La única regla que rompemos Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Lo estoy.

—¿Segura?

—¿Por qué no iba a estarlo?

—No lo sé.

—Entonces no preguntes.

Nathan suelta el plato.

—Estás distinta.

Emma apoya las manos en la encimera.

—Eso lo dice todo el mundo cuando alguien crece.

—No me refería a eso.

—¿Y a qué te referías?

Nathan se queda callado.

Emma lo mira, aunque una parte de ella quiere salir de la cocina cuanto antes.

—Sigues tratándome como si tuviera quince años.

—Porque eras una niña cuando te conocí.

—Ya no tengo quince años.

—Lo sé.

La respuesta llega demasiado rápido.

Emma nota cómo cambia el aire.

Nathan también parece notarlo, porque aparta la mirada y se pasa una mano por la nuca.

—Sé que no tienes quince años.

—Pero sigues actuando como si los tuviera.

—Intento comportarme de forma que no complique las cosas.

—¿Qué cosas?

Él vuelve a mirarla.

Esta vez la mirada se le demora.

La mirada de Nathan baja hasta la boca de Emma y vuelve a sus ojos. El movimiento es lo bastante lento para que ella tenga la certeza de que no se lo ha imaginado.

El corazón le late con fuerza.

—¿Llevas puesta mi camiseta? —pregunta él.

Emma se mira.

La sudadera que lleva sobre el vestido es vieja y le queda grandísima, con el logo del equipo de hockey de la universidad.

—Es de tu equipo.

—Antes era mía.

—La encontré en el cuarto de Ethan.

—Se la di yo.

—Entonces no es tuya.

—No he dicho que lo sea.

—Me lo has preguntado.

—Solo quería saberlo.

—Pues ya lo sabes.

La respuesta de Emma debería hacerlo retroceder. En cambio, Nathan da un paso hacia ella.

No es gran cosa. Solo lo justo para acortar la distancia entre los dos.

Emma percibe su olor. Jabón, tela limpia y algo amaderado que quizá sea su colonia. Es un aroma familiar, pero nunca le había parecido tan intenso.

—¿Siempre te pones así cuando estás nerviosa? —pregunta Nathan.

—¿Así cómo?

—Provocadora.

—No estoy nerviosa.

—Te estás mordiendo la mejilla.

Emma lo deja al instante.

Nathan se da cuenta.

Cómo no.

—De verdad que te fijas demasiado —susurra ella.

—Puede ser.

La palabra queda flotando entre los dos.

Nathan está lo bastante cerca para que Emma distinga la pequeña cicatriz que tiene junto a la ceja. Lo bastante cerca para darse cuenta de que en sus ojos ya no queda la misma expresión divertida de antes.

Parece tan inseguro como ella.

Durante unos segundos, Emma se permite imaginar qué pasaría si no hubiera una puerta abierta al salón, si Ethan no estuviera a unos pasos, si Nathan no fuera el mejor amigo de su hermano.

Quizá la tocaría.

Quizá se inclinaría hacia ella.

Quizá la besaría en la boca.

La imagen es tan vívida que Emma casi siente el movimiento antes de que ocurra.

Nathan levanta la mano, pero no la toca. Los dedos se le quedan en el aire, cerca de la cara de Emma, como si estuviera a punto de apartarle un mechón de pelo.

Luego baja la mano.

El gesto parece costarle un esfuerzo.

—¿De verdad estás bien? —pregunta de nuevo, pero con la voz más baja.

Emma traga saliva con fuerza.

—Lo estoy.

—Emma.

—Lo estoy.

Esta vez la cree solo porque no le queda más remedio.

La voz de Ethan, que llama a Nathan, atraviesa la cocina.

Nathan retrocede de inmediato, como si lo hubieran sacado de golpe de un pensamiento peligroso.

—Voy —responde.

Sigue mirando a Emma un instante más.

—Buenas noches, Em.

El apodo suena distinto ahora. Menos familiar. Más íntimo.

Nathan da media vuelta y sale de la cocina.

Emma se queda inmóvil, con las manos apoyadas en la encimera y el corazón desbocado. Solo vuelve a respirar cuando oye la voz de él perderse por el pasillo.

Se toca los labios, aunque Nathan no llegó a acercarse lo bastante para besarla.

Aun así, algo ocurrió.

Puede que no con las manos.

Puede que no con un beso.

Pero ocurrió.

...

Más tarde, tumbada en la cama, Emma vuelve a clavar la vista en el techo.

El móvil vibra junto a la almohada.

Da por hecho que será Olivia, pero el mensaje es de Nathan.

Te has dejado el cuaderno en el sofá. Mañana te lo llevo.

Emma lee el mensaje.

Y lo vuelve a leer.

No tiene nada de especial. Nathan solo le está avisando de que ha encontrado el cuaderno. Y, aun así, a Emma le entran ganas de sonreír.

Escribe:

Puedes dejarlo en la cocina.

La respuesta llega casi de inmediato.

Te lo doy en persona.

Emma se queda mirando la pantalla.

No hace falta.

Los tres puntos aparecen. Desaparecen. Vuelven a aparecer.

Nathan está escribiendo.

Por fin llega el mensaje.

Lo sé.

Emma aprieta el móvil contra el pecho.

Abajo, el coche de Nathan sale del camino de entrada. No lo ve, pero reconoce el motor, que se aleja calle abajo.

Durante años, Nathan la vio como la hermana pequeña de Ethan.

La niña a la que había que proteger.

La niña que no sabía defenderse de sus propias emociones.

Pero esa noche, por primera vez, Emma nota un cambio en cómo él la mira.

Y quizá Nathan también lo haya notado.

Quizá por fin haya entendido que ella ya ha crecido.

Que ya no es la adolescente que corría detrás de los dos por toda la casa.

Que no es su hermana.

Y que, si sigue mirándola así, puede que ninguno de los dos pueda seguir disimulando mucho más.