La única regla que rompemos Capítulo 1
2%
La única regla que rompemos

La única regla que rompemos

Por Isabella Gispert

© inepub.com

Capítulo 1

El hombre que ella no debería desear

Emma Carter se despierta cinco minutos antes de que suene la alarma, como casi todas las mañanas desde que empezó el último curso de carrera.

Durante unos segundos se queda quieta, mirando el techo blanco de su habitación mientras intenta recordar por qué decidió que terminar la carrera era buena idea.

La respuesta le llega antes de que pueda siquiera asimilarla: porque solo quedan unos meses.

Porque se ha pasado años estudiando para llegar hasta aquí.

Porque dejarlo ahora sería mucho más difícil que seguir adelante.

El móvil vibra en la mesilla.

Emma estira el brazo sin abrir los ojos y tantea hasta encontrarlo. La pantalla se enciende e ilumina la habitación, todavía a oscuras: tres mensajes nuevos.

El primero es de Olivia.

¿Ya estás despierta o hoy vas a fingir que eres una persona funcional?

El segundo llega unos segundos después.

Y no puedes contestar «ya voy» si todavía estás en pijama.

Emma sonríe a pesar del sueño y escribe:

Estoy despierta.

Olivia responde al instante.

Mentirosa.

Emma deja el móvil en la cama, se incorpora y se recoge el pelo en un moño improvisado.

La habitación está exactamente como la dejó la noche anterior: libros apilados junto al escritorio, una taza vacía cerca del ordenador y dos blusas tiradas sobre el sillón que, en teoría, debería estar despejado.

Mira el espejo que hay pegado a la puerta del armario.

No hay nada especial en su aspecto. Lleva el pelo castaño recogido de cualquier manera, los ojos todavía cargan con el peso de una noche en vela y la camiseta ancha le desaparece bajo una vieja sudadera de la universidad.

Así es como prefiere empezar los días: sin llamar la atención, sin tener que pensar demasiado, sin darle a nadie un motivo para detenerse a mirarla.

Sobre todo a Nathan Brooks.

El pensamiento llega tan rápido que Emma casi puede fingir que no lo ha tenido.

Casi.

Coge unos vaqueros, se cambia a toda prisa y se da un poco de corrector bajo los ojos.

Cuando baja a la cocina, encuentra a su madre preparando café y a su padre leyendo las noticias en la tablet.

En casa de los Carter hay movimiento incluso en las mañanas más tranquilas.

Siempre hay una puerta que se abre, un grifo abierto o alguien preguntando dónde está algo.

—¿Has dormido? —pregunta su madre.

—Más o menos.

—Eso no es una respuesta.

—Entonces no he dormido mucho.

Su padre baja la tablet y mira a Emma por encima de las gafas.

—Último curso. Necesitas descansar.

—Lo sé.

—Y necesitas comer.

—Eso también lo sé.

—Y necesitas dejar de contestar a todo como si ya tuvieras treinta años.

Emma coge una tostada del plato que hay sobre la encimera.

—Si no contesto, seguís hablando.

Su madre sonríe, pero antes de que pueda decir nada, el móvil de Emma vuelve a vibrar. Mira la pantalla y ve un mensaje de Olivia.

Estoy aparcando. Si no sales en dos minutos, entro y le cuento a tu madre lo de la fiesta del viernes noche.

Emma levanta la vista.

—Tengo que irme.

—¿No vas a desayunar? —pregunta su madre.

—Me lo llevo.

Coge el termo, se mete la tostada en la boca y va a toda prisa hacia la puerta. Antes de que pueda salir, su madre la llama:

—Emma.

Se da la vuelta.

—Nathan viene a cenar esta noche.

Emma se detiene con la mano en el pomo.

Es solo una frase. Un simple dato. Algo que pasa lo bastante a menudo para no justificar la reacción de su cuerpo.

Nathan viene a cenar.

Por alguna razón, el café parece perder todo el sabor.

—Ah.

Su madre frunce el ceño.

—¿Ah?

—No lo sabía.

—Tu hermano le pidió que pasara antes de que se marchen. Tienen que hablar de un par de cosas.

Emma se obliga a asentir.

—Vale.

—¿Estarás en casa?

—Probablemente.

—Emma.

—Estaré en casa.

Su madre parece conformarse, pero Emma ya está abriendo la puerta. Fuera, Olivia toca el claxon dos veces, impaciente como siempre.

Emma sale antes de que su madre pueda añadir nada más.

...

—Tienes una cara horrible.

Olivia lo dice en cuanto Emma se sube al coche.

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. Tienes una cara horrible.

—No he dormido mucho.

—¿Estabas estudiando?

—No.

—¿Te quedaste viendo series?

—Tampoco.

Olivia arranca el coche y la mira.

—¿Y qué ha pasado?

Emma se abrocha el cinturón y ve desaparecer la casa por el retrovisor.

—Nathan viene a cenar esta noche.

Olivia no responde de inmediato. Se limita a salir de la calle e incorporarse a la carretera principal.

—Ya veo.

—¿Ya está?

—Estoy intentando decidir si decirte que se te tiene que pasar esta obsesión o apoyarte como una buena amiga.

—No estoy obsesionada con él.

—Te has puesto pálida al decir su nombre.

—Hace frío.

—Estamos en septiembre.

Emma se cruza de brazos.

—No me gusta en ese sentido.

Olivia suelta una risa seca.

—¿Y quieres que me lo crea?

—Sí.

—Pues lo siento, pero no puedo.

Nathan Brooks siempre ha formado parte de la vida de Emma.

Primero como el mejor amigo de Ethan, su hermano mayor.

Después, como el chico alto y escandaloso que se presentaba en casa de los Carter casi a diario, jugaba a videojuegos en el salón, saqueaba la nevera y discutía con Ethan por todo y por nada.

Por entonces, Nathan tenía diecisiete años y Emma catorce. Para él, ella era solo la hermana pequeña de su mejor amigo. La niña que llevaba aparato en los dientes, escondía chocolatinas en su cuarto y se asomaba por las escaleras para escuchar sus conversaciones.

Solía revolverle el pelo al pasar.

La llamaba Em.

Le preguntaba si había hecho los deberes.

Durante años, Emma creyó que no había nada de malo en que la vieran así. Nathan era como una presencia permanente, casi parte de la familia. Seguro. Familiar. Imposible de desear.

Hasta que dejó de serlo.

El cambio no ocurrió de golpe. No hubo un momento concreto que Emma pudiera señalar como el comienzo.

Quizá fue el verano en que Nathan volvió a casa después de su primer año en la universidad, más alto, más fuerte, con los hombros anchos ocultos bajo una camiseta oscura.

Quizá fue cuando se inclinó para coger una botella de agua en la cocina y Emma se dio cuenta de que no podía apartar la mirada.

O quizá fue antes, cuando comprendió que Nathan nunca volvería a ser solo el chico que le revolvía el pelo.

—Estás muy callada —comenta Olivia.

—Estoy pensando.

—Eso nunca es bueno.

—Estoy pensando que Nathan no es tan importante.

—Sabes que, por mucho que lo repitas, no es verdad, ¿no?

Emma mira por la ventanilla. El campus asoma más adelante, concurrido y ruidoso, con estudiantes que cruzan las calles, bicicletas apoyadas en los árboles y grupos de gente junto a los edificios.

—Yo solo creo que exageras.

—Emma, te sabes de memoria el número de su camiseta.

—Juega al hockey. Todo el mundo se sabe el número de su camiseta.

—Te sabes sus horarios de entrenamiento.

—Porque un par de veces mi hermano me pidió que le recogiera unas cosas allí.

—Sabes que odia el café sin azúcar.

—Eso es información normal.

—Sabes qué canción escucha cuando está de mal humor.

Emma abre la boca, pero no encuentra respuesta.

Olivia sonríe.

—Lo que yo pensaba.

—Eres insoportable.

—Y tú estás enamorada.

—No lo estoy.

—Vale.

—No lo estoy.

—He dicho que vale.

Emma le lanza una mirada de fastidio, pero Olivia se limita a aparcar cerca del edificio de Bellas Artes y apagar el motor.

—Puedes negarlo todo lo que quieras —dice su amiga—. Lo que no puedes es fingir que sigue siendo el mismo chico de hace cinco años.

Emma coge la mochila.

—Para él sigo siendo la hermana pequeña de Ethan.

—Ese es el problema.

—No es un problema si no hago nada.

—No tienes que hacer nada. Pero puede que ya sea hora de admitir que te gustaría que te mirara de otra manera.

Emma abre la puerta del coche.

—Nunca me mirará así.

—Puede que no.

—Gracias por el apoyo.

—Soy realista.

Emma sale del coche y cierra la puerta.

Olivia baja la ventanilla.

—Pero si lo hace, quiero ser la primera en saberlo.

—Serás la última.

—Me vale igual.

Emma sonríe sin poder evitarlo y entra en el edificio.

Las clases ocupan toda la mañana. Pasa dos horas en un aula cargada, intentando seguir un debate sobre políticas públicas mientras el móvil le vibra en el fondo de la mochila.

En el descanso se encuentra con Olivia en la cafetería e intenta centrarse en la conversación sobre la presentación que tienen que entregar la semana que viene.

Lo intenta.

Pero al abrir el portátil ve un mensaje nuevo en el grupo de la familia.

Ethan ha escrito:

Nathan se pasa por casa esta noche a las ocho. No os acostumbréis.

Emma lee la frase dos veces.

Olivia, sentada frente a ella, se inclina para ver la pantalla.

—Lo ha confirmado.

—Ya lo sé.

—Estás nerviosa.

—No lo estoy.

—Llevas cinco minutos jugueteando con la tapa del café.

Emma se detiene.

Solo entonces se da cuenta de que ha estado girando la tapa entre los dedos.

—Es solo Nathan.

Olivia apoya el mentón en la mano.

—Exacto. Ese es el problema.

Emma intenta volver al trabajo, pero las palabras de la pantalla se le desdibujan unas con otras. Nathan siempre ha sido solo Nathan. El mejor amigo de su hermano. El hombre que conocía a su familia, sus costumbres y todas las versiones de ella que existieron antes de esta.

La vio con el pelo mal cortado a los quince.

La vio llorar porque no la cogieron en el grupo de danza.

La vio cuando perdió a su abuela.

La vio cuando le llegó la carta de admisión de la universidad y abrazó a Ethan en el porche.

Nathan estuvo presente en casi todas las etapas de la vida de Emma. Quizá era eso lo que hacía que todo resultara tan absurdo. No era atracción por un desconocido. Era un sentimiento que crecía en un lugar donde, durante años, Emma había creído que nada podía cambiar.

Esta noche, a las ocho, estará en el salón de casa, intentando aparentar que no lo espera.

Y Nathan probablemente seguirá revolviéndole el pelo.

…

Cuando Emma llega a casa, lo primero que ve es el coche de Nathan aparcado en la entrada.

Un escalofrío la recorre antes de que pueda evitarlo.

—No —murmura para sí.