La única regla que rompemos Capítulo 10
54%

Capítulo 10

Después del beso

Nathan no duerme.

Está tumbado en la oscuridad, con la mirada fija en el techo, y el recuerdo del beso vuelve cada vez que cierra los ojos.

La boca de Emma.

Las manos de ella en su nuca.

La forma en que se aferró a su camiseta cuando él intentó apartarse.

Nathan siente un nudo en la garganta.

No debería haberla besado.

Esa es la conclusión lógica. La única que puede repetirse sin perderse por completo.

No debería haberla besado porque Emma es la hermana de Ethan.

No debería haberla besado porque ella está viviendo en su apartamento.

No debería haberla besado porque impuso una regla y la rompió en cuanto tuvo ocasión.

Pero ninguna de esas razones logra borrar la sensación.

Nathan se toca los labios.

Todavía siente su sabor.

El recuerdo no se limita al beso. Lo que lo atormenta es la forma en que Emma lo miró después. No había arrepentimiento en sus ojos. Tampoco miedo. Solo una confianza serena, como si ella supiera que esto iba a pasar mucho antes de que él lo aceptara.

Nathan se pone de costado.

La pared que separa las dos habitaciones le parece demasiado fina.

Imagina a Emma despierta, quizá sentada en la cama, pensando en lo mismo. Imagina su expresión. Quiere ir hasta su puerta, llamar y decirle que no se arrepiente.

No lo hace.

Se queda en la cama hasta que amanece.

Cuando suena el despertador, Nathan lo apaga antes del segundo pitido. Se levanta, se ducha y se pone la primera ropa que encuentra. Su reflejo en el espejo es el de alguien que ha pasado la noche luchando consigo mismo.

Quizá sea justo lo que ha pasado.

Abre la puerta de su habitación.

La de Emma sigue cerrada.

Nathan va a la cocina y empieza a preparar café.

Se detiene.

Durante unos segundos, se plantea preparar solo el suyo.

Sería más fácil.

Pero su cuerpo ya conoce la rutina. Pone agua a hervir, saca la taza blanca de la flor azul y calienta la leche.

Entonces se da cuenta de lo que está haciendo.

Nathan cierra los ojos.

El beso debería significar distancia.

En cambio, sigue preparándole el café como si nada hubiera cambiado.

La puerta del dormitorio se abre.

Nathan oye pasos en el pasillo y se da la vuelta.

Emma aparece con una camiseta clara y unos vaqueros. Lleva el pelo recogido, pero algunos mechones le caen alrededor de la cara.

Se detiene en cuanto lo ve.

Nathan hace lo mismo.

El silencio entre ellos no es como antes.

Antes había tensión y expectativa.

Ahora hay un recuerdo compartido.

Emma es la primera en apartar la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días.

Nathan deja la taza en la encimera.

—Tu café.

—Gracias.

Ella se acerca, pero no toca la taza de inmediato. No le quita los ojos de encima, como si el objeto guardara algún significado.

Nathan sabe que lo guarda.

Es la misma taza que usó la mañana anterior, antes de besarla.

Ahora las pequeñas cosas parecen distintas.

Emma coge la bebida.

Sus dedos rozan los de él.

El contacto dura menos de un segundo.

Aun así, Nathan siente un escalofrío que le recorre el brazo.

Emma también lo nota.

Aprieta la taza con más fuerza.

—¿Has dormido? —pregunta ella.

—Un poco.

—Yo también.

Nathan la mira.

Emma da un sorbo al café, pero no aparta los ojos de los de él.

—Tenemos que hablar —dice ella.

—Lo sé.

—Pero ¿ahora te vas al entrenamiento?

—Sí.

—Entonces luego.

—Luego.

Ninguno de los dos se mueve.

Nathan quiere preguntarle si se arrepiente. Quiere saber si el beso significó para ella lo mismo que para él.

Pero le da miedo la respuesta.

—¿Tienes clase? —pregunta él.

—Sí.

—Puedo llevarte.

—No hace falta.

—Lo sé.

La respuesta hace que Emma levante la vista.

—¿Vas a seguir diciendo eso?

—Probablemente.

—Suena a que lo que quieres es fastidiarme.

—Puede.

Algo parecido a una sonrisa le asoma a la cara.

A Nathan se le encoge el pecho.

Es más fácil cuando está enfadada. Cuando se mete con él, se cruza de brazos y finge que le da igual. El enfado crea una distancia segura.

La amabilidad es más peligrosa.

—Cogeré el autobús —dice Emma.

—Vale.

—¿No vas a insistir?

—Me pediste que no tomara decisiones por ti.

—¿Y ahora lo respetas?

—Lo intento.

Emma mira la taza.

—Eres tan contradictorio…

—Lo sé.

Nathan coge la bolsa.

Antes de salir, la mira una vez más.

Emma está de pie junto a la encimera, con el café entre las manos. La luz de la mañana le roza la cara y Nathan recuerda cómo cerró ella los ojos cuando la besó.

Aparta la mirada.

—Hasta luego.

—Hasta luego.

Nathan se marcha.

De camino al gimnasio, siente como si se hubiera dejado una parte de sí mismo en aquella cocina.

…

El entrenamiento es un desastre.

Nathan falla pases fáciles, se desconcentra y se irrita con cada comentario de sus compañeros. El entrenador lo llama aparte dos veces para hablar, pero Nathan dice que está bien.

Nadie se lo cree.

Cuando acaba el entrenamiento, Caleb es el primero en acercarse.

—¿Quieres hablar del tema?

—No.

—Genial. Pues te pregunto otra cosa.

Nathan se quita los patines.

—No hace falta que preguntes.

—¿Has besado a Emma?

Nathan se queda inmóvil.

A Caleb no parece sorprenderle su reacción.

—No voy a responder.

—Eso es una respuesta.

—No, no lo es.

—Es la respuesta de alguien que ha besado a Emma.

Nathan cierra la bolsa.

—¿Te estás oyendo?

—Sí.

—¿Y no te parece raro preguntar eso?

—No. Lo que me parece raro es que creas que puedes ocultarlo.

Nathan se pone de pie.

—No tengo nada que ocultar.

—¿Te has pasado toda la noche mirando el techo?

Nathan se detiene.

—¿Cómo lo sabes?

—Has salido de tu habitación a las tres de la madrugada.

—¿Estabas despierto?

—Has llamado a la puerta del baño.

Nathan se pasa una mano por el pelo.

—Necesitaba agua.

—Te has quedado diez minutos de pie en la cocina.

—Estaba pensando.

—En Emma.

Nathan le lanza una mirada irritada.

Caleb suspira.

—No pretendo provocarte.

—Pues lo parece.

—Intento ayudar.

—No necesito ayuda.

—Eso también lo dijiste de Emma.

Nathan aparta la mirada.

El vestuario está casi vacío. Unos cuantos jugadores hablan al fondo, pero nadie les presta atención.

Caleb se sienta en el banco.

—¿La has besado?

Nathan sigue de pie.

—Sí.

La palabra le sale en voz baja.

Caleb asiente, como si ya lo supiera.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Estuvo bien?

Nathan cierra los ojos un instante.

No quería responder.

Pero el recuerdo del beso regresa antes de que pueda evitarlo.

—Lo estuvo.

—¿Estás enamorado de ella?

Nathan se queda mirando a su amigo.

La pregunta es demasiado directa.

—No lo sé.

Caleb no dice nada.

Esa reacción es peor que si se hubiera reído.

—Acabas de admitir que besaste a Emma —dice—. Pero ¿no sabes si estás enamorado?

—Es complicado.

—No lo es.

—Sí que lo es.

—¿Piensas en ella todo el tiempo?

Nathan no responde.

—Sabes cuándo está cansada, sabes cómo le gusta el café, te molesta que otro hombre la toque y cruzas la ciudad porque no tiene dónde dormir.

Nathan aprieta la mandíbula.

—Eso no significa…

—¿Le haces el café antes que el tuyo?

—Eso no importa.

—Sí que importa.

—Haría lo mismo por cualquiera que se quedara en el apartamento.

—Tú no sabes hacerle el café a cualquiera.

Nathan lo mira.

Caleb continúa:

—Sabes cuándo miente, cuándo está nerviosa, cuándo esconde algo. Conoces la forma en que te mira. La conoces mejor que nadie.

—Creció a mi lado.

—No la ves como a alguien que creció a tu lado.

Nathan permanece en silencio.

Caleb se pone de pie.

—La ves como a una mujer.

Nathan cierra la bolsa.

—Lo sé.

—Entonces estás enamorado.

La palabra le queda demasiado grande.

A Nathan se le tensa el pecho.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque si lo admito, todo cambia.

—Ya ha cambiado todo.

Nathan mira al suelo.

—No puedo hacerle esto a Ethan.

—No le estás haciendo nada a Ethan.

—Besé a su hermana.

—¿Y ella te besó a ti?

Nathan no responde.

Caleb esboza una sonrisa.

—Te besó.

—Eso no mejora las cosas.

—Las mejora muchísimo.

—No.

—Si los dos lo queréis, ¿dónde está el problema?

Nathan se pasa una mano por la cara.

—El problema es que, si sale mal, pierdo a Ethan.

—¿Y si sale bien?

Nathan lo mira.

—No sé si tengo derecho.

—No necesitas permiso para enamorarte.

A Nathan se le cierra la garganta.

—Necesito permiso para estar con ella.

—¿De quién?

—De Ethan.

—¿Y de Emma?

—De ella también.

—Emma ya te quiere a ti.

La seguridad con la que lo dice Caleb lo incomoda.

—Eso dice ella.

—La besaste. No parecía arrepentida.

Nathan recuerda cómo Emma le agarró la camiseta.

—No.

—Entonces el único que todavía no lo ha aceptado eres tú.

Nathan mira a su amigo.

Caleb da un paso hacia él.

—Puedes seguir fingiendo que es solo deseo. Puedes seguir diciendo que tienes que proteger a todo el mundo. Pero no vas a poder borrar lo que sientes.

—No sé si voy a poder.

—¿Hacer qué?

—Elegir.

—Ya has elegido.

Nathan no responde.

Porque sabe que Caleb tiene razón.

Eligió a Emma cuando cruzó el campus para ir a buscarla.

La eligió cuando le ofreció la habitación.

La eligió cuando le preparó un café.

La eligió cuando la besó.

Lo que aún no había elegido era asumir las consecuencias.

—Estoy enamorado de ella —dice al fin.

La frase le sale tan baja que casi se pierde en el vestuario vacío.

Caleb no sonríe.

Solo asiente.

—Lo sé.

Nathan siente que le arden los ojos.

—No quería que pasara.

—Lo sé.

—Intenté no mirarla.

—Lo sé.

—Era tan joven cuando la conocí…

—Pero ya no lo es.

—Lo sé.

Caleb le pone una mano en el hombro.

—No tienes que decidirlo todo hoy.

—¿Y si arruino mi amistad con Ethan?

—Pues hablas con él.

—¿Y si no lo acepta?

—Lo aceptará.

—Eso no lo sabes.

—Conozco a Ethan.

Nathan lo mira.

—Confió en mí para cuidar de ella.

—Cuidar de ella no significa controlarla.

—Lo sé.

—Entonces no conviertas su confianza en una prisión.

Las palabras se le quedan a Nathan en la cabeza mientras sale del vestuario.

Una prisión.

Quizá fuera exactamente eso lo que había hecho.

Levantar una regla, cercar sus sentimientos con ella y llamarlo protección.

…

Emma se pasa el día intentando no pensar en el beso.

No puede.

El recuerdo vuelve en cada rato de calma. Mientras lee, mientras está en clase, mientras cruza el campus. El beso no fue precipitado, pero tampoco inocente. Nathan la besó como si lo hubiera deseado desde hacía mucho tiempo.