La única regla que rompemos Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Porque nunca lo dijiste.

—Tú tampoco.

—Tenía miedo.

—Yo también.

La confesión apaga el enfado por un momento.

Dos miedos distintos, callados durante años.

Emma comprende que no estaba sola en aquella confusión. Nathan también había notado algo, pero prefirió llamarlo imposible.

—Podrías haber dicho algo —dice ella.

—Eras más joven.

—Tenía dieciocho cuando te diste cuenta.

—Ethan me habría matado.

—No lo habría hecho.

—Eso no lo sabes.

—Confía en ti.

—Exacto.

—Así que decidiste fingir.

—Decidí proteger lo que ya teníamos.

—¿Y ahora?

Nathan la mira.

—Ahora estás aquí.

—En tu cocina.

—En mi casa.

—Y sigues fingiendo.

—Intento no destruirlo todo.

—¿Te has dado cuenta de que fingir no funciona?

—Sí.

Emma está lo bastante cerca para tocarle el brazo.

No lo hace.

—No tienes que protegerme de ti.

—Puede que sí.

—Sé protegerme sola.

—Lo sé.

—Entonces confía en mí.

Nathan le sostiene la mirada.

—No lo entiendes.

—Explícamelo.

—Si te beso, no podré volver atrás.

Emma siente cómo le reacciona todo el cuerpo.

—¿Crees que quiero que vuelvas atrás?

Nathan cierra los ojos.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no sé si voy a ser capaz de resistirme.

—Entonces no te resistas.

Lo dice en voz baja.

Nathan abre los ojos.

Emma ve el momento exacto en el que algo se rompe dentro de él.

Él da un paso adelante.

Ella no se aparta.

El aire entre los dos cambia.

Nathan levanta la mano y le toca la cara.

El gesto es delicado, casi vacilante. Le recorre con los dedos un lado de la cara y le aparta un mechón de pelo que le había caído cerca de los ojos.

Emma cierra los ojos un segundo.

El contacto no se parece a nada de lo que había imaginado.

No es apresurado.

No es posesivo.

Es como si Nathan siguiera pidiendo permiso.

Cuando ella abre los ojos, él está más cerca.

—Emma —susurra él.

—Estoy aquí.

—Esto no debería pasar.

—Lo sé.

—Eres la hermana de Ethan.

—Lo sé.

—Lo intenté…

—Lo sé.

—No puedo.

A ella se le acelera el corazón.

—No tienes por qué.

Nathan le mira la boca.

Emma levanta la cara.

Esta vez nadie los interrumpe.

No suena ningún teléfono.

No hay pasos en el pasillo.

Nadie más entra por la puerta.

No hay más que el silencio y sus respiraciones.

Nathan se inclina despacio.

Sus labios tocan los de ella con una ternura que casi parece una pregunta.

Emma cierra los ojos.

Durante un instante, el beso es solo un roce leve, breve, titubeante. Nathan se aparta unos centímetros, como si todavía pudiera cambiar de opinión.

Emma le agarra la camiseta.

El movimiento es involuntario.

Nathan le mira la mano.

Luego la mira a ella.

—No te apartes —susurra Emma.

La expresión de él se suaviza.

Nathan la besa otra vez.

Esta vez, con más seguridad.

La boca de él se mueve sobre la de ella con cuidado e intensidad, como si llevara años imaginando este momento y todavía no supiera cómo hacerlo real. Emma nota cómo la mano de él se desliza de su mejilla a la nuca y la sujeta con suavidad.

Ella le apoya las manos en el pecho.

El corazón de Nathan late con la misma fuerza que el suyo.

El beso se hace más profundo poco a poco.

Las dudas se disuelven y dejan paso a un deseo contenido demasiado tiempo. Nathan inclina la cabeza, ahonda el contacto, y Emma siente que el cuerpo entero se le rinde contra él.

El olor de su piel, el calor de sus manos y la fuerza con la que la agarra hacen imposible recordar que esto está prohibido.

Nathan la besa como si temiera hacerle daño.

Pero también como si estuviera cansado de huir.

Emma le desliza los dedos por la nuca. Nathan deja escapar un sonido grave contra su boca y esa reacción le encoge el estómago.

Él la atrae más hacia sí.

Sus cuerpos se juntan y Emma siente que la tensión acumulada entre ellos se convierte en algo cálido, urgente e inevitable.

Nathan interrumpe el beso un momento para respirar.

Apoya la frente contra la de ella.

Emma mantiene los ojos cerrados.

—¿Estás bien? —pregunta él con la voz ronca.

—Sí.

—¿Segura?

—No pares.

Nathan abre los ojos.

La intensidad de su mirada casi la obliga a apartarse, pero aguanta.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?

—Lo sé.

—Emma…

—No quiero que te eches atrás ahora.

Nathan le acaricia la mejilla.

—No pienso echarme atrás.

La confesión le hace abrir los ojos.

—Entonces no lo hagas.

Vuelve a besarla.

Esta vez, Emma no espera a que él dé el primer paso. Se inclina hacia Nathan, le rodea el cuello con los brazos y lo atrae contra su cuerpo.

Su mano le desciende por la espalda y se detiene en la cintura. El contacto es firme, pero cuidadoso. Nathan parece obligarse a contener la fuerza, como si ella estuviera hecha de algo frágil.

Emma sonríe contra sus labios.

Nathan interrumpe el beso.

—¿Por qué sonríes?

—Porque te esfuerzas demasiado por ir con cuidado.

—No quiero hacerte daño.

—No me lo harás.

—Eso no lo sabes.

—Sí que lo sé.

Nathan la mira.

—¿Siempre estás segura de todo?

—No.

—Lo parece.

—Intento que lo parezca.

Sonríe por primera vez desde que se acercó.

Emma le toca la cara.

—¿Sigues pensando que soy una niña?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Porque acabas de besarme.

—Eso no prueba nada.

—¿No?

—Prueba que no pude resistirme.

—Puede que sea porque no cuesta resistirse a mí.

Nathan vuelve a mirarle la boca.

—Ese es justamente el problema.

Emma nota que el deseo vuelve a crecer.

—¿Te arrepientes?

La pregunta le cambia la expresión.

—No.

—¿Entonces por qué me miras así?

—Porque estoy intentando recordar por qué esto no puede pasar.

—¿Y lo estás consiguiendo?

—No.

Emma acerca la boca a la de él, pero Nathan se aparta antes de que pueda besarlo de nuevo.

El movimiento es brusco.

Emma se queda inmóvil.

Nathan retrocede dos pasos, como si necesitara poner distancia física para recuperar el control.

—No.

A Emma se le hunde el corazón.

—Nathan…

—Esto no puede volver a pasar.

Lo dice en voz baja, pero sin vuelta atrás.

Emma sigue de pie frente a él, con los labios todavía calientes y el corazón desbocado.

—Acabas de decir que no te arrepientes.

—No me arrepiento.

—¿Entonces por qué?

—Porque fue un error.

La palabra duele aún más de lo que debería.

Nathan se da cuenta.

—No tú —se apresura a decir—. El beso.

—¿Me besas y ahora me dices que el error fue el beso?

—No quería decir…

—Es lo que has dicho.

—Emma.

Emma retrocede.

—No puedes hacer esto.

—Lo sé.

—No puedes besarme como si quisieras devorarme y luego decir que no va a volver a pasar nunca.

—Tengo que hacerlo.

—¿Tienes que hacerlo?

—Sí.

—¿O es que tienes miedo?

Nathan aprieta la mandíbula.

—Las dos cosas.

A Emma le escuecen los ojos.

—Me deseas, Nathan.

—Lo sé.

—Y yo te deseo a ti.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué me apartas de ti?

—Porque querer no basta.

—A mí me basta.

—A mí no.

Emma se pasa los dedos por los labios.

Todavía lo saborea.

—¿Crees que puedes besarme y luego volver a tratarme como antes?

—No.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Nathan la mira.

La respuesta parece costarle un mundo.

—Voy a mantener las distancias.

—Ya lo has intentado.

—Me esforzaré más.

Emma siente cómo la tristeza desplaza al deseo.

—No quiero que lo intentes.

—Tiene que ser así.

—No.

—Emma, soy el mejor amigo de tu hermano.

—Y yo ya no soy su hermana pequeña.

—Lo sé.

—Entonces deja de decidir por nosotros.

—No hay un nosotros.

Son palabras crueles.

Nathan se da cuenta de inmediato, pero ya las ha dicho.

Emma asiente despacio.

—Entiendo.

—No quería decir eso.

—Sí querías.

—Emma…

—No pasa nada.

—Sí que pasa.

—Ahora ya sí.

Se da la vuelta y se dirige al dormitorio.

Nathan se queda en medio de la cocina, incapaz de seguirla.

—Emma.

Se detiene, pero no se gira.

—¿Qué?

Nathan no encuentra ninguna frase capaz de reparar el daño.

Quiere decirle que ese beso ha sido el momento más sincero que han compartido.

Quiere decirle que no se arrepiente.

Quiere decirle que se apartó porque, si hubiera seguido, no habría podido detenerse.

Pero nada de eso cambiaría lo que ella oyó.

—Buenas noches —dice él.

Emma cierra los ojos.

—Buenas noches, Nathan.

Entra en el dormitorio y cierra la puerta.

Nathan se queda solo en la cocina.

Todavía siente su sabor en los labios.

La mano con la que le tocó la cara sigue caliente.

Ha conseguido besarla.

Ha conseguido probar lo que llevaba años intentando ignorar.

Y ahora tenía que fingir que no volvería a ocurrir.

Nathan apoya las manos en la encimera y baja la cabeza.

La regla que él mismo había impuesto para protegerlos se volvió aún más difícil de cumplir después de aquel primer beso.

Porque ahora sabía exactamente qué estaba intentando negar.

Y sabía que jamás olvidaría la sensación de los labios de Emma sobre los suyos.