Capítulo 12
La conversación que lo cambia todo
Nathan se pasa la noche sentado al borde de la cama.
La puerta del dormitorio de Emma está cerrada, pero no deja de mirarla como si pudiera ver a través de la madera. Sabe que está despierta. Emma no se acuesta enseguida cuando está triste. Primero ordena sus pensamientos, repasa cada palabra de la conversación e intenta averiguar en qué se equivocó.
Conoce esa costumbre suya.
La conoce porque se pasó años observándola.
Y esa noche fue justo eso lo que la hizo alejarse.
Emma ya no quiere que la observen en silencio. No quiere que él conozca cada detalle de su vida sin tener el valor de decir lo que siente. No quiere recibir café, atenciones y miradas furtivas mientras Nathan insiste en que no puede pasar nada.
Tiene razón.
Nathan lo sabe.
El problema es que reconocer que tiene razón no hace más fácil la decisión.
Coge el móvil y abre la conversación con Ethan.
El último mensaje de su amigo es de esa mañana.
¿Cómo está?
Nathan no contestó.
No sabía cómo explicarle que Emma estaba cerca, pero distante. Que se habían besado. Que había pasado el resto del día deseando repetirlo e intentando evitar que ocurriera.
Teclea:
Necesito hablar contigo.
Lo borra.
Vuelve a escribir:
¿Puedes llamar?
Esta vez sí lo envía.
La respuesta no tarda en llegar.
¿Ahora?
Nathan mira la puerta de Emma.
Si puedes.
Ethan llama casi de inmediato.
Nathan contesta.
La cara de su amigo aparece en la pantalla, iluminada por la luz tenue de una habitación desconocida. Ethan está sentado a una mesa pequeña, con un vaso de agua al lado y el pelo revuelto.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Me pides que hablemos en plena noche y eso es lo primero que dices?
—No sé por dónde empezar.
Ethan frunce el ceño.
—Eso nunca es buena señal.
Nathan apoya los codos en las rodillas.
—Emma está bien.
—No he preguntado por ella.
—Lo sé.
—¿Entonces ha pasado algo?
Nathan mira al suelo.
Las palabras de Emma le vuelven a la cabeza.
«No voy a seguir siendo deseada solo en secreto».
No le pidió que ocultara lo que sentía. Solo le pidió que fuera sincero.
Nathan tiene que empezar por algún lado.
—Besé a Emma.
Ethan se queda inmóvil.
Durante unos segundos no reacciona en absoluto.
Luego parpadea.
—¿Que hiciste qué?
—Besé a Emma.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Ayer?
—Sí.
—¿Y me lo cuentas ahora?
—Necesitaba hablar contigo.
Ethan se levanta tan rápido que la imagen de la cámara se sacude.
—¿Besaste a mi hermana?
—Sé cómo suena.
—No, no lo sabes.
—Ethan.
—Besaste a Emma.
—Sí.
—Mientras vive en tu piso.
—Fue antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de que se mudara. Bueno, después. No importa.
—¿No importa?
Ethan se pasa las manos por la cara.
Nathan sujeta el teléfono con firmeza, aunque el corazón le va a mil.
—No lo hice para faltarte al respeto.
—¿Crees que esto va de mí?
—También va de ti.
—No. Va de Emma.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Nathan cierra los ojos.
La respuesta parece sencilla, pero arrastra consigo todo lo que intentó evitar.
—Porque quería.
Ethan guarda silencio.
—Ella también quería —añade Nathan.
—¿Ella quería?
—Sí.
—¿Está bien?
—Lo está.
—¿Le hiciste daño?
—No.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy.
Ethan vuelve a sentarse, pero no se le ve más tranquilo.
—Necesito entenderlo.
—Yo también.
—¿Desde cuándo?
Nathan mira la pantalla.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—Me di cuenta hace años de que había cambiado.
—Y no dijiste nada.
—Era más joven.
—¿Tenía dieciocho años cuando te diste cuenta?
—Sí.
—Y ahora tiene veintiuno.
—Lo sé.
—¿Así que llevas tres años mirando a mi hermana de esa manera?
—No fue así todo el tiempo.
—¿Y cómo fue?
Nathan respira hondo.
—Era algo que intenté ignorar. Al principio pensé que solo se había hecho mayor. Después me di cuenta de que no podía dejar de prestarle atención. Sabía cuándo estaba cansada, cuándo fingía estar bien, cuándo alguien la incomodaba.
—Siempre le has prestado atención.
—No como ahora.
Ethan sigue mirándolo.
Nathan no sabe si su amigo intenta entenderlo o solo intenta no reaccionar.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunta Ethan.
—Porque no quería destruir nuestra amistad.
—¿Y creías que ocultarlo sería mejor?
—En ese momento, sí.
—¿Y ahora?
—Ahora ella lo sabe.
—¿Sabe que te gusta?
Nathan se pasa una mano por el pelo.
—Sabe que la deseo.
Ethan baja la mirada.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
—¿Y la quieres?
A Nathan se le encoge el pecho.
Es la pregunta que se ha pasado la vida esquivando.
La que le hizo Caleb en el vestuario.
La que le hizo Emma en el salón.
La que Ethan le hace ahora desde el otro lado de la pantalla.
—Estoy enamorado de ella.
Las palabras le salen en voz baja, pero definitivas.
Ethan no responde.
Nathan le observa la cara a su amigo, a la espera de rabia, indignación o decepción.
En cambio, Ethan solo parece sorprendido.
—¿Estás enamorado de Emma?
—Sí.
—¿De mi hermana?
—Sí.
—¿De Emma Carter?
Nathan casi se ríe, a pesar de la tensión.
—¿A cuántas Emmas conoces?
—No es broma.
—Lo sé.
Ethan se echa hacia atrás en la silla.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy.
—Acabas de decir que no lo sabías.
—No sabía cómo llamar a lo que sentía.
—¿Y ahora sí?
—Sí.
—¿Cuándo te diste cuenta?
Nathan mira la puerta cerrada de Emma.
—Cuando dijo que no pensaba seguir siendo deseada solo en secreto.
Ethan frunce el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que lo he escondido todo. El deseo, los celos, la preocupación. Digo que intento protegerla, pero la verdad es que solo tengo miedo.
—¿Miedo de qué?
—De perderte.
Ethan se queda callado.
Nathan continúa:
—Eres mi mejor amigo. Tu familia es mi familia. No quería que pareciera que me acerqué a Emma porque siempre he tenido las puertas abiertas en vuestra casa. No quería que pensaras que había traicionado tu confianza.
—No me traicionaste por quererla.
—La besé sin hablar contigo.
—Emma es adulta.
—Lo sé.
—Y tú también.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué te comportas como si hubieras hecho algo imperdonable?
Nathan baja la mirada.
—Porque confiabas en mí.
—Y sigo confiando.
La respuesta lo coge por sorpresa.
Ethan apoya los brazos en la mesa.
—Estoy sorprendido. Muy sorprendido. Necesito tiempo para pensarlo. Pero no estoy furioso porque te hayas enamorado de mi hermana.
Nathan siente que el nudo del pecho se le afloja un poco.
—¿No lo estás?
—No.
—Pensaba que…
—¿Y qué pensabas que iba a hacer? ¿Prohibirte hablar con ella?
—Puede.
—¿Crees que yo controlo a Emma?
—No.
—¿Entonces por qué crees que te controlaría a ti?
—Porque es tu hermana.
—Y no es mi propiedad.
Nathan cierra los ojos un instante.
Ethan continúa:
—Emma nunca ha sido mi propiedad. Nunca he tenido que autorizar a quién podía querer. Si ella te quiere, es su decisión. Si tú la quieres, es la tuya.
—Pero eres mi amigo.
—Precisamente por eso esperaba que fueras sincero.
Nathan siente el peso de esa palabra.
—Lo estoy intentando.
—Ahora lo intentas.
—Lo sé.
—¿Por qué no viniste a hablar conmigo antes?
—Porque no estaba seguro.
—Has dicho que estás enamorado.
—No sabía si lo aceptarías.
—Deberías haber confiado en mí.
Nathan observa la cara de Ethan.
—Confío en ti.
—No lo parece.
—Te confiaría mi vida.
—Pero no la verdad.
Las palabras duelen porque son justas.
Nathan no tiene forma de rebatirlas.
Durante años creyó que proteger a Ethan significaba esconder cualquier sentimiento que tuviera por su hermana. Como si su amigo fuera a romperse al enterarse. Como si la verdad fuera más peligrosa que la mentira.
—Lo siento —dice.
Ethan se queda callado unos segundos.
—No quiero que te disculpes por amar a mi hermana.
Nathan alza la vista.
La palabra resuena dentro de él.
Amar.
Ethan la ha usado con naturalidad.
—Has dicho «amar».
—Tú acabas de decir que estás enamorado.
—Es diferente.
—Para mí no.
Nathan se pasa una mano por la cara.
—No sé si Emma me quiere.
—¿Se lo has preguntado?
—No.
—Entonces no lo sabes.
—Le gusto.
—Siempre le has gustado.
Nathan se inclina hacia delante.
—¿Lo sabías?
—Lo sospechaba.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tenía diecisiete años.
A Nathan se le revuelve el estómago.
—¿Lo sabías?
—No estaba seguro. Emma se comportaba de otra manera cuando tú aparecías. Se molestaba cuando la tratabas como a una niña, pero siempre encontraba una excusa para estar cerca de ti.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Era su vida.
—Podías habérmelo dicho.
—¿Y decirte qué? ¿Que mi hermana estaba colada por ti? Te habrías largado a otro país.
Nathan no puede negarlo.
—Seguramente lo habría hecho.
—Eso mismo pensé yo.
—¿Sabías que ella me gustaba?
Ethan frunce el ceño.
—Nunca lo dijiste.
—Pero ¿te diste cuenta?
—Noté que le prestabas atención.
—Eso no responde a la pregunta.
—No sabía que fuera amor.
Nathan aparta la mirada.
—Yo tampoco lo sabía.
Ethan suspira.
—Quizá los dos habéis pasado demasiado tiempo con miedo.
Las palabras quedan suspendidas entre ellos.
Nathan piensa en Emma al otro lado de la puerta. En cómo le pidió que se quedara sin tratarlo como si él estuviera esperando la primera oportunidad para irse.
—Está dolida —dice.
—¿Por el beso?
—Porque la besé y luego le dije que aquello no podía repetirse.
Ethan sigue callado.
—¿Eso hiciste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque me asusté.
—¿De qué?
—De no poder parar.
—Eso no me parece una buena razón para rechazar a mi hermana.
Nathan cierra los ojos.
—No era mi intención rechazarla.
—Pero ella lo sintió así.
—Lo sé.
—Tienes que hablar con ella.
—Lo intenté.
—No. Hablaste con ella, pero no fuiste del todo sincero.
Nathan aprieta los labios.
—Dije que estoy enamorado.
—¿Lo dijiste?
—A ti.
—¿Y a ella?
—Le dije que todavía lo estoy aclarando.
Ethan lo observa unos segundos.
—¿Te estás oyendo?
—Sí.
—Acabas de admitirme que estás enamorado, pero a ella le dijiste que todavía lo estás aclarando.
—No quería asustarla.
—La asustas mucho más si sigues huyendo.
Nathan baja la mirada.
—No sé cómo hacer esto.
—Empieza por decir la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que la quieres. Que tienes miedo. Que no quieres perder a nadie. Que no sabes cómo encajarlo todo.
—Suena sencillo cuando lo dices tú.
—No es sencillo. Pero es necesario.
Nathan mira la puerta de Emma.
—¿Y si ya no me quiere?
—Sí que te quiere.