La única regla que rompemos Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—No lo estoy.

—¿Celoso?

—No.

Emma inclina la cabeza.

—Sabes que puedes decir la verdad.

—No tengo nada que decir.

—Genial.

Se da la vuelta para entrar en el edificio.

Nathan siente el impulso irracional de impedir que se vaya.

—Emma.

Ella mira por encima del hombro.

—¿Sí?

—No aceptes bebidas de cualquiera.

Emma se queda callada.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que pueden llevar.

—Era café.

—Lo sé.

—Acabas de decir que no estabas celoso.

—No lo estoy.

—Entonces, ¿por qué te preocupa el café que me ha traído Daniel?

Nathan se da cuenta de que no tiene ninguna respuesta que no lo delate.

—Porque soy tu…

Se interrumpe.

¿Tu qué?

¿Amigo?

¿Protector?

¿El mejor amigo de tu hermano?

Ninguna de ellas parece suficiente.

Emma espera.

Nathan no termina la frase.

—Eres mi invitada —dice al fin.

La luz de sus ojos se apaga.

—Claro.

Entra en el edificio.

Nathan se queda en la acera.

La palabra «invitada» suena ridícula nada más salir de su boca.

Emma no es su invitada.

No es solo alguien que ocupa temporalmente una habitación.

Pero no sabe qué es ella.

Y esa falta de definición lo enfurece.

...

Durante el entrenamiento, Nathan falla tres pases.

A la cuarta, el entrenador hace sonar el silbato y manda parar a todos.

—Brooks, estás en otra parte.

—Estoy aquí.

—Tu cuerpo sí. Tu cabeza no.

Nathan aprieta el palo.

—Puedo seguir.

—Puedes, si decides prestar atención.

Los jugadores vuelven a sus posiciones. Caleb pasa junto a Nathan y le da un golpecito en el hombro.

—Eres imposible.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Estás pensando.

—Todo el mundo piensa.

—Tú piensas en voz alta.

Caleb lo mira.

—¿Fue Emma?

Nathan le lanza una mirada dura.

Caleb asiente despacio.

—Fue ella.

—No.

—Ni siquiera has preguntado qué iba a decir.

—Ibas a preguntar si era por Emma.

—Iba a decirte que juegas como si te hubieras peleado con alguien.

Nathan vuelve a fijar la mirada en el hielo.

—No nos hemos peleado.

—Entonces ha pasado algo.

—No.

—Sabes que repetirlo no lo hace cierto.

Nathan siente una punzada de irritación.

—Estaba hablando con un tío.

Caleb se queda callado un segundo.

Luego sonríe.

—Ah.

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Poner esa cara.

—¿Qué cara?

—La que dice que has descubierto algo.

—Lo he descubierto.

—No hay nada que descubrir.

—Viste a Emma hablando con otro hombre.

—Un compañero de clase.

—Y te bajaste del coche para interrumpir.

—Fui a devolverle el paraguas.

—Que lo llevaba en la mochila.

—No lo sabía.

—Y luego le preguntaste si le gustaba.

Nathan no responde.

Caleb sonríe aún más.

—Estás celoso.

—No lo estoy.

—Sí que lo estás.

—No tengo derecho.

—Eso no significa que no lo estés.

Nathan aprieta el stick con fuerza.

Las palabras de Caleb son justo el problema.

No tiene derecho.

No tiene derecho a preguntar con quién habla Emma, ni a molestarse cuando alguien la toca, ni a mirar la sonrisa que le dedica a otro hombre.

No tiene derecho porque entre ellos no hay nada.

Porque él mismo impuso una regla.

Porque Emma es la hermana de Ethan.

Porque, mientras no admitiera lo que sentía, no podía exigirle nada.

—Es solo que no quiero que se líe con alguien a quien no conozco —dice.

Caleb arquea las cejas.

—¿Tú conoces a Daniel?

—No.

—¿Y cómo sabes entonces que no es bueno para ella?

—No he dicho eso.

—No hace falta que lo digas.

Nathan aparta la mirada.

Caleb se pone a su lado.

—Tienes que decidir qué es lo que quieres.

—No es tan sencillo.

—Sí que lo es.

—No.

—O quieres ser solo su amigo, o quieres algo más.

Nathan recuerda la boca de Emma, su cuerpo envuelto en una toalla, cómo lo miró en la cocina.

—Quiero algo más.

Caleb espera.

—Pero no puedo.

—¿Por qué?

Nathan lo mira.

—Porque es Emma.

Caleb frunce el ceño.

—Eso no explica nada.

—Es la hermana de Ethan.

—Ethan no es el dueño de su hermana.

—No se trata de ser dueño de nadie.

—¿Y de qué se trata entonces?

—De confianza.

—Ethan confía en ti.

—Exacto.

—¿Y crees que lo traicionarías si te gustara ella?

Nathan aprieta la mandíbula.

No sabe qué responder.

Caleb suspira.

—No traicionas a nadie por enamorarte.

La palabra queda suspendida entre los dos.

Nathan nota que todo el cuerpo le reacciona.

Enamorarse.

No quería pensar en esa posibilidad.

El deseo era más fácil. La atracción era algo que podía controlar. Un impulso físico que podía ignorar con tiempo y distancia.

Pero lo que sentía por Emma no se limitaba al cuerpo de ella.

Sabía cuándo estaba cansada.

Sabía cómo le gustaba el café.

Sabía que no le gustaba compartir sus problemas.

Sabía que necesitaba silencio después de un día difícil, pero que también odiaba sentirse sola.

Sabía que siempre leía la última página de los libros cuando estaba ansiosa, que se mordía el interior de la mejilla cuando ocultaba algo y que sonreía de otra manera cuando se divertía de verdad.

Nathan conocía a Emma.

Quizá mejor que nadie.

Y darse cuenta de eso debería asustarlo más que los celos.

...

Emma pasa la tarde intentando avanzar en el proyecto con Daniel y los demás compañeros.

El trabajo debería exigirle toda su atención, pero no deja de recordar la cara de Nathan frente al edificio. La forma en que apareció con la excusa del paraguas. La forma en que siguió a Daniel con la mirada.