La única regla que rompemos Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Puede que desde que volviste a la universidad después de aquel verano.

—¿El verano del pelo?

—Sí.

—Tenías dieciocho años.

—Lo sé.

—¿Y yo te gustaba desde entonces?

—Puede.

Nathan se pasa una mano por el pelo.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

—Porque me tratabas como a una niña.

—Intentaba no darme cuenta.

—¿Funcionó?

—No.

Emma sonríe.

—Me di cuenta.

—¿Te dabas cuenta?

—Siempre me doy cuenta cuando me miras.

Nathan parece sorprendido.

—¿Lo sabías?

—No estaba segura.

—¿Y aun así seguías?

—Me gustaba imaginarlo.

—Eres cruel.

—Tú me enseñaste.

Nathan le besa la frente.

—Debería haber dicho algo.

—Deberías haberlo dicho.

—Creía que te arrepentirías.

—Me arrepiento de haber esperado tanto.

Nathan cierra los ojos.

—Yo también.

Emma le toca la cara.

—¿Sabes lo que yo quería?

—¿Qué?

—Que un día dejaras de revolverme el pelo y te dieras cuenta de que ya no era una niña.

Nathan sonríe.

—Me di cuenta.

—Pues tardaste lo tuyo.

—Estaba ocupado.

—¿Con qué?

—Con tener miedo.

La expresión de Emma se suaviza.

—Ya puedes dejar de tener miedo.

—No del todo.

—Entonces ten miedo a mi lado.

Esas palabras lo dejan en silencio.

Vuelve a abrazarla.

Emma apoya la cara en su pecho.

—Me gusta esa idea —dice él.

—¿Cuál?

—Tener miedo a tu lado.

—Suena romántico.

—¿Me estás llamando romántico?

—No te acostumbres.

Nathan le coge la mano.

—Quiero hacer esto bien.

—Eso ya lo has dicho.

—Necesito volver a decirlo.

—¿Por qué?

—Porque todavía me estoy convenciendo a mí mismo.

Emma lo mira.

—No tienes que prometerme que sabes en qué va a acabar esto.

—No lo sé.

—Pero sí tienes que prometerme que no lo vas a esconder.

—No lo haré.

—¿No me vas a tratar como una responsabilidad?

—No.

—¿No vas a usar a Ethan como excusa?

Nathan respira hondo.

—Intentaré no hacerlo.

Emma entrecierra los ojos.

—Prometiste ser sincero.

—Entonces no lo haré.

—Mejor.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Vas a ser sincera conmigo?

—¿Sobre qué?

—Si te entra miedo.

Emma se lo piensa.

Le gustaría decir que nunca tendría miedo. Que, después de oír a Nathan admitir lo que sentía, todo sería fácil.

Pero no lo sería.

—Lo seré —dice ella.

—¿Si crees que me estoy alejando?

—Te lo diré.

—¿Si te sientes escondida?

—Te lo diré.

—¿Si cambias de opinión?

Emma siente una opresión en el pecho.

—Te lo diré.

Nathan asiente.

—Entonces tenemos un acuerdo.

—No es un contrato.

—Lo sé.

—Hablas como si estuvieras en el trabajo de Ethan.

—No lo estoy.

—Actúas como si se pudieran poner reglas a todo.

—Algunas reglas ayudan.

Emma se aparta.

—No empieces.

Nathan sonríe.

—Vale.

…

Se quedan un rato más en la cocina.

La conversación deriva hacia temas más ligeros, pero la cercanía no se desvanece. Nathan no le suelta la mano a Emma. Ella se apoya en la encimera y él permanece frente a ella, como si temiera que, al apartarse, se le fuera el valor.

Emma le cuenta cosas sobre lo que sentía por él que nunca había dicho en voz alta. Le habla de las veces que se inventaba excusas para ir a casa de los Carter, de los partidos de hockey que veía aunque no entendiera las reglas y de la ropa que elegía cuando sabía que Nathan estaría allí.

Él lo escucha todo con atención.

A veces se ríe.

Otras veces, parece arrepentido.

—Yo pensaba que venías por Ethan —dice él.

—Yo también fingía que venía por él.

—Podrías haber sido más clara.

—Llevaba la camiseta de tu equipo.

—La llevabas porque te gustaba el equipo.

—No me gustaba el equipo.

Nathan parece horrorizado.

—¿Te pasaste años llevando nuestra camiseta sin que te gustara el equipo?

—Me gustabas tú.

—Eso no lo mejora.

—A mí sí.

Él le pasa el pulgar por la mano.

—Debería haberme dado cuenta.

—Te diste cuenta.

—Pero no lo entendí.

—Nunca entiendes nada cuando tienes miedo.

Nathan la mira.

—¿Vas a echarme eso en cara toda la vida?

—Probablemente sí.

—Entonces quizá debería acostumbrarme.

—Deberías.

Emma sonríe.

Esa noche el apartamento se nota distinto.

No porque hayan cambiado los muebles, ni porque la ropa de ella esté en el cuarto de al lado, sino porque la tensión entre ambos ya no es algo oculto.

Ahora hay una verdad.

Nathan desea a Emma.

Emma desea a Nathan.

Los dos están enamorados, aunque todavía no sepan qué hacer con eso.

Cuando el reloj roza la medianoche, Nathan mira hacia el pasillo.

—Tienes que dormir.

—Tú también.

—Tengo entrenamiento temprano.

—Entonces vete a tu cuarto.

Nathan no se mueve.

—¿Quieres que me vaya?

Emma entiende la pregunta que se esconde detrás de las palabras.

—Quiero que te quedes.

A él se le oscurece la mirada.

—Emma.

—No te estoy pidiendo nada.

—Lo sé.

—Solo quiero hablar un rato más.

Nathan asiente.

Se sientan en el sofá.

Esta vez no media entre ellos esa distancia prudente de siempre. Emma se acomoda muy cerca de él, con el hombro pegado al suyo. Nathan apoya el brazo detrás de ella sin llegar a tocarla.

Al cabo de unos minutos, Emma recuesta la cabeza en el hombro de él.

Nathan vuelve la cara y le besa la coronilla.

El gesto es tan sencillo que a ella le escuecen los ojos.

—¿Estás bien? —pregunta él.

—Sí.

—¿Segura?

—Segura.

—Pareces emocionada.

—Lo estoy.

—¿Por qué?

Emma alza la cara.

—Porque esperé mucho tiempo a que me vieras.

Nathan le sujeta la barbilla.

—Siempre te he visto.

—No como yo quería.

—Lo sé.

—¿Y ahora me ves?

—Ahora ya no puedo mirar otra cosa.

A ella se le acelera el corazón.

Nathan se inclina y vuelve a besarla en la boca.

El beso es breve, pero lleno de intención.

Cuando se separan, Emma mantiene los ojos cerrados unos segundos.

—Ese ha sido distinto —dice ella.

—¿En qué?

—No parecías asustado.

—Tengo miedo.

—No se te nota.

—Estoy aprendiendo a no dejar que el miedo decida.

Emma sonríe.

—Aprendes rápido.

—No te acostumbres.

—Ya me he acostumbrado.

Nathan apoya la frente en la de ella.

—¿Vas a seguir viviendo aquí?

La pregunta sorprende a Emma.

—Hasta que lo solucionen en la residencia.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Quiero saber si volverás cuando puedas.

Emma le estudia la cara.

—¿Quieres que me quede?

—Sí.

—¿Incluso después de todo?

—Precisamente después de todo.

—Entonces puede que me quede unos días más.

Nathan sonríe.

—¿Unos días?

—No te emociones.

—Intento evitarlo.

—No puedes.

—No.

Emma siente que dentro de ella crece una felicidad cautelosa.

No es una certeza absoluta.

Quedan dudas.

Siguen ahí Ethan, el miedo de Nathan y el riesgo de que todo se complique.

Pero esa noche, los dos eligen quedarse.

Sin fingir.

Sin convertir el deseo en culpa.

Sin prometer un futuro que todavía desconocen.

Cuando Emma por fin se levanta para irse a la cama, Nathan la acompaña hasta la puerta de su habitación.

Se detiene frente a ella.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Ninguno de los dos se mueve.

—¿Vas a besarme? —pregunta Emma.

Nathan sonríe.

—¿Todavía tienes que preguntármelo?

—Quiero oírtelo decir.

—Voy a besarte.

Se inclina y la besa despacio.

Emma le agarra la camiseta, pero no tira de él. No le hace falta.

Nathan se queda hasta que el beso termina por sí solo.

—Así está mejor —dice ella.

—¿Qué está mejor?

—Buenas noches.

Nathan le pasa el pulgar por la comisura de la boca.

—Buenas noches, Emma.

Ella entra en la habitación, pero no cierra la puerta del todo.

Nathan se da cuenta.

No hace ningún comentario.

Simplemente vuelve a su cuarto, con la certeza de que algo entre ellos ha cambiado para siempre.

No saben dónde acabarán.

No saben cómo reaccionará Ethan cuando las cosas avancen.

No saben si lograrán convertir el deseo en amor o si el miedo ganará antes.

Pero esa noche, Emma y Nathan deciden vivir la atracción que han ocultado durante tanto tiempo.

Sin fingir que solo son amigos.

Sin fingir que aquí no pasa nada.

Sin fingir que no quieren averiguar hasta dónde pueden llegar.