13 - El Palacio Después de Ella #2
—El asunto con Amira terminó. Y no quiero que su nombre sea sustituido por otro dentro de seis meses.
Farouk se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie.
—Entonces quédate.
Hubo un tiempo en que Rayan jamás habría iniciado aquella conversación de esa manera.
No porque tuviera miedo de su padre, sino porque aceptaba ciertas expectativas como parte inevitable del papel que algún día desempeñaría.
Ahora comprendía que el silencio también era una elección.
Durante años, había permitido que otras personas trataran su futuro matrimonio como una cuestión estratégica porque nunca había existido nadie por quien valiera la pena cuestionarlo.
Ahora sí existía.
—Si algún día me caso, será con alguien a quien yo elija y que me elija a mí —dijo.
Farouk permaneció en silencio.
—¿Y si esa persona es Camila?
—Entonces será Camila.
—¿Aunque no quiera abandonar su profesión?
—Sobre todo si no quiere.
Farouk observó a su hijo con atención.
—Entiendes que eso creará dificultades.
—Sí.
—Viajes. Seguridad. Prensa. Compromisos.
—Sí.
—Y tal vez nunca quiera vivir permanentemente en Azhar.
Rayan sintió la antigua necesidad de encontrar una solución inmediata.
Esta vez, dejó que la incertidumbre existiera.
—Entonces tendremos que descubrir cómo funciona.
Farouk se recostó en la silla.
—¿“Tendremos”?
Rayan percibió la palabra.
—Si ella quiere.
El rey permaneció en silencio durante varios segundos. Algo parecido a la aprobación apareció discretamente en su mirada.
—Esa es una frase que antes no solías añadir.
Rayan casi sonrió.
Farouk se levantó y caminó hasta la ventana.
—Tu madre también odiaba cuando yo decidía cosas por ella.
Rayan permaneció inmóvil.
Su padre rara vez hablaba de Samira.
—Decía que convertía las soluciones en órdenes antes de preguntar si realmente existía un problema.
Rayan dejó escapar una respiración baja.
—Suena familiar.
—Por desgracia.
Farouk sonrió por primera vez.
El recuerdo de su esposa suavizó sus facciones durante unos segundos.
Contó que, durante los primeros años de matrimonio, también había creído que proporcionar todo significaba cumplir perfectamente con su papel de esposo.
Samira había tardado tiempo en enseñarle que el cuidado sin escucha podía convertirse en otra forma de control.
Rayan escuchó en silencio. Resultaba extraño descubrir que el hombre cuya educación le había enseñado tanta rigidez había cometido errores parecidos.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
Farouk lo miró.
—Porque los padres también cometemos el error de mostrar a nuestros hijos únicamente aquello que creemos que necesitan ver.
La frase creó una comprensión silenciosa entre ambos.
Rayan preguntó si Farouk realmente se opondría a Camila si algún día ella decidía regresar. El rey tardó en responder.
—Me opondría a una relación que destruyera el futuro de cualquiera de los dos.
—Eso no fue lo que pregunté.
Farouk reconoció su propia evasión.
—No. No me opondría a ella por quien es.
Rayan asintió.
—Pero tendrás que aceptar una cosa —continuó Farouk—. Si quieres a una mujer que no fue criada para encajar en esta estructura, quizá sea la estructura la que tenga que aprender a hacerle espacio.
Rayan sintió que aquella frase completaba algo que llevaba intentando comprender desde la partida de Camila.
No necesitaba ofrecerle libertad.
Necesitaba dejar de tratarla como una concesión.
Aquella noche, regresó a sus aposentos y abrió el teléfono. La conversación con Camila permanecía en silencio. Por primera vez, no sintió la necesidad de escribir un mensaje cuidadosamente calculado.
Llamó a Nabil.
El jefe de gabinete respondió al segundo tono.
—Necesito que prepares el avión.
Hubo una pausa.
—¿Adónde?
—Brasil.
Nabil guardó silencio durante unos segundos.
—¿Cuándo?
—Mañana.
—Organizaré a la tripulación.
Rayan miró por la ventana.
Un avión privado. Equipo. Seguridad. Vehículos esperando. Personas abriendo puertas antes de que él llegara.
La vieja vida siguiéndolo hasta Camila.
—No.
—¿Perdón?
—No prepares el avión.
Nabil permaneció en silencio.
Rayan casi podía imaginar su expresión.
—Compra un billete.
—¿Un vuelo comercial?
—Sí.
—¿Primera clase?
Rayan pensó.
—Nabil.
—Tengo que preguntar.
—Compra un billete normal.
—Seguridad va a quejarse.
—Seguridad siempre se queja.
—¿Farouk lo sabe?
—Todavía no.
—Eso también provocará quejas.
Rayan sonrió por primera vez en varios días.
—Entonces tendrás una mañana ocupada.
Cuando colgó, permaneció unos segundos mirando el teléfono.
No iría a Brasil para ofrecer un nuevo contrato.
No llevaría joyas.
No compraría una casa.
No crearía un estudio.
Ni siquiera sabía si Camila querría verlo.
La idea asustaba a Rayan más que cualquier negociación a la que se hubiera enfrentado.
Porque esta vez no había nada que pudiera controlar.
Camila podía abrir la puerta.
Podía cerrarla.
Podía escucharlo.
Podía pedirle que regresara a Azhar.
Y él tendría que aceptar cualquier respuesta.
Rayan caminó hasta el armario y sacó una pequeña maleta.
Por primera vez en su vida, no estaba intentando llevar a una mujer a su mundo.
Iba a conocer el de ella.