La única regla que rompemos Capítulo 14
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Capítulo 14

Una cita de verdad

Nathan se despierta antes que Emma, pero no se levanta de inmediato.

La puerta del dormitorio de Emma está entreabierta, igual que la noche anterior. Solo alcanza a ver un trozo de la cama y la luz intensa que entra por la ventana.

No debería estar mirando.

Aun así, sigue tumbado, con la mirada fija en la rendija.

Después de la conversación, después de los besos y de la decisión de dejar de fingir, el piso ya parece otro. La distancia entre las habitaciones sigue siendo la misma, pero ya no representa una barrera absoluta.

Ahora hay elección en los dos lados.

Emma dejó la puerta abierta.

Nathan entiende el gesto.

No como una invitación a entrar, sino como una forma silenciosa de decir que ya no quiere esconderse.

Se levanta, se ducha y se viste con más cuidado que de costumbre. Elige una camisa oscura, vaqueros y botas. Se queda unos segundos delante del armario para evaluar su aspecto, hasta que cae en lo ridículo de la situación.

Es solo una salida.

Una cita.

Su primera cita de verdad con Emma.

La idea le encoge el pecho.

Durante años, Nathan la ha visto en salas abarrotadas, en cocinas familiares, en las gradas y en los pasillos del campus. Siempre había alguien más alrededor. Ethan, los padres de ella, los compañeros de equipo de él, los amigos de la universidad.

Nunca habían estado juntos así.

Sin tener que fingir que eran simples conocidos.

Sin la protección de la charla trivial.

Sin poder esconderlo todo detrás de la palabra «hermana».

Nathan abre la puerta de su habitación.

Emma está en la cocina, de espaldas a él, preparando café. Lleva una falda oscura, una blusa de color claro y botines. Lleva el pelo suelto, que le cae sobre los hombros.

Él se detiene en el pasillo.

Emma se da la vuelta.

—¿Estás listo?

Nathan la mira.

—¿Para qué?

—Dijiste que me llevarías a un sitio.

—¿Eso dije?

—Anoche lo dijiste.

—No me acuerdo.

—Dijiste que querías enseñarme un lugar importante.

Nathan lo recuerda.

La noche anterior, mientras estaban sentados en el sofá, Emma le preguntó qué haría si pudiera elegir cualquier lugar para llevarla. Él respondió que conocía un sitio que ella nunca había visto.

No contaba con que ella se acordara.

—Creía que estabas cansada.

—Lo estaba.

—Entonces, ¿por qué te has levantado temprano?

—Porque me entró la curiosidad.

Nathan nota que se le dibuja una sonrisa.

—Siempre has sido curiosa.

—Y tú siempre has tardado mucho en responder.

—Eso no es verdad.

—Te has quedado plantado en el pasillo mirándome fijamente.

Nathan aparta la mirada.

—No te miraba.

—Sí que me mirabas.

—Estás preciosa.

Las palabras le salen sin que pueda pensarlas.

Emma se queda inmóvil.

Nathan también.

Durante años jamás había usado esas palabras para describirla. No porque no fueran ciertas, sino porque decirlas en voz alta habría sido admitir que la miraba como no debía.

Ahora, en cambio, ya no hay motivo para esconderse.

Emma baja la mirada.

—Gracias.

—Me refería a…

—Sé a qué te referías.

Nathan va hacia la cocina.

—¿Has hecho café?

—Sí.

—¿Para mí?

—Eres la única persona que hay en este piso aparte de mí.

—Entonces era para mí.

—No te acostumbres.

Nathan coge la taza.

El café está perfecto.

—¿Lo has hecho a propósito?

—Te he observado unas cuantas veces.

Él da un sorbo.

—Está bueno.

—Pareces sorprendido.

—Me sorprende que lo hayas conseguido.

Emma le da un empujoncito en el brazo.

Nathan nota el roce y le coge la mano antes de que pueda retirarla.

Los dos miran los dedos entrelazados.

Ya no queda la misma vacilación que en aquellos primeros días.

Sigue habiendo cautela, pero no tanto miedo como para apartarse.

Nathan se lleva la mano de ella a los labios y le besa los dedos.

Emma observa el gesto.

—Te estás volviendo romántico.

—No se lo digas a Caleb.

—Podría decírselo a Olivia.

—Ya cree que estoy enamorado de ti.

Emma levanta las cejas.

—¿Y se equivoca?

Nathan la mira.

—No.

La sonrisa de Emma se va apagando poco a poco.

La palabra era sencilla, pero cargada de significado.

Nathan no se retracta.

—Quería que lo supieras —dice.

—Lo sé.

—No quiero que sigas dudando.

—Seguiré dudando a veces.

—Yo también.

—Pero no voy a fingir.

Nathan asiente.

—Eso es lo que importa.

...

El lugar al que Nathan lleva a Emma está a unos minutos del campus.

Es una pista de hielo más pequeña, construida detrás de un antiguo centro deportivo. No hay gradas llenas, ni música a todo volumen, ni carteles que anuncien partidos. Solo una zona cubierta, unas cuantas luces colgadas del techo y el sonido amortiguado de la maquinaria en marcha.

Emma mira por la ventanilla del coche.

—Nunca he estado aquí.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Siempre ibas a la pista principal.

—Ethan me llevaba.

—Lo sé.

Nathan aparca cerca de la entrada lateral.

Emma sale del coche y mira el edificio.

—¿Está cerrado?

—Al público.

—¿Tienes llave?

—La tengo.

—¿Te dejan entrar aquí?

—A veces.

—¿Eso significa que no?

—Significa que nadie nos va a echar.

Nathan saca la llave y abre la puerta.

Dentro reina el silencio. El aire está frío y Emma se rodea el cuerpo con los brazos.

—Deberías haberme avisado.

—Tengo un abrigo en el coche.

—Podrías habérmelo dicho.

Nathan vuelve al coche y coge una chaqueta. Le cubre los hombros con ella.

La tela aún conserva el calor de su cuerpo.

Emma mete los brazos en las mangas.

—¿Siempre llevas un abrigo de más?

—No siempre.

—¿Para quién?

—Para ti.

Emma lo mira.

Nathan se da cuenta de lo que ha dicho.

—Lo he traído porque sabía que ibas a tener frío.

—¿Lo sabías?

—Te conozco.

—Conoces hasta el último detalle.

—No todos.

—Casi todos.

Nathan le sujeta la puerta para que pase.

—Todavía estoy descubriendo cosas.

Emma camina a su lado.

La pista está vacía y el hielo refleja las luces del techo. Algunas marcas cruzan la superficie, rastros de entrenamientos y partidos pasados. El lugar es más pequeño que la pista principal, pero desprende una calma que la otra no tiene.

—¿Entrenabas aquí? —pregunta Emma.

—Aquí empecé.

—¿Cuántos años tenías?

—Seis.

—¿Ya se te daba bien?

—No.

—¿Lo admites?

—Era un desastre.

—Ethan decía que siempre tuviste talento.

—Ethan mentía para animarme.

—¿No te gustaba?

—Sí, me gustaba.

Nathan camina hasta el borde de la pista.

—Mi padre me traía aquí.

Emma percibe el cambio de tono.

—¿Él jugaba?

—No. Pero quería que yo jugara.

—¿Y tú querías?

—Quería complacerlo.

Emma se queda a su lado.

Nathan mira el hielo.

—Cuando era niño, creía que mi padre quería un jugador profesional. Un hijo fuerte, disciplinado, capaz de ganar. Intenté ser eso.

—Y lo conseguiste.

—Conseguí ser capitán de un equipo universitario.

—¿Era eso lo que él quería?

—No lo sé.

—¿Nunca se lo preguntaste?

—Murió antes de que pudiera hacerlo.

Emma le toca el brazo.

—Lo siento.

—No tienes por qué.

—Sé que no te gusta que la gente diga eso.

—No es que no me guste.

—Te quedas callado.

—Porque no sé qué decir.

—Puedes decir simplemente «gracias».

—Gracias.

Emma esboza una leve sonrisa.

Nathan la mira.

—No tienes que cuidar de mí.

—Lo sé.

—No quiero que te sientas obligada a escuchar todo esto.

—No me siento obligada.

—Quizá te he traído aquí porque quería que entendieras de dónde vengo.

—Quiero entenderlo.

Nathan apoya los brazos en la barandilla.

—Antes no venía aquí solo. Cuando murió mi padre, estuve mucho tiempo sin poder entrar. El hielo me recordaba todo lo que quería olvidar.

Emma guarda silencio.

—Ethan fue el que me trajo de vuelta —continúa—. No intentó hacerme hablar. Solo venía, se sentaba en las gradas y esperaba.

—Siempre ha estado a tu lado.

—Sí.

—Por eso te da tanto miedo perderlo.

—Así es.

Nathan mira la pista.

—Cuando Emma no entró en la universidad al primer intento, Ethan se quedó con ella semanas enteras. Cuando entraste tú, me llamó a mí antes de decírselo a tus padres.

Emma sonríe.

—Eso no lo sabía.

—Estaba más nervioso que tú.

—No lo parecía.

—A Ethan no se le nota cuando tiene miedo.

—¿Y tú?

Nathan la mira.

—A mí se me nota de otras maneras.

—¿Como qué?

—Intento controlarlo todo.

—De eso ya me he dado cuenta.

—O me quedo callado.

—De eso también.

—O hago café.

Emma sonríe.

—Esa es mi favorita.

Nathan le observa la cara.

La luz fría de la pista le roza los ojos y hace que parezcan más claros.

—Te he traído aquí porque este sitio es importante para mí.

—¿Por tu padre?

—Por todo.

Nathan respira hondo.

—Aquí aprendí a caerme sin rendirme. Aquí Ethan me vio perder un partido y lloró más que yo. Aquí mi madre me dijo que no tenía que ser lo que mi padre había imaginado.

Emma se acerca un poco más.

—¿Llegaste a escucharla?

—Me llevó tiempo.

—Pero la escuchaste.

—Puede que ahora sí.

—¿Todavía sientes que tienes que ser perfecto?

—Perfecto, no.

—¿Entonces, qué?

—Imprescindible.

Emma frunce el ceño.

—¿Para quién?

—Para todos.

Nathan se queda mirando el hielo.

—Si me necesitan, nadie se irá. Si resuelvo los problemas, si estoy disponible, si no decepciono a nadie, quizá la gente se quede.

A Emma se le encoge el pecho.

—No funciona así.

—Lo sé.

—No tienes que ser imprescindible para ser amado.

Nathan la mira.

La palabra amor parece tocar algo dentro de él.

—¿De verdad lo crees?

—Sí.

—¿Incluso cuando alguien se va?

Emma piensa en su padre, en la distancia con algunos amigos y en todas las veces en que se sintió excluida.

—Incluso entonces.

—¿Por qué?

—Porque el amor no es una recompensa por ser útil.

Nathan guarda silencio.

Emma le toca la mano.

—No tienes que ganarte el derecho a ser amado.

Él entrelaza los dedos con los de ella.

—Lo dices como si fuera fácil.

—No es fácil. Pero es verdad.

Nathan le besa la mano.

—¿Siempre has sido así?

—¿Así cómo?

—Capaz de decir exactamente lo que necesito oír.

—Digo lo que pienso.

—A veces es lo mismo.

Emma mira la pista.

—¿Me has traído aquí para hablar de tu padre o de nosotros?

—De los dos.

—¿Por qué?

—Porque quería que entendieras que mi miedo a perder a Ethan no empezó contigo.

Emma vuelve la cara hacia él.

—No creía que hubiera empezado conmigo.

—Pero ahora estás en el centro de todo.

—No quiero estarlo.

—Lo sé.

—No quiero que elijas entre Ethan y yo.

—Yo tampoco.