La única regla que rompemos Capítulo 8
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Capítulo 8

Los celos que nadie reconoce

Nathan se pasa toda la mañana intentando no pensar en Emma.

Fracasa incluso antes de levantarse de la cama.

La puerta del dormitorio de Emma sigue cerrada, pero sabe que ya está despierta. Ha oído la ducha hace unos minutos y, después, el ruido de los cajones al abrirse y cerrarse. Emma se mueve por el apartamento con cautela, como si todavía no estuviera segura de poder ocupar espacio allí.

Nathan conoce esa vacilación.

La noche anterior, después de llevarla en brazos a su habitación, se quedó unos minutos más de pie delante de la puerta. No debería haberlo hecho. No debería haberle tocado la cara, ni haber dejado que la ternura se mezclara con el deseo.

Pero no pudo evitarlo.

Dormida, Emma parecía más joven y más vulnerable, aunque Nathan sabía que no era ni una cosa ni la otra. Era adulta. Independiente. Capaz de enfrentarse al mundo sin la protección de nadie.

Aun así, cuando se quedó dormida en el sofá, lo primero que pensó fue que no podía dejarla allí.

Cuidar de ella le salía solo.

Querer quedarse a verla dormir, no.

Nathan termina de atarse las zapatillas y coge la mochila. Cuando abre la puerta de su habitación, encuentra a Emma en la cocina.

Está de espaldas, preparando café. Lleva vaqueros, un jersey claro y el pelo recogido en un moño bajo. Se le han escapado algunos mechones en la nuca.

Nathan se detiene un segundo.

Ella se da la vuelta.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Vas a entrenar?

—Sí.

—Me lo imaginaba.

—¿Cómo?

—Por el uniforme.

Nathan se mira la ropa.

Lleva la camiseta del equipo con la chaqueta por encima.

—Te fijas en todo.

—Lo aprendí de ti.

Él casi sonríe.

Emma deja una taza en la encimera.

—Te he hecho el café.

Nathan la mira.

—¿Lo has hecho tú?

—Sí.

—¿Cómo?

—Café, leche y azúcar.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Te estás poniendo exigente.

—Solo tengo curiosidad.

—Te he observado unas cuantas veces.

La frase le remueve algo por dentro.

Emma aprendió cómo le gusta el café a base de observarlo.

Es un gesto sencillo.

Pero Nathan sabe que, si se dejara, convertiría cualquier detalle en una declaración.

Coge la taza.

—Está bueno.

—Ni siquiera lo has probado.

—Confío en ti.

Emma aparta la mirada.

Sus conversaciones cambiaron después de la discusión. La incomodidad absoluta de los primeros días ha desaparecido, pero tampoco es que las cosas sean normales. Cada frase parece esconder un doble sentido. Cada roce accidental los obliga a elegir entre apartarse o fingir que no lo han notado.

Nathan da un sorbo.

El café está demasiado cargado.

No lo dice.

—¿Tienes clase ahora?

—Dentro de un rato.

—Te dejo en el campus.

—No hace falta.

—Voy a la pista de todos modos.

—¿Siempre vas a la pista?

—Casi siempre.

—Entonces vale.

Nathan asiente.

Que ella acepte debería ser algo sin importancia. En cambio, le complace.

—¿Has dormido bien? —pregunta él.

—Después de que me llevaras a la cama, sí.

Nathan casi se atraganta.

Emma se da cuenta y esconde una sonrisa tras la taza.

—¿Te acuerdas?

—Más o menos.

—Te disculpaste por quedarte dormida en el sofá.

—¿Estaba en el sofá?

—Sí.

—No me acuerdo.

—También dijiste que tenía que dejar de fingir que no estaba cansado.

—¿Yo dije eso?

—Lo dijiste.

—Suena a algo que yo diría.

—Y luego me preguntaste si me iba a la cama.

—Debería haberte preguntado.

—Sí que me lo preguntaste.

—Entonces está bien.

Emma lo mira.

—¿Sueles llevar a la cama a todas las mujeres que se duermen en tu sofá?

Lo pregunta en tono de broma, pero Nathan capta la provocación.

—No.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Pareces muy experimentado.

—Solo tengo fuerza suficiente para llevarte en brazos.

Las palabras se le escapan antes de que Nathan pueda frenarlas.

La mirada de Emma baja rápido al pecho de él.

Luego vuelve a subir a su cara.

El aire de la cocina cambia.

Nathan da otro sorbo de café, aunque no le hace ninguna falta.

—¿Vamos? —pregunta.

Emma asiente.

Coge la mochila antes de que ella pueda alcanzarla.

—Puedo llevarla yo.

—Lo sé.

—Estás usando eso en mi contra.

—Puede.

Nathan abre la puerta.

Emma pasa por delante de él y le roza el brazo con el hombro. El contacto es breve, pero se le queda en la piel mientras caminan hacia el coche.

…

El trayecto hasta el campus es corto.

Emma no deja de mirar por la ventanilla, con el café entre las manos. Nathan no aparta los ojos de la carretera, pero capta con el rabillo del ojo cada movimiento de ella.

Parece más relajada de lo que ha estado estos últimos días.

Eso debería alegrarlo.

Pero también hay una distancia entre ellos. Una cautela que no existía antes de que Emma se mudara al apartamento.

Nathan sabe que el responsable es él.

Le confesó que quería besarla y después insistió en que nada podía pasar. Esperaba que Emma aceptara la contradicción sin salir herida. Fue injusto.

Pero Nathan no sabía qué otra cosa hacer.

—¿Te quedas en el campus después de clase? —pregunta él.

—Tengo un trabajo que terminar.

—¿Con Olivia?

—Con ella y con alguna gente más.

Nathan aprieta el volante con más fuerza.

—¿Quiénes?

Emma se gira para mirarlo.

—Gente de mi clase.

—Ya.

—Lo has preguntado tú.

—Solo quería saberlo.

—¿Por qué?

—Porque vas a quedarte hasta tarde.

—No voy a estar mucho rato.

—¿Cuánto es mucho rato?

Emma sonríe de medio lado.

—¿Estás intentando controlar mis horarios?

—Estoy intentando averiguar a qué hora vuelves.

—¿Vas a estar en casa?

—Probablemente.

—Pues no hace falta que me esperes.

—No he dicho que fuera a esperarte.

—Pero lo harás.

Nathan la mira de reojo.

Emma sonríe, contenta de haber acertado.

—Puede —responde él.

—Tienes que admitir que te preocupas demasiado.

—Me preocupo por ti.

—¿Por Ethan?

Lo pregunta con suavidad, pero Nathan entiende perfectamente lo que quiere saber.

—No solo por él.

Emma se queda callada.

Nathan quiere añadir algo. Decirle que su inquietud ya no dependía de su amistad con Ethan, que ya estaba preocupado antes de que su amigo se fuera de la ciudad, que habría ido a la residencia aunque nadie se lo hubiera pedido.

Pero el tráfico le reclama la atención.

O puede que eso solo sea una excusa.

Cuando llegan al campus, Nathan aparca cerca del edificio principal. Emma se desabrocha el cinturón y se prepara para bajar.

—Gracias por traerme.

—Avísame cuando termines.

—Ya lo sé.

—Emma.

Se detiene con la mano en el tirador de la puerta.

Nathan la mira.

—Avísame.

Su tono no admite bromas.

Emma asiente.

—Vale.

Se baja del coche.

Nathan la mira por el retrovisor.

Emma camina hacia la entrada del edificio, pero se detiene antes de entrar. Un chico se le acerca con una carpeta y dos vasos de café.

Nathan lo reconoce vagamente. Lo ha visto un par de veces por el campus, aunque nunca han hablado.

El chico dice algo.

Emma se ríe.

La risa le llega a Nathan incluso con la ventanilla cerrada.

Él se queda mirando.

El chico le tiende uno de los vasos. Emma lo acepta. Siguen hablando cerca de la entrada.

Nathan debería arrancar el coche y marcharse.

En cambio, se queda donde está.

El chico es alto, aunque no tanto como él. Tiene el pelo oscuro, una chaqueta azul y parece demasiado cómodo al lado de Emma.

Nathan nota cómo la irritación le crece en el pecho.

No tiene ningún motivo.

Emma está hablando con un compañero de clase.

Puede que le haya comprado un café porque estaban trabajando juntos.

Puede que sean amigos.

Puede que al chico le guste ella.

La última posibilidad se le cuela sin permiso.

Nathan aprieta el volante.

Emma inclina la cabeza mientras escucha a su compañero. Luego mira el vaso y sonríe. El chico le roza el brazo.

El gesto es inocente.

Nathan no lo ve así.

Se baja del coche.

Cierra la puerta sin pensarlo.

Recorre los pocos metros que lo separan de ellos.

Emma es la primera en verlo acercarse.

La sonrisa se le va apagando.

—¿Nathan?

El chico se gira.

Nathan se detiene frente a ellos.

—Te has dejado el paraguas.

Emma se mira las manos.

—No está lloviendo.

—Puede que llueva más tarde.

—Llevo un paraguas en la mochila.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Pues entonces está bien.

Su compañero de clase los observa con curiosidad.

Emma frunce el ceño.

—Nathan, este es Daniel. Daniel, este es Nathan.

—Encantado —dice Daniel.

Nathan le tiende la mano.

—Encantado.

El apretón de manos es breve.

Daniel mira a Emma.

—Nos vemos en clase.

—Vale.

—No te olvides de repasar la tercera parte.

—No se me olvidará.

Daniel se marcha.

Nathan lo observa alejarse.

—Has sido un grosero.

—No lo he sido.

—Sí que lo has sido.

—Solo te he traído el paraguas.

—Que llevo en la mochila.

—No lo sabía.

—Podrías haber preguntado.

—Podrías habérmelo dicho.

Emma cruza los brazos.

—No has venido solo por el paraguas.

—Ya me iba.

—¿Y entonces por qué has salido del coche?

Nathan mira hacia el lugar por donde ha desaparecido Daniel.

—¿Quién es?

Emma abre los ojos de par en par.

—Daniel.

—Sé cómo se llama.

—Entonces…

—¿Es tu amigo?

—Es mi compañero de clase.

—¿Trabajáis juntos?

—Sí.

—¿Eso es todo?

Emma le estudia la cara.

Nathan se da cuenta demasiado tarde de que la pregunta le ha salido cargada de algo que no podía ocultar.

—Eso es todo —responde ella.

Nathan asiente, pero la tensión no desaparece.

—Tienes que entrar.

—Y tú tienes que ir al entrenamiento.

—Lo sé.

—Pues vete.

—Ya voy.

Ninguno de los dos se mueve.

Emma da un paso hacia él.

—¿Estás celoso?

Nathan siente que se le tensa todo el cuerpo.

—No.

—No he dicho que lo estés.

—Lo has preguntado.

—Y has contestado rápido.

—Porque la respuesta es sencilla.

—No lo parece.

—Emma.

—Solo me ha traído un café.

—Lo he visto.

—Y ha hablado conmigo.

—Eso también lo he visto.

—Y me ha tocado el brazo.

—Ha sido un gesto normal.

—Entonces te has fijado.

Nathan aprieta la mandíbula.

Emma esboza una leve sonrisa.

—Te has fijado en todo.

—Estaba allí.

—Siempre te fijas en todo.

—Lo aprendiste de mí.

La sonrisa se le ensancha con la broma.

Nathan debería irse.

En lugar de eso, se queda frente a ella y siente que su irritación se transforma en algo más difícil de controlar.

—¿Te gusta él? —pregunta.

La expresión de Emma cambia.

—¿Importa?

—No.

—Entonces, ¿por qué lo preguntas?

—Curiosidad.

—No pareces curioso.

—¿Y qué parezco?

—Preocupado.