Capítulo 5
La mejor amiga se da cuenta
Emma se despierta con la sensación de no haber dormido casi nada, aunque ha pasado casi ocho horas en la cama.
El problema no es el colchón.
La cama de la habitación de Nathan es cómoda, la almohada blanda, y el piso permanece en silencio toda la noche. El problema es que cada vez que cerraba los ojos, Emma recordaba la regla que él había impuesto.
Nada puede pasar entre nosotros.
Repitió la frase tantas veces que, en algún momento, dejó de sonar como una regla y empezó a sonar como una provocación.
Nada puede pasar.
Como si ya estuviera pasando algo.
Emma abre los ojos y se queda mirando el techo. La habitación todavía le resulta extraña, aunque su ropa ya está en el armario y hay algunos libros sobre el escritorio. Hay una maleta abierta junto a la pared, una bolsa al lado de la cama y un abrigo colgado en la silla.
Sus cosas están ahí, pero el espacio sigue sin parecerle suyo.
Quizá porque Nathan duerme al otro lado de la pared.
O quizá porque sabe que en cualquier momento podría salir de la habitación y encontrárselo en la cocina.
La idea debería ser una parte más de la rutina.
No debería provocarle ese nudo en el estómago.
Emma coge el móvil de la mesilla. Hay dos mensajes de Olivia.
Hoy me paso por allí.
El segundo llegó un poco después.
No intentes escaparte. Sé que estás en su piso.
Emma frunce el ceño.
¿Cómo lo sabes?
Olivia responde:
Tu madre se lo contó a la mía. La mía me lo contó a mí.
Emma cierra los ojos.
Sus familias eran incapaces de guardarse cualquier información durante más de cinco minutos.
No hace falta que vengas.
No he preguntado si hacía falta. Ya voy de camino.
Emma mira hacia la puerta.
La idea de que Olivia venga al piso no debería molestarla. De hecho, podría servirle de distracción. Necesitaba contarle a alguien cómo era todo esto, y Olivia era la mejor persona para escuchar sin juzgarla.
El problema era que Olivia no solo escuchaba.
Se daba cuenta.
Siempre se daba cuenta.
Olivia sabía cuándo Emma mentía, cuándo estaba nerviosa y cuándo fingía que algo le daba igual. Si entraba en ese piso y se encontraba a Nathan, la ropa de Emma repartida por el salón y la taza blanca en el fregadero, no tardaría más de diez segundos en darse cuenta de que algo era distinto.
Emma todavía está buscando la manera de prepararse cuando oye pasos en el pasillo.
La puerta de Nathan se abre.
Después, el sonido de sus pies al cruzar el piso.
Emma se incorpora en la cama y se recoge el pelo. No sabe para qué se esfuerza en parecer arreglada. Nathan la ha visto en todos los estados posibles: con el pelo revuelto, sin maquillaje, con ropa ancha, cargada de cajas.
Aun así, elige una camiseta de manga larga y se cambia el pantalón corto de dormir por unos vaqueros.
Cuando sale de la habitación, encuentra a Nathan en la cocina.
Está de espaldas, preparando café. Lleva una camiseta negra y un pantalón de chándal oscuro. Todavía tiene el pelo húmedo y una gota de agua le resbala por la nuca antes de desaparecer bajo la tela.
Emma se detiene en el pasillo.
Nathan se da la vuelta, como si hubiera notado su presencia.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él le repasa con la mirada la cara, el pelo recogido, la ropa. Es breve, pero suficiente para que Emma recuerde cómo la miró la noche anterior, cuando salió de la ducha.
Se obliga a entrar en la cocina.
—¿Has dormido bien?
—Sí.
—No mientas.
—He dormido.
—Tú también pareces cansado.
—Me he levantado temprano.
—¿Por qué?
—Entrenar.
—Ayer ya entrenaste.
—Entreno todos los días.
—Eso no puede ser sano.
Nathan deja una taza sobre la encimera.
—Ya me lo has dicho otras veces.
Emma coge la taza.
—Y sigues sin escucharme.
—Te escucho lo suficiente.
Toma un sorbo y descubre que el café está justo como le gusta.
—¿Lo has hecho a propósito?
—¿El qué?
—Acertar.
—Siempre acierto.
—No siempre.
—Cuando te lo preparo a ti, sí.
La frase hace que Emma levante la vista.
Nathan parece darse cuenta de lo que acaba de decir, porque coge su taza y se concentra en el líquido oscuro del interior.
Emma no sabe qué decir.
En esa frase hay una intimidad inesperada. No ha dicho que supiera cómo le gusta el café. Ha dicho que siempre acierta cuando se lo prepara. Como si fuera una vieja costumbre, como si entre ellos existiera una rutina que Emma no había advertido.
—¿Tienes clase hoy? —pregunta él.
—Sí.
—¿Olivia viene antes?
—¿Cómo lo sabes?
—Dejaste el móvil sobre la mesa. Vi los mensajes.
Emma frunce el ceño.
—¿Los leíste?
—No. La pantalla se encendió.
—Entonces los viste.
—Vi su nombre.
—¿Y adivinaste el resto?
—Es tu mejor amiga. Es normal que venga.
Emma da otro sorbo al café.
—¿Te molesta?
—No.
—Porque seguramente hará preguntas.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Nathan la mira.
—¿Y por qué iba a preguntar por mí?
Emma intenta mantener la expresión neutra.
—Porque el apartamento es tuyo.
—¿Quiere saber si pago las facturas a tiempo?
—Probablemente.
—Pues no.
Emma se ríe y a Nathan se le calienta el pecho.
Su risa suena distinta por la mañana. Más grave, todavía ronca de sueño, pero capaz de llenar la cocina y volver el espacio más vivo.
Nathan coge una rebanada de pan y la mete en la tostadora.
—No tienes que preocuparte por Olivia.
—No estoy preocupada.
—Sí que lo estás.
—Solo te aviso de que puede que haga preguntas.
—¿Y no te gusta que la gente haga preguntas?
—Depende de las preguntas.
Emma apoya la cadera contra la encimera.
—¿Escondes algo?
—No.
—Entonces no hay por qué preocuparse.
Nathan la mira.
—Haces muchas preguntas.
—Presto atención.
—Lo aprendiste de mí.
—Puede.
La palabra queda flotando entre los dos.
Nathan termina el café y mira el reloj.
—Tengo que ir al gimnasio.
—¿Vuelves a comer?
—Puede.
—¿No lo sabes?
—Depende del entrenamiento.
—O sea, puede.
—Puede.
Emma intenta disimular la sonrisa.
Nathan coge la bolsa y se dirige a la puerta. Antes de salir, la mira.
—Llámame si necesitas algo.
—Lo sé.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Nathan asiente.
Por un momento, parece que quiere decir algo más. La mirada se le va a la boca de Emma, como ya ha ocurrido varias veces estos últimos días.
Luego abre la puerta.
—Hasta luego.
—Nos vemos.
La puerta se cierra.
Emma se queda mirándola unos segundos.
La regla sigue en pie.
Pero cuanto más se empeña Nathan en actuar como si nada pudiera pasar, más evidente resulta que algo está cambiando.
...
Olivia llega poco después de las diez.
Emma oye tres golpes rápidos en la puerta y abre antes de que su amiga insista. Olivia entra cargada con una bolsa de pan, fruta y dos cafés.
—He traído comida.
—No hacía falta.
—Lo sé. Pero seguro que intentabas sobrevivir a base de café y tostadas.
Emma cierra la puerta.
—He comido.
—¿Comida de verdad?
—Más o menos.
Olivia echa un vistazo al salón.
Las cajas ya no están desparramadas por el suelo. Emma ha conseguido ordenar casi todas sus cosas, pero todavía hay libros sobre la mesa, ropa en el sofá y un abrigo de Nathan colgado en la silla.
Su amiga gira despacio y recorre el piso con la mirada.
—Así que este es el sitio.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Siempre estoy pensando.
—Acabas de decir que eso era peligroso.
—Para ti, quizá.
Emma le coge la bolsa de las manos y la lleva a la cocina.
Olivia la sigue.
—¿No está?
—Está entrenando.
—Genial.
—¿Por qué?
—Porque así puedo preguntarte cosas sin que me oiga.
Emma deja los cafés en la encimera.
—¿Has venido a preguntar por Nathan?
—He venido a comprobar que estás viva.
—Lo estoy.
—Y a preguntar por Nathan.
Emma abre la bolsa.
—No te van a gustar las respuestas.
—Si todavía no he hecho ninguna pregunta.
—Ya te sabes las respuestas.
Olivia coge uno de los cafés.
—¿Estás enamorada de él?
Emma cierra la puerta del armario con más fuerza de la que quería.
—No.
Olivia da un sorbo.
—Has respondido rápido.
—Porque la respuesta es simple.
—No, la respuesta es automática.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Emma empieza a sacar la comida de la bolsa.
—No estoy enamorada de Nathan.
—Sí que lo estás.
—No lo estoy.
—Sí que lo estás.
—Olivia.
—Emma.
Las dos se miran fijamente.
Olivia no sonríe. Su expresión es tranquila, pero atenta. Ya no hay burla en su rostro. Solo la certeza de quien ya sabe que tiene razón.
Emma aparta la mirada.
—No puedo estar enamorada de él.
—Eso no significa que no lo estés.
—Es el mejor amigo de mi hermano.
—Lo sé.
—Me conoce desde que era adolescente.
—Lo sé.
—Siempre me ha tratado como a una hermana.
—Lo sé.
—Y ahora vivo en su apartamento.
—Eso también lo sé.
—Entonces entiendes por qué sería una idea terrible.
—Entiendo que sería complicado. No que sea imposible.
Emma apoya las manos en la encimera.
—No lo entiendes.
—Sí que lo entiendo. Te gusta desde hace años y nunca has dicho nada porque crees que lo destruiría todo.
Emma la mira.
Olivia habla como si describiera algo evidente.
Como si Emma no se lo hubiera ocultado a sí misma durante años.
—No me gusta desde hace años.
—¿Desde cuándo?
Emma abre la boca.
No le sale ninguna respuesta.
Olivia se apoya en el fregadero.
—Eso me parecía.
—No lo sé.
—Sí que lo sabes.
—No lo sé.
—Emma.
Su amiga pronuncia su nombre con dulzura, y eso es peor que cualquier burla.
Emma coge una fruta, pero no la pela.
Quizá no podía seguir mintiéndole a Olivia. No en ese momento, en ese apartamento, rodeada de las cosas de Nathan y del recuerdo de la mirada que le lanzó la noche anterior.
—Puede que empezara a gustarme hace tiempo —admite.
Olivia no se mueve.
Emma continúa, en voz más baja:
—No sé exactamente cuándo.
—Pero sabes que te gusta.
—Sí.
La palabra queda suspendida entre las dos.
Decirlo en voz alta parece hacerlo todo real.
Olivia se acerca un paso.
—¿Se lo has contado a alguien?
—No.
—¿Ni a Ethan?
—A Ethan menos que a nadie.
—¿Y a Nathan?
Emma se ríe sin ganas.
—¿Crees que se lo diría?
—Puede que ya lo sepa.
—No lo sabe.
—¿Estás segura?
—Estoy segura.
—Te mira como si lo supiera.
A Emma se le acelera el corazón.
—No lo viste.
—Ayer vi bastante.
—¿Ayer?
—Cuando fui a recogerte a casa de tus padres. Él estaba allí.
—¿Te diste cuenta?
—Siempre me doy cuenta.
Emma baja la mirada.