Capítulo 15 #2
Durante el entrenamiento comete menos errores que el día anterior, pero no consigue concentrarse del todo. Le vuelve a la cabeza la conversación con Ethan y, con ella, la promesa que se hizo a sí mismo.
No usar el miedo para decidir por ella.
No huir.
No convertir la relación en una obligación.
Cuando termina el entrenamiento, Nathan coge el teléfono.
El último mensaje de Emma es de hace tres horas.
Vuelvo más tarde.
Él contesta:
¿Va todo bien?
Sin respuesta.
Caleb se acerca mientras Nathan guarda el equipo.
—¿Problemas?
—Emma está rara.
—¿Le has preguntado?
—Dice que está bien.
—¿Y te lo has creído?
—No.
—Entonces vuelve a preguntarle.
—No quiero presionarla.
—¿Prefieres que se preocupe ella sola?
Nathan lo mira.
Caleb se cruza de brazos.
—Te has pasado semanas queriendo que fuera sincera. Ahora te toca a ti hacer lo mismo.
—Lo estoy intentando.
—Intentarlo no basta.
Nathan recuerda su conversación con Ethan.
«El mayor riesgo no es perder tu amistad, sino hacerle daño a Emma si sigues huyendo».
Quizá lo estaba haciendo otra vez. No porque le diera miedo Ethan, sino porque temía que Emma descubriera que no podía darle la seguridad que necesitaba.
—Hablaré con ella —dice.
—Bien.
—Pero no sé si querrá escucharme.
—Entonces asegúrate de que sepa que puede hablar.
Nathan coge la bolsa.
—¿Tú tienes respuesta para todo?
—No.
—Lo parece.
—Lo aprendí de ti.
Nathan casi sonríe.
Pero la preocupación sigue ahí.
…
Emma llega al apartamento pasadas las ocho de la noche.
El salón está vacío y las luces apagadas. Por un momento, siente alivio. No sabe qué diría si Nathan la estuviera esperando.
Deja la bolsa en la silla y se quita el abrigo.
La puerta de la habitación de él está abierta.
Nathan está sentado en la cama, con el móvil en la mano.
Levanta la vista en cuanto ella pasa por el pasillo.
—Has vuelto.
—He vuelto.
—¿Has comido?
—Sí.
—¿Qué has comido?
Emma suspira.
—¿Eso es lo primero que preguntas?
—Estoy preocupado.
—No hace falta.
—Has estado fuera todo el día.
—Tenía clase.
—¿Y después?
—He estado con Olivia.
—¿Por qué no me lo has dicho?
—Te dije que volvería más tarde.
—No es lo mismo.
—No sabía que tenía que rendir cuentas de cada paso que doy.
Nathan se levanta.
—No te pido que me rindas cuentas de cada paso.
—Lo parece.
—Lo estás haciendo otra vez.
—¿Haciendo qué?
—Distanciarte y fingir que no pasa nada.
Emma se quita los zapatos.
—No pasa nada.
—Entonces mírame y dilo.
Se da la vuelta.
Nathan está a solo unos pasos.
Emma intenta mantener la expresión neutra, pero su presencia se lo impide.
—Estoy cansada.
—Estás dolida.
—No.
—Emma.
—¿Quieres que diga algo? Pues vale. Estoy dolida.
Nathan no se mueve.
—¿Por mí? —pregunta él.
—Por la situación.
—¿Qué situación?
Emma se ríe sin ganas.
—¿Me quieres porque vivo aquí?
La pregunta le sale antes de que pueda suavizarla.
Nathan parece desolado.
—¿Es eso?
—No lo sé.
—¿Crees que solo estoy contigo porque compartimos piso?
—No he dicho eso.
—Es lo que has preguntado.
—Intento entenderlo.
—¿Quieres saber si te seguiría eligiendo si no estuvieras aquí?
Emma aprieta los labios.
Nathan no espera respuesta.
—¿Es eso?
—Sí.
La sinceridad le cambia la expresión.
Emma nota que se le llenan los ojos de lágrimas, pero no se echa atrás.
—Quiero saber si me quieres porque soy yo, o porque vivir juntos te ha hecho creer que me quieres.
—Ya te quería antes de que te mudaras.
—Dijiste que empezaste a darte cuenta el verano que cumplí dieciocho. Pero nunca hiciste nada.
—Porque tenía miedo.
—¿Y si el miedo se te hubiera quitado por otro motivo?
Nathan frunce el ceño.
—¿Qué motivo?
—Si no hubiera venido aquí. Si no me hubieras visto todas las mañanas. Si no me hubieras cuidado. Si no te hubiera dicho que me gustabas. ¿Te habrías dado cuenta?
—Ya me había dado cuenta.
—Pero ¿me habrías elegido?
Nathan se queda callado.
Emma intuye la respuesta antes de que la diga.
—No lo sabes.
—No sé qué habría pasado en una situación que nunca se dio.
—Pero sabes lo que sientes.
—Lo sé.
—Entonces respóndeme.
—Te elegiría.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Aunque no estuviera aquí?
—Sí.
—¿Aunque Ethan no se hubiera ido?
—Sí.
—¿Aunque nunca hubiéramos compartido el piso?
—Sí.
Su respuesta se vuelve más firme con cada pregunta.
Emma, en cambio, no consigue calmarse.
—¿Entonces por qué no puedo creerte?
Nathan se acerca.
—Porque tienes miedo.
—Sí que lo tengo.
—¿De qué?
—De que esto sea temporal.
—¿Crees que yo soy temporal?
—No.
—¿Entonces por qué piensas eso?
Emma aparta la mirada.
—Porque todo empezó por una situación temporal.
Nathan no responde de inmediato.
Emma continúa:
—Solo estoy aquí porque perdí mi habitación. Tú solo empezaste a comportarte de otra manera porque de repente me tenías cerca. La oficina de alojamiento podría resolverlo mañana. Yo podría volver. Y cuando eso pase, puede que te des cuenta de que en realidad no me quieres.
—No me voy a dar cuenta de eso.
—No lo sabes.
—Sí que lo sé.
—No dejas de decir que lo sabes.
—Porque lo sé.
—¿Cómo?
Nathan da otro paso.
—Porque, antes de que vivieras aquí, ya sabía cuándo estabas cansada.
Ya sabía cómo te gustaba el café. Ya sabía que fingías estar bien cuando no lo estabas.
Sabía que odiabas los sitios abarrotados, que te mordías la mejilla cuando estabas nerviosa y que siempre mirabas el final de los libros cuando estabas angustiada.
Emma siente que se le encoge el pecho.
—Podrías haberte fijado en esas cosas porque me conoces desde hace años.
—También sabía que yo te gustaba.
Emma alza la vista.
—¿Lo sabías?
—No con seguridad. Pero lo sospechaba.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque ya estaba enamorado de ti antes de admitirlo.
La habitación se queda en silencio.
Nathan continúa:
—No me enamoré de ti cuando viniste al apartamento. Es que ya no pude seguir disimulando.
Emma nota cómo le caen las lágrimas.
—Nunca me lo dijiste.
—No sabía cómo.
—Dijiste que me veías como a una mujer.
—Así es.
—¿Desde cuándo?
Nathan respira hondo.
—Desde antes de que te dieras cuenta de que me deseabas.
La respuesta la sorprende.
—¿Te enamoraste primero?
—Sí.
La palabra suena baja, pero rotunda.
—¿Cuándo?
—No lo sé exactamente.
—¿Tú tampoco lo sabes?
—Sé que fue antes de que te vinieras a vivir aquí. Antes del beso. Antes de que me dijeras que yo te gustaba.
—¿Sabías que me querías?
—Sabía que pensaba en ti cuando no quería. Sabía que no soportaba verte con otro hombre. Sabía que quería cuidarte, pero no como un hermano. Sabía que me molestaba la idea de que volvieras a la residencia incluso antes de que hubiera algo entre nosotros.
Emma llora en silencio.
Nathan se acerca hasta quedar frente a ella.
—Lo que pasa es que no sabía llamarlo amor, porque, si lo hacía, tendría que admitir que no podía seguir huyendo.
—¿Y ahora?
—Ahora no quiero huir.
—¿Aunque vuelva a la residencia?
—Aunque vuelvas.
—¿No cambiarás de opinión?
—No.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Nathan le sujeta la cara entre las manos.
—Porque intenté imaginarme mi vida sin ti y no me cuadraba.
Emma cierra los ojos.
—No puedes decir eso y esperar que no tenga miedo.
—No lo espero.
—Entonces, ¿qué esperas?
—Que hables conmigo cuando tengas miedo.
—¿Y si no puedo?
—Seguiré preguntando.
—¿Y si me alejo?
—Iré a buscarte.
—¿Aunque te diga que estoy bien?
—Sobre todo si lo dices demasiado deprisa.
Emma ríe entre lágrimas.
Nathan le seca la cara.
—No estoy confundido sobre lo que siento —dice él.
Ella abre los ojos.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿qué es?
—Me da miedo lo importante que te has vuelto para mí.
La frase es exactamente lo que anticipaba el arranque del capítulo.
—Ya era importante antes.
—Ahora es distinto.
—¿En qué?
—Antes podía imaginarme perderte y seguir con mi vida. Dolería, pero sería posible. Ahora, cuando lo pienso, es como si algo dentro de mí desapareciera.
Emma contiene el aliento.
—No vas a perderme.
—Sé que no puedo garantizarlo.
—No tienes que garantizarlo. Solo tienes que quedarte.
—Me quedaré.
—¿Aunque vuelva?
—Aunque vuelvas.
—¿Aunque la distancia lo haga más difícil?
—Iré a verte.
Emma le sujeta las muñecas.
—No tienes que salvarme.
—Lo sé.
—No tienes que protegerme.
—Lo sé.
—Solo tienes que elegirme.
Nathan apoya la frente en la de ella.
—Te elijo.
Emma cierra los ojos.
La duda no desaparece del todo. Puede que no desaparezca en una sola conversación. Pero la verdad de Nathan ocupa el espacio suficiente para que pueda respirar.
—Lo siento —dice ella.
—¿Por qué?
—Por huir antes de preguntarte.
—Tenías miedo.
—Debería haber confiado en ti.
—Yo debería habértelo puesto más fácil.