La única regla que rompemos Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Caleb apoya la cuchara en la olla.

—No he preguntado por lo de ayer.

Nathan siente que se le calienta la cara, pero mantiene la expresión neutra.

Ethan los mira a los dos.

—¿Qué pasó ayer?

—Nada —responden Nathan y Caleb a la vez.

Ethan sonríe despacio.

—Interesante.

Nathan se sienta a la mesa y coge el plato.

—Come.

—No cambies de tema.

—Tengo hambre.

—Siempre tienes hambre.

—Entonces es un tema relevante.

Caleb se echa a reír.

Ethan niega con la cabeza, pero no insiste. Nathan se lo agradece en silencio.

No quiere hablar de Emma.

No quiere oír a Caleb pronunciar su nombre.

No quiere que Ethan se dé cuenta de que le basta recordar la noche anterior para ponerse inquieto.

Durante la cena, intenta centrarse en temas normales. El entrenamiento del día siguiente, el próximo partido, el viaje de Ethan, la rutina del piso.

Pero cuando Ethan se levanta para ir a buscar el móvil al coche, Nathan lo sigue hasta la puerta.

—¿De verdad estás bien? —pregunta Ethan antes de salir.

Nathan se cruza de brazos.

—Ya me lo has preguntado.

—Y aún no me has contestado.

—Estoy bien.

Ethan pone la mano en el pomo de la puerta.

—No te estoy pidiendo nada complicado.

—Lo sé.

—Es solo que no quiero que a Emma le pase algo y decida apañárselas ella sola.

—Puede llamarme.

—¿Puede llamarte?

La pregunta es sencilla. La respuesta debería ser obvia.

—Puede.

—¿Incluso en plena noche?

—Si lo necesita.

—¿Aunque estés entrenando?

—Ethan.

—Solo quiero asegurarme.

Nathan mira a su amigo.

—Puede llamarme a cualquier hora.

Ethan asiente.

—Gracias.

—Ya me lo has agradecido.

—Te lo volveré a agradecer.

—No hace falta.

—Sí, sí que hace falta.

Ethan abre la puerta, pero antes de salir añade:

—Ah, y Nathan…

—¿Sí?

—No trates a Emma como una obligación.

Nathan siente que se le tensa el estómago.

—Nunca haría eso.

—Lo sé. Pero necesitaba decírtelo.

—¿Por qué?

Ethan lo mira durante unos segundos.

—Porque merece a alguien que elija estar a su lado.

La frase se queda flotando entre ellos incluso después de que Ethan se va.

Nathan cierra la puerta despacio.

Elegir estar al lado de Emma.

Ya había elegido.

Quizá mucho antes de darse cuenta.

...

Ethan se marcha dos días después.

Nathan lo acompaña a la estación, le ayuda a meter las bolsas en el maletero y escucha una última vez las instrucciones que su amigo lleva repitiendo desde la semana anterior.

—¿Hablarás con ella?

—¿Con quién?

—Con Emma.

—Hablo con ella casi todos los días.

—No me refiero a responder mensajes en el grupo de la familia.

—¿Entonces a qué te refieres?

—A asegurarte de que está bien.

Nathan levanta la vista.

—Acabas de decir que no quieres que la trate como una obligación.

—Saber cómo está alguien no es una obligación.

—Para ti sí lo es.

—Para mí, sí.

—¿Y para Emma?

Ethan se queda callado.

Nathan suaviza la voz.

—Estaré disponible. Si necesita algo, la ayudaré. Pero no voy a aparecer sin motivo ni actuar como si no pudiera cuidarse sola.

—Está bien.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Nathan asiente.

Anuncian la salida del tren. Ethan abraza a su amigo con fuerza, le da una palmada en la espalda y se aparta.

—Cuídate.

—Tú también.

—Y cuida de Emma.

Nathan suspira.

—Vete ya, Ethan.

Ethan sonríe y sube al tren.

Nathan se queda en el andén hasta que lo pierde de vista. Solo entonces vuelve al coche.

Durante el trayecto de vuelta, piensa en escribirle a Emma.

Tu hermano ya ha subido al tren.

Lo borra.

Ethan se ha ido.

Eso también lo borra.

Si necesitas algo…

Nathan deja de escribir.

No había motivo para escribirle. Emma sabía que Ethan se iba de viaje. Sabía que Nathan iba a acompañarlo. Si necesitaba hablar con él, podía escribirle.

Aun así, cuando llega al apartamento, Nathan mira el móvil dos veces.

Ningún mensaje.

Deja el teléfono en la encimera e intenta ocupar la mente con cualquier cosa. Se ducha, se prepara algo de comer, abre el ordenador y empieza a repasar un trabajo de la universidad.

Cuarenta minutos después, se da cuenta de que lleva demasiado tiempo mirando la misma línea.

Coge el móvil.

Ningún mensaje.

Nathan frunce el ceño.

Esto es absurdo.

Emma no tiene ninguna obligación de hablar con él. No son pareja. Ni siquiera son amigos íntimos por elección propia. El vínculo que los une existe por Ethan, por sus familias, por los años que han compartido.

No debería esperar que le escriba.

No debería importarle si lo ha hecho o no.

El móvil vibra sobre la encimera.

Nathan lo coge tan rápido que casi se le cae.

El mensaje es de Emma.

Nathan, ¿estás ocupado?

El corazón se le acelera.

Lee la pregunta por segunda vez.

Y luego por tercera.

Los dedos se le quedan suspendidos sobre la pantalla mientras intenta decidir cuál es la respuesta más adecuada.

Al final, escribe:

No. ¿Ha pasado algo?

La respuesta de Emma llega unos segundos después.

Necesito ayuda con un problema en la residencia.

Nathan se levanta antes incluso de terminar de leer.

La preocupación que siente ya no es algo vago, oculto tras excusas.

Es directa.

Inmediata.

Intensa.

Emma lo necesita.

Y Nathan ya alarga la mano hacia las llaves.