La única regla que rompemos Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Pero Nathan sigue sin tocarla.

Puede que aún no esté preparado.

Puede que no lo esté nunca.

—No voy a presionarte —dice ella.

—Lo sé.

—Pero tampoco voy a fingir que no siento esto.

—No quiero que finjas.

—Entonces tenemos que encontrar una manera de convivir.

—Sí.

—Aunque queramos besarnos.

Nathan cierra los ojos un momento.

—Sí.

—Aunque sepamos que puede ser difícil.

—Sí.

—Aunque sigas diciendo que no puede pasar nada.

—Intentaré no decirlo tanto.

Emma esboza una leve sonrisa.

—Algo es algo.

Nathan la mira.

—¿Sigues dolida?

—Sí.

—Lo siento.

—Lo sé.

—No tienes que perdonarme ahora mismo.

—No he dicho que te haya perdonado.

—Está bien.

—Pero puedes terminar de hacer la cena.

Nathan casi sonríe.

—¿Todavía quieres cenar?

—Ya te he dicho que había comido.

—No has comido mucho.

—Eso no lo sabes.

—Te conozco.

La frase le encoge el corazón.

Emma es la primera en apartarse.

—Pues termina la cena.

Nathan obedece.

…

La noche transcurre en una calma cautelosa.

Comen en la cocina, hablan de cosas sencillas y evitan volver a mencionar el beso que nunca llegó a darse. Sigue habiendo tensión, pero ya no resulta tan cruel como antes.

Nathan pregunta por sus clases, pero no insiste cuando Emma responde.

Emma se queja de la salsa y él finge ofenderse.

Cuando terminan, lavan los platos uno al lado del otro.

Se les rozan los brazos una sola vez.

Ninguno de los dos se disculpa.

Más tarde, Emma se sienta en el sofá a estudiar. Nathan se queda en el sillón y repasa las notas del entrenamiento. La televisión está encendida con el volumen bajo, pero ninguno de los dos la mira.

La distancia entre ellos llena todo el salón.

Emma intenta leer el mismo párrafo varias veces.

Está cansada.

El día empezó temprano, la clase fue larga y la conversación con Nathan le agotó la poca energía que le quedaba. Apoya la cabeza en el respaldo del sofá y cierra los ojos apenas unos segundos.

El libro sigue abierto sobre su regazo.

Nathan lo nota en cuanto le cambia la respiración.

Levanta la vista de los apuntes.

Emma está dormida.

El pelo le ha caído sobre la cara y una mano reposa sobre el libro. La otra la tiene recogida junto al cuerpo. Su expresión ha perdido por fin la tensión del día.

Nathan permanece inmóvil.

La regla sigue existiendo.

La distancia también.

Pero, al ver a Emma dormida en el sofá, lo único que siente es ternura.

Se levanta despacio.

Le quita el libro del regazo y lo deja en la mesa. Luego se queda mirándole la cara unos segundos.

Emma se mueve y murmura algo que él no llega a entender.

Nathan se agacha frente a ella.

—Emma.

No se despierta.

Le toca el hombro con suavidad.

—Tienes que irte a la cama.

Emma solo se remueve en el sofá.

Nathan suspira.

No puede dejarla dormida ahí. En esa postura le dolerá el cuello, y tiene clase temprano. Además, sabe que Emma siempre insiste en que está bien hasta que el cuerpo la obliga a admitir lo contrario.

Con cuidado, le pasa un brazo por debajo de las rodillas y el otro por la espalda.

Emma se mueve cuando la levanta, pero no se despierta.

Nathan sostiene el cuerpo de ella contra su pecho.

Pesa menos de lo que imaginaba.

El pelo de ella le roza el mentón y le llega de nuevo el olor familiar de su champú. Nathan cierra los ojos un instante e intenta ignorar la reacción inmediata de su cuerpo.

Esta vez no es deseo.

Es algo más profundo.

Algo que lo asusta aún más.

Avanza por el pasillo y entra en el dormitorio de ella.

La luz de la calle entra por la ventana y deja la habitación en una penumbra suave. Nathan la acuesta con cuidado en la cama, le acomoda la almohada bajo la cabeza y le sube la manta hasta los hombros.

Emma abre los ojos un momento.

—¿Nathan?

—Estoy aquí.

—¿Me he quedado dormida?

—Sí.

—Perdona.

—No tienes por qué.

—¿Tú te vas a dormir?

—Sí.

Vuelve a cerrar los ojos.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Emma.

Nathan se queda junto a la cama.

Solo unos segundos.

Ve cómo se le relaja el rostro, cómo la respiración se le vuelve más tranquila, cómo los mechones de pelo se le desparraman por la almohada.

Emma confía en él.

Confía lo suficiente para quedarse dormida en el sofá de él, dejar que la lleve en brazos hasta su cuarto y permitir que la cuide sin llegar a despertarse del todo.

Nathan debería irse.

Debería cerrar la puerta y volver a su propia habitación.

Pero se queda.

La mano se le mueve antes de que pueda pensarlo. Le aparta a Emma un mechón de la cara, con un roce tan leve que apenas le roza la piel.

No se despierta.

Nathan le mira la boca.

Recuerda el beso que casi fue.

Recuerda la confesión.

Recuerda haber dicho que quería besarla.

La verdad sigue ahí.

Más fuerte que antes.

No ve a Emma como a una hermana.

Nunca podrá volver a fingirlo.

Pero tampoco sabe cómo convertir este deseo en algo que no lo destruya todo.

Nathan baja la mano.

—Lo estoy intentando —susurra.

Emma respira hondo, ajena a la promesa.

Nathan se queda unos segundos más, viéndola dormir.

Luego sale de la habitación y cierra la puerta sin hacer ruido.

La distancia entre ellos sigue existiendo.

Pero esa noche parece menor que nunca.