La Única Mujer que le Dijo No al Jeque 8 - Entre Dos Mundos #2
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8 - Entre Dos Mundos #2

—De una acusación injusta.

—Entonces deberías haberme dejado responder.

La voz de Camila permaneció controlada, pero sus ojos revelaban cuánto la había afectado aquello.

Le explicó que había pasado años entrando en salas donde frecuentemente era la profesional más joven y tenía que demostrar que merecía estar allí.

Había construido su reputación proyecto tras proyecto.

Ahora, cuando por fin había surgido una oportunidad de demostrar que su relación con Rayan no interfería en las decisiones técnicas, él había utilizado precisamente su propia influencia para cerrar la discusión.

—Convertiste sus sospechas en algo que parece verdadero.

Rayan retrocedió como si la frase tuviera peso físico.

—Esa no era mi intención.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué hablas como si hubiera intentado perjudicarte?

—Porque las buenas intenciones también pueden hacer daño.

Él guardó silencio.

Camila se acercó a la ventana. Fuera, los jardines estaban iluminados por el sol del final de la tarde.

Algunas semanas antes, tal vez Rayan habría respondido con autoridad, argumentando que su decisión había solucionado el problema y dando por terminado el asunto.

Esta vez, la irritación inicial desapareció más deprisa.

Comenzó a contemplar la situación desde el lugar de ella.

La comisión no había reconocido la competencia de Camila.

Simplemente había retrocedido ante el peso del palacio.

Y, al intervenir sin preguntarle, Rayan había hecho exactamente aquello que había prometido aprender a no hacer.

—Me equivoqué —dijo finalmente.

Camila se volvió.

La rapidez de la admisión la sorprendió.

—Sí.

Rayan soltó una respiración casi divertida a pesar del momento.

—Podrías ponérmelo un poco más fácil.

—No cuando estamos de acuerdo.

Él se acercó, pero se detuvo antes de invadir su espacio.

—¿Puedo corregirlo?

—No lo sé.

—Puedo pedirle a la comisión que retome el análisis.

—No. Eso sería otra interferencia.

Rayan cerró los ojos durante un instante.

—Entonces, ¿qué hago?

Camila lo observó. Aquella pregunta era más importante que cualquier solución que pudiera ofrecer.

—Nada.

—¿Nada?

—Confía en que puedo resolver mis problemas hasta que te pida ayuda.

Para Rayan, pocas instrucciones podían resultar más difíciles.

Toda su vida consistía en identificar problemas y eliminarlos.

Cuando alguien importante para él estaba amenazado, actuar parecía no solo natural, sino obligatorio.

Permanecer quieto mientras Camila se enfrentaba a dificultades le parecía una negligencia.

—¿Y si puedo ayudar?

—Pregunta.

—¿Y si dices que no?

Camila arqueó una ceja.

Rayan estuvo a punto de sonreír al darse cuenta de la ironía.

—De acuerdo. Creo que esa parte ya la conozco.

Ella no pudo evitar una pequeña sonrisa, pero la tensión no desapareció por completo. Rayan sabía que una disculpa no borraba lo sucedido. Tendría que demostrar que lo había comprendido.

Durante los días siguientes, Camila sintió las consecuencias de la intervención.

Algunos miembros del equipo comenzaron a medir sus palabras cerca de ella, y una compañera le preguntó discretamente si Rayan supervisaba personalmente todas las decisiones del proyecto.

Camila respondió que no. Aquella simple pregunta le dolió más de lo que esperaba.

Comenzó a evitar encuentros con Rayan durante el horario de trabajo y rechazó dos visitas al palacio.

No intentaba castigarlo. Necesitaba recuperar la sensación de que todavía existía una línea clara entre su vida profesional y aquello que estaba surgiendo entre ambos.

Rayan volvió a respetar la distancia, aunque detestaba cada minuto. Layla encontró a su hermano solo en un balcón y escuchó toda la historia. Esta vez no rio.

—Hiciste lo que siempre haces.

—Lo sé.

—Lo solucionaste.

—Lo sé, Layla.

—El problema es que Camila no quiere que la soluciones.

Rayan miró a su hermana.

—Ella no es un problema.

—Exactamente.

La frase permaneció con él.

A la semana siguiente surgió una dificultad menor relacionada con el transporte de unas piezas restauradas. Rayan supo por Nabil que podía solucionar el asunto con una llamada. Permaneció casi un minuto mirando el teléfono. Después no hizo nada. Aquella tarde encontró a Camila en Al-Qamar.

—Me enteré del problema con el transporte.

Ella lo observó con cautela.

—¿Te enteraste?

—Sí.

—¿Y?

Rayan metió las manos en los bolsillos.

—¿Quieres ayuda?

Camila permaneció en silencio durante unos segundos.

—No. Ya lo estamos resolviendo.

—De acuerdo.

Él cambió de tema.

Eso fue todo.

Pero Camila sintió que algo dentro de ella se relajaba.

Más tarde, cuando caminaron hacia la salida, tocó discretamente la mano de Rayan. Él entrelazó los dedos con los suyos, pero no hizo ningún comentario. No era necesario.

El gesto no borraba el error.

Solo reconocía el esfuerzo.

Aquella noche, Rayan permaneció despierto durante mucho tiempo en el palacio.

Amar a Camila comenzaba a revelar aspectos de sí mismo que nunca había necesitado cuestionar.

Durante toda su vida, el poder había significado capacidad.

Si podía solucionar algo, ¿por qué no hacerlo?

Si podía proteger a alguien, ¿por qué esperar?

Ahora empezaba a comprender que existía una diferencia profunda entre apoyar a una persona y ocupar su lugar frente a una dificultad.

Camila no necesitaba que él hiciera el mundo más fácil sin su permiso.

Necesitaba saber que seguiría a su lado cuando eligiera enfrentarse a él sola.

Y tal vez aquel fuera el desafío más difícil que Rayan había encontrado hasta entonces.

Porque amar a Camila no significaría únicamente aprender cuándo actuar.

Significaría aprender cuándo no hacerlo.

Incluso cuando cada instinto dentro de él gritara que hiciera exactamente lo contrario.