero dejan de esconder las pequeñas cosas que hacen.