Capítulo 4
La regla más difícil
Nathan se despierta antes de que suene el despertador.
Durante unos segundos se queda tumbado, con la mirada fija en el techo del dormitorio, intentando entender por qué el piso le parece distinto.
Entonces lo recuerda.
Emma está en el cuarto de al lado.
Con el recuerdo llega también la conciencia inmediata de su presencia. El sonido suave de alguien que se mueve al otro lado de la pared. La posibilidad de cruzarse con ella en la cocina. La certeza de que, si abre la puerta, ella estará ahí.
Nathan cierra los ojos.
La regla estaba clara.
No puede pasar nada entre ellos.
Se lo repitió a Emma, pero la verdad es que necesitaba oír su propia voz pronunciando esas palabras. Necesitaba poner cierta distancia antes de que la convivencia convirtiera cada gesto en algo más.
Emma es la hermana de Ethan.
Emma confía en él.
Emma se aloja temporalmente bajo su techo.
No hay lugar para confusiones.
Nathan se incorpora en la cama y se pasa las manos por la cara. La noche ha sido larga. Ha dormido poco, se ha despertado varias veces y, cada vez, ha pensado en la habitación de al lado.
La primera vez ha oído pasos ligeros en el pasillo.
La segunda, una puerta que se cerraba.
La tercera se ha preguntado si Emma necesitaba algo, pero no se ha levantado de la cama.
Ella había dicho que estaba bien.
Necesitaba confiar en eso.
Nathan se ducha y se pone una camiseta oscura y un pantalón de chándal. Antes de abrir la puerta, mira su reflejo en el espejo.
Tiene el mismo aspecto de siempre. El pelo revuelto, la barba de unos días y una expresión de cansancio que no consigue disimular.
Se dice que hoy será un día normal.
Emma solo está alojada en el piso.
La tratará como siempre la ha tratado.
Como la hermana de su mejor amigo.
Como alguien que necesita un sitio donde quedarse una temporada.
Como si no se hubiera pasado media noche imaginando la forma en que ella lo miró la noche anterior.
Nathan abre la puerta.
El pasillo está vacío.
Por un momento siente alivio.
Luego oye cerrarse un cajón en la habitación de Emma.
Se detiene.
Podría ir directo a la cocina. Podría hacer café y actuar como si no hubiera oído nada. Pero la idea de no comprobar si está bien le parece imposible.
Nathan llama dos veces a la puerta.
—¿Emma?
No hay respuesta.
Espera.
—Entra.
Tiene la voz baja, todavía cargada de sueño.
Nathan abre la puerta lo justo para asomar la cabeza.
Emma está de espaldas a él, de rodillas frente a una maleta abierta. Lleva una camiseta enorme y unos pantalones cortos de pijama, e intenta colocar la ropa en el armario pequeño de la habitación. Tiene el pelo suelto, que le cae por la espalda.
Nathan aparta la mirada de inmediato.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Has dormido?
—Más o menos.
—¿Por el colchón?
—Por ti.
Las palabras golpean a Nathan antes de que alcance a entenderlas.
Emma gira la cabeza de golpe.
—Quiero decir, por la mudanza. No por ti.
—Lo he entendido.
—No lo parece.
—¿Siempre das tantas explicaciones cuando estás nerviosa?
—¿Y tú siempre haces tantas preguntas por la mañana?
—Sí.
Emma vuelve a ordenar la ropa.
Nathan se queda un segundo más en el umbral.
—Voy a hacer café.
—Vale.
—¿Quieres algo?
—Café.
—¿Con azúcar?
—Ya lo sabes.
Y lo sabe.
A Emma le gusta el café con un poco de azúcar, pero no demasiado fuerte. Prefiere que se caliente la leche antes de echarla al café. Nathan lo aprendió con los años, observándola las mañanas en que aparecía por casa de los Carter antes de clase.
No debería saberlo.
O quizá lo sabía porque siempre le había prestado atención.
—Yo lo preparo —responde él.
Nathan cierra la puerta antes de que el silencio se vuelva incómodo.
En la cocina, pone agua a hervir y abre el armario de la cocina. El piso está revuelto por su llegada. Hay cajas apiladas junto al pasillo, libros sobre la mesa y una de las bolsas de Emma encima de una silla.
Su presencia está esparcida por todas partes.
Nathan coge dos tazas.
Se detiene.
Una es negra, la suya.
La otra es blanca, con una florecita azul cerca del borde. Emma la trajo de casa. La vio sacarla de la caja la noche anterior.
Nathan elige la blanca para ella.
Prepara el café con cuidado: calienta la leche en un cazo y añade exactamente la cantidad de azúcar que cree acertada. Después deja la taza en la encimera y empieza a preparar algo de comer.
No sabe por qué está haciendo esto.
Emma podría desayunar en el campus.
Podría prepararse el café ella misma.
Pero si se va a quedar aquí, tiene que empezar el día con algo en el estómago.
Es solo cortesía.
Solo responsabilidad.
Solo una manera de que todo siga funcionando bien.
Pone pan en la tostadora y abre la nevera.
—¿Estás cocinando?
Nathan se da la vuelta.
Emma está de pie en la puerta de la cocina.
La camiseta enorme le cubre parte de los muslos y todavía lleva el pelo suelto. Lleva la cara lavada, sin maquillaje, y los ojos le parecen más claros a la luz de la mañana.
Nathan mantiene abierta la puerta de la nevera.
—Estoy haciendo café.
—Y tostadas.
—Eso no es cocinar.
—Para ti sí.
—Sé hacer otras cosas.
—¿Como qué?
—Pasta.
—¿Con salsa de bote?
—Es una técnica.
Emma sonríe.
Nathan tiene que mirar la encimera.
La regla más difícil no es no besarla.
Es actuar como si esa sonrisa no le hiciera ningún efecto.
—Tu café está ahí —dice.
Emma se acerca.
Cuando ella pasa por su lado, Nathan percibe el olor de su champú. Es suave, fresco y familiar. Puede que usara el mismo en casa de los Carter. O puede que, simplemente, nunca se hubiera fijado antes.
O puede que sí se hubiera fijado y hubiera fingido que no.
Emma coge la taza.
—Te ha salido bien.
—Lo sé.
Ella levanta las cejas.
—Creído.
—Has dicho que está bueno.
—He dicho que te ha salido bien.
—Es casi lo mismo.
Emma sopla el café y da un sorbo.
Nathan la mira sin pretenderlo. Los labios de ella rozan el borde de la taza y nota que sus pensamientos se van a donde no deberían.
—¿No vas a comer? —pregunta ella.
—Sí.
—Me estás mirando fijamente.
Nathan aparta la cara.
—No te estoy mirando.
—Sí que me estás mirando.
—Estoy comprobando si te gusta el café.
—Podrías preguntármelo.
—Te lo he preguntado.
—No, no me lo has preguntado.
—Te lo he preguntado con los ojos.
—En eso también eres malísimo.
Nathan coge una tostada y se apoya en la encimera, a una distancia segura.
—No has dormido mucho.
—Tú tampoco.
—Yo nunca duermo mucho.
—Eso no es sano.
—¿Llevas aquí menos de doce horas y ya me estás dando consejos?
—Alguien tiene que hacerlo.
—Ethan dice exactamente lo mismo.
—Puede que tenga razón.
Nathan la mira.
Emma está sentada a la mesa, con la taza entre las manos. Ya no parece nerviosa. Entre ellos se está creando una complicidad natural, y esa naturalidad es justamente el peligro.
Ella empieza a sentirse como en casa.
Nathan no sabe si quiere frenarlo o dejar que pase.
—¿Tienes clase hoy? —pregunta él.
—Sí. Una por la mañana y otra por la tarde.
—¿Y cómo vas a ir?
—En autobús.
—Puedo llevarte.
—No hace falta.
—Voy al gimnasio después de clase.
—Puedes dejarme en el campus.
—Lo sé.
Emma lo señala con la taza.
—Esa respuesta empieza a molestarme.
—Me has preguntado si puedo llevarte. Y te he dicho que puedo.
—Y yo te he dicho que no hace falta.
—Entonces prefieres ir en autobús.
—Pues sí.
Nathan sabe que lo hace para demostrar que es independiente. No es nada nuevo. Emma siempre ha intentado dejar claro que puede con todo ella sola.
—Está bien.
Se aparta de la encimera.
—Voy a vestirme.
—¿No vas a comer nada?
—Ya he comido algo.
—Una tostada no es un desayuno.
—Acabas de decirme que no necesitas que cuide de ti.
—No he dicho eso.
—Sí que lo has dicho.
—He dicho que no tienes que hacerlo todo por mí.
—¿Y eso es distinto?
—Sí.
—¿Entonces tú puedes preocuparte por mí y yo por ti no?
Emma ve la trampa y entrecierra los ojos.
—Eres imposible.
—Me lo dicen mucho.
Nathan sale de la cocina antes de que ella pueda contestar.
En su habitación, cierra la puerta y apoya las manos en la cómoda.
El corazón le late a mil por una conversación sobre café y tostadas.
Esto no es normal.
No hay nada normal en que Emma esté en ese piso.
...
Cuando Nathan vuelve al salón, Emma está arrodillada junto a una de las cajas, intentando sacar los libros. Hay cuadernos y papeles por todo el suelo. Una blusa azul cuelga del respaldo del sofá y un par de deportivas siguen tiradas junto a la puerta.
Se detiene en mitad de la habitación.
La escena parece de lo más normal.
Emma solo está ordenando sus cosas.
Pero Nathan nunca la había visto así. Descalza, concentrada, con un bolígrafo metido en el pelo y una expresión de fastidio mientras intenta sacar un libro atascado entre dos cajas.
—¿Quieres ayuda?
—No.
—Ni siquiera has mirado.
—Sé lo que vas a decir.
—¿Y qué voy a decir?
—Que tú puedes hacerlo más rápido.
—Iba a preguntarte si quieres que te sujete la caja.
—Es prácticamente lo mismo.
Nathan se acerca y se agacha a su lado.
—¿Qué libro se ha atascado?
Emma vuelve a tirar de él.
—Este.
—Suelta.
—Puedo yo sola.
—Emma.
Ella lo mira.
Nathan le tiende la mano.
Al cabo de un instante, ella suelta el libro.
Él sujeta la caja con una mano y tira del libro con la otra. Sale de golpe y Emma pierde el equilibrio. Se vence hacia atrás y Nathan la sujeta del brazo antes de que se caiga.
Le rodea la muñeca con la mano.
La piel de Emma está cálida.
El contacto dura solo lo que ella tarda en recuperar el equilibrio, pero ninguno de los dos se aparta.
Nathan mira la mano con la que la sujeta.
Luego, la cara de ella.
Emma está muy cerca.
El pelo, que se ha recogido a toda prisa, empieza a soltarse y unos mechones le caen sobre la frente. Ella mantiene los ojos clavados en los de él.
Alcanza a verle la pequeña mota marrón junto al iris izquierdo.
No sabía que estaba ahí.
O puede que sí y nunca se hubiera permitido asimilarlo.
—¿Estás bien? —pregunta él.
—Sí.
—¿Segura?
—¿Vas a seguir preguntando?
—Hasta que te crea.
Emma mira la mano que le rodea la muñeca.
Nathan la suelta de inmediato.
—Perdona.
—No tienes que disculparte.
—No pretendía…
—Lo sé.
Habla en voz baja.