Capítulo 10 #2
Y luego dijo que no podía repetirse.
Emma intenta entender qué le duele más: que él se haya apartado o que, durante unos minutos, hubiera llegado a creer que al fin podían estar juntos.
Olivia le nota cómo está antes de que acabe el descanso.
—Besaste a Nathan.
A Emma casi se le cae el bolígrafo.
—¿Cómo lo sabes?
—Estás sonriendo y llorando a la vez.
—No estoy llorando.
—Pero sonreír sí.
Emma mira el cuaderno.
—Él me besó.
Olivia la agarra del brazo.
—Por fin.
—No digas eso.
—¿Fue bueno?
Emma nota que se le enciende la cara.
—Lo fue.
—¿Y después?
—Dijo que no puede volver a pasar.
Olivia le suelta el brazo.
—Lo voy a matar.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tiene miedo.
—Eso no es excusa.
—Lo sé.
—¿Y vas a dejar que lo haga?
—No puedo obligarlo a estar conmigo.
—No tienes que obligarlo.
Emma guarda los libros.
—No quiero discutir.
—Tienes que decidir qué quieres.
—Quiero que deje de huir.
—Pues díselo.
—Ya lo he hecho.
—No lo suficiente.
Emma cierra la mochila.
La verdad es que no sabe qué haría si Nathan dejara de huir. No sabe si está preparada para enfrentarse a Ethan, a su familia y al riesgo de perder al hombre que siempre ha formado parte de su vida.
Pero sí sabe que no quiere volver a fingir.
…
Nathan llega al apartamento a última hora de la tarde.
Emma ya está allí.
La encuentra en el sofá, con las piernas recogidas y un libro abierto en el regazo. La luz de la ventana le roza la cara y, por un momento, Nathan se olvida de que debe aparentar normalidad.
Ella levanta la vista.
—Hola.
—Hola.
—¿Cómo ha ido el entrenamiento?
—Bien.
—Mientes.
—Ha sido agotador.
—Eso ya es otra cosa.
Nathan deja la bolsa junto a la puerta.
—Caleb estaba allí.
—¿Ha preguntado por mí?
Nathan la mira.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque siempre pregunta.
—Ha preguntado.
—¿Y le has contestado?
—Sí.
Emma cierra el libro.
—¿Qué le has dicho?
Nathan no puede responder de inmediato.
Ella se levanta.
—No tienes que contármelo.
—Le dije que te besé.
Emma se queda inmóvil.
—¿Se lo dijiste?
—A Caleb.
—¿Por qué?
—Se dio cuenta.
—¿Y lo admitiste?
—Sí.
Emma se abraza a sí misma.
—¿Te arrepientes?
Lo pregunta con cuidado, pero Nathan percibe el peso que hay detrás.
—No.
—Pero dijiste que no podía volver a pasar.
—Lo sé.
—¿Entonces te arrepientes de haber parado?
Nathan le observa la cara.
Tiene las palabras preparadas.
Ha pensado en ellas todo el día.
Pero delante de Emma parecen demasiado peligrosas.
—No lo sé.
Ella baja la mirada.
—No tienes que responder.
—Emma.
—No.
—Quiero responder.
—Pues responde.
Nathan se acerca más.
Emma no retrocede, pero tampoco da un paso hacia él.
—No me arrepiento de haberte besado —dice.
—Lo sé.
—No me arrepiento de desearte.
Emma contiene la respiración.
—¿Me deseas?
—Sí.
—¿Incluso después de todo?
—Especialmente después de todo.
Emma alza la vista.
Nathan nota cómo le late el corazón con fuerza.
—Entonces, ¿por qué paraste?
—Porque tenía miedo de no poder parar.
—¿Y eso es malo?
—No lo sé.
—Me has dicho que hay muchas cosas que no sabes.
—Es porque estoy intentando descubrirlas.
—¿Y qué has descubierto?
Nathan se detiene frente a ella.
—Que ya no puedo tratarte como antes.
Emma deja de respirar.
—He descubierto que no puedo fingir que solo eres la hermana de Ethan.
Se le suaviza la expresión.
—¿Qué más?
Nathan alarga la mano, pero no la toca.
—He descubierto que me pongo celoso cuando otro hombre te mira.
—Me he dado cuenta.
—He descubierto que quiero saber dónde estás, si has comido, si has dormido y si has llegado bien.
—Eso podría ser solo preocupación.
—No lo es.
Nathan le toca el brazo, por fin.
—He descubierto que me gusta oír tu voz en este piso. Me gustan tus cosas esparcidas por el salón. Me gusta prepararte el café y oírte quejarte de mi salsa.
Emma sonríe a pesar de las lágrimas que empiezan a asomarle a los ojos.
—Tu salsa está mala.
—Lo sé.
—Y no sabes cocinar.
—Lo sé.
—Pero el café está bueno.
—Lo sé.
Ella se ríe con suavidad.
Nathan le recorre la piel con el pulgar.
Es un roce leve, pero íntimo.
Emma le mira la mano.
—¿Estás intentando convencerme?
—Estoy intentando ser sincero.
—¿Estás enamorado de mí?
Nathan siente que se le detiene el cuerpo entero.
Por fin ha llegado la pregunta.
Podría decir que sí.
Debería.
Pero el miedo sigue ahí.
—No sé cómo llamar a lo que siento.
Emma cierra los ojos.
—Acabas de decir que no puedes tratarme como antes.
—Porque no puedo.
—Dijiste que me deseas.
—Y es verdad.
—Dijiste que no es solo preocupación.
—No lo es.
—¿Y entonces qué falta?
Nathan la mira a la cara.
—Necesito creer que puedo tenerte sin destruirlo todo.
Emma le toca la mano.
—No puedes tenerme.
Nathan se queda inmóvil.
—No soy un objeto.
—Lo sé.
—No puedes protegerme de decisiones que también son mías.
—Lo sé.
—Entonces deja de decir que no puede pasar nada.
Nathan respira hondo.
—Lo intentaré.
—Ya lo has intentado.
—Esta vez es distinto.
—¿Por qué?
—Porque ahora ya lo sabes.
—¿Saber qué?
Nathan se acerca más.
—Que te deseo.
Emma cierra los ojos.
Por un momento, Nathan cree que la besará otra vez.
Pero no lo hace.
La regla sigue ahí, aunque se vaya debilitando.
Le aparta la mano del brazo.
Emma lo nota.
La tristeza le vuelve a la cara.
—¿Vas a seguir haciendo esto?
—¿Haciendo qué?
—Acercarte y luego alejarte.
—No quiero hacerte daño.
—Entonces no me des esperanzas.
Nathan siente que se le encoge el pecho.
—No pretendo darte esperanzas.
—No hace falta que lo intentes. Me miras como si…
Se interrumpe.
—¿Como si qué?
—Como si me desearas.
Nathan no puede negarlo.
—Te deseo.
—Entonces no te alejes.
—No puedo.
—Sí que puedes.
—No.
Emma se pasa una mano por la cara.
—Vas a volverme loca.
—Yo ya me estoy volviendo loco.
La confesión altera el aire.
Nathan ve que Emma lo observa con una mezcla de sorpresa y ternura.
—¿Estás enamorado de mí? —vuelve a preguntar ella.
Esta vez, Nathan no huye del todo.
—Estoy intentando averiguarlo.
—Esa respuesta es muy cobarde.
—Lo sé.
—Sigues siendo un cobarde.
—Eso también lo sé.
Emma intenta sonreír, pero las lágrimas se le escapan.
Nathan levanta la mano y le seca una con el pulgar.
El roce es suave.
—No llores.
—No estoy llorando.
—Sí que lloras.
—Es culpa tuya.
—Lo sé.
—¿Tú lo sabes todo?
—No.
—Lo parece.
Nathan le mantiene el pulgar en la mejilla.
—Sé que no me arrepiento de haberte besado.
Emma cierra los ojos.
—No es eso lo que te he preguntado.
—Lo sé.
—¿Te arrepientes de haber parado?
A Nathan se le encoge el corazón.
Esta vez ya tiene la respuesta.
No necesita pensar.
—De lo único que me arrepiento es de haber parado.
Emma abre los ojos.
Nathan sigue mirándola.
—Debería haberte besado más tiempo —dice él.
El silencio entre ellos se disuelve.
Emma sigue frente a él, con la cara aún húmeda y los ojos clavados en los suyos.
Nathan no la besa.
Todavía no.
Pero tampoco se aparta.
Y, por primera vez, permanecen cerca sin fingir que el deseo no existe.