Capítulo 9
El primer beso
Emma entra en el apartamento sin decir una palabra.
Nathan cierra la puerta detrás de ella y se queda unos segundos de pie en el pasillo, mirando cómo deja el bolso en la silla. La conversación del coche continúa entre los dos, aunque ninguno abra la boca.
Ha admitido que estaba celoso.
Ha admitido que no le gustaba imaginar a Emma interesada en otro hombre.
Y, aun después de decir todo eso, ha intentado esconderse detrás de un «no lo sé».
Emma se quita el abrigo y lo cuelga en el respaldo de la silla.
—¿Piensas seguirme en silencio mucho rato más?
Nathan cierra la puerta.
—No te estoy siguiendo.
—Has entrado en el apartamento detrás de mí.
—Porque vivo aquí.
—Y has venido a recogerme.
—Porque era tarde.
—Y no dejabas de mirar a Daniel.
Nathan se pasa una mano por la nuca.
—¿Vas a seguir con esto?
—Puede.
—¿Te lo estás pasando bien?
—Un poco.
Emma entra en la cocina. Nathan sigue inmóvil, de pie, intentando controlar la respiración.
La verdad es que a él también le ha gustado.
No los celos.
La forma en que Emma lo ha pinchado, cómo le ha notado cada cambio de expresión y cómo no le ha dejado esconderse detrás de respuestas vagas.
Lo conoce demasiado bien.
Puede que ahí esté el problema.
Emma abre la nevera.
—¿Quieres algo de comer?
—¿Tienes hambre?
—Te pregunto si quieres tú.
—Puedo preparar algo.
—No te he preguntado si puedes.
Nathan entra en la cocina.
—Entonces, ¿qué quieres?
Emma coge dos botellas de agua.
—Quiero saber si vas a admitir que te molesta.
—Ya lo he admitido.
—Admitiste que estabas celoso.
—Eso quiere decir que me molesta.
—No necesariamente.
Nathan coge la botella que ella le tiende.
—¿Cuál es la diferencia?
—Puedes sentir celos sin saber por qué.
—Sé por qué.
Emma espera.
Nathan abre la botella, pero no bebe.
—¿Quieres que lo diga?
—Ya sabes que sí.
—Porque no me gusta la idea de que estés con otro hombre.
—Eso ya lo dijiste.
—Porque no me gusta que te toque.
—Me tocó el brazo.
—Lo sé.
—Fue un gesto normal.
—Lo sé.
—¿Y entonces por qué te molestó tanto?
Nathan deja la botella sobre la encimera.
—Porque no quiero que otro hombre crea que tiene derecho a tocarte.
Emma enarca las cejas.
—¿Y tú crees que lo tienes?
—No.
—Pero te molesta que lo haga otro.
—Sí.
—¿Ves la contradicción?
—La veo.
—Y aun así no vas a hacer nada.
—No.
Emma se apoya en la encimera, frente a él.
—¿Por qué?
Nathan la mira.
Es la misma pregunta de antes, pero el espacio cerrado lo hace todo más intenso. Están solos, sin tráfico a su alrededor, sin forma de fingir que la conversación es solo una discusión pasajera.
La cocina solo está iluminada por la luz que hay sobre el fregadero. El resto del apartamento sigue en penumbra y el silencio de la noche los envuelve a los dos.
—Porque establecí una regla —responde él.
—Te escondes detrás de ella.
—Existe por una razón.
—¿Qué razón?
—Para evitar que cometamos un error.
Emma siente una opresión en el pecho.
—¿Crees que besarme sería un error?
Nathan tarda en contestar.
—No lo sé.
—Dijiste que querías hacerlo.
—Querer algo no significa que esté bien.
—¿Y si lo estuviera?
—No lo está.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
—¿No te cansas de oírte decir que no lo sabes?
Nathan levanta la vista.
Emma ya no sonríe. Está seria, dolida y decidida a no dejar que convierta cada respuesta en un muro.
—No quiero que me beses por celos —dice ella—. No quiero que lo hagas porque no te gustó verme con Daniel. No quiero ser una decisión impulsiva.
—No haría eso.
—¿Y por qué parece entonces que siempre estás luchando contra las ganas de hacerlo?
Nathan respira hondo.
—Porque lo estoy.
—¿Luchando contra mí?
—Luchando contra mí mismo.
Emma aparta la mirada.
Nathan sabe que la ha herido. No era su intención, pero la verdad no siempre es amable.
—Me tratas como si fuera peligrosa —dice ella.
—No lo eres.
—¿Entonces por qué sigues apartándote?
—Porque yo sí lo soy.
—¿Peligroso?
—Para los dos.
Emma se queda callada.
Nathan quiere acercarse, pero sabe que no debería. Ella está apoyada en la encimera y entre los dos apenas queda espacio. Cualquier movimiento podría convertir esa conversación en otra cosa.
—¿Te acuerdas de cuando me conociste? —pregunta Emma.
El cambio de tema parece repentino, pero Nathan sabe que para ella no lo es.
—Lo recuerdo.
—Tenía catorce años.
—Llevabas aparato.
—Y flequillo.
—Odiabas ese flequillo.
—Odiaba cómo te reías de él.
—Yo no me reía.
—Ethan sí se reía.
—Y tú te reías con él.
Nathan no puede evitar sonreír.
—¿Te lo cortaste tú?
—Me llevó mi madre a la peluquería.
—Parecía que te lo habías cortado tú.
Emma coge la botella de agua y da un sorbo.
—Siempre me hablabas como si fuera una niña.
—Eras una niña.
—Tampoco era tan niña.
—Tenías catorce años.
—Y tú diecisiete.
—Exacto.
—¿Y tú te creías muy mayor?
—En aquel momento, sí.
—Eras un adolescente.
—Un adolescente muy responsable.
—Escondías comida en tu habitación.
—Eso no viene al caso.
—Te saltabas las clases para jugar al hockey.
—Nunca me salté ninguna.
—Me lo dijo Ethan.
—Ethan exageraba.
—Y además te peleabas por todo.
—Yo no me peleaba.
—Discutiste con un profesor porque dijo que no serías un buen capitán.
Nathan sonríe.
—Se equivocaba.
—Discutiste con él.
—Fue una conversación.
—Una conversación en la que casi tiras la mesa.
—Me estaba faltando al respeto.
Emma observa su sonrisa.
Es la primera vez en toda la noche que Nathan parece relajado. El recuerdo del pasado le trae de vuelta al hombre que conoce de toda la vida, no solo al que la mira como si estuviera intentando contenerse.
—Siempre me llamabas Em —dice ella.
—Sigo haciéndolo.
—Ahora suena distinto.
La sonrisa de Nathan se apaga.
—¿En qué sentido?
—Antes era como si solo fuera la hermana pequeña de Ethan.
—Lo eras.
—¿Y ahora?
La pregunta lo deja inmóvil.
Emma espera.
—Ya no.
La respuesta le sale en voz baja.
—¿Por qué sigues usando el apodo?
—Cuesta cambiar.
—¿No quieres cambiar?
—No lo sé.
—Hay muchas cosas que no sabes.
—Te gusta recordármelo.
—Porque lo necesitas.
Nathan apoya las manos en la encimera, una a cada lado de ella.
—¿Quieres saber por qué te trataba como a una niña?
—Sí.
—Ya lo sabes.
—No. Sé que era la hermana de Ethan. Lo que no sé es por qué tenías que comportarte como si yo no pudiera crecer.
Nathan mira al suelo.
—Porque era más fácil.
—Para ti.
—Sí.
La sinceridad deja a Emma en silencio.
Nathan respira hondo.
—Cuando tenías catorce años, era fácil verte como la hermana de mi mejor amigo. Era fácil hacer bromas, picarte y decirte que te volvieras a tu cuarto cuando querías quedarte a escuchar nuestras conversaciones.
—También me echaste del salón.
—Porque estabas escondida detrás del sofá.
—Quería ver la película.
—Tenías un examen al día siguiente.
—Y tú no eras mi padre.
—Lo sé.
Emma esboza una sonrisa, pero el gesto de Nathan sigue serio.
—Lo hice durante años —continúa—. Cada vez que aparecías, te trataba como a la niña que había conocido. Incluso cuando ya no lo eras.
—¿Cuándo te diste cuenta?
Nathan alza la vista.
La pregunta parece atravesarlo.
—No lo sé.
—Dijiste que lo hacías para no ver cuánto había cambiado.
—Y lo hacía.
—Entonces algo debió de pasar.
—Puede.
—¿Cuándo?
Nathan se pasa una mano por el pelo.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Fue el verano en que volviste del viaje con tus padres.
Emma intenta recordar.
—¿Tenía diecisiete años?
—Dieciocho.
—Me corté el pelo.
—Te lo cortaste.
—Muy corto.
—Lo recuerdo.
—Dijiste que parecía una niña.
Nathan cierra los ojos un instante.
—Dije que estabas diferente.
—Dijiste que parecía una niña.
—Intentaba…
—¿Tratarme como antes?
—Sí.
—¿Por qué?
Nathan se separa de la encimera y se acerca a la ventana.
La ciudad se extiende al otro lado, llena de luces y sonidos lejanos. Mira hacia la calle, pero tiene la cabeza en otra parte.
Emma sigue detrás de él.
—Volviste a casa con el pelo corto —dice Nathan—. Llevabas una camiseta roja y esos pendientes pequeños que te había regalado tu madre. Ethan no se dio cuenta de nada. Siguió hablando del equipo, de los entrenamientos y de la universidad.
Emma escucha en silencio.
—Pero yo sí me di cuenta —continúa Nathan—. Me di cuenta de que eras diferente. Y no solo por el pelo. Hablabas de otra manera. Ya no te escondías. Ya no esperabas a que Ethan respondiera por ti. Cuando alguien preguntaba algo, contestabas tú.
—Crecí.
—Sí.
—¿Y eso era un problema?
—Para mí lo era.
A Emma se le acelera el corazón.
Nathan se da la vuelta.
—Porque, por primera vez, te miré y no pude pensar solo en la hermana de Ethan.
La frase queda flotando entre los dos.
A Emma se le cierra la garganta.
—¿Y qué pensaste?
Nathan aparta la mirada.
—Que tenía que parar.
—¿Parar qué?
—De fijarme.
—¿En mí?
—En todo.
—¿Querías dejar de mirarme?
—Sí.
—¿Y lo conseguiste?
Nathan suelta una risa baja, sin pizca de humor.
—No.
Emma da un paso hacia él.
Nathan la mira.
—Entonces, ¿por qué seguiste tratándome como a una niña?
—Porque era la única manera de convencerme de que ahí no había nada.
—¿Y había algo?
—No lo sabía.
—Sí lo sabías.
—No quería saberlo.
Emma siente un calor que se le extiende por todo el cuerpo.
—¿Empecé a gustarte aquel verano?
Nathan la mira.
—Empecé a darme cuenta de que podía pasar.
—¿Y eso es distinto?
—Lo es.
—¿Por qué?
—Porque darse cuenta no es lo mismo que aceptarlo.
—¿Lo aceptaste?
—No.
—¿Ni siquiera ahora?
Nathan no responde.
Emma da otro paso.
—¿Te has pasado años intentando no aceptarlo?
—Sí.
—Y yo creía que de verdad me veías como una niña.
—Nunca pensé que fueras realmente una niña.
—Dijiste que sí.
—Porque era más fácil.
—Para ti.
—Sí.
Emma se cruza de brazos.
—¿Sabes que fue cruel?
—Lo sé.
—Me hiciste sentir ridícula por sentir algo por ti.
—Nunca supe que yo te gustaba.
—Lo sabías.
—No.
—Lo sabías.
—Emma, yo…
—Esperaba a que aparecieras por casa de mis padres. Elegía la ropa cuando sabía que ibas a estar allí. Aprendí a ver hockey por ti. ¿Crees que hacía todo eso por Ethan?
Nathan sigue inmóvil.
—Sabía que eras preciosa —dice él.
Emma contiene el aliento.
—Pero no sabía que yo te gustaba.
—¿Cómo no ibas a saberlo?