La única regla que rompemos Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Es ridículo reaccionar así ante un coche. Nathan podría llevar ya media hora en la casa. Podría estar en la cocina charlando con su madre. Puede que ni se haya dado cuenta de que ella ha llegado.

Aun así, Emma se mira en el espejo del recibidor antes de entrar.

Ahora lleva el pelo suelto, que le cae sobre los hombros. Se ha cambiado la ropa de la universidad por un vestido sencillo de punto oscuro, lo bastante corto para ser cómodo, pero no tanto como para que parezca que lo ha elegido por él.

Y no lo ha hecho.

Al menos eso es lo que se repite mientras deja el bolso en la mesa.

—Ya estás en casa —dice su madre desde la cocina.

—Ya estoy en casa.

—¿Puedes avisar a tu hermano? Está en su habitación.

Emma oye voces arriba. La de Ethan y la de Nathan. La segunda le encoge el pecho de un modo que la irrita.

Sube los primeros escalones, pero se detiene al oír unas risas.

Nathan.

Emma cierra los dedos en torno a la barandilla y respira hondo. Durante unos segundos, se plantea volver al salón y fingir que no ha oído nada. Sería más fácil. Podría esperar a que bajaran.

Pero eso sería justo la clase de comportamiento que Olivia calificaría de sospechoso.

Así que Emma sigue subiendo.

La puerta del cuarto de Ethan está abierta. Los dos están sentados en el suelo, rodeados de cajas y algunas maletas. Ethan dobla la ropa de cualquier manera mientras Nathan sostiene una camisa entre los dedos y la mira con desaprobación.

—Si te llevas eso, vas a necesitar un espejo para recordar quién eras antes de ponértela —dice Nathan.

—Es una camisa.

—Es un delito.

Ethan la ve en la puerta.

—Por fin. Dile que la camisa queda bien.

Emma mira a Nathan.

Él levanta la vista en ese mismo instante.

Durante una fracción de segundo, ninguno de los dos dice nada.

Nathan lleva una camiseta gris de manga corta, vaqueros oscuros y botas. Tiene el pelo castaño algo revuelto, como si se hubiera pasado los dedos por él varias veces. Tiene una pequeña marca rojiza junto a la ceja, probablemente del entrenamiento.

Emma ha visto a Nathan miles de veces.

Pero no así.

O puede que nunca se hubiera permitido mirarlo de verdad.

La mirada de él le recorre la cara deprisa, baja al pelo y al vestido y vuelve a sus ojos. Es un movimiento rápido, casi imperceptible.

Aun así, Emma lo siente.

Nathan es el primero en apartar la mirada.

—Hola, Em.

La forma en que pronuncia su apodo debería resultarle familiar. Debería recordarle al chico que le robaba las patatas fritas y le lanzaba cojines.

En cambio, su voz ronca hace que algo se le tense por dentro.

—Hola.

Ethan levanta la camisa.

—¿Y bien?

—Es horrible.

Nathan sonríe.

—Gracias.

—Se lo decía a Ethan.

—Lo sé.

Ethan le lanza la camisa, pero Nathan la esquiva sin esfuerzo.

—¿Te quedas a cenar? —pregunta Emma, fingiendo despreocupación.

—Tu hermano me ha obligado.

—Mentiroso —dice Ethan—. Has venido porque mi madre cocina mejor que la tuya.

—Eso también.

Emma se apoya en el marco de la puerta.

—Pues entonces todo bien.

Nathan inclina la cabeza.

—¿Te vas a quedar aquí arriba o nos dejas un poco de intimidad?

Es una broma. Emma lo sabe. Nathan siempre bromea con ella. Siempre la pincha, siempre le habla como si fueran hermanos.

Aun así, la forma en que la mira le borra la respuesta durante unos segundos.

—Venía a llamaros.

—Ya lo has hecho.

—Pues entonces me voy.

Se da media vuelta antes de que nadie note que está incómoda.

—Emma.

La voz de Nathan la detiene.

Cuando mira hacia atrás, él está de pie. Ya no tiene la camisa en las manos y su expresión ha cambiado. No es exactamente seria, pero hay algo más atento en su cara.

—¿Vas a cenar con nosotros?

—Mi madre me lo ha pedido.

—No es eso lo que he preguntado.

A Emma se le acelera el corazón.

Ethan sigue sentado en el suelo, distraído con una de las maletas, ajeno, al parecer, a cómo la mira Nathan.

—Sí —responde ella.

—Bien.

Nathan esboza una leve sonrisa.

Es solo una sonrisa. Pero a Emma le queda la sensación de que él la ha elegido para algo, aunque no sabe para qué.

…

La cena empieza con Ethan hablando de su viaje.

Pasará el semestre en otra ciudad, en un programa académico que siempre ha querido hacer. La familia está orgullosa, su madre hace demasiadas preguntas y su padre insiste en saber si ha encontrado un piso decente.

Emma escucha, interviene cuando hace falta e intenta no fijarse en Nathan, sentado al otro lado de la mesa, justo enfrente.

No lo consigue.

Nathan se sirve de todo lo que tiene al alcance. Se queja de que la madre de Emma no haya puesto suficiente salsa en la pasta. Ethan le dice que es incapaz de comer como una persona normal. Nathan responde que las personas normales no sobreviven a los entrenamientos del equipo de hockey.

Emma intenta concentrarse en su plato.

—Hoy estás callada —comenta Nathan.

—Estoy cansada.

—¿Has estudiado demasiado?

—Puede.

—¿O piensas dejar la universidad y largarte a otro país?

Emma lo mira.

—Siempre crees que sabes cuándo te oculto algo.

—Te conozco desde hace mucho.

—¿Ah, sí?

La pregunta se le escapa antes de que pueda evitarlo.

Nathan se queda con el tenedor a medio camino de la boca.

Ethan mira a uno y luego al otro.

—No empecéis.

—Solo he hecho una pregunta —dice Emma.

Nathan deja el tenedor en el plato.

—Te conozco, Emma.

Oírle llamarla por su nombre y no por el apodo la afecta de un modo inesperado.

—Entonces dime algo que sepas de mí.

Nathan no responde de inmediato.

El silencio que sigue no debería resultar extraño, pero lo es.

—Odias la cebolla —dice él.

—Eso lo sabe cualquiera que haya cenado conmigo.

—Lees la última página de los libros antes de empezarlos.

Emma frunce el ceño.

—Eso no lo hago.

—Sí que lo haces.

—Que no.

—Lo haces cuando estás nerviosa.

Ella se calla.

Nathan continúa:

—No te gustan los sitios abarrotados, pero finges que sí para no decepcionar a tus amigos.

Cuando estás cansada, te recoges el pelo con lo primero que encuentras.

No soportas que te toquen las cosas, pero dejas que tu madre te reorganice la habitación porque sabes que le hace feliz.

Y te muerdes el interior de la mejilla cuando intentas no decir lo que de verdad piensas.

Emma nota que le sube el calor a la cara.

La mesa parece demasiado pequeña. La distancia entre ellos, aún más.

—¿Te acuerdas de todo eso?

—Me fijo.

La respuesta es sencilla.

Quizá demasiado sencilla.

Emma baja la vista al plato para disimular el efecto que le han causado las palabras de él. Antes Nathan nunca se fijaba en ella. No de ese modo. No como si sus costumbres merecieran la pena recordarlas.

Ethan se aclara la garganta.

—Vosotros dos estáis muy raros.

—Qué va —responden Emma y Nathan al mismo tiempo.

Se miran.

La madre de Emma se echa a reír y la tensión se relaja lo justo para que todos retomen la conversación. Pero Emma no puede olvidar cómo describió Nathan sus pequeñas costumbres. No puede olvidar que él nota cuándo está nerviosa, que sabe cuándo está disimulando.

Y, sobre todo, no puede olvidar que él le recorrió el vestido con la mirada antes de acordarse de que debía mirar a otro lado.

Después de la cena, Emma se ofrece a llevar los platos a la cocina. Su madre le dice que lo deje todo en el fregadero y vuelva al salón, pero ella se queda y abre el grifo.

Necesita unos minutos a solas.

Necesita dejar de sentir la mirada de Nathan incluso cuando no la está mirando.

Está enjuagando un plato cuando oye pasos a su espalda.

—¿Siempre te escapas a la cocina cuando no sabes qué decir?

Emma cierra el grifo.

Nathan está de pie junto a la entrada, con las manos en los bolsillos. La luz amarilla de la cocina le perfila los hombros y le deja media cara en sombra.

—No me estoy escapando.

—¿No?

—Estoy ayudando.

—Has dejado tres platos en el fregadero.

—Toda una aportación.

Él sonríe.

Emma se gira para dejar el plato en el escurridor, pero Nathan se acerca para quitárselo de la mano. Se tocan los dedos.

El contacto dura menos de un segundo.

Basta.

Emma contiene la respiración.

Nathan también lo nota. La sonrisa se le apaga poco a poco y sigue sosteniendo el plato entre los dos sin acabar de quitárselo.

—¿Estás bien? —pregunta él.