Capítulo 3
Ningún lugar al que volver
Emma mira fijamente la pantalla del móvil, con el mensaje de Nathan todavía abierto.
No. ¿Ha pasado algo?
Podría responder que sí.
Podría decir que toda la residencia está hecha un desastre, que la encargada acaba de comunicarle que su habitación quedará inhabilitada indefinidamente y que no sabe dónde va a dormir esa noche.
Podría admitir que se había pasado los últimos cuarenta minutos intentando resolverlo todo sola, llamando a la encargada, buscando plazas temporales y escribiendo a compañeros que probablemente ya estaban dormidos.
Pero no quería parecer desesperada.
Y mucho menos ante Nathan.
Emma camina de un lado a otro por el pequeño pasillo de la residencia, con el móvil apretado en la mano. La puerta de su habitación está abierta y dentro trabajan dos empleados: separan la cama de la pared y sacan algunas cajas del armario.
El problema empezó con una fuga en el techo.
Al principio solo había una pequeña mancha oscura encima del escritorio.
Emma la vio al volver de su última clase y pensó que alguien se encargaría de ella enseguida.
Luego el agua empezó a correr por la pared.
En menos de una hora, la alfombra estaba mojada, habían sacado algunos libros de la estantería y el olor a humedad llenaba la habitación.
La encargada apareció con un portapapeles en la mano, evaluó los daños y dijo que nadie podía quedarse allí hasta que repararan la fontanería.
Nadie sabía decir cuánto podía llevar la reparación.
Quizá dos días.
Quizá una semana.
Quizá más.
—¿Señorita Carter?
Emma alza la vista.
La encargada está de pie junto a la puerta, con una expresión que intenta parecer tranquila, pero que no consigue ocultar su incomodidad.
—¿Sí?
—Los operarios necesitan mover algunos muebles para comprobar hasta dónde se ha extendido la fuga.
—Entiendo.
—¿Ha encontrado otro sitio donde quedarse?
—Lo estoy intentando.
—Podemos ofrecerle una habitación temporal por una noche. Es compartida, en la segunda planta, pero está libre.
Emma mira a la mujer.
—¿Compartida con quién?
—Con otra estudiante.
—¿Y después?
La encargada titubea.
—Después tendremos que esperar la valoración del fontanero.
Emma cierra los ojos un momento.
No quería compartir habitación con una desconocida.
Tampoco quería llevarse sus cosas a otro cuarto a sabiendas de que quizá tendría que mudarse otra vez al día siguiente.
El semestre ya le exigía más de lo que podía dar.
No tenía tiempo, ni dinero, ni paciencia para convertir un problema de la residencia en otra crisis.
—Lo pensaré —responde.
La encargada asiente y vuelve a entrar en la habitación.
Emma respira hondo.
Había aprendido a arreglárselas sola. Desde que empezó la universidad lo había hecho todo ella: organizar su horario, pagar las facturas, llevar al día los trabajos y encontrar soluciones antes de que nadie se diera cuenta de que había un problema.
Ethan solía decir que le costaba pedir ayuda.
Puede que tuviera razón.
Emma abre el chat con Olivia.
¿Estás despierta?
La respuesta llega casi de inmediato.
Ahora sí. ¿Qué ha pasado?
Emma hace una foto de la pared mojada y la envía.
Han precintado mi habitación. La administración ha cerrado la residencia unos días. No sé dónde voy a dormir.
Los tres puntos aparecen en la pantalla.
Puedes quedarte conmigo.
Emma sonríe, pero el siguiente mensaje llega antes de que pueda contestar.
Aunque mañana vienen los padres de mi compañera de piso y el cuarto va a estar hasta arriba. Puedes dormir en el sofá del salón una noche, pero no una semana.
Emma ya lo sabía. El piso de Olivia era pequeño y su amiga lo compartía con otra estudiante. No sería justo quedarse con el salón varios días.
Ya me las arreglaré.
Emma, no intentes resolverlo todo tú sola.
Suspira.
La frase es casi idéntica a la de Nathan.
Puede que Ethan se hubiera pasado años diciéndoles lo mismo a todos los que lo rodeaban.
El móvil vibra otra vez.
¿Qué pasa?
Nathan.
Emma mira el mensaje y siente que se le encoge el estómago.
No pensaba pedirle ayuda. Solo quería saber si estaba ocupado. Y luego, quizá, decirle que el problema no era tan grave. Pero Nathan había preguntado y ahora mentirle le parecía imposible.
Ha habido una fuga de agua en mi habitación. La administración ha cerrado la residencia unos días.
La respuesta llega antes de que pueda guardar el móvil.
¿Dónde estás?
Emma escribe:
En el pasillo.
¿Sola?
Sí.
¿Tienes dónde quedarte esta noche?
Emma mira la puerta de la habitación, las cajas apiladas junto a la pared y la maleta que todavía no ha empezado a hacer.
Todavía no.
Nathan responde al instante.
Voy para allá.
Emma abre mucho los ojos.
No hace falta.
Voy para allá.
Nathan, es solo un problema de la residencia. Ya encontraré una solución.
Acabas de decir que todavía no tienes dónde dormir.
Estoy intentando resolverlo.
Y yo voy para allá a ayudarte.
Emma aprieta los labios.
No tienes que hacerte responsable de mí solo porque Ethan no esté.
Esta vez, Nathan tarda un poco más en responder.
No lo hago por Ethan.
A Emma se le acelera el corazón.
Antes de que pueda preguntarle qué ha querido decir, Nathan le manda otro mensaje.
Mándame la dirección exacta del edificio.
Emma no debería obedecer.
Y, sin embargo, se la manda.
...
Nathan llega veinte minutos después.
Emma lo ve cruzar el patio de la residencia desde la ventana del pasillo. Lleva una chaqueta oscura, vaqueros y botas, y camina con la seguridad de quien está acostumbrado a ocupar espacio. Algunos estudiantes que pasan cerca de la entrada lo miran. Nathan no parece darse cuenta.
O tal vez se da cuenta y los ignora.
Emma siente una punzada extraña en el pecho.
Ya lo ha visto llamar la atención otras veces. En el campus, Nathan es muy conocido. Capitán del equipo de hockey, alto, atlético y siempre rodeado de gente. Algunos lo admiran, a otros los intimida su expresión seria y algunas buscan excusas para pasarse por la pista los días de entrenamiento.
A Emma nunca le había molestado la forma en que otras chicas lo miraban.
Hasta esa noche.
Nathan entra en el edificio después de hablar un momento con el vigilante de seguridad. Cuando encuentra a Emma en el pasillo, sus ojos le recorren la cara, el pelo recogido a toda prisa y la sudadera que lleva sobre la ropa de clase.
—¿Estás bien?
—Lo estoy.
—Esa respuesta ya no me vale.
—Estoy cansada, no herida.
Él mira la pared húmeda, la habitación abierta y las cajas desparramadas.
—¿Cuánto han dicho que tardarán?
—No lo saben.
—¿Y la habitación provisional?
—Mañana está ocupada.
—¿Puedes quedarte con Olivia?
—Solo una noche.
—¿Y después?
—Ya lo resolveré.
Nathan la observa.
Emma reconoce esa expresión. Es la misma que ponía cuando ella era adolescente y decía que no necesitaba ayuda para llevar algo pesado. Esa mezcla de paciencia y preocupación que le daba ganas de discutir solo para demostrar que podía arreglárselas sola.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera una inútil.
—No creo que seas una inútil.
—Pues lo parece.
—No tienes habitación.
—Una cosa es no tener habitación y otra no ser capaz de resolver un problema.
—Lo sé.
—Pues deja de comportarte como si me hubiera roto una pierna.
Nathan se pasa una mano por el pelo.
—¿Prefieres que me vaya?
La pregunta la sorprende.
No parece ofendido. Parece dispuesto a hacer exactamente lo que ella le pida, aunque no quiera.
Emma aparta la mirada.
—No.
Nathan espera.
—Es solo que no quiero que pienses que te escribí porque no puedo con esto.
—¿No me escribiste para que te ayudara?
Emma se queda callada.
La verdad es que ella lo había buscado.
Quizá porque Nathan fue la primera persona que le vino a la cabeza cuando se dio cuenta de que no tenía dónde dormir. Quizá porque, a pesar de todos los años que había pasado intentando convencerse de que no era más que el mejor amigo de Ethan, siempre había sabido que podía contar con él.
—Solo te mandé un mensaje —dice ella.
—Y yo vine.
—Podrías haber contestado.
—Contesté.
—Y luego viniste.
—Porque no tenías dónde dormir.
—Habría encontrado algún sitio.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—Ahí está exactamente el problema.
Emma se cruza de brazos.
—No puedes presentarte así sin más y decidir que sabes lo que me conviene.
—No he decidido nada.
—Estás discutiendo conmigo.
—Solo intento entender.
—No hay nada que entender.
—Estás sola en un edificio donde te están desmontando la habitación, no tienes ningún sitio donde pasar la noche y aun así insistes en que todo está bajo control.
—Porque lo está.
—No lo está.
Su voz sigue baja, pero firme.
Emma nota que se le enciende la cara.
—No tienes ni idea de lo que está bajo control en mi vida.
—Sé lo suficiente.
—No, no lo sabes.
—Emma.
—Te presentas aquí en cuanto mi hermano se va y actúas como si te hubieran encomendado una misión.
—No estoy actuando así.
—Sí que lo haces. Ethan te pidió que me vigilaras y ahora crees que tienes que arreglarlo todo.
Nathan se queda quieto.
Emma se da cuenta de que ha dado con algo.
—Eso es lo que te pidió, ¿verdad?
—Me pidió que estuviera disponible.
—¿Disponible para qué?
—Para ayudarte si lo necesitabas.
—No lo necesito.
—Entonces, ¿por qué me llamaste?
La pregunta corta la discusión de golpe.
Emma abre la boca, pero no le sale ninguna respuesta.
Nathan no levanta la voz. No la acusa. Solo pregunta, y el silencio de ella ya es respuesta suficiente.
Él baja la vista al suelo un momento.
—Me enviaste un mensaje.
—Lo sé.
—Te pregunté si había pasado algo.
—Lo sé.
—Dijiste que necesitabas ayuda.
—Lo sé.
—Pues no lo conviertas en una excusa para apartarme.
Emma siente que la rabia empieza a ceder y deja en su lugar algo más difícil de soportar.
—No estoy intentando apartarte.
—Pues lo parece.
—Es solo que…
Se interrumpe.
No sabe cómo explicarle que tenerlo cerca lo complica todo aún más. Que desde la noche anterior no puede pensar en Nathan sin recordar la cocina y cómo la miró. Que aceptar su ayuda le parece peligroso porque sus sentimientos ya se le escapan de las manos.
Nathan da un paso hacia ella.
—¿Solo qué?
Emma lo mira.