La única regla que rompemos Capítulo 11 #2
60%

Capítulo 11 #2

Nathan se queda a su lado unos segundos, como si dudara entre el sillón y el otro extremo del sofá.

Emma se da cuenta.

—Puedes sentarte.

—Lo sé.

—No hace falta que te sientes tan lejos.

Nathan se sienta y deja algo de espacio entre ellos.

Emma pone la película y se acomoda.

Al principio, los dos prestan atención.

La historia va de dos personas que se conocen desde niños, se pasan años fingiendo que solo son amigos y no se dan cuenta de lo que sienten hasta que están a punto de perder la oportunidad de estar juntos.

Emma no eligió la película por eso.

Al menos, eso es lo que se dice.

A los veinte minutos, Nathan la mira.

—¿Lo has hecho a propósito?

—He elegido la película que quería ver.

—Esta película va de nosotros.

Emma aparta la cara.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—No somos personajes de una película.

—Sabes a qué me refiero.

—¿Te ves reflejado en ella?

—No soy tan dramático.

—Te pasaste años fingiendo que yo era una niña.

—Eso no es dramático.

—Es patético.

Nathan la mira.

Emma se da cuenta de que no está ofendido.

—Tienes razón —dice él.

La respuesta la sorprende.

—¿Me estás dando la razón?

—A veces pasa.

—Tomaré nota.

—Adelante.

La película continúa.

Poco a poco, Emma se da cuenta de que Nathan ha dejado de mirar la televisión y ha empezado a mirarla a ella. Siente la mirada de él en la cara, en el pelo, en la boca.

No pregunta.

No quiere romper el momento.

En un momento dado, alarga la mano hacia el bol de palomitas. Nathan hace lo mismo. Sus dedos se tocan.

Esta vez, ninguno de los dos se aparta.

Emma mira sus manos juntas sobre el bol.

Nathan deja los dedos cerca de los de ella.

El roce es casi inexistente, pero basta para transformar la habitación.

Ella coge una palomita.

Nathan también.

Las manos de los dos siguen cerca.

—¿Estás intentando provocarme? —pregunta él.

—Puede ser.

—¿Por qué?

—Quiero ver cuánto tiempo aguantas cerca sin salir huyendo.

Nathan mira la televisión.

—¿Estás contando?

—Sí.

—¿Cuánto llevo?

—Tres minutos.

—Parece más tiempo.

—¿A ti?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque estoy intentando no mirarte.

Emma vuelve la cara.

—¿Y lo consigues?

—No.

Esa sinceridad le acelera el corazón.

—¿Por qué no?

Nathan por fin la mira.

—Porque estás cerca.

—¿Y eso es un problema?

—Lo es.

—¿Crees que debería irme a mi habitación?

—No.

—Entonces…

—Quédate.

Emma no esperaba que dijera eso.

—¿Quieres que me quede?

—Sí.

La película sigue, pero ninguno de los dos mira ya la pantalla.

Emma se gira más hacia Nathan y recoge una pierna bajo el cuerpo.

—¿Me tienes miedo?

—No.

—¿Tienes miedo de lo que pueda pasarme?

—Sí.

—¿Cuál es la diferencia?

—Sé que no me vas a hacer daño.

—¿Pero?

—Podría hacerte daño.

—¿Crees que serías capaz?

—No a propósito.

—Entonces no es razón suficiente para irte.

Nathan baja la mirada.

—No lo entiendes.

—Ya me lo has dicho antes.

—Porque sigue siendo verdad.

—Entonces explícamelo de manera que pueda entenderlo.

Nathan se queda callado unos segundos.

Sigue con la mano apoyada en el sofá, cerca de la de ella. Emma piensa en tocarle los dedos, pero espera.

—Perdí a mi padre cuando tenía dieciséis años —dice Nathan.

Emma se queda inmóvil.

Nunca antes había hablado de eso.

—Lo sé —responde ella.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Ethan.

Nathan asiente.

—No me gusta hablar del tema.

—No tienes por qué.

—Quiero hacerlo.

Emma guarda silencio.

Nathan mira la televisión, pero no está viendo la película.

—Mi padre era muy exigente. No era una persona fácil. De niño pensaba que yo no le caía bien. Al crecer, empecé a entender que no sabía demostrar nada.

Emma escucha con atención.

—Después de que muriera, pasé mucho tiempo pensando en todo lo que no le había dicho. En todas las veces que podría haber tenido más paciencia, haber estado más presente o, simplemente, haber sido menos orgulloso.

—Eras muy joven.

—Lo sé. Pero a la culpa le da igual la edad que tengas.

Emma siente que se le encoge el pecho.

Nathan continúa:

—Ethan fue el que se quedó conmigo. Mi madre no podía levantarse de la cama. Yo no sabía qué hacer. Así que Ethan aparecía todos los días. Se sentaba en el suelo de mi habitación y hablaba de cualquier cosa hasta que yo conseguía respirar otra vez.

Emma le toca la mano.

Nathan mira los dedos de ella sobre los suyos.

No se aparta.

—Fue entonces cuando me di cuenta de que él era mi familia —dice.

—Por eso tienes miedo de perderlo.

—Sí.

—Pero no lo vas a perder.

—Eso no me lo puedes prometer.

—No puedo. Pero eso no quiere decir que vaya a pasar.

Nathan le acaricia los dedos con el pulgar.

—Ethan confía en mí porque cree que yo nunca haría nada que pudiera hacerte daño.

—Y no lo harías.

—¿Y si lo hago?

—Hablas como si que yo te guste fuera una mala intención.

—No lo es.

—Entonces deja de tratarlo como si lo fuera.

Nathan respira hondo.

—No tengo miedo de que me gustes.

Emma lo mira.

—¿No?

—Tengo miedo de no saber hacer esto bien.

La confesión es tan sincera que a Emma le escuecen los ojos.

—¿Qué significa hacerlo bien?

—No prometer cosas que no puedo cumplir. No acercarme cuando estoy confundido. No dejar que creas que puedo ofrecer más de lo que puedo dar.

—¿Y qué puedes ofrecer?

Nathan la mira a los ojos.

—No lo sé.

Emma aparta la mano.

La distancia vuelve de inmediato.

Nathan lo nota y parece a punto de volver a cogerle la mano, pero no lo hace.

—Siempre vuelves a esa respuesta —dice ella.

—Porque no quiero mentir.

—Quizá preferiría que me mintieras.

—No.

—¿Por qué?

—Porque mereces saber la verdad.

—Entonces dímela.

Nathan le mira la cara.

—Quiero estar cerca de ti.

Emma espera.

—Quiero besarte. Quiero saber con quién hablas, quién te mira y si algún tío se cree que puede ocupar el sitio que quiero ocupar yo.

El corazón le late con fuerza.

—¿Qué sitio?

Nathan no responde.

Emma se acerca más.

—Puedes decirlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si lo digo, no podré seguir fingiendo que esto es solo deseo.

—¿Y si no lo es?

Nathan la mira.

—Eso es lo que me da miedo.

Emma nota cómo le cambia la respiración.

No quiere obligarlo a decir la palabra. No quiere que Nathan admita algo solo porque ella ha insistido.

Pero tampoco quiere seguir viviendo a medias.

—¿Crees que estás enamorado de mí? —pregunta ella.

Nathan se queda callado.

La luz del televisor le ilumina la cara y le pasa por encima en colores y sombras.