Capítulo 2
La petición de Ethan
Nathan Brooks acaba el entrenamiento cuando el reloj del gimnasio marca casi las diez de la noche.
Una fina neblina cubre el hielo, producto del contraste entre la baja temperatura de la pista y el aire más cálido que circula por las gradas vacías.
La mayoría de los jugadores ya han salido del vestuario.
Algunos siguen charlando junto a las taquillas; otros comentan la última jugada del entrenamiento como si acabara de terminar un partido decisivo.
Nathan sigue sentado en el banco, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas mientras se desata los patines.
Le duele todo el cuerpo de una forma familiar.
Hombros tensos, manos cansadas, un pinchazo persistente en el lateral de la rodilla izquierda.
Conoce ese dolor. Sabe que desaparecerá después de una ducha caliente, unas horas de sueño y, probablemente, una queja de Caleb por no aprender nunca a descansar.
—¿Vas a dormir aquí?
Nathan levanta la vista.
Caleb Morgan está de pie frente a él, con una toalla sobre los hombros y una botella de agua casi vacía. Tiene el pelo rubio mojado y conserva intacto su gesto divertido, a pesar del agotamiento.
—Me lo estoy pensando.
—Eso es peligroso.
—Lo dices porque no te gusta que piense antes de responder.
—Lo digo porque llevas cinco minutos mirándote los patines.
Nathan termina de desatarlos y empieza a guardarlos en su bolsa.
—Ethan va a venir a buscarme.
—¿Siempre viene Ethan a buscarte?
—Hoy sí.
Caleb se sienta a su lado.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—Has contestado demasiado rápido.
—No ha pasado nada.
Caleb lo observa unos segundos más, como si intentara averiguar si esa respuesta es verdad.
Nathan está acostumbrado. En los dos últimos años, Caleb ha aprendido a reconocer cada cambio en su comportamiento: cuándo está irritado, cuándo está preocupado, cuándo ha perdido un partido antes incluso de pisar el hielo.
—¿Es por el viaje? —pregunta Caleb.
Nathan cierra la bolsa.
—Probablemente.
Ethan va a pasar un semestre fuera. Nathan lo sabe desde hace unas semanas, desde que su amigo recibió la confirmación del programa académico. Aun así, la noticia parece pesar de otra manera a medida que se acerca la fecha de la marcha.
Ethan es una presencia constante. No solo en el grupo de amigos, sino en la rutina de Nathan. Los dos se conocieron en el primer año de universidad, cuando compartieron mesa en una clase a la que ninguno de los dos quería ir. Desde entonces, son inseparables.
Ethan sabe dónde guarda Nathan las llaves, qué comida compra cuando está cansado y cuántos minutos necesita quedarse en silencio después de perder un partido.
También es la persona que más confía en él.
Sobre todo cuando se trata de Emma.
Nathan coge la mochila y se levanta.
—¿Vuelves al apartamento?
—Luego.
—¿Vas a salir?
—Voy a hablar con Ethan.
—¿Y Emma?
La pregunta suena casual, pero ese nombre tiene un efecto inmediato.
Nathan aprieta con más fuerza la correa de la mochila.
—Seguramente estará en casa.
—¿Te sabes sus horarios?
—Es la hermana de Ethan. No es una niña desaparecida.
Caleb levanta las manos.
—No he dicho nada.
—Pero lo has pensado.
—Solo he preguntado.
Nathan le lanza una mirada.
Caleb sonríe.
—Vale. No diré nada más.
—Bien.
—Pero, para que lo sepas, has dicho su nombre tres veces en el entrenamiento.
Nathan se detiene.
—No lo he dicho.
—Sí que lo has dicho.
—¿Por qué?
—Ni idea. Puede que porque estabas harto del novato nuevo y has dicho que tenía la misma capacidad de atención que Emma cuando tiene sueño.
Nathan frunce el ceño.
Recuerda haberse quejado del novato. No recuerda haber usado a Emma como comparación.
—No tiene ningún problema de atención.
—No he dicho que lo tenga.
—Lo has insinuado.
Caleb se echa a reír.
—Eres imposible.
Nathan prefiere no contestar.
Ya sabe que lleva un tiempo siendo imposible.
Desde anoche, quizá.
Desde la cocina de los Carter, cuando Emma estaba frente a él con una camiseta vieja del equipo. Le quedaba demasiado grande y caía sobre un vestido oscuro que Nathan intentó no mirar. Lo intentó, pero no lo consiguió.
El problema no era ver a Emma con una camiseta de hockey.
El problema era saber que aquella camiseta había sido de él.
Se la había regalado a Ethan años atrás, después de un partido. Ni siquiera recordaba que siguiera existiendo. Y ahora, al verla puesta sobre el cuerpo de Emma, se le había despertado una sensación que Nathan no sabía nombrar sin reconocer cosas que no estaba preparado para admitir.
Emma lo había mirado como si ella también se hubiera dado cuenta.
Y cuando había estado a punto de tocarle la cara, había tenido que apartar la mano.
No porque no quisiera.
Sino porque lo deseaba demasiado.
—¿Vas a quedarte ahí plantado hasta mañana? —pregunta Caleb.
Nathan parpadea y vuelve a la realidad del vestuario.
—Ya me voy.
—Buena charla.
—No es una conversación difícil.
—Otra vez has respondido demasiado rápido.
Nathan no se molesta en discutir.
Sale del vestuario con la bolsa al hombro y recorre el pasillo que lleva a la salida lateral del pabellón. El campus está casi vacío. Las farolas se reflejan en el asfalto húmedo y el viento frío se le cuela por el cuello de la chaqueta.
Ethan está apoyado en su coche, con las manos en los bolsillos y una expresión que deja claro que lleva un rato esperando.
—Has tardado.
—El entrenamiento.
—Siempre tardas después de entrenar.
—¿Entonces por qué has venido tan pronto?
—Porque quería hablar contigo.
Nathan abre la puerta del copiloto y lanza la bolsa al asiento de atrás.
—¿Sobre el viaje?
—De todo.
Nathan se sube al coche, pero Ethan no se mueve. Se queda de pie fuera, mirándolo.
—¿Qué pasa?
—¿Estás bien?
—Estoy cansado.
—No es eso lo que te he preguntado.
Nathan apoya el brazo en la puerta.
—¿Caleb y tú os habéis puesto de acuerdo para interrogarme hoy?
—¿Caleb te ha preguntado algo?
—Me ha preguntado por Emma.
La expresión de Ethan cambia ligeramente.
—¿Por qué?
—No lo sé. Tal vez porque le has dicho que vas a pasar un semestre fuera.
—Yo no he hablado de eso con Caleb.
—Entonces no lo sé.
Ethan se sube al coche y cierra la puerta. Durante unos segundos, ninguno de los dos arranca el motor. El interior está a oscuras, iluminado solo por el salpicadero y las luces del aparcamiento.
—Necesito hablar de Emma —dice Ethan.
A Nathan se le cierra el pecho.
—¿Está bien?
—Sí, lo está.
—¿Entonces qué ha pasado?
—No ha pasado nada.
—Ethan.
—Te he dicho que está bien.
Nathan se relaja solo un poco.
Ethan se pasa una mano por la cara.
—Me voy este fin de semana.
—Lo sé.
—Y estaré fuera cinco meses.
—Eso también lo sé.
—Necesito que estés pendiente de ella.
Nathan lo mira.
La frase es sencilla, pero algo se le remueve por dentro.
—¿Qué quieres que haga?
—Que veas si está bien.
—Tiene veintiún años.
—Lo sé.
—Es adulta.
—Lo sé.
—Entonces no necesita que nadie esté pendiente de ella.
—No he dicho que ella lo necesite. He dicho que yo sí.
Nathan se queda callado.
Ethan mira al frente, a través del parabrisas.
—A Emma no le gusta preocupar a nadie. Cuando le pasa algo, intenta resolverlo sola. A veces no pide ayuda ni siquiera cuando está completamente perdida.
—No está perdida.
—Sé que no. Pero va a pasar sola en el campus más tiempo del habitual. Su madre ya está preocupada por la carga académica que lleva. Y yo también.
—Tiene a Olivia.
—Olivia es genial, pero no puede estar en todas partes.
Nathan se mira las manos.
—¿Quieres que la llame todos los días?
—No.
—¿Que me presente en la facultad?
—No.
—¿Que controle si ha comido, si ha dormido y si ha entregado los trabajos?
—Si haces eso, te mata.
—Entonces, ¿qué me pides exactamente?
Ethan se vuelve hacia él.
—Quiero que estés disponible.
La respuesta parece demasiado fácil.
Nathan conoce a Emma desde hace años. Si necesitara algo, la ayudaría. No había motivo para prometer lo que iba a hacer igualmente.
Aun así, la petición de Ethan lo incomoda.
Quizá porque imaginar a Emma sola en el campus también ha despertado algo en él. Una inquietud que no debería ser tan inmediata, tan intensa, tan difícil de ignorar.
—¿Ella sabe que me pides esto?
—No.
—Entonces no le digas que voy a estar pendiente de ella.
—No quiero que parezca que la vigilas.
—Ethan.
—Quiero que seas mi amigo. Si necesita algo, ayúdala.
Nathan echa la cabeza hacia atrás y la apoya en el respaldo del asiento.
—Hablas como si te fueras a otro país.
—Es una ciudad a cuatro horas de aquí.
—Entonces puedes volver.
—No si quiero aprovechar el programa al máximo.
—¿Y quieres aprovecharlo al máximo?
—Sí.
—Entonces hazlo.
Ethan sonríe, pero sigue con la cara tensa.
—No lo entiendes.
—Lo entiendo perfectamente. Quieres irte sin sentirte culpable.
—No.
—Que sí.
—Puede que un poco.
Nathan suelta un suspiro.
Su amistad siempre ha funcionado así. Ethan hablaba demasiado cuando estaba preocupado, y Nathan fingía no ver lo que se escondía detrás de sus palabras.
—Le echaré un ojo —dice al fin.
—Gracias.
—Pero no la voy a tratar como a una niña.
—No te lo he pedido.
—Y no me voy a meter en su vida.
—Tampoco te he pedido eso.
—Y no voy a aparecer en su habitación sin avisar.
Ethan se queda mirándolo.
—¿Por qué me haces una lista?
—Porque tienes que entender que Emma no necesita un guardaespaldas.
—Lo sé.
—Tampoco necesita que nadie decida qué es lo mejor para ella.
—Lo sé.
—Y no necesita que yo te vaya contando cada paso que da.
—No te pediría eso.
Nathan levanta una ceja.
—Acabas de pedirme que le eche un ojo.
—Te he pedido que estés disponible.
—Es lo mismo dicho de otra manera.
—No lo es.
—Sí lo es.
—No lo es.
Los dos se callan.
Entonces Ethan se echa a reír.
Nathan no puede evitar sonreír.
Por eso lo suyo siempre ha funcionado. Incluso cuando no estaban de acuerdo, entre ellos había una naturalidad que Nathan no había encontrado con nadie más.
Ethan se recuesta en el asiento.
—Sabes que ha cambiado, ¿verdad?
La pregunta le borra la sonrisa a Nathan.
—¿Emma?
—Sí.
—Siempre está cambiando. Como todo el mundo.
—No hablo de la universidad ni del pelo.
Nathan lo mira.