Capítulo 7 #2
—No eres la única.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque un hombre no le prepara el café con la cantidad justa de azúcar a una mujer a la que piensa tratar como a una hermana.
Emma la mira.
—Crees que le gusto.
—Creo que está enamorado de ti y muerto de miedo por lo que eso significa.
—Exageras.
—Puede. Pero no tanto.
Emma siente que se le enciende la cara.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque si te equivocas, me sentiré peor.
—¿Y si tengo razón?
Emma no responde.
En ese momento, no sabe cuál de las dos posibilidades le da más miedo.
...
Nathan pasa el día intentando convencerse de que mantener la distancia es la mejor opción.
En el entrenamiento se concentra en cada jugada, cada pase y cada instrucción que les da a los jugadores. El entrenador habla con él dos veces porque está más agresivo de lo normal, exige demasiado a los demás y corrige errores mínimos que normalmente dejaría pasar.
Caleb lo nota.
—¿Estás intentando matarnos a todos?
—Estoy entrenando.
—Estás entrenando como si te hubieran robado el coche.
Nathan coge la botella de agua.
—Céntrate en lo tuyo.
—Lo estoy. Eres tú el que piensa en otra cosa.
Nathan le lanza una mirada.
Caleb no se achanta.
—¿Has discutido con Emma?
—No.
—¿Y entonces por qué tienes esa cara?
—Esta es mi cara.
—Hoy está peor.
Nathan se vuelve hacia el hielo.
Emma pidió distancia.
Debería sentirse aliviado.
La conversación de la noche anterior no podía continuar.
Ella tenía que entender que él no podía permitirse involucrarse.
No mientras fuera el mejor amigo de Ethan.
No mientras ella dependiera de él para tener un sitio donde dormir.
No mientras cualquier paso en falso pudiera hacer daño a la persona que más confiaba en ambos.
La lógica es perfecta.
Pero desde que Emma se marchó esta mañana, Nathan no ha podido pensar en otra cosa.
Se fue sin desayunar.
Le dejó una tostada porque sabía que, por sí sola, no comería nada.
Luego, cuando ella se negó a que la llevara, él lo aceptó sin insistir.
Era exactamente lo que había pedido.
¿Por qué, entonces, siente que ha perdido algo?
—¿Me estás escuchando? —pregunta Caleb.
—Sí.
—He dicho que has fallado el pase.
Nathan mira el hielo.
El disco está lejos y uno de los jugadores lo mira desconcertado.
—Repite eso.
Caleb suspira.
—Has fallado el pase.
—Yo no fallo.
—Acabas de hacerlo.
Nathan se pasa la lengua por los dientes.
—Vamos a repetirlo.
Caleb lo observa con atención.
—Puedes hablar conmigo.
—No me hace falta.
—No he dicho que te hiciera falta.
—Entonces deja de ofrecerte.
—No he ofrecido nada.
Nathan coge el stick.
—Concéntrate.
Caleb no responde, pero tampoco lo deja en paz.
Durante el resto del entrenamiento, Nathan intenta ignorar el móvil que lleva en el bolsillo de la chaqueta. Consulta la pantalla en el descanso.
Ningún mensaje de Emma.
No debería estar esperando.
Aun así, siente una frustración desproporcionada.
Al terminar el entrenamiento, le manda un mensaje.
¿Has llegado bien?
La respuesta tarda siete minutos.
Ya he llegado.
Nada más.
Nathan lee el mensaje varias veces.
Podría preguntarle si ha comido, si necesita algo o qué tal le ha ido la clase.
No quiere parecer insistente.
Escribe:
¿Todo bien?
Emma responde:
Sí.
Nathan mira la pantalla.
La conversación termina ahí.
Guarda el móvil y se siente más inquieto que antes.
...
Cuando Emma llega al apartamento, encuentra a Nathan en la cocina.
Está haciendo la cena, aunque no parece que esté cocinando gran cosa. Hay una olla en el fuego, verduras cortadas en la encimera y un libro abierto junto al plato.
—Ya estás aquí —dice él.
—Ya estoy aquí.
—¿Cómo ha ido?
—Bien.
—¿Has comido?
Emma lo mira.
—Sí.
—¿Qué has comido?
—Comida.
Nathan baja la vista.
—No hace falta que te pongas agresiva.
—No lo estoy.
—Sí que lo estás.
—Tú has preguntado, yo he contestado.
—Solo quería saberlo.
—¿Por qué?
Nathan aprieta el cuchillo con más fuerza.
—Porque te has ido sin comer lo suficiente.
—He comido.
—Una tostada.
—Y café.
—Eso no es…
—Lo sé.
Nathan se calla.
Emma deja el bolso en el sofá.
—No soy una niña.
—Lo sé.
—Entonces no hace falta que compruebes todo lo que hago.
—No te estoy vigilando.
—Me has preguntado qué he comido.
—Eso no significa que te esté controlando.
—No he dicho que lo estés haciendo.
—Pero lo estás pensando.
Emma suspira.
La distancia entre ellos, la que ella misma había pedido, ha hecho más difícil cada conversación.
—No tienes que actuar como si no hubiera pasado nada.
Nathan levanta la vista.
—No lo hago.
—Sí que lo haces.
—Me pediste que mantuviera las distancias.
—Te pedí que no lo decidieras todo por mí.
—Dijiste que querías que dejara de actuar como si algo pudiera pasar.
—Eso no lo dije.
—Dijiste que no podía pasar nada.
—Lo dije porque estaba dolida.
—Y yo estoy intentando respetarlo.
—No te pedí que te convirtieras en un desconocido.
Las palabras se le escapan.
Nathan se queda inmóvil.
Emma también.
Él deja el cuchillo sobre la encimera.
—No soy un desconocido.
—Entonces deja de comportarte como si lo fueras.
—Intento no sobrepasar ningún límite.
—No hace falta que derribes un muro para hablar conmigo.
—Estoy hablando contigo.
—Me estás preguntando si he comido.
—Es una conversación.
—No lo es.
Nathan camina hacia el salón.
—¿Entonces qué quieres?
—Ya te lo he dicho.
—Quieres que sea sincero.
—Sí.
—He sido sincero.
—No del todo.
—Te dije que quiero besarte.
—Y luego dijiste que nada cambiaría.
—Porque no podemos…
—¿Puedes dejar de decir eso?
Nathan cierra la boca.
A Emma le escuecen los ojos.
—Sé que es complicado. Sé que no hay una salida fácil. Pero no puedo vivir a tu lado fingiendo que lo único que hay entre nosotros es una regla.
—No quiero que finjas.
—¿Entonces qué quieres?
—Quiero tiempo.
—¿Para qué?
—Para entenderlo.
—Ya lo entiendes.
—No lo suficiente.
—Entiendes que me deseas.
Nathan aparta la mirada.
—Sí.
—Entiendes que yo te deseo.
—Sí.
—Entiendes que no somos hermanos.
—Sí.
—¿Entonces qué falta?
Nathan se pasa las manos por la cara.
—Necesito averiguar si esto es solo deseo.
La frase le duele a Emma de un modo inesperado.
—¿Crees que estoy confundiendo el deseo con algo más?
—No.
—Pero crees que sí.
—No lo sé.
—No sabes nada.
—Sé que no quiero hacerte daño.
—Eso ya lo has dicho.
—Y sé que no quiero perder a Ethan.
—Sigues hablando de él.
—Es importante para mí.
—Lo sé. Pero yo también.
Nathan la mira.
—Lo eres.
La respuesta es inmediata.
Emma siente que se le cierra el pecho.
—Entonces no me trates como una amenaza.
—No lo hago.
—Me tratas como algo que hay que controlar.
—Porque no me fío de mí mismo.
El silencio inunda la habitación.
Nathan parece sorprendido de haberlo dicho.
Emma también.
—¿No te fías de ti mismo cuando estás conmigo? —pregunta ella.
—No.
—¿Por qué?
—Porque estás cerca.
—Eso no lo explica.
—Porque no puedo mirarte y pensar solo en Ethan.
La revelación deja a Emma paralizada.
Nathan continúa, con voz baja:
—No puedo verte y pensar en la niña que aparecía por la casa de los Carter. No puedo fingir que sigues siendo esa niña. Sé que has crecido. Sé que eres una mujer. Sé que tienes tu propia vida, tus propios deseos, tus propias decisiones.
A Emma se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Pero?
—Pero cuando pienso en ti, sigo recordando todo lo que viví a tu lado. Recuerdo a Ethan. A tu familia. Todos esos años en los que fuiste intocable para mí.
—¿Intocable?
—Porque nunca debí mirarte de esa manera.
—Pero lo haces.
—Sí.
—¿Y eso es tan terrible?
—Podría serlo.
—¿Para quién?
Nathan no responde.
Emma se acerca un paso.
—Hablas como si gustarte fuera una tragedia.
—No es eso.
—Lo parece.
—No entiendes lo que significas para mí.
—Pues dímelo.
Nathan la mira a los ojos.
—Significa que, si hago algo mal, no te pierdo solo a ti. Pierdo a Ethan. A tu familia. El lugar que siempre he tenido en vuestras vidas.
—No vas a perderlo todo por besarme.
—Eso no lo sabes.
—Tú tampoco.
—No quiero arriesgarme.
—¿Entonces prefieres seguir deseándome en silencio?
Nathan se queda inmóvil.
Emma siente que el valor se le escapa, pero no se echa atrás.
—¿Prefieres verme todos los días, prepararme el café, preguntarme si he comido y seguir mirándome la boca sin hacer nada?
—Emma.
—¿Eso prefieres?
Nathan aprieta la mandíbula.
—No.
—¿Entonces qué prefieres?
—No lo sé.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque es verdad.
—No sé cómo vivir contigo si sigues diciendo que me deseas, pero actúas como si estuviera prohibida.
—Estás prohibida.
Emma siente la palabra como un golpe.
Nathan se da cuenta.
—No quería decir eso.
—Sí querías.
—Estás prohibida para mí porque…
—Porque soy la hermana de Ethan.
—Porque me importas.
—Eso ya lo has dicho.
—No como debería.
Nathan se acerca un paso.
Emma nota que todo el cuerpo se le pone en alerta.
—Me importas de una manera que no sé controlar —dice él—. Y eso me da miedo.
Ella no sabe qué decir.
Nathan se detiene frente a ella, pero no la toca.
—No quiero que te vayas —continúa—. No quiero que te mantengas a distancia. No quiero comportarme como si fueras una desconocida. Pero tampoco sé cómo tenerte cerca sin querer más.
Su sinceridad es tan absoluta que Emma se olvida de su dolor.
—Podrías empezar por dejar de tratarme como a una niña.
—Lo estoy intentando.
—Y podrías dejar de decir que no va a pasar nada.
—Eso no puedo prometerlo.
Emma contiene el aliento.
Nathan se da cuenta de lo que acaba de decir.
—Quería decir…
—Sé lo que querías decir.
Por primera vez desde la discusión, la distancia entre ellos ya no parece un muro.
Parece un espacio frágil.
Emma quiere cruzarlo.