La única regla que rompemos Capítulo 18
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Capítulo 18

Sin más límites

Nathan se da cuenta de que la presencia de Ethan en el apartamento cambia la rutina, pero no lo que hay entre Emma y él.

Durante los primeros días después de la conversación en la estación, los tres aprenden a compartir el mismo espacio de otra manera.

Ethan sigue pinchando a Nathan, Emma sigue quejándose de que los dos lo dejen todo tirado por ahí y Caleb se pasa alguna vez a recoger ropa y a hablar de los entrenamientos.

La diferencia está en los detalles.

Nathan ya no tiene que esconderse cuando le da la mano a Emma.

Emma ya no tiene que apartarse cuando él la besa en la cocina.

Ethan lo sabe.

Eso no significa que todo se haya vuelto sencillo.

Nathan todavía siente una tensión constante cada vez que Ethan anda cerca. No porque su amigo haya mostrado desaprobación, sino porque esa aprobación no le ha quitado el miedo a decepcionarlo.

Emma lo nota.

Lo nota todo.

Esa tarde, Nathan vuelve del entrenamiento y se los encuentra a los dos en el salón. Ethan está sentado en el sofá, con el portátil abierto sobre las piernas, mientras Emma ocupa el otro extremo, leyendo un libro.

Nathan se detiene cerca de la puerta.

Emma alza la vista.

Se le ilumina la cara.

Nathan quiere cruzar el salón y besarla ahí mismo, pero Ethan está delante.

Semanas atrás se habría contenido.

Ya no.

Deja caer la bolsa en el suelo, se acerca al sofá y se inclina para besar a Emma.

El beso es breve, pero suficiente para que Ethan emita un ruido de desaprobación.

—Que estoy aquí delante.

Nathan se aparta.

—Lo sé.

—Pues no hace falta que actúes como si acabaras de volver de una guerra.

—No lo hago.

—Has besado a mi hermana en cuanto has entrado.

—Es mi novia.

A Nathan se le escapa la palabra antes de poder pensarla.

Emma se queda inmóvil.

Ethan levanta la vista del portátil.

—¿Novia?

Nathan cae en lo que acaba de decir.

Todavía no le había pedido oficialmente a Emma que fuera su novia. Habían hablado de estar juntos, de elegirse el uno al otro y de no esconder lo que sentían, pero no le habían puesto un nombre formal a su relación.

Emma lo observa.

No parece molesta.

Al contrario: en sus ojos hay un brillo de sorpresa y de alegría.

—¿Quieres que sea tu novia? —pregunta ella.

Nathan nota cómo le late el corazón con fuerza.

Ethan cierra el portátil despacio.

La habitación se queda en silencio.

Nathan mira a Emma.

—Sí, quiero.

—¿Me lo estás pidiendo ahora?

—Yo…

No era así como se lo había imaginado. Había querido preparar algo especial, elegir el momento justo, decirle que la quería y que deseaba construir una relación con ella.

Pero quizá la verdad no necesitaba un escenario perfecto.

—Emma Carter —dice, tomándole la mano—, ¿quieres ser mi novia?

A ella se le ensancha la sonrisa.

—Sí.

Ethan da una palmada.

—Por fin.

Nathan lo mira.

—¿Sabías que esto iba a pasar?

—Sabía que estabais juntos. Lo que no sabía era que fueras incapaz de usar la palabra.

Emma se ríe.

Nathan le aprieta la mano.

—¿Contento ya?

—Un poco.

—Puedes volver a tu portátil.

—Puedo, pero voy a seguir escuchando.

—No te he pedido opinión.

—Lo sé.

Emma apoya el hombro en el de Nathan.

La palabra «novia» le resuena dentro.

Parece algo sencillo.

Pero lleva dentro todo lo que pasaron para llegar hasta aquí.

No son solo dos personas que comparten un piso.

No son solo dos amigos que se desean.

No son solo la hermana del mejor amigo y el hombre que intentó olvidarla.

Ahora tienen una relación.

Y, por primera vez, Nathan deja que esa palabra sea real.

…

Esa noche, Ethan decide cenar en casa de sus padres.

—Mi madre quiere que le cuente lo del viaje —explica mientras coge las llaves.

—Puede preguntártelo por teléfono —responde Nathan.

—Quiere verme.

—¿Estás huyendo?

—Os estoy dejando espacio.

Emma alza la vista.

—Ethan.

—No estoy diciendo nada.

—Sí que lo estás diciendo.

—Solo os recuerdo que noto perfectamente cuándo dos personas fingen que no quieren quedarse a solas.

Nathan se cruza de brazos.

—¿Piensas volver?

—Puede.

—Ethan.

—Volveré tarde.

Emma se sonroja.

Nathan le lanza una mirada.

—No hace falta que lo anuncies.

—Estoy ayudando.

—Tú nunca ayudas.

Ethan abre la puerta.

—Divertíos.

—Lárgate —dice Nathan.

Ethan sonríe y se va.

La puerta se cierra.

El apartamento se queda en silencio.

Emma se queda cerca del salón, de brazos cruzados.

Nathan la mira.

—Lo hace a propósito.

—Desde luego.

—Es insoportable.

—Te cae bien.

—Por desgracia.

Emma sonríe.

Nathan se acerca a ella.

—Eres mi novia.

—Eso ya lo has dicho.

—Quería oírtelo decir.

—Soy tu novia.

Nota un calor en el pecho.

Nathan la sujeta por la cintura.

—Sabes que esto significa que ya no tienes que disimular.

—Lo sé.

—Conmigo tampoco.

—Nunca he disimulado contigo.

—A veces fingías que no me deseabas.

—Tú también.

—Yo intentaba no destruirlo todo.

—¿Y ahora?

—Ahora no quiero destruir nada.

Emma le toca la cara.

—¿Todavía tienes miedo?

—Sí.

—¿De qué?

—De hacerlo mal.

—No tienes que hacerlo todo a la perfección.

—Lo sé.

—Pero tú quieres.

—Sí.

—Entonces hagámoslo juntos.

Nathan cierra los ojos un instante.

Son palabras sencillas, pero justo las que necesitaba oír.

Besa a Emma.

Esta vez ella lo recibe sin vacilar. Le rodea el cuello con los brazos y Nathan la atrae hacia sí. El beso empieza con ternura, pero la tensión acumulada en los últimos días pronto lo convierte en algo más intenso.

La boca de Emma se mueve sobre la suya con seguridad.

Nathan nota cómo las manos de ella le recorren los hombros y bajan luego por el pecho. Ese contacto hace que su cuerpo responda al instante.

Interrumpe el beso un segundo.

—Emma.

Ella mantiene los ojos cerrados.

—Estoy aquí.

—Sabes que podemos parar.

—Lo sé.

—Si tienes alguna duda…

Emma abre los ojos.

—No tengo ninguna.

Nathan le toca la cara.

—No quiero que hagas nada para demostrar nada.

—No estoy demostrando nada.

—Entonces, ¿por qué me miras así?

—Porque te deseo.

La respuesta golpea a Nathan de lleno.

Apoya la frente contra la de ella.

—Yo también te deseo.

—Lo sé.

—No solo porque estemos solos.

—Lo sé.

—No solo porque…

—Lo sé, Nathan.

Emma le coge la mano y se la pone en la cintura.

—Quiero que dejes de buscar motivos para no tocarme.

Nathan mira los dedos de ella sobre los suyos.

—Tengo miedo de perderme.

—Conmigo puedes encontrarte a ti mismo.

Esas palabras disuelven lo que queda de su resistencia.

Nathan vuelve a besar a Emma.

El beso es más profundo, más exigente. Él le desliza las manos por la espalda y siente el calor a través de la tela. Emma se pega a él y Nathan se da cuenta de que ya no hay margen para fingir que esto es solo una cercanía inocente.

La levanta por la cintura.

Emma deja escapar un sonido suave contra su boca y lo rodea con las piernas por instinto.

Nathan la sujeta con firmeza.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Quieres que pare?

—No.

La respuesta es inmediata.

Nathan la lleva hasta la encimera de la cocina y la sienta encima. Emma le atrae la cara hacia la suya y lo besa con una urgencia que borra cualquier pensamiento.

No existe Ethan.

No existe el viaje.

No existe el miedo a perder la amistad.

Solo existe el cuerpo de Emma contra el suyo, su olor y la certeza de que los dos han elegido este momento.

Nathan le besa la mandíbula y después baja despacio por el cuello.

Emma inclina la cabeza y lo deja continuar.

Ella le hunde las manos en el pelo.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo imaginando esto? —pregunta ella en voz baja.

Nathan alza la cara.

—No.

—Desde que me di cuenta de que no eras solo el mejor amigo de mi hermano.

—¿Cuándo fue eso?

—La noche que volviste de la universidad.

—Llevaba una camisa azul.

—¿Te acuerdas?

—Me acuerdo de ti.

A ella se le iluminan los ojos al oír la respuesta.

Nathan vuelve a besarle el cuello.

—No debería haber mirado.

—Pero lo hiciste.

—Lo hice.

—Y luego hiciste como si fuera una niña.

—Intentaba convencerme a mí mismo.

—¿Funcionó?

—No.

Emma sonríe y lo besa.

Nathan siente que la intimidad entre ellos no es solo física. Cada roce lleva consigo años de espera; cada beso responde a una pregunta que ninguno de los dos se atrevía a formular.

Él la ayuda a bajar de la encimera.

Emma le coge la mano.

—¿Vamos a la habitación?

Nathan la mira.

La pregunta no es solo una invitación.

Es una decisión.

—¿Estás segura?

—Lo estoy.

—Quiero que estés segura porque lo deseas tú, no porque creas que debes.

—Lo deseo porque te quiero.

Nathan cierra los ojos un instante.

—Dilo otra vez.

—Te quiero.

Él la besa.

—Yo también te quiero.

Emma entrelaza los dedos con los de él.

Cruzan juntos el pasillo.

…

En la habitación de Nathan, la luz está apagada. Por la ventana solo entra el resplandor de la calle, que ilumina a medias la cama y los muebles.

Emma se detiene cerca de la puerta.

Por primera vez está aquí como mujer, no como la hermana de su mejor amigo ni como alguien que necesitaba ayuda.

Nathan cierra la puerta tras ellos, pero no echa el pestillo.

El gesto es deliberado.

Quiere que Emma sepa que nadie la está presionando.

—Si cambias de opinión…

—No lo haré.

—Si sientes algo…

—Te lo diré.

—Si quieres parar…

—Te lo pediré.

Nathan se acerca más.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco.

—Yo también.

Emma le toca la cara.

—No lo pareces.

—Intento disimularlo.

—No conmigo.

—No contigo.

Nathan la besa otra vez.

Emma le busca con las manos el bajo de la camiseta y le sube la tela despacio. Nathan deja que se la quite, y ella le recorre con la mirada el pecho, los hombros y las marcas que le ha dejado el entrenamiento.

—Me estás mirando —dice él.

—Sí.

—¿Quieres preguntarme algo?

—Tienes una cicatriz aquí.

Emma roza apenas una marca cerca de las costillas.

—Un partido.

—¿Te dolió?

—En el momento.

—¿Y después?

—Después también.

—No me lo contaste.

—No me lo preguntaste.

Emma baja la mirada.

—Debí preguntar.

—Ahora lo preguntas.

Le recorre la cicatriz con los dedos.

—Quiero saberlo todo.

Nathan le coge la mano.

—Lo sabrás.

—¿Incluso las partes difíciles?

—Sobre todo esas.

Le besa la palma de la mano.

Emma se acerca más y le besa el pecho.

El gesto es delicado, pero aviva el deseo de Nathan. Le sujeta la cara y la besa con más intensidad mientras la guía hacia la cama.