La única regla que rompemos Capítulo 11
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Capítulo 11

El segundo casi beso

Emma sigue mirando a Nathan.

Las palabras de él siguen ahí, entre los dos, tan claras que no hay forma de fingir que no las ha entendido.

Solo me arrepiento de haber parado.

Debería sentirse satisfecha.

Durante años imaginó cómo sería oír a Nathan admitir que la deseaba. Imaginó que sentiría alivio, felicidad o una especie de triunfo al comprobar por fin que no se había inventado todas esas miradas.

Pero la realidad es más complicada.

Porque Nathan sigue de pie frente a ella sin besarla.

Sigue manteniendo al mínimo la distancia que los separa, como si ese espacio fuera una barrera necesaria para no perder el control por completo.

—No hacía falta que pararas —dice Emma.

La voz le sale más baja de lo que pretendía.

Nathan no le quita los ojos de encima.

—Sí hacía falta.

—¿Por qué?

—Porque, si no paraba, no sabría hasta dónde llegaría.

—Puede que yo sí.

—Tú no lo sabes.

—Entonces dímelo.

Nathan le pasa otra vez el pulgar por la mejilla y le seca una lágrima que ya no debería estar ahí.

—No quiero que te arrepientas.

—No me arrepiento.

—Puede que mañana sí.

—¿Y tú?

—Ya te lo he dicho.

—Solo te arrepientes de haber parado.

—Sí.

Emma le coge la mano antes de que la aparte.

Los dedos de Nathan quedan atrapados entre los de ella.

Es un contacto mínimo, pero parece suficiente para alterarles la respiración a los dos.

—Entonces no te alejes —susurra ella.

Nathan mira las manos unidas.

—Emma…

—No hace falta que me beses ahora.

La tensión de su cara cede un poco.

—¿No?

—No.

—Entonces ¿qué quieres?

Emma mira al hombre que tiene delante.

Quiere muchas cosas.

Quiere que la bese sin miedo. Quiere que admita que está enamorado. Quiere que deje de usar a Ethan como barrera. Quiere saber si hay un futuro posible para los dos.

Pero en ese momento quizá solo quiere que Nathan se quede cerca sin intentar huir.

—Quiero que te quedes.

Las palabras parecen sorprenderlo.

—Estoy aquí.

—No solo físicamente.

Nathan le sostiene la mirada.

Emma nota lo vulnerable que la deja decirlo, pero no se echa atrás.

—Quiero que te quedes conmigo sin actuar como si estuvieras esperando una ocasión para irte.

—No hago eso.

—Sí que lo haces.

—No sé hacerlo de otra manera.

—Pues inténtalo.

Nathan respira hondo.

—Puedo intentarlo.

—Es lo único que te pido.

Él asiente.

Emma aún le tiene la mano cogida.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habla.

Entonces Nathan le aprieta los dedos.

No es un gran gesto.

No soluciona nada.

Pero es una decisión.

Podría haberle soltado la mano. Podría haber vuelto a su habitación, cortar la conversación o insistir en que estar cerca era peligroso.

En cambio, se queda.

—¿Has comido? —pregunta Nathan.

Emma casi se ríe.

—Siempre vuelves a esa pregunta.

—Es importante.

—He comido en la universidad.

—Eso fue hace horas.

—¿Intentas darme de comer para esquivar las conversaciones difíciles?

—Intento que no te pongas de mal humor.

—No me pongo de mal humor cuando tengo hambre.

Nathan arquea una ceja.

Emma le suelta la mano.

—No tan de mal humor.

—¿Quieres que pidamos algo?

—Podríamos cocinar.

Nathan la mira con recelo.

—¿Sabes cocinar?

—Sí.

—¿Qué?

—Muchas cosas.

—Dime una.

—Pasta.

—Yo también sé hacer pasta.

—Entonces podemos hacerla juntos.

La idea surge sin más, pero cambia el ambiente entre ellos.

Nathan asiente.

—Está bien.

Emma va a la cocina y Nathan la sigue.

La distancia entre ellos sigue siendo corta, pero ahora ninguno de los dos intenta convertirla en algo prohibido. Emma abre los armarios y encuentra los ingredientes que necesita. Nathan pone una olla en el fuego y la llena de agua.

—¿Tienes albahaca?

—No.

—¿Ajo?

—Sí.

—¿Tomates?

—Supongo.

—¿Supongo?

Nathan abre la nevera y empieza a buscar.

—No organizo la nevera por categorías.

—Ya me he dado cuenta.

—Me estás juzgando.

—Estoy observando.

—Eso lo aprendiste de mí.

Emma sonríe.

Nathan encuentra un paquete de tomates, queso y algunos condimentos. Lo deja todo sobre la encimera.

—¿Sabes picar?

—Sí.

—Entonces puedes picar tú.

—¿Me estás dando órdenes?

—Estoy repartiendo las tareas.

—Suena a orden.

—¿Prefieres remover la olla?

—Prefiero picar.

Nathan le pasa el cuchillo.

Trabajan uno al lado del otro.

Al principio, la conversación es sencilla. Emma se queja de la falta de ingredientes, Nathan defiende su despensa y los dos discuten por la cantidad justa de ajo. Poco a poco, la tensión se relaja.

No desaparece.

El beso sigue ahí, pero no domina cada segundo.

A Emma le gusta ese estado intermedio. Le gusta poder hablar con Nathan sin que él se aparte después de cada frase. Le gusta cómo se queda cerca mientras ella pasa el cuchillo por la tabla y cómo se les rozan los brazos cuando los dos alargan la mano hacia el mismo condimento.

En un momento dado, Nathan alarga la mano hacia el salero.

Sus dedos cubren los de ella.

Ninguno de los dos se aparta de inmediato.

Emma le mira la mano.

Nathan también.

El contacto no tiene la urgencia del beso. Son solo sus dedos, uno encima del otro, algo demasiado insignificante para justificar cómo le reacciona el corazón.

—Perdona —dice él.

—Tienes que dejar de disculparte por tocarme.

Nathan levanta la vista.

—¿Estás segura?

—Lo estoy.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que hagas algo que merezca una disculpa.

—¿Es una amenaza?

—Puede.

Nathan sonríe.

A Emma le gusta esa sonrisa.

Le gusta poder picarlo, ver cómo se le va la tensión de la cara durante unos segundos. Nathan casi nunca sonríe sin motivo. Cuando lo hace, parece más joven, menos controlado.

Quiere conservar esa versión de él.

—¿Siempre has sido tan serio? —pregunta ella.

—No.

—Ethan no está de acuerdo.

—Ethan cree que era un irresponsable.

—¿Lo eras?

—Un poco.

—¿Te metías en muchas peleas?

—No.

—Acabas de decir que eras un irresponsable.

—Ser irresponsable no significa meterse en peleas.

—¿Entonces qué hacías?

Nathan echa la sal en la olla.

—Llegaba tarde.

—Eso es ser irresponsable.

—Me olvidaba de los trabajos.

—Eso también.

—Me quedaba dormido y me perdía las clases.

—¿Lo sigues haciendo?

—No.

—¿Porque te volviste más responsable?

—Porque ahora las clases son más interesantes.

Emma apoya las manos en la encimera.

—¿Cuál era tu asignatura favorita?

—Historia.

—No lo sabía.

—Nunca me lo preguntaste.

—Te pregunté un montón de cosas.

—Me preguntabas por el hockey.

—Porque solo hablabas de hockey.

—Hablaba de otras cosas.

—¿Como qué?

Nathan se lo piensa.

—De películas.

—Te siguen gustando las películas malas.

—Algunas son buenas.

—Me hiciste ver una película de tres horas sobre un hombre que se pasaba todo el rato andando por un bosque.

—Era un clásico.

—Era aburrida.

—Lloraste al final.

—Tenía sueño.

—Lloraste.

—No tienes pruebas.

—Ethan estaba allí.

—Ethan también lloró.

—Lo negaría.

—Entonces no sirve como testigo.

Nathan se ríe.

Emma le estudia la cara.

Es fácil hablar así.

Demasiado fácil.

Durante años creyó que conocer a Nathan era entender lo que decía. Ahora se da cuenta de que también tenía que saber lo que escondía.

—¿Te acuerdas de todo? —pregunta ella.

—¿De qué?

—De las cosas que hicimos.

—De algunas.

—¿Te acuerdas de la primera vez que me llevaste a ver un partido?

—Tenías quince años.

—No entendía nada.

—Entendías lo suficiente para gritarle al árbitro.

—Pitó una falta injusta.

—No sabías lo que era una falta.

—Pero la pitó.

Nathan remueve el contenido de la olla.

—Estuviste sentada a mi lado todo el partido.

—Porque Ethan fue a por comida.

—Tardó cuarenta minutos.

—¿A propósito?

—Probablemente.

Emma lo mira.

—¿Crees que ya lo sabía?

—¿Sabía qué?

—Que me gustabas.

Nathan se queda callado.

El agua empieza a hervir, pero no se mueve enseguida.

—Ethan siempre notaba más de lo que daba a entender —dice él.

—¿Crees que lo sabía?

—Puede.

—¿Y aun así nunca dijo nada?

—Puede que quisiera protegerte.

—O a ti.

Nathan apaga el fuego.

—¿Estás intentando convertir a Ethan en el villano?

—No. Intento entender por qué todos parecían saberlo menos yo.

—No creo que lo supiera.

—Acabas de decir que puede ser.

—No lo sé.

Emma suspira.

—Te gusta mucho esa frase.

—Suele ser verdad.

—Es muy cómoda.

Nathan la mira.

—¿Qué quieres decir?

—Que si no lo sabes, no tienes que decidir.

A él le cambia la expresión.

Emma se da cuenta de que ha dado en el blanco.

—¿Haces eso con todo? —pregunta ella—. Cuando algo exige una decisión, ¿dices que no lo sabes?

—No.

—Conmigo, sí.

Nathan se apoya en la encimera.

—Estoy intentando tomar una decisión que afecta a más gente, no solo a nosotros dos.

—No. Estás intentando tomar una decisión que solo nos afecta a nosotros dos y usas a los demás como excusa.

—Ethan no es una excusa.

—Lo sé.

—Entonces no digas eso.

—Es importante para ti.

—Lo es.

—Pero tú también eres importante para mí.

Nathan no responde.

La pasta empieza a rebosar y Emma tiene que darse la vuelta para apagar el fuego. El momento se quiebra, pero no desaparece del todo.

Terminan la cena en silencio.

…

Después de cenar, Emma elige una película.

Nathan protesta cuando ve el título.

—Eso no es una película.

—Sí que lo es.

—Es una comedia romántica.

—Exacto.

—Has dicho que querías ver algo.

—Y es lo que quiero.

—No tiene por qué ser esto.

—¿Preferirías ver a ese hombre andando por el bosque?

—Es un clásico.

—Pues míralo tú solo.

Nathan le quita el mando de la mano.

—Podemos elegir otra cosa.

Emma intenta recuperarlo, pero él levanta el brazo.

—Te estás portando como un crío.

—Intento evitar dos horas de sufrimiento.

—Tú me obligaste a ver una historia sin diálogos.

—Era una película experimental.

—Eran dos horas de pantalla en negro.

—No tienes sensibilidad artística.

—Y tú no tienes gusto.

Emma se estira para alcanzar el mando.

Nathan la agarra por la muñeca.

El contacto es inmediato, pero no brusco.

Ella se detiene.

Él también.

La mano de él le rodea la muñeca y sus miradas se encuentran.

La película sigue puesta en la televisión, pero ninguno de los dos le presta atención.

Nathan baja el brazo despacio y la suelta.

—Puedes elegir —dice él.

Emma coge el mando.

—Ya lo he hecho.

—Te estás aprovechando.

—Sí.

Se sienta en el sofá y se abraza a un cojín.