Capítulo 7
La distancia entre ellos
Emma permanece inmóvil frente a Nathan.
La confesión de él sigue ahí, suspendida en el aire, demasiado pesada para desaparecer y demasiado delicada para tocarla.
El problema no es que quieras besarme.
El problema es que yo también quiero besarte.
Repite las palabras en silencio, como si necesitara oírlas otra vez para creérselas.
Nathan está cerca. Muy cerca. Mantiene el gesto serio, pero los ojos le delatan algo que Emma nunca había visto con tanta claridad. Deseo. Miedo. Vulnerabilidad.
Todo a la vez.
Durante unos segundos, Emma se olvida de la discusión, del dolor y de la regla. Se olvida de Ethan, de la residencia, de la habitación temporal y de todo lo que debería impedir que se acerquen.
Solo está Nathan, frente a ella.
Y la certeza de que él quiere besarla.
Emma podría acortar la distancia.
Bastaría con un movimiento.
Un paso.
Un roce.
Tal vez esta vez Nathan no se aparte.
La posibilidad le pasa por la cabeza, pero, antes de que pueda actuar, Nathan retrocede.
El espacio entre los dos crece.
Su expresión vuelve a cerrarse, como si acabara de darse cuenta del riesgo de seguir tan cerca.
—Pero eso no cambia nada —dice él.
Emma siente una opresión en el pecho.
—¿No?
—No.
—Acabas de decir que quieres besarme.
—Sé lo que he dicho.
—¿Y entonces cómo es que no cambia nada?
—Porque querer algo no significa que debamos hacerlo.
Emma se cruza de brazos, intentando ocultar lo mucho que le duele esa respuesta.
—Siempre lo conviertes todo en una regla.
—Porque las reglas son más fáciles.
—Para ti.
—Para los dos.
—No hables por mí.
Nathan se pasa una mano por la nuca.
—Emma…
—No. No puedes decirme que quieres besarme y luego hacer como si fuera solo un detalle incómodo.
—No estoy haciendo eso.
—Sí que lo haces.
—Intento evitar que te hagan daño.
—Sigues usando eso como excusa.
—No es una excusa.
—¿Y entonces qué es?
Nathan no responde.
Emma siente unas ganas terribles de llorar, pero no se lo permite. No quiere que él vea cómo le afectan sus palabras. No quiere que Nathan piense que intenta convencerlo de nada.
Ya ha dicho lo que siente.
Ahora el problema era de él.
—¿Sabes qué es lo peor? —pregunta ella.
Nathan no le quita los ojos de encima.
—¿Qué?
—Habría preferido que me dijeras que no querías.
Él parece sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque sería más fácil.
—No quiero mentirte.
—Pues no me cuentes medias verdades.
Se le endurece la expresión.
Emma coge el bolso de la silla y se lo cuelga del hombro.
—Me voy a la cama.
—Emma.
—No quiero seguir discutiendo.
—No tenemos que discutir.
—Ya lo hemos hecho.
—Solo quiero que lo entiendas.
—Lo entiendo perfectamente.
—No, no lo entiendes.
Emma se ríe sin ganas.
—Quieres besarme, pero no me besas. No me ves como a tu hermana, pero no admites lo que soy para ti. Quieres que me quede en tu piso, pero quieres mantener las distancias. Lo entiendo, Nathan.
Él se queda callado.
—Tienes miedo —continúa ella—. Y no pasa nada. Pero no conviertas tu miedo en una decisión sobre lo que yo tengo derecho a sentir.
—No es eso lo que pretendo.
—Entonces haz algo distinto.
—¿Como qué?
—No lo sé. Sé sincero.
—Lo soy.
—No del todo.
Emma da media vuelta y se dirige al dormitorio.
—No puede pasar nada —dice Nathan a su espalda.
Se detiene.
La frase duele todavía más ahora que los dos han admitido su deseo.
Emma no se vuelve.
—Lo sé.
—Es mejor así.
Aprieta la correa del bolso.
—Puede que para ti.
—Para ti también.
—Eso no lo sabes.
—Emma…
—Buenas noches, Nathan.
Entra en el dormitorio y cierra la puerta.
No da un portazo.
No quiere darle esa satisfacción.
Emma apoya la espalda contra la madera y cierra los ojos.
Al otro lado, Nathan no se mueve de inmediato. Alcanza a oír su respiración, amortiguada por el silencio del piso. Luego sus pasos se alejan.
La puerta del dormitorio de él se cierra.
Emma no se mueve de allí.
Su cuerpo sigue reaccionando a la cercanía de Nathan. El recuerdo de su voz grave, de sus ojos clavados en la boca de ella, de su confesión, sigue tan vivo que dormir le parece imposible.
Él quiere besarla.
Esa frase debería bastar.
Debería hacerla sonreír.
Pero Nathan también había dicho que nada iba a cambiar.
Y eso convertía el deseo en una especie de castigo.
…
A la mañana siguiente, Emma decide que las cosas van a ser distintas.
No va a provocar a Nathan.
No va a buscar su mirada.
No va a esperar a que él prepare café ni a que le pregunte si ha dormido bien.
No va a comportarse como si la conversación de la noche anterior hubiera creado una intimidad entre ellos.
Si Nathan quiere distancia, ella puede dársela.
Emma sale de su habitación antes de que él se despierte. Se ducha en silencio, se pone unos pantalones oscuros y una camiseta sencilla, se recoge el pelo y coge el bolso.
Cuando llega a la cocina, encuentra una taza sobre la encimera.
Café.
La cantidad de leche es la justa. El azúcar, también.
Al lado de la taza hay una tostada y una nota pequeña.
Tienes clase a las ocho. No te vayas sin comer.
Emma reconoce la letra de Nathan.
Se queda mirando la nota unos segundos.
Él dijo que no debía pasar nada.
Pero sabe a qué hora tiene clase.
Sabe cómo le gusta el café.
Sabe que Emma suele irse sin comer cuando se le hace tarde.
Debería ignorarlo.
En cambio, coge la tostada.
El pan todavía está caliente.
Emma da un bocado y siente un nudo en el estómago.
Nathan está haciendo exactamente lo que dijo que haría. Mantener las distancias, pero cuidar de ella en los pequeños detalles. No intenta hablar. No fuerza ningún acercamiento. Simplemente le deja el café preparado y sigue con su rutina.
Eso debería hacerlo todo más fácil.
No es así.
Emma termina la tostada, coge la taza y va al salón. La mochila está junto al sofá, donde la dejó la noche anterior.
Nathan aparece en el pasillo mientras ella guarda los libros en la mochila.
Va vestido para el entrenamiento, con la chaqueta del equipo y el pelo todavía revuelto.
—¿Vas a salir?
Emma lo mira.
—Sí.
—Puedo llevarte.
—No hace falta.
—Lo sé.
La respuesta lo detiene.
Emma cierra la mochila.
—Voy a coger el autobús.
—Hace frío.
—Tengo abrigo.
—Va a llover.
—Tengo paraguas.
Nathan mira hacia la ventana.
El cielo está gris y una llovizna fina empieza a repiquetear en el cristal.
—¿Estás segura?
—Lo estoy.
Él asiente.
—Está bien.
Emma espera que añada algo más. Que insista, que le pregunte si lo está evitando, que mencione la conversación de la noche anterior.
Nathan no hace nada de eso.
Se limita a apartarse.
Emma siente una irritación inesperada.
—¿Y ya está?
Nathan vuelve la cabeza.
—Has dicho que querías coger el autobús.
—Sí.
—Entonces…
—¿No vas a preguntarme si estoy bien?
—¿Lo estás?
—Lo estoy.
—Pues ya está.
Su respuesta es tranquila.
Controlada.
Exactamente como ella había pedido.
Emma tiene ganas de lanzarle la mochila.
—Eres insoportable.
—Tú también.
Pasa por delante de él y se dirige a la puerta.
Nathan la abre antes de que ella llegue al pomo.
—Que vaya bien la clase.
—Que vaya bien el entrenamiento.
Se miran un instante.
No pasa nada.
Emma se marcha.
La puerta se cierra a su espalda.
De camino a la parada del autobús, se da cuenta de que lo prefería cuando Nathan insistía.
Darse cuenta de eso la irrita.
Quería distancia.
Ahora que él respeta lo que ella pidió, echa algo en falta.
…
Las clases ocupan casi todo el día.
Emma intenta prestar atención, pero la mente se le vuelve a la conversación con Nathan en cuanto encuentra un momento de calma. Recuerda la manera en que él dio un paso atrás, cómo trató de volver a encajarlo todo en una regla que ya no parecía capaz de contener lo que había entre ellos.
A mediodía, Olivia la encuentra en la cafetería.
—Pareces cansada.
—No he dormido bien.
—¿Te has peleado con él?
Emma levanta la vista.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque solo duermes mal cuando estás preocupada o enamorada.
—No estoy enamorada.
—Sí que lo estás.
Emma coge el vaso de zumo.
—Me dijo que quiere besarme.
Olivia deja de remover el café.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Y?
—Y nada.
—¿Nada?
—También dijo que eso no cambia nada.
Olivia se queda callada dos segundos.
Luego se echa hacia atrás en la silla.
—Qué idiotas son los hombres.
—Está intentando hacer lo correcto.
—No te he pedido que lo defiendas.
—No lo estoy defendiendo.
—Estás diciendo que intenta hacer lo correcto.
—Porque es verdad.
—Si quiere besarte, que te bese.
—No es tan sencillo.
—Tú también estás empezando a hablar como él.
Emma mira la mesa.
—Yo le pedí distancia.
—¿Se lo pediste?
—Después de la discusión.
—Y ahora te molesta que lo haya respetado.
Emma no responde.
Olivia sonríe sin alegría.
—Le pediste que no actuara como si supiera lo que es mejor para ti. Ahora tienes que decidir qué quieres tú.
—Quiero que sea honesto.
—Lo fue.
—No del todo.
—Te dijo que quiere besarte.
—Y dijo que no iba a pasar nada.
—Eso es honestidad.
—Es una honestidad cobarde.
Olivia apoya el codo en la mesa.
—Puede que tenga miedo a perder a Ethan.
—Puede.
—O miedo a involucrarse contigo.
—¿Por qué?
—Porque importas.
Emma nota que se le cierra la garganta.
Eso ya lo había dicho Nathan.
Importas demasiado.
No sabe si esa frase es una esperanza o solo otra manera suya de guardar las distancias.
—No me ve como yo quiero que me vea.
—¿Y cómo te ve?
—Como alguien a quien hay que proteger.
—También te mira como a una mujer.
Emma recuerda el pasillo, la noche anterior, la mano de Nathan detenida en el aire junto a su cara.
—A veces.
—Entonces ahí hay algo.
—Hay deseo.
—Eso ya es algo.
—No es suficiente.
—Es suficiente para empezar.
Emma juguetea con la pajita del zumo.
—No quiero empezar nada si va a pasarse todo el tiempo intentando terminarlo.
Olivia observa a su amiga.
—Entonces no lo fuerces.
—No lo estoy forzando.
—Estás intentando que admita más de lo que puede.
—Tiene que admitirlo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero ser la única.
La respuesta es demasiado sincera.
Emma baja la mirada.
No quiere ser la única que carga con esa pasión. No quiere ir detrás de Nathan por el piso, convencida de que él piensa en ella, pero no se permite querer un futuro.
Olivia le toca la mano.