Capítulo 4 #2
Nathan nota que algo se le remueve en el pecho.
Emma coge el libro y se levanta. Él hace lo mismo, pero el espacio que los separa sigue siendo mínimo.
—Tienes muchas cosas —dice Nathan, intentando devolver la conversación a terreno seguro.
—Tengo libros.
—Tienes demasiados libros.
—Eso es imposible.
—Te has traído media biblioteca.
—Ni he traído la cuarta parte.
—Eso es preocupante.
—Tú tienes tres sticks de hockey en el pasillo.
—Son necesarios.
—¿Para qué?
—Para jugar al hockey.
—Tienes una habitación llena de equipación.
—Eso también es necesario.
—Pues no critiques mis libros.
—No los estoy criticando.
—Los estás juzgando.
—Yo no juzgo.
Emma mira el sofá cubierto de ropa doblada.
—Y dices eso en un piso donde hay una silla en la que nadie se sienta desde hace meses.
Nathan sigue su mirada.
—Es la silla de la ropa.
—Es una silla.
—Tiene distintas funciones.
—Acabas de darme la razón.
Él sonríe.
Emma le devuelve la sonrisa.
El momento es ligero, pero Nathan nota el peligro que se esconde bajo la superficie.
Cada conversación fácil los acerca un poco más.
Cada broma crea una intimidad que no debería existir.
Coge una caja.
—Esto lo llevo al dormitorio.
—Puedo hacerlo yo.
—Lo sé.
—No hace falta que lo digas cada vez.
—Pero es verdad.
Nathan echa a andar y Emma lo sigue.
De camino, se fija en la blusa azul que hay sobre el sofá. Es de ella. El tejido es de un color suave, y Nathan se imagina a Emma con ella puesta una mañana cualquiera, yendo de un lado a otro del apartamento como si hubiera vivido allí toda la vida.
La imagen resulta tan natural que lo asusta.
Deja la caja en el dormitorio y vuelve a por otra.
Emma está doblando unos pantalones en el sofá.
—Puedes dejar algo de ropa en el armario del pasillo —dice él.
—No quiero ocupar todo el espacio.
—Hay sitio.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿No lo vas a necesitar?
—No.
—¿No tienes mucha ropa?
—Tengo suficiente.
—Eso explica muchas cosas.
Nathan la mira.
—¿Qué explica?
—Que siempre lleves las mismas cinco camisetas.
—Son buenas camisetas.
—Tienes dinero para comprarte más.
—No compro ropa por gusto.
—Hay gente que sí.
—¿Y tú?
—A veces.
—Ya me he dado cuenta.
Emma mira la blusa que tiene entre las manos.
—¿Eso ha sido una crítica?
—No.
—Pues lo ha parecido.
—Solo estoy observando.
—Estás aprendiendo de mí.
Nathan siente su mirada sobre él.
—Quizá.
La palabra vuelve a quedar suspendida entre los dos.
Emma dobla la ropa despacio.
Nathan coge otra caja para no quedarse ahí plantado.
—Puedes usar el lado izquierdo del armario —dice—. El derecho es mío.
—¿Me estás dando espacio?
—Intento que no mezcles tus cosas con las mías.
—¿Porque sería un desastre?
—Porque lo doblarías todo mejor que yo.
Emma se ríe.
Es una risa suave, pero el efecto en Nathan es inmediato. Le gusta hacerla reír. Más de lo que debería.
Mientras carga con otra caja, se da cuenta de que el salón se llena cada vez más de cosas de Emma. Sus libros, su ropa, el bolso, los cuadernos y los pequeños recuerdos empiezan a llenar los espacios vacíos.
El piso siempre había tenido un aire provisional.
Ahora hay una sensación de vida esparcida por cada habitación.
Emma nota que la está mirando.
—Si está demasiado desordenado, puedo ordenarlo todo.
—No hace falta.
—No me importa.
—Lo sé.
—¿Te molesta?
Nathan la mira.
—No.
La respuesta es verdad.
Ese es el problema.
...
Caleb aparece a primera hora de la tarde.
Entra hablando por teléfono, deja las llaves en la encimera y no ve a Emma hasta que llega al salón.
—Oh.
Emma levanta la vista.
—Hola.
Caleb mira a Nathan y después las cajas.
—Así que ha pasado.
—¿Ya lo sabías?
—Sabía que venías. No sabía que te traías la casa entera.
Emma se cruza de brazos.
—No me he traído la casa entera.
—Pues eso parece.
—Caleb.
—Es broma.
Se acerca y le tiende la mano.
—Caleb Morgan.
—Emma Carter.
—Lo sé. Eres la hermana de Ethan.
Son palabras corrientes, pero Nathan siente que se le tensa el cuerpo.
Caleb no se da cuenta. Sigue sonriendo.
—He oído hablar mucho de ti.
—Espero que fuera bueno.
—Depende de quién me lo haya contado.
Emma mira a Nathan.
—¿Él habla de mí?
—Ethan sí.
—Caleb.
—Solo soy sincero.
Nathan le lanza una mirada de advertencia.
Caleb levanta las manos.
—Vale. No te pincho más.
Emma sonríe, pero Nathan nota que está incómoda.
Se interpone entre ellos casi sin pensarlo.
—Emma se queda en la habitación libre hasta que en la residencia solucionen el problema.
—Lo sé.
—Y tú te vas a casa de tus padres unos días.
Caleb se lo queda mirando.
—¿Yo he dicho que iba a quedarme en casa de mis padres?
—Dijiste que no necesitabas la habitación durante la semana.
—Eso es distinto.
—Puedes dormir allí.
—Puedo.
—Entonces asunto resuelto.
Caleb observa a Nathan unos segundos.
Luego mira a Emma.
—¿Ha estado así desde que llegaste?
—¿Así cómo?
—Controlador.
—Caleb.
—Solo estoy preguntando.
Emma mira a Nathan y a los ojos le asoma un brillo divertido.
—¿Siempre ha sido así?
—No.
Nathan se siente aliviado.
—A veces es peor.
Caleb se ríe.
Nathan se pasa una mano por la cara.
—¿Habéis terminado ya los dos?
—Estamos empezando a entendernos —responde Emma.
A Nathan esas palabras le calientan el pecho de un modo inoportuno.
Caleb recoge la mochila del suelo.
—Voy a coger un par de cosas y me vuelvo a casa de mis padres.
—No hace falta que te vayas —dice Emma.
—Lo sé. Pero, si me quedo, se pasará la noche pendiente de si necesitas algo.
Nathan le lanza una mirada a Caleb.
—Yo no haría eso.
Caleb mira a Emma.
—Sí que lo haría.
Emma intenta no reírse.
A Nathan le entran ganas de decirle que se vaya ahora mismo.
—Mañana tienes entrenamiento temprano —dice.
—Así es.
—Entonces vete a descansar.
—Lo haré. Pero antes…
Caleb se inclina hacia Emma y habla lo bastante bajo para que Nathan aún pueda oírlo.
—Si empieza a comportarse como si fuera el responsable de tu vida, avísame.
Nathan cierra los ojos.
Emma sonríe.
—Cuenta con ello.
—No le des ideas.
Caleb coge las llaves.
—Buena suerte.
—¿A quién? —pregunta Emma.
Caleb mira a los dos.
—A vosotros dos.
La puerta se cierra tras él.
Nathan se queda callado.
Emma vuelve a doblar la ropa.
—¿Siempre es así?
—Por desgracia.
—Parece que le gusta pincharte.
—Es su hobby.
—Y tú se lo permites.
—No siempre.
—Ahora se lo estás permitiendo.
—Estaba cansado.
—Siempre estás cansado.
Nathan la mira.
—¿Te estás divirtiendo?
—Un poco.
—Genial.
—¿Preferirías que estuviera triste?
—No.
—Entonces, todo bien.
Otra vez esa naturalidad.
Otra vez el peligro.
Nathan se va hacia la cocina.
—Voy a preparar algo de comer.
—Puedo ayudar.
—No tienes por qué.
—Lo sé.
Mira por encima del hombro.
Emma sonríe.
Nathan intenta no devolverle la sonrisa.
No lo consigue.
...
A última hora de la tarde, Emma se va a clase.
El apartamento se queda en silencio en cuanto se cierra la puerta.
Nathan debería sentirse aliviado.
Pero se queda de pie en medio del salón, mirando el sitio donde ella había estado.
La blusa azul sigue en el sofá.
El libro que Emma dejó abierto sigue en la mesa.
La taza blanca de la flor azul está en el fregadero.
Pequeñas señales de su presencia.
Nathan coge la taza y la lava, aunque ya esté limpia.
Luego dobla la blusa y la lleva a la habitación de ella.
Se detiene ante la puerta.
No debería entrar.
La regla es clara.
No entrar en la habitación del otro sin llamar.
Nathan llama, aunque ella no esté.
—¿Emma?
Nadie responde.
Abre la puerta lo justo para dejar la blusa sobre la cama.
Pero la habitación ya no parece vacía.
Hay ropa en el armario, libros en el escritorio y una bolsa junto a la ventana. En el aire flota el olor leve de su champú.
Nathan se da cuenta de que se ha quedado mirando la cama.
Imagina a Emma durmiendo ahí.
Imagina la casa en silencio, los dos compartiendo una rutina, las mañanas, el café, las noches.
Cierra la puerta.
Vuelve al salón.
E intenta trabajar.
Aguanta cuarenta minutos.
Luego mira el reloj.
Emma estará saliendo de clase dentro de poco.
Nathan coge el móvil.
No hay mensajes.
Lo deja en la mesa, pero sigue mirándolo.
Cuando la pantalla se ilumina, el corazón le da un vuelco antes de que pueda evitarlo.
Emma: Voy de camino a casa. ¿Quieres que traiga algo para la cena?
Nathan responde:
No hace falta.
Lo borra.
Escribe:
Si quieres, puedes traer pan.
Lo borra otra vez.
Al final, escribe:
No compres nada. Ya preparo yo algo.
Ella contesta casi al instante.
¿Vas a cocinar?
Sé hacer pasta.
¿Con salsa de bote?
Nathan mira la pantalla.
Es una técnica.
Emma le manda una ristra de emojis de risa.
Nathan sonríe para sí.
Repara en la sonrisa e intenta disimularla, aunque no haya nadie que pueda verla.
...
Emma llega un poco después de las siete.
Nathan está en la cocina, removiendo el contenido de una cazuela, cuando oye la llave en la cerradura. El sonido es nuevo. Esa tarde ella se hizo una copia de la llave, y la idea de que Emma entre en el piso como si tuviera todo el derecho a estar allí le produce una sensación extraña.
Aparece en la puerta con vaqueros, una camiseta clara y el pelo recogido en una coleta.
—De verdad estás cocinando.
—Ya te lo dije.
—Creía que era una amenaza.
—Ya lo verás.
Emma deja el bolso en una silla.
—Huele bien.
—Porque todavía no le he echado la salsa.
—Entonces no es la salsa.
—Es la pasta.
—¿Has conseguido cocer la pasta?
—Eres muy graciosa.
—Intento ser amable.
—Podrías esforzarte más.
Emma se acerca a los fogones.
Nathan nota que está cansada. Tiene ojeras y los hombros se le ven tensos.
—¿Cómo ha ido la clase?
—Larga.
—¿Has comido?
—Sí.
—¿Qué?
—Un sándwich.
—Eso no es…
—No empieces.
Nathan cierra la boca.
Emma lo observa.
—Estabas a punto de decir que eso no es una comida.
—Iba a preguntarte si quieres queso.
Ella lo mira unos segundos.
—Pues sí que estás aprendiendo.
Nathan saca el queso de la nevera.
—No te acostumbres.
Cenan en la mesita de la cocina. La pasta no está mal. Nathan lo sabe porque Emma lo dice dos veces, aunque añade que la salsa de bote podría ser mejor.