Capítulo 12 #2
—Podría cambiar de opinión.
—Podría. Igual que tú.
—Yo no voy a cambiar de opinión.
—Entonces díselo.
Nathan respira hondo.
—¿De verdad no estás enfadado?
—Me molesta que me lo hayas ocultado. Pero lo vuestro, no.
—¿Lo aceptas?
—No necesito aceptarlo.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Ethan apoya el mentón en la mano.
—Quiero que hagas feliz a Emma. No quiero que entres en su vida solo porque ya no podías controlar el deseo. No quiero que ella sea un experimento prohibido, una aventura o algo que tengas que esconder.
—No lo es.
—Entonces demuéstralo.
Nathan se queda en silencio.
—Y si no puedes ofrecerle algo real, márchate ahora. No después de que se enamore de ti todavía más.
Las palabras golpean a Nathan de lleno.
—No quiero marcharme.
—Entonces no lo hagas a medias.
—No sé si puedo darle todo lo que merece.
—Nadie puede.
—Hablas como si fuera fácil.
—No es fácil. Es una elección.
Nathan mira la pantalla.
Ethan mantiene el gesto serio.
—Emma merece a alguien que elija quedarse —dice.
Nathan recuerda que Emma dijo justo eso.
«No seguir siendo deseada solo en secreto».
—Quiero quedarme.
—Entonces quédate.
—¿Y tú?
—Ya te lo he dicho. Emma no es mi propiedad.
—Pero eres mi mejor amigo.
—Y eso no va a cambiar porque hayas besado a mi hermana.
A Nathan le escuecen los ojos.
—Me daba mucho miedo perderte.
—No vas a perderme.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no lo haces para herirme.
—No.
—Y porque Emma jamás me dejaría decidir por ella.
Nathan esboza una sonrisa.
—Desde luego que no.
—Esa es una de las cosas que amas de ella.
La palabra vuelve.
Esta vez, Nathan no intenta apartarla.
—Sí.
Ethan asiente.
—Entonces ve a hablar con ella.
—¿Ahora?
—Sí.
—Está dormida.
—¿Seguro?
—Cerró la puerta.
—Eso no significa que esté dormida.
Nathan mira hacia el fondo del pasillo.
—¿Y si no quiere hablar?
—Esperas.
—¿Y si me dice que me vaya?
—Lo aceptas.
—¿Y si…?
—Estás buscando todas las excusas posibles para no llamar a esa puerta.
Nathan se queda callado.
Ethan sonríe.
—Siempre has sido valiente en el hielo.
—Esto es distinto.
—Es más importante.
Nathan respira hondo.
—¿Seguro que estás bien?
—No. Estoy sorprendido. Puede que mañana te llame y te haga unas cuantas preguntas incómodas.
—Puedes hacerlo.
—Lo haré.
—Está bien.
—Pero no te escudes en eso para seguir huyendo.
—No lo haré.
—¿Me lo prometes?
Nathan mira la puerta de Emma.
—Te lo prometo.
Ethan cuelga poco después.
Nathan sigue sentado en el sofá, con el teléfono todavía en la mano.
La conversación no lo resolvió todo.
Ethan no hizo fácil la relación. No eliminó los riesgos, ni garantizó que nadie saldría herido, ni ofreció una respuesta al miedo de Nathan.
Pero hizo algo más importante.
Dijo que Emma no era propiedad suya.
Dijo que la decisión era de los dos.
Y, sobre todo, le recordó a Nathan que huir también era una decisión.
Una decisión que le haría daño a Emma.
...
Nathan no llama a la puerta de inmediato.
Va a la cocina, prepara una taza de té y se queda inmóvil ante la encimera, mirando el líquido caliente.
Después lleva la taza a la habitación de ella.
Llama dos veces.
Nadie responde.
Vuelve a llamar.
—¿Emma?
Silencio.
Nathan deja la taza en el suelo y apoya la mano en el pomo.
No lo gira.
—Sé que puede que estés dormida —dice—, pero necesito hablar contigo.
Nadie responde.
Se sienta en el suelo, apoyado contra la pared, junto a la puerta.
Puede esperar.
Y espera.
Los minutos pasan despacio.
Nathan mira la taza, que ya no está tan caliente. Piensa en Ethan, en todo lo que le dijo y en cómo esa conversación le cambió la manera de ver su propia situación.
Durante semanas, trató el amor como una amenaza.
Como algo capaz de destruir la amistad, la confianza y la familia que había construido junto a Ethan.
Pero quizá el peligro no estaba en querer a Emma.
Quizá estaba en negar lo que sentía y, aun así, mantenerla cerca.
Emma abre la puerta casi veinte minutos después.
Nathan levanta la vista.
Ella lleva una camiseta enorme y unos pantalones de chándal. Tiene el pelo suelto y parece cansada.
—¿Estás sentado en el suelo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no quería entrar sin permiso.
Emma mira la taza.
—¿Es para mí?
—Sí.
—¿Has hecho té?
—Te dolía la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Te frotabas las sienes durante la cena.
Emma se queda callada.
Nathan coge la taza y se levanta.
—¿Puedo entrar?
Ella duda.
Después se hace a un lado.
Nathan entra en la habitación.
Solo la lámpara de la mesa ilumina el cuarto. Emma se sienta en la cama y Nathan le deja el té al lado.
—No sabía que te fijabas —dice ella.
—Me fijo.
—Lo sé.
—También estoy intentando aprender a hablar.
Emma sostiene la taza, pero no bebe.
—¿Qué ha pasado?
Nathan se queda de pie delante de ella.
—He hablado con Ethan.
Le cambia la expresión.
—¿Se lo has contado?
—Sí.
—¿Lo del beso?
—Todo.
Emma mira el té.
—¿Se ha enfadado?
—Se ha sorprendido.
—¿Y eso es diferente?
—Lo es.
—¿Dijo algo de mí?
—Dijo que no eres su propiedad.
Emma alza la vista.
Nathan continúa:
—Dijo que la decisión es tuya.
Ella sigue callada.
—No quiere decidir por ti —dice Nathan—. Ni por mí.
—¿Y tú?
—Me pasé mucho tiempo creyendo que tenía que decidir por todos.
Emma deja la taza en la mesa.
—No tienes por qué.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a hacer entonces?
Nathan la mira.
—Ser sincero.
—¿Conmigo?
—Contigo.
Emma se pone de pie.
—¿Vas a decirme que me deseas, pero que no podemos estar juntos?
—No.
—¿Entonces qué?
Nathan da un paso hacia ella.
—Voy a decirte que estoy enamorado de ti.
Emma se queda inmóvil.
Se le corta la respiración.
Nathan siente el miedo, pero no se echa atrás.
—No sé cuándo empezó. Puede que fuera aquel verano en que te cortaste el pelo. Puede que antes. Puede que tardara años en entenderlo porque me pasé demasiado tiempo llamándole protección al miedo.
A Emma se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Miedo de qué?
—De perderte. De perder a Ethan. De no ser suficiente para ninguno de los dos.
—No me vas a perder.
—No lo sé.
—No puedes seguir diciendo eso.
—Lo sé.
Nathan levanta la mano y le toca la cara.
Esta vez no duda.
—Estoy enamorado de ti —repite—. Y no quiero seguir fingiendo que el beso fue un error.
Emma cierra los ojos.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Ni de haber parado?
Nathan se acerca más.
—De haber parado sí me arrepiento.
Una lágrima le rueda por la mejilla.
Nathan le seca la lágrima.
—No puedo prometerte que no tendré miedo —dice—. Pero sí puedo prometerte que no usaré el miedo para decidir por ti.
Emma abre los ojos.
—¿Y qué quieres de mí?
—Una oportunidad de hacer esto bien.
—¿Quieres una relación?
Nathan respira hondo.
Aún no están listos para hacerlo oficial. Les queda una conversación muy larga con Ethan, con la familia y con ellos mismos. Pero él sabe lo que quiere.
—Quiero estar cerca de ti sin esconder lo que siento. Quiero descubrir si podemos ser algo más que un beso a escondidas. Quiero que sepas que no eres una obligación, ni una responsabilidad, ni un error.
Emma le toca el pecho.
—¿Y qué soy?
Nathan le coge la mano.
—Eres la mujer de la que me enamoré.
Emma cierra los ojos.
Nathan espera a que diga algo, pero ella solo se acerca más y apoya la frente en su pecho.
Él la rodea con los brazos.
El abrazo no tiene nada de urgente.
No es un beso.
Pero a Nathan le parece más importante que todo lo que han hecho hasta ahora.
Emma se acurruca contra él y Nathan cierra los ojos.
—Tenía miedo de que nunca eligieras —susurra ella.
—Ya he elegido.
—¿Ahora?
—Quizá elegí hace mucho tiempo.
Emma alza la cara.
—¿Y Ethan?
—Sigue siendo mi mejor amigo.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy.
—¿Y si cambia de opinión?
—Entonces hablaremos con él.
—Hablas como si todo se pudiera resolver hablando.
—¿Y no es así?
—No siempre.
—Pero es mejor que huir.
Emma esboza una sonrisa.
—Hoy has aprendido algo.
—Sí.
—¿Qué?
Nathan le roza la barbilla.
—Que el mayor riesgo no es perder a Ethan.
Emma espera.
—Es hacerte daño si sigo huyendo.
Las palabras parecen cerrar la conversación que empezó Ethan.
Emma le echa los brazos al cuello.
Nathan le mira la boca, pero no la besa.
Todavía no.
No quiere convertir ese momento en otra promesa que quizá no pueda cumplir. Quiere que el próximo beso sea una decisión tomada con todo el corazón, no una huida del miedo.
Emma se da cuenta.
—¿No vas a besarme?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando pueda hacerlo sin arrepentirme después.
—¿Y cuándo será eso?
Nathan sonríe.
—Pronto.
—Te estás escondiendo otra vez.
—Intento hacer las cosas bien.
Emma apoya la frente contra la suya.
—Pues no tardes demasiado.
—No tardaré.
Nathan se queda ahí, abrazándola.
Por primera vez, el silencio no parece distancia.
Parece una promesa.
Y aunque el miedo sigue ahí, ahora sabe que no tiene que hacerle frente solo.