15 - Todos los No que Sean Necesarios #2
Las semanas siguientes fueron intensas. La crisis que había provocado su regreso exigió largas reuniones, negociaciones y viajes internos.
Camila y él mantuvieron el contacto, pero ninguno intentó convertir la distancia en una rutina artificial.
Algunas noches hablaban durante una hora.
Otras, intercambiaban apenas dos mensajes.
Rayan enviaba fotografías de Al-Qamar. Camila le mostraba detalles de los proyectos que comenzaba a coordinar en Brasil.
Poco a poco, ambos descubrieron algo que antes parecía imposible: podían seguir presentes sin exigir una presencia constante.
Casi un mes después, Camila recibió un correo electrónico inesperado.
El mensaje provenía de una fundación internacional dedicada a la preservación del patrimonio histórico, una organización con la que ya había tenido contacto indirecto durante el proyecto de Al-Qamar.
La fundación había sido elegida para coordinar una nueva etapa técnica del programa de preservación de la región, ahora orientada a la formación de profesionales locales, la documentación de las técnicas utilizadas y la creación de directrices que pudieran aplicarse en otros sitios históricos.
Querían entrevistarla para el puesto de consultora principal.
El contrato no exigiría residencia permanente en Azhar.
El trabajo se dividiría entre periodos presenciales, actividades a distancia y viajes técnicos.
Camila leyó la propuesta tres veces.
La primera reacción fue alegría.
La segunda, desconfianza.
Rayan.
Tomó inmediatamente el teléfono.
Se detuvo antes de llamar.
No quería acusarlo sin saber.
Pasó los dos días siguientes investigando.
Habló con la directora en Brasil, se puso en contacto con la fundación y preguntó directamente cómo había llegado su nombre al proceso de selección.
Descubrió que el equipo internacional que había trabajado en Al-Qamar había recomendado a varios profesionales.
Su nombre aparecía en informes técnicos mucho antes de que su relación con Rayan se hiciera pública.
Aun así, existía una conexión con Azhar.
Camila hizo otra pregunta.
La respuesta llegó la tarde siguiente.
El gabinete del príncipe heredero había sido consultado porque el programa recibiría apoyo institucional del gobierno.
Rayan había respondido por escrito que ningún miembro de la familia real debía participar en la elección de los profesionales y había determinado que todas las decisiones técnicas fueran tomadas exclusivamente por la fundación y por un comité independiente.
Camila se quedó mirando el correo.
Él lo sabía.
Sabía que aquella oportunidad podía llegar hasta ella.
Y había elegido no tocarla.
Aquella noche, llamó.
Rayan respondió rápidamente.
—Hola.
—Tú lo sabías.
Hubo un pequeño silencio.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Fundación Internacional de Patrimonio.
Rayan entendió.
—Ah.
—¿“Ah”?
—No sé qué respuesta esperas.
—¿Sabías que estaban considerando mi nombre?
—Sabía que tu nombre estaba en una lista.
—Y no me dijiste nada.
Rayan respiró profundamente.
—No me correspondía contártelo.
Camila cerró los ojos.
Meses atrás, aquella frase habría significado otra cosa.
Ahora significaba exactamente lo contrario.
—Pediste no participar en la selección.
—Pedí que nadie del palacio participara.
—¿Por qué?
—Porque si te elegían, quería que supieras que había sido por ti.
Camila sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Rayan continuó:
—Y si no te elegían, necesitaba aceptar que tampoco era decisión mía.
Ella permaneció en silencio.
—¿Estás enfadada?
Camila soltó una pequeña risa.
—No.
—Eso es bueno.
—Estoy intentando entender cuándo te volviste tan sensato.
—No exageres.
Camila caminó hasta la ventana.
La ciudad se extendía debajo del apartamento. Brasil a un lado. Azhar a miles de kilómetros.
Durante tanto tiempo, había visto solamente dos posibilidades.
Quedarse con Rayan y entrar completamente en su mundo.
O preservar su propia vida y permanecer lejos.
Ahora existía una tercera posibilidad.
No porque Rayan hubiera comprado una solución.
Sino porque ambos habían aprendido a dejar espacio.
Camila participó en las entrevistas.
No pidió ayuda a Rayan.
Él no la ofreció.
Dos semanas después, recibió la confirmación.
El puesto era suyo.
Cuando leyó el contrato, comprendió que podría mantener su trabajo en Brasil y trabajar internacionalmente durante periodos determinados. Habría viajes frecuentes a Azhar, pero también proyectos en otros países.
Era exactamente el tipo de carrera que había querido construir.
Y no se lo debía a Rayan.
Camila cerró el ordenador.
Permaneció un rato en silencio.
Después caminó hasta la sala, donde Teresa corregía algunos trabajos.
—Mamá.
Teresa levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
—Creo que voy a tener que viajar.
—¿Por trabajo?
Camila sonrió.
—También.
Su madre la observó durante unos segundos.
—¿Azhar?
—Azhar.
Teresa dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Y Rayan?
Camila respiró profundamente.
—También.
Su madre sonrió.
—Entonces, ¿finalmente decidiste?
Camila pensó.
—Creo que sí.
Pero había algo que necesitaba hacer antes.
Aquella noche, abrió la página de la aerolínea.
No llamó a Nabil.
No pidió que Rayan enviara un avión.
No se lo contó a Layla.
Eligió una fecha, compró el billete y cerró el ordenador.
Rayan había pasado meses intentando conseguir un sí.
Después había aprendido que no tenía derecho a él.
Quizá fuera precisamente eso lo que hacía que Camila finalmente pudiera dárselo.
Porque ahora comprendía que podía amar a Rayan sin desaparecer.
Podía caminar a su lado sin caminar detrás de él.
Podía entrar en el palacio y seguir siendo la mujer que un día había salido de allí.
Camila no pertenecía a Rayan.
Rayan no pertenecía a Camila.
Pero quizá esa fuera la parte más hermosa.
Ninguno de los dos necesitaba poseer al otro para elegir quedarse.
Y, por primera vez desde que conoció al hombre que nunca había necesitado preguntar dos veces, Camila sabía exactamente cuál sería su respuesta.