Capítulo 18 #2
El cuerpo de Emma toca el colchón, pero Nathan se mantiene inclinado sobre ella, aguantando su propio peso.
—¿Está bien así?
—Sí.
—Necesito que me lo digas.
—Te lo diré.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Nathan le besa la boca, después la frente, las mejillas y el cuello. Sus caricias son lentas y atentas, como si quisiera aprenderse cada una de las reacciones de Emma.
Emma le pasa las manos por los brazos.
—Te estás pasando de cuidadoso.
—Quiero recordarlo todo.
—Puedes recordarlo sin tratarme como si fuera a romperme.
Nathan la mira.
—Nunca te romperás por mi culpa.
—Entonces confía en mí.
Él asiente.
A partir de ese momento, deja que el deseo guíe sus movimientos.
Los besos se vuelven más profundos. Las manos de Nathan recorren el cuerpo de Emma con cuidado y devoción. Ella responde a cada caricia, lo atrae hacia sí, le susurra su nombre y le dice lo que quiere.
Nathan la escucha.
No hay prisa por llegar a ningún sitio. No hay nada que demostrar. Solo la intimidad que crece entre ellos, construida sobre la confianza y el deseo.
Emma se quita la camiseta ella misma.
Nathan la observa.
La imagen le encoge el pecho.
No de culpa ni de miedo.
De admiración.
Le toca la cintura, le besa el hombro y le recorre la piel despacio. Emma cierra los ojos, pero mantiene las manos sobre él.
—Mírame —pide Nathan.
Ella abre los ojos.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber que estás aquí conmigo.
—Lo estoy.
—Quiero verlo.
Emma lo atrae hacia sí y lo besa.
Esa respuesta le basta.
El resto de la noche se convierte en una sucesión de besos, caricias y palabras susurradas. Nathan permanece atento a cada una de sus reacciones, pregunta cuando hace falta y se detiene en cuanto percibe la menor duda.
Emma, por su parte, no esconde nada. No intenta parecer más experimentada, más serena ni menos deseosa de lo que es.
Confía en él.
Y Nathan recibe esa confianza como algo preciado, no como una responsabilidad.
Cuando por fin se entregan por completo el uno al otro, no sienten que estén cruzando un límite prohibido.
Sienten la certeza de cruzar un límite que ambos han elegido.
La intimidad es intensa, pero también tierna. Hay deseo contenido, ternura y una vulnerabilidad que ninguno de los dos puede ocultar. Nathan la llama por su nombre varias veces, y ella le sujeta la cara mientras repite que lo quiere.
Con cada palabra, él siente que la vieja culpa pierde terreno.
No es una traición.
No es un error.
No es una aventura.
Es Emma.
Es el amor que intentó evitar.
Es la mujer que decidió quedarse.
…
Más tarde, Emma apoya la cabeza en el pecho de Nathan.
La habitación está en silencio.
Respira con calma y sus dedos le trazan líneas distraídas sobre la piel. Nathan la rodea con un brazo y la sostiene como si aún necesitara demostrarse que está ahí.
La intimidad no ha traído la confusión que temía.
Ha traído claridad.
Antes, Nathan creía que el deseo era el mayor riesgo. Pensaba que, si besaba a Emma, perdería la capacidad de razonar.
Pero no era el deseo lo que lo asustaba.
Era el amor.
Era la forma en que Emma se entregaba a él sin exigirle que fuera perfecto. Era la confianza en sus ojos. Era la certeza de que, incluso después de todos estos años, seguía eligiéndolo a él.
Nathan le besa el pelo.
—Estás pensando —murmura Emma.
—Sí.
—Eso es peligroso.
—Ya lo has dicho antes.
—¿En qué piensas?
Nathan mira al techo.
—En nosotros.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Entonces?
—No me basta con estar contigo.
Emma levanta la cara.
Nathan la mira.
—Sé que hablamos de intentarlo. De averiguar a dónde nos lleva esto. Pero ya sé que no quiero que sea algo temporal.
A ella se le enternece la mirada.
—¿Qué es lo que quieres?
Nathan le sujeta el rostro.
—Quiero construir una relación contigo.
Emma guarda silencio.
—No solo vivir juntos mientras la residencia tenga problemas.
No solo besarte cuando estamos solos. Quiero despertar a tu lado porque hemos elegido compartir la vida, no porque te hayas quedado sin habitación.
Quiero que seas mi novia fuera de este apartamento, delante de todo el mundo, sin tener que explicar por qué estamos juntos.
Emma sonríe, pero se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Me estás diciendo que quieres un futuro?
—Te estoy diciendo que quiero construirlo.
—¿Aunque no sepas exactamente cómo?
—Aun así.
—¿No tienes miedo?
—Sí.
—Pero ¿no vas a salir corriendo?
—No.
Emma vuelve a recostarse sobre el pecho de él.
Nathan la rodea con los brazos.
—Pensaba que, después de estar contigo, sentiría la necesidad de echarme atrás —dice—. Pero en lo único que pienso es en lo mucho que quiero que esto siga.
—¿Que siga cómo?
—Contigo.
Emma le besa el pecho.
—¿Me estás diciendo que te has enamorado aún más?
—Sí.
—¿Después de todo?
—Por todo.
Nathan le pasa los dedos por el pelo.
—Me haces desear cosas que nunca entraron en mis planes.
—¿Como qué?
—Un hogar que no parezca temporal. Una rutina que sea nuestra. Café por las mañanas. Tú, quejándote de mi ropa. Tus libros en todas las habitaciones.
—Eso ya lo tienes.
—Por ahora.
—¿Y después?
—Después también.
Emma alza el rostro.
—¿Me lo prometes?
—Te estoy eligiendo.
Ella sonríe.
—Sabes que eso es distinto.
—Lo sé.
Nathan le besa la frente.
—Quiero hablar con Ethan de esto. Quiero que sepa que esto no es solo una aventura a escondidas. Quiero reclamarte como mía.
—Ya me reclamaste cuando me pediste ser tu novia delante de él.
—Fue algo espontáneo.
—Fue tierno.
—Fue un caos.
—Me llamaste tu novia.
—Porque lo eres.
Emma le acaricia la cara.
—Lo soy.
Nathan sonríe.
—¿Eres feliz?
—Lo soy.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Te veo emocionada.
—Lo estoy.
—¿Por qué?
—Porque estás hablando del futuro.
Nathan piensa en esa palabra.
Futuro.
Antes le parecía algo lejano, lleno de obligaciones y de posibilidades que nunca podría controlar. Ahora la palabra tiene el rostro de Emma.
—Quiero construir una relación contigo —repite.
Emma se acerca y lo besa.
El beso es más lento que los anteriores, cargado de la intimidad que acaban de compartir. Nathan la abraza y siente la piel de ella contra la suya, el corazón de ella latiendo junto al suyo.
Al separarse, Emma se queda cerca.
—Sabes que todavía puedes cambiar de opinión.
—No lo haré.
—Sé que no puedes prometerlo todo.
—Puedo prometerte que te lo diré si me asusto.
—¿Y que no me vas a esconder?
—No lo haré.
—¿Y que no me vas a tratar como un error?
—Eres la mejor decisión que he tomado en mi vida.
Emma cierra los ojos.
Nathan la abraza contra él.
La noche sigue en silencio.
No hacen falta más palabras. Los dos saben que algo ha cambiado.
El deseo que antes parecía una amenaza ahora forma parte de una relación que empieza a construirse. Sigue habiendo miedo, pero también disposición. Sigue habiendo preguntas, pero ya hay respuestas suficientes para que puedan avanzar.
Nathan no solo quiere estar con Emma.
Quiere construir algo.
Quiere una relación que exista fuera del piso, fuera de la protección de Ethan y fuera de los límites que él mismo se puso para mantener el amor a raya.
Quiere elegirla cada día.
Y mientras Emma duerme en sus brazos, Nathan comprende que el mayor riesgo nunca fue entregarse a ella.
El mayor riesgo habría sido seguir huyendo.