Capítulo 8 #3
Nathan estaba celoso.
Lo negó, pero lo estaba.
El recuerdo hace que Emma sonría para sí frente al ordenador.
—¿Estás bien? —pregunta Daniel.
Emma alza la vista.
—Sí.
—Pareces distraída.
—Perdona.
—¿Es por el tío que vino a hablar contigo?
Emma frunce el ceño.
—¿Qué tío?
—El capitán del equipo de hockey.
—Ah.
—Parecía molesto.
—No estaba molesto.
—¿Sois amigos?
Emma piensa en la pregunta.
—Es el mejor amigo de mi hermano.
—Entonces os conocéis desde hace mucho.
—Sí.
Daniel asiente y vuelve a su trabajo.
—Parece protector.
Emma baja la mirada al ordenador.
—Lo es.
—¿Eso es bueno?
—A veces.
Daniel no insiste.
Emma se lo agradece en silencio. No quería hablar de Nathan con alguien a quien apenas conocía. Tampoco quería admitir que los celos de él le habían dejado una sensación de triunfo.
No debería gustarle saber que Nathan estaba molesto.
Pero le gustaba.
Cuando acaba el trabajo, le escribe un mensaje a Nathan.
Me voy a casa.
La respuesta llega casi de inmediato.
Paso a por ti.
Emma escribe:
No hace falta.
Lo sé.
Sonríe.
Estoy demasiado cansada para discutir.
Entonces no discutas.
¿Estás en el piso?
Sí.
Vale.
Emma guarda el móvil.
La conversación es breve, pero el tono entre ellos parece menos tenso. Puede que Nathan también se haya dado cuenta de que no puede seguir ocultándolo todo tras respuestas cortantes.
O puede que solo esté cansado.
…
Nathan llega al campus antes de que Emma salga del edificio.
Se queda en el coche y observa a los estudiantes cruzar la calle. El cielo se ha oscurecido y parece que va a llover en cualquier momento.
Cuando ve salir a Emma, ve también a Daniel junto a ella.
Están hablando.
A Nathan se le encoge otra vez el estómago.
Daniel lleva una carpeta. Emma tiene el móvil en la mano y se ríe por algo que él dice.
Nathan no se baja del coche.
Esta vez no quiere interrumpir.
No tiene excusa.
Emma lo ve antes de que él se decida a hacer algo. La sonrisa se le borra un instante, pero vuelve cuando se despide de Daniel.
El chico le toca el hombro.
Nathan aprieta el volante.
Emma se acerca al coche.
Abre la puerta y sube.
—Hola.
—Hola.
Se abrocha el cinturón.
Nathan espera a que diga algo sobre Daniel.
No lo hace.
Él tampoco.
El silencio se prolonga durante los primeros minutos del trayecto.
—Puedes preguntar —dice Emma.
Nathan no aparta los ojos de la carretera.
—¿Preguntar qué?
—Sobre Daniel.
—No me hace falta.
—Tú quieres.
—No.
—Estás agarrando el volante con muchísima fuerza.
Nathan relaja las manos.
—Es tu compañero de clase.
—Sí.
—Y trabajáis juntos.
—Sí.
—Entonces no hay nada que preguntar.
Emma lo observa.
—Estabas celoso.
—No lo estaba.
—No tienes por qué avergonzarte.
—No me avergüenzo.
—Pues lo parece.
—Es solo que no me gusta no saber con quién pasas el tiempo.
—No necesitas saberlo.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero quiero saberlo.
Lo admite en voz baja.
Emma se queda inmóvil.
Nathan siente que debería retractarse, pero no puede.
—¿Por qué? —pregunta ella.
—Porque…
Se detiene en un semáforo en rojo.
Las luces rojas se reflejan en el rostro de Emma.
—Porque te mira de una forma que no me gusta —dice él.
—¿Cómo me mira?
—Como si quisiera algo.
—¿Y si fuera así?
El semáforo sigue en rojo.
Nathan la mira.
—¿Y tú quieres que lo sea?
—No he preguntado eso.
—Pero lo estás preguntando.
—Te pregunto por qué te molesta.
Nathan vuelve a fijar la vista en la carretera.
El semáforo se pone verde.
—No tengo derecho a molestarme.
—No es eso lo que te he preguntado.
—Lo sé.
—Entonces respóndeme.
Nathan conduce en silencio unos metros más.
Emma no aparta la mirada.
Él sabe que no puede esquivar la respuesta.
—No me gusta imaginarte interesada en otro hombre.
Las palabras salen por fin.
Emma se queda callada.
Nathan siente que el corazón le late con fuerza.
—¿Por qué? —pregunta ella.
Él aprieta la mandíbula.
—Porque no me gusta.
—Eso no es una explicación.
—Es la verdad.
—¿Te molesta porque crees que no es bueno para mí?
—No.
—¿Porque tienes miedo de que me haga daño?
—No solo por eso.
—Entonces, ¿por qué?
Nathan la mira.
Emma espera.
—Porque no me gusta imaginarte mirando a otro hombre como me miras a mí.
El coche sigue en marcha, pero parece que todo se ha detenido.
Emma respira despacio.
Nathan vuelve a fijar la vista en la carretera, aunque la voz de ella se le queda clavada por dentro.
—Sabes que puedes devolverme la mirada.
Lo sabe.
Ese es justo el problema.
Nathan aparca delante del edificio.
Emma no baja del coche enseguida.
—Estás celoso —dice ella.
—Sí.
La palabra suena baja, pero firme.
—Y no tienes derecho.
—Lo sé.
—Pero lo estás.
—Lo estoy.
Emma toca la manilla de la puerta, pero antes de abrirla lo mira.
—¿Eso cambia algo?
Nathan le mira la cara.
La respuesta que debería dar es no.
La respuesta que consigue dar es otra.
—No lo sé.
Emma sonríe apenas.
—En serio, tendrías que buscarte una respuesta mejor.
Sale del coche.
Nathan la observa caminar hacia la entrada del edificio.
Los celos siguen ahí dentro, incómodos e imposibles de negar.
Pero, por primera vez, no intenta fingir que no están ahí.