La única regla que rompemos Capítulo 13
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Capítulo 13

Sin fingir

Emma permanece unos segundos abrazada a Nathan, con la cara apoyada en su pecho y los brazos en torno a su cintura.

La declaración sigue resonando dentro de ella.

«Eres la mujer de la que me enamoré».

Nathan lo dijo sin titubear. No como un intento de calmarla, ni como una respuesta arrancada a base de insistencia. Eligió cada palabra y le sostuvo la mirada mientras las pronunciaba.

Aun así, a Emma le da miedo creérselo del todo.

Durante años quiso que él la viera. No como la hermana pequeña de Ethan, no como la chica que se presentaba en casa de los Carter para oírlos hablar a los dos, no como alguien a quien había que proteger.

Quería que la vieran como una mujer.

Ahora Nathan por fin la ve así, pero el cambio se le hace demasiado grande para asimilarlo en unos minutos.

Él le pasa una mano por la espalda.

—Le estás dando demasiadas vueltas.

Emma sonríe contra su camiseta.

—¿Eso lo sabes?

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Te quedas muy quieta.

—Te estoy abrazando.

—Y tienes cara de estar resolviendo una ecuación.

Emma levanta la cara.

—Intento entender si esto está pasando de verdad.

Nathan la mira.

—Está pasando.

—¿Has hablado con Ethan?

—Sí.

—¿Y no se puso furioso?

—Se sorprendió.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque es lo que pasó.

—¿Hizo preguntas?

—Varias.

—¿Sobre mí?

—Sobre nosotros.

A Emma se le encoge el corazón.

—¿Hay un «nosotros»?

Nathan le sostiene la cara entre las manos.

—No sé cómo llamar a lo que tenemos.

—Acabas de decir que estás enamorado de mí.

—Eso no significa que sepa hacer las cosas bien.

—Podrías empezar por no usar la palabra «nosotros» como si estuviera prohibida.

Nathan esboza una sonrisa.

—Eres imposible.

—Tú me hiciste así.

—¿Yo?

—Te pasaste años diciendo que era una niña.

—Nunca dije que fueras solo eso.

—Lo decías con tus actos.

—Lo sé.

Emma le toca la muñeca.

—¿De verdad se lo contaste todo a Ethan?

—Todo lo que pude.

—¿Le dijiste que me besaste?

—Se lo dije.

—¿Y que yo quería besarte?

Nathan asiente.

Emma nota que se le calienta la cara.

—Preguntó si estabas bien.

—Estoy bien.

—Quería saber si te había hecho daño.

—No me hiciste daño.

—Lo sé.

—También preguntó si eras una especie de experimento prohibido.

Emma baja la mirada.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no lo eras.

—¿Estás seguro?

Nathan se inclina un poco hacia ella.

—Lo estoy.

La certeza de su voz hace que Emma respire más despacio.

—No quiero ser eso —dice ella.

—¿Qué?

—Un experimento prohibido. Algo que quieres porque no puedes tenerlo.

—No lo eres.

—A veces lo parece.

—¿Por qué?

—Porque hablas del miedo, de Ethan, de las consecuencias. Pero casi nunca hablas de mí.

Nathan se queda callado.

Emma da un paso atrás, pero él no le suelta la cara.

—Soy más que el riesgo al que te enfrentas —continúa ella—. Soy más que la hermana de tu mejor amigo. Más que alguien a quien tienes que proteger para no perder vuestra amistad.

—Lo sé.

—Entonces, mírame de verdad.

—Te estoy mirando.

—No. Quiero que me mires sin pensar en lo que podría salir mal.

Nathan le sostiene la mirada.

—Lo estoy intentando.

—No quiero que lo intentes. Quiero que lo hagas.

Le pasa el pulgar por la mejilla.

—¿Crees que es fácil?

—No.

—¿Crees que no pienso en ti tal y como eres?

—A veces.

—No pienso solo en Ethan.

—Pero piensas en él.

—Sí.

—¿Y eso es un problema?

—Es parte del problema.

—¿Y cuál es la otra parte?

Nathan respira hondo.

—Que pienso en ti todo el tiempo.

La confesión deja a Emma inmóvil.

—Cuando entreno. Cuando estudio. Cuando llego a casa. Cuando alguien te habla. Cuando te quedas callada. Cuando preparas café en mi cocina y dejas libros tirados por todo el salón.

—¿Te molestan los libros?

—No.

—Siempre dices que están tirados por ahí.

—Es una excusa para hablar de ellos.

Emma sonríe.

Nathan se acerca más, pero no la besa.

—Pienso en ti incluso cuando intento no hacerlo.

A ella se le encoge el corazón.

—¿Y eso es tan terrible?

—No.

—¿Y entonces por qué hablas como si lo fuera?

—Porque el deseo no es lo único que siento.

Emma se queda callada.

Nathan baja las manos, pero no se aparta.

—Me gusta cuidar de ti —dice—. Me gusta que me cuentes cómo te ha ido el día. Me gusta que te enfades conmigo. Me gusta que te sientas lo bastante cómoda para ocupar tu espacio aquí. Me gusta saber que hay algo tuyo en cada habitación.

—¿Te gusta tenerme aquí?

—Sí.

—¿Incluso con mi ropa tirada por todas partes?

—Sobre todo por eso.

—Deberías habérmelo dicho antes.

—No sabía si podía.

—Puedes.

Nathan asiente.

Emma siente unas ganas repentinas de besarlo. El deseo llega con suavidad, pero se extiende deprisa.

Él lo nota.

Nathan baja la mirada hasta la boca de Emma.

La tensión vuelve, pero ninguno de los dos se mueve.

—No tienes que besarme ahora —dice Emma.

—Lo sé.

—Pero quieres hacerlo.

—Sí.

La respuesta le llena el cuerpo de calor.

—¿Y por qué no lo haces?

Nathan da un paso atrás.

—Porque quiero que sea una elección.

—¿Estás diciendo que el último beso no lo fue?

—Lo fue. Pero ocurrió en medio de una discusión.

—Aun así yo lo quería.

—Yo también.

—Entonces fue una elección.

—Lo fue.

—Buscas otra excusa.

—Busco la manera de no arruinarlo todo.

Emma se acerca de nuevo.

—No puedes garantizar que no lo arruines.

—Lo sé.

—Entonces no esperes una certeza que quizá nunca llegue.

Nathan la mira.

—¿De verdad quieres intentarlo?

—Sí, quiero.

—¿Aun sabiendo que podría ser difícil?

—Sí.

—¿Aun sabiendo que Ethan podría hacer preguntas?

—Va a hacerlas de todas formas.

—¿Aun sabiendo que, si esto no funciona, quizá no podamos volver a ser lo que éramos?

Emma siente la verdad de esas palabras.

Si lo intentaban y fracasaban, no podrían volver a la amistad sin complicaciones de antes. Cada encuentro quedaría marcado por el beso, por la expectativa y por lo que no habían llegado a vivir.

Pero si no lo intentaban, tampoco volverían a ser lo que habían sido.

Emma ya no podía mirar a Nathan como antes.

—Ya no hay un antes —dice ella.

Nathan se queda callado.

—Lo sabes —continúa ella—. Después de que me besaras, después de que admitieras que quieres besarme, no hay manera de fingir que seguimos siendo los mismos.

—Lo sé.

—Así que no hay que elegir entre intentarlo y quedarnos como estábamos. Hay que elegir entre intentarlo y seguir sufriendo en silencio.

Nathan se acerca.

—No quiero que sufras.

—Entonces quédate a mi lado porque quieres.

—Quiero.

—No por Ethan.

—No por Ethan.

—No porque yo viva aquí.

—No.

—No porque te sientas responsable de mí.

Nathan le coge la mano.

—Quiero estar a tu lado porque te elijo.

Esa declaración hace que a Emma le escuezan los ojos.

Nathan le lleva la mano a los labios y le besa los dedos.

—No sé en qué acabará esto —dice él—. Pero no quiero seguir fingiendo que no está ahí.

Emma observa el gesto.

—¿Me estás prometiendo algo?

—Prometo ser sincero.

—Eso no es gran cosa.

—Es lo que puedo ofrecerte ahora mismo.

—Tienes que ofrecer más.

Nathan levanta la vista.

—¿Qué?

—Valentía.

Asiente.

—Lo intentaré.

Emma sonríe.

—Puedes intentarlo. Pero no huyas.

—No huiré.

—¿Ni cuando se ponga difícil?

—Ni entonces.

—¿Ni cuando Ethan pregunte?

—Ni entonces.

—¿Ni cuando te des cuenta de que estás demasiado enamorado para echarte atrás?

Nathan se acerca más.

—Sobre todo entonces.

Emma siente que el cuerpo entero le reacciona.

Esta vez, Nathan no se aparta.

Le toca la cintura despacio, como si todavía le diera la oportunidad de cambiar de opinión. Emma le echa los brazos al cuello.

Siguen muy juntos, respirando el mismo aire.

—¿Sigues queriendo besarme? —pregunta él.

—Sí.

—Yo también.

Nathan inclina el rostro.

El beso no llega de inmediato.

Apoya la frente contra la de ella, cierra los ojos y se queda así.

Emma siente su aliento en la piel.

—Lo estás haciendo otra vez —susurra ella.

—¿Qué?

—Darle vueltas a todo.

—Intento memorizar el momento.

—Lo recordarás.

—Quiero recordar cada detalle.

Emma le toca la nuca.

—Entonces bésame.

Nathan abre los ojos.

—Eres muy mandona.

—Y a ti te gusta.

—Sí.

Por fin la besa.

El contacto empieza con suavidad, pero es distinto de la primera vez. Falta la urgencia que traía la discusión, falta la sorpresa. Hay conciencia. Elección. Un acuerdo tácito: esta vez ninguno de los dos finge no saber lo que quiere.

Emma cierra los ojos y se acerca más.

Nathan le sujeta la cintura con más firmeza y la atrae contra su cuerpo. La boca de él recorre despacio la de ella, explora el beso con cuidado, pero sin la vacilación que antes lo hizo apartarse.

Emma desliza las manos por sus hombros.

La camiseta de él está tibia bajo sus dedos. El corazón de Nathan late deprisa y ella siente la fuerza de ese ritmo contra su propio cuerpo.

Él interrumpe el beso un instante.

Emma abre los ojos.

Nathan se queda cerca.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

—¿Segura?

—Segura.

—Tenía que preguntarlo.

—Puedes preguntarlo.

—¿Aunque sepa la respuesta?

—Sobre todo entonces.

Él sonríe y la besa otra vez.

Esta vez el beso se hace más profundo.

Emma siente que su cuerpo se relaja contra el de él, como si llevara semanas esperando exactamente esto. La mano de Nathan le sube por la espalda, pero se detiene en el borde de la tela. Su tacto es cálido, firme, cuidadoso.

No hay prisa.

Ni promesas de futuro.

Solo la decisión de dejar de negar lo que sienten.

Cuando se separan, Emma lo sigue rodeando con los brazos.

Nathan apoya la frente en la de ella.

—Sigo teniendo miedo —confiesa.

—Yo también.

—Tú pareces menos asustada.

—Se me da mejor fingir.

Nathan se ríe por lo bajo.

—Lo aprendiste de mí.

—Puede.

La sonrisa se le borra poco a poco del rostro.

—No quiero que pienses que, porque te he besado, ya está todo resuelto.

—No lo pienso.

—Todavía queda mucho de qué hablar.

—Lo sé.

—Con Ethan. Contigo. Conmigo mismo.

—¿Necesitas hablar contigo mismo?

—Más de lo que me gustaría.

Emma se aparta lo justo para mirarlo.

—¿Hay algo que quieras preguntarme?

Nathan se pone serio.

—¿Siempre te he gustado?

Emma siente que le sube el calor a la cara.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Sí.

Ella se lo piensa.

—No lo sé exactamente.

—Tú también usas esa respuesta.

—Porque es verdad.

—Emma.