La única regla que rompemos Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Ethan mantiene la vista en la carretera, pero a su voz se le va el tono de broma.

—Ya no es la niña que se escondía detrás de mí cuando discutíais los dos. Ha crecido.

Nathan siente que una tensión familiar se le extiende por el cuerpo.

—Lo sé.

—A veces creo que todavía no te has dado cuenta.

—Sí que me he dado cuenta.

—Entonces todo bien.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Porque siempre has tenido esa forma de mirarla, como si tuvieras que protegerla de todo.

—Es tu hermana.

—Y tú eres mi mejor amigo.

—Exacto.

—No me refería a eso.

Nathan aprieta la mandíbula.

El aparcamiento parece demasiado silencioso. El ruido lejano de un coche que pasa por la calle no basta para llenar el espacio que hay entre ellos.

—Emma me importa —dice él.

—Lo sé.

—Pero es tu hermana.

—Eso también lo sé.

—Entonces no hay ningún problema.

Ethan se gira por fin hacia él.

—Yo no he dicho que haya ninguno.

Nathan le sostiene la mirada a su amigo.

Por un segundo, piensa en contarle lo de la cocina. En el momento en que Emma lo miró y él olvidó lo que estaba a punto de decir. En cómo se le habían ido los ojos a la boca de ella.

Pero no hay nada que contar.

No hubo ningún beso.

No hubo ningún roce.

No hubo nada que pudiera interpretarse como cruzar una línea.

Solo una conversación.

Solo un momento.

Solo un deseo que Nathan controló.

—Yo me encargo —dice él.

Ethan parece satisfecho con la respuesta.

—Sé que lo harás.

Nathan arranca el coche.

De camino al apartamento, Ethan habla del viaje, del horario, del programa académico y de dónde se va a alojar. Nathan escucha, hace preguntas e intenta no pensar en Emma.

No puede.

Piensa en ella, en la cocina.

Piensa en la camiseta.

Piensa en cómo dejó de morderse el interior de la mejilla al darse cuenta de que él lo había notado.

Piensa en cómo le molestó que la trataran como a una niña.

Emma siempre ha sido inteligente. Más sensible de lo que dejaba ver y mucho más observadora de lo que la gente imaginaba. Nathan lo sabía. Lo sabía desde que ella, a los dieciséis, se dio cuenta antes que nadie de que Ethan ocultaba una lesión en el hombro.

Pero saber que Emma era inteligente no debería hacer que se fijara en la curva de su boca.

No debería hacer que recordara el olor de su pelo.

No debería darle ganas de tocarla.

—¿Me estás escuchando?

Nathan se da cuenta de que Ethan ha terminado de hablar.

—Sí.

—¿Qué he dicho?

—Que el piso está cerca del campus y que quizá tengas que comprar un escritorio.

Ethan entrecierra los ojos.

—He dicho que Emma quizá necesite un escritorio.

Nathan mantiene la vista en la carretera.

—Eso es lo que quería decir.

—No era eso.

—Sí lo era.

—Estás pensando en ella.

—Estoy conduciendo.

—Puedes hacer dos cosas a la vez.

—No cuando hablas sin parar.

Ethan se ríe.

Nathan no responde.

El problema era que, por mucho que intentara negarlo, sí estaba pensando en ella.

En la posibilidad de que Emma estuviera sola.

En que, si algo salía mal, seguramente fingiría que todo iba bien.

En el mensaje que quizá nunca enviaría porque no querría molestar a nadie.

La preocupación sería normal si viniera de Ethan.

En el caso de Nathan, debería ser solo una extensión de esa amistad.

Pero no era solo eso lo que sentía.

…

Cuando llegan al piso, Caleb está en la cocina preparando algo que huele a ajo y mantequilla. Levanta la vista en cuanto entran los dos.

—Habéis tardado.

—Empiezas a hablar igual que mi madre —responde Ethan.

—Alguien tiene que preocuparse por vosotros dos.

Nathan deja la bolsa en el suelo.

—¿Habéis cenado?

—No. Os estaba esperando.

—¿Por qué?

—Porque compré comida para tres y no quería comérmela yo solo.

—Te la comerías toda tú solo.

—Eso también es verdad.

Ethan se quita la chaqueta y se sienta a la mesa. Nathan va a la cocina a por agua, pero se queda lo bastante cerca para seguir la conversación.

Caleb pregunta por el viaje. Ethan responde. Nathan interviene cuando hace falta, pero se le va la atención varias veces.

Se conoce esa cocina de memoria. La encimera de madera, la ventana que nunca cierra del todo, la nevera cubierta de imanes y el calendario del equipo clavado junto al armario.

Nada ha cambiado.

Aun así, que Emma no esté allí se nota de un modo extraño.

Ella nunca ha estado allí.

Nathan lo sabe.

Emma ha estado en el apartamento unas cuantas veces, pero siempre con Ethan. Se sentaba en el sofá, se quejaba de que los dos lo dejaban todo tirado y se marchaba antes de que Nathan pudiera convencerla de quedarse a ver una película.

Nunca ha estado allí sola.

La idea le viene sin buscarla.

Emma sola en ese apartamento.

Emma con una camiseta de él.

Nathan cierra la botella de agua con más fuerza de la necesaria.

—¿Estás bien? —pregunta Ethan.

—Estoy bien.

—Estás apretando una botella de agua como si te hubiera ofendido.

Nathan se mira la mano y relaja los dedos.

—Estoy cansado.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque sigo cansado.

Ethan intercambia una mirada con Caleb.

Nathan se da cuenta.

—No empecéis.

—No hemos empezado nada —dice Caleb.

—Estáis pensando.

—Eso no es ningún delito —responde Ethan.

—Depende de lo que estéis pensando.

Caleb sirve la comida en los platos.

—Nos parece que estás raro desde ayer.

Nathan no mira a Ethan.

—Ayer no pasó nada.

La respuesta sale demasiado rápido.

El silencio que sigue lo confirma.