Capítulo 6 #2
—Sabes que yo no soy él, ¿verdad?
—Lo sé.
—Entonces deja de usar a mi hermano como excusa.
Nathan siente que se le tensa la mandíbula.
—¿Y si no es una excusa?
—Entonces dime qué es.
—Es un límite.
—Uno que pusiste tú.
—Porque alguien tenía que ponerlo.
—No tienes ninguna autoridad sobre mí.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si la tuvieras.
—No estoy actuando así.
—Sí que lo haces.
Emma coge el bolso de la silla.
Nathan nota el movimiento y da un paso adelante.
—¿Qué haces?
—Me voy a casa de Olivia.
—¿Ahora?
—Sí.
—Es tarde.
—Da igual.
—No puedes salir sola.
—Sí que puedo.
—Emma.
—Acabas de decir que no tienes ninguna autoridad sobre mí.
—No he dicho que no me importes.
—No necesito importarte.
—Necesitas un sitio donde quedarte.
—Ya encontraré algo.
—No vas a presentarte en casa de Olivia con una maleta en mitad de la noche.
—Entonces me iré a un hotel.
—No.
—No puedes impedírmelo.
—Lo sé.
—Pues apártate.
Nathan la mira.
Ahora tiene los ojos húmedos, pero se niega a llorar. Él conoce esa expresión. Sabe que intenta no desmoronarse mientras él destroza todo a su alrededor.
—No quiero que te vayas —dice él.
Emma se detiene.
El silencio se instala entre los dos.
Nathan se da cuenta de lo que ha dicho, pero no se retracta.
—No puedes decirme que no puede pasar nada y luego soltarme que no quieres que me vaya.
—Lo sé.
—Lo estás liando todo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué quieres?
Nathan respira hondo.
—Quiero que te quedes.
—¿Por qué?
Él no responde.
—¿Porque es más seguro?
—Eso también.
—¿Porque Ethan te lo pidió?
—No.
—¿Entonces por qué?
Nathan se pasa una mano por el pelo.
—Porque me gusta tenerte aquí.
A Emma le cambia la expresión.
Nathan continúa antes de perder el valor.
—Me gusta oírte moverte por la casa. Me gusta prepararte café. Me gusta saber que, si llego tarde a casa, seguirá habiendo una luz encendida en tu habitación. Me gusta que dejes los libros en la mesa y te quejes de que no sé cocinar.
Emma contiene la respiración.
—Eso no es suficiente.
—Lo sé.
—Hablas como si fuera una invitada.
—No eres una invitada.
—¿Entonces qué soy?
Nathan la mira a los ojos.
Sabe la respuesta.
Lo sabe desde la noche en que la vio en el pasillo, envuelta en una toalla, y entendió que la regla no iba a bastar.
Emma no es una hermana para él.
No es una obligación.
No es una responsabilidad que Ethan dejó atrás.
Es la mujer que ocupa sus pensamientos.
La mujer que desea.
La mujer que podría destruir la amistad más importante de su vida.
—Eres Emma —dice él.
Ella se queda inmóvil.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la única forma en la que puedo decirlo.
—Pues esfuérzate más.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
—Las dos cosas.
Emma baja la bolsa.
—¿Sabes que esto me hace daño?
—Lo sé.
—Y aun así sigues haciéndolo.
—Porque tengo miedo.
La confesión se le escapa.
Emma alza la vista.
Nathan siente que ya ha cruzado una línea que no puede borrar.
—¿Miedo de qué?
—De todo.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—¿Tienes miedo de Ethan?
—Sí.
—¿De mí?
—Sí.
—¿De lo que podría pasar?
—Sí.
—¿De que yo te guste?
Nathan no responde.
Emma lo entiende.
—Ya te gusto.
—Emma.
—Ya te gusto.
Él cierra los ojos.
Son palabras sencillas, pero golpean justo donde él intentaba protegerse.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Decir cosas que no sabes.
—Sí que lo sé.
—No lo sabes.
—Lo sé porque casi me besaste.
Nathan abre los ojos.
—Fue un error.
A ella se le descompone el gesto.
Nathan se arrepiente al instante, pero ya no puede retirar lo dicho.
—¿Un error? —pregunta Emma.
—No es eso lo que quería decir.
—Es exactamente lo que has dicho.
—Quería decir que no debí dejar que llegara tan lejos.
—Pero lo hiciste.
—Lo sé.
—¿Y si el teléfono no hubiera sonado?
Nathan sigue en silencio.
Emma lo mira fijamente.
—¿Me habrías besado?
La pregunta es un golpe directo.
Nathan siente que se le tensa todo el cuerpo.
Podría mentir.
Podría decir que no.
Podría salvarlos a los dos de esta conversación.
Pero Emma merece una respuesta.
—No lo sé.
Ella se ríe, pero los ojos le siguen tristes.
—Esa es tu forma de decir que no.
—No.
—Entonces, ¿qué es?
Nathan le mira la boca.
—No lo sé porque no tuve tiempo de decidir.
—No tenías que decidir nada.
—Sí que tenía.
—¿Por qué?
—Porque después de ese beso, nada volvería a ser igual.
—¿Y ahora?
Nathan no responde.
Emma se acerca, despacio.
—Ahora ya no es igual.
—Lo sé.
—Entonces deja de intentar volver atrás.
Nathan siente que el corazón le late con fuerza.
—Emma, esto no es sencillo.
—No he dicho que lo sea.
—Eres la hermana de mi mejor amigo.
—Lo sé.
—Conozco a tu familia.
—Lo sé.
—Ethan confía en mí.
—Lo sé.
—Si te hago daño…
—Ya me estás haciendo daño.
Nathan retrocede como si hubiera recibido un golpe.
Emma baja la voz.
—Me estás pidiendo que finja que no siento nada porque así te resulta más fácil. Me estás pidiendo que siga viviendo aquí mientras te comportas como si yo fuera una amenaza. Me miras como si quisieras besarme y luego dices que fue un error.
—No quiero que te sientas así.
—Pero así me siento.
—No sé cómo hacer esto.
—Entonces sé sincero.
Nathan respira hondo.
Emma está de pie frente a él, esperando.
Podría decirle que ya no la ve como a una hermana.
Podría decirle que no sabe cuándo empezó a desearla.
Podría decirle que cada vez que ella sonríe, cada vez que lo toca, cada vez que lo mira como ahora, algo dentro de él se rompe.
Pero todavía no puede usar la palabra amor.
Todavía no puede decir que la desea.
Todavía no puede aceptar las consecuencias.
—No eres mi hermana —dice.
Emma se queda inmóvil.
Esas palabras parecen cambiar el aire de la habitación.
Nathan nota que el corazón se le acelera, pero continúa:
—Sé que eres la hermana de Ethan. Sé que así es como todos han hablado siempre de ti. Sé que yo mismo lo hice durante años. Pero no eres mi hermana.
Emma respira despacio.
—¿Entonces qué soy?
Nathan la mira.
La respuesta está ahí, pero no es capaz de decirla.
—Eres alguien de quien tengo que mantenerme alejado.
El dolor le asoma al rostro al instante.
Nathan se arrepiente.
—No porque no quiera tenerte cerca —añade.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé.
—Acabas de decir que no soy tu hermana y que tienes que mantenerme alejada.
—Porque eres…
Se detiene.
Emma espera.
Nathan siente que se le cierra la garganta.
—Porque me importas demasiado.
A ella se le humedecen los ojos.
—¿Y cómo te importo?
—No hagas esto.
—Quieres que lo entienda. Pues dímelo.
Nathan se pasa las manos por la cara.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No.
—Que sí, puedes.
—Emma.
—Casi me besaste.
—Lo sé.
—No dejas de mirarme la boca.
—Lo sé.
—Viniste corriendo cuando te pedí ayuda.
—Lo sé.
—Te pusiste celoso cuando creíste que me gustaba otro.
—No me puse celoso.
—Sí que te pusiste.
Nathan no responde.
Emma da otro paso.
—Entonces admítelo.
—¿Admitir qué?
—Que yo no soy el problema.
—Nunca he dicho que lo fueras.
—Que el problema no es que tú me gustes.
Nathan siente que se le corta la respiración.
Emma está tan cerca que podría alargar la mano y tocarle el pecho.
—Dilo —susurra ella.
Nathan la mira.
La regla sigue ahí, entre ellos.
Ethan sigue lejos.
El apartamento sigue siendo el mismo.
Pero ya no hay forma de seguir fingiendo que todo está bajo control.
—¿Quieres saber cuál es el problema?
—Sí, quiero.
Nathan se acerca hasta que entre los dos apenas queda un resquicio.
La voz le sale baja, ronca y, por fin, sincera.
—El problema no es que quieras besarme.
Emma contiene el aliento.
Nathan le mira la boca.
—El problema es que yo también quiero besarte.