9 - El Acuerdo que Todos Conocían
Camila se enteró de la reunión una mañana en la que debería haber estado pensando únicamente en Al-Qamar.
El proyecto entraba en una fase delicada, con la restauración de tres fachadas importantes realizándose simultáneamente, y había llegado al palacio para presentar al Ministerio de Cultura una revisión del cronograma.
Mientras esperaba en una pequeña sala contigua, escuchó a dos asesores conversando en el pasillo.
No habría prestado atención si uno de ellos no hubiera mencionado el apellido Haddad.
La conversación era profesional, rápida y aparentemente banal.
Hablaban sobre la visita de Khalil Haddad al rey Farouk la semana anterior y sobre otra reunión prevista para aquel mes.
Entonces una frase llegó hasta Camila con suficiente claridad para hacer que dejara de revisar los documentos: “Si las familias finalmente llegan a un entendimiento sobre Rayan y Amira, el anuncio tendrá que coordinarse con antelación”.
Los pasos se alejaron por el pasillo. Camila permaneció inmóvil, sosteniendo la misma página sin conseguir leer una sola palabra.
Durante unos segundos, intentó convencerse de que lo había interpretado mal.
Ya sabía que había existido una antigua expectativa relacionada con Rayan y Amira.
Él mismo se lo había explicado. Lo que no sabía era que las familias seguían hablando del asunto.
La expresión finalmente llegan a un entendimiento no encajaba con una posibilidad olvidada desde hacía años.
Mucho menos con reuniones recientes entre Farouk y los Haddad.
Camila cerró lentamente la carpeta y sintió que se le encogía el estómago.
Su primer impulso fue buscar inmediatamente a Rayan.
El segundo, más racional, le indicó que no debía convertir una conversación escuchada a medias en una acusación.
Terminó la presentación como si nada hubiera ocurrido.
Respondió preguntas, discutió plazos y tomó notas.
Nadie en la sala percibió que, detrás de su expresión profesional, una única duda había comenzado a crecer.
La confirmación llegó de una manera todavía peor aquella tarde.
Layla apareció en Al-Qamar para visitar una exposición temporal preparada por el equipo y encontró a Camila supervisando los últimos ajustes.
Las dos ya habían desarrollado una amistad natural, y tal vez por eso Camila preguntó sin preparar el terreno.
—¿Tu padre todavía habla con la familia de Amira sobre Rayan?
Layla se detuvo.
Fue apenas un segundo.
Pero Camila lo vio.
—Camila...
—Entonces sí.
Layla respiró profundamente y miró a su alrededor antes de sugerir que fueran a un lugar más reservado.
Entraron en una pequeña sala recién restaurada, donde el olor de la madera tratada todavía era intenso.
Layla explicó que Farouk y Khalil Haddad mantenían aquellas conversaciones desde hacía años.
A veces el asunto desaparecía durante meses y después regresaba.
No existía ningún acuerdo formal, contrato ni anuncio.
Rayan nunca había aceptado ningún matrimonio.
Sin embargo, durante las últimas semanas Farouk había retomado el tema porque consideraba que el creciente interés de la prensa por Camila hacía necesario aclarar el futuro del heredero. Rayan sabía de las reuniones.
La última frase fue la única que realmente importó.
—¿Él lo sabía?
Layla cerró los ojos durante un instante.
—Sí.
Camila asintió lentamente.
—¿Desde cuándo?
—Mi padre habló con él poco después de la recepción.
La recepción.
La noche en que Camila había preguntado directamente por Amira.
La noche en que Rayan le había dicho que existía una antigua expectativa, pero no había mencionado que el asunto estaba siendo discutido en aquel preciso momento.
Después llegaron el desierto, las conversaciones, el primer sí, el primer beso y todos aquellos pequeños acercamientos que hicieron que Camila creyera que finalmente empezaba a comprender su mundo.
Rayan había tenido suficientes oportunidades para contárselo. Había elegido no hacerlo.
Layla se acercó.
—No creo que esté considerando aceptar.
—No se trata de eso.
—Lo sé.
—Él decidió que yo no necesitaba saberlo.
Layla no intentó defender a su hermano. Tal vez porque comprendía que cualquier defensa solo empeoraría las cosas.
Camila pasó el resto del día trabajando.
Era la única manera que conocía de impedir que sus pensamientos se transformaran en conclusiones precipitadas.
Comprobó medidas, revisó informes y participó en una reunión con restauradores.
Aun así, cada recuerdo de las últimas semanas parecía diferente ahora.
Rayan diciendo que estaba aprendiendo. Rayan preguntando antes de ayudarla.
Rayan respetando sus límites profesionales después del error con la comisión.
Todo aquello seguía siendo cierto, pero existía una contradicción que Camila no podía ignorar.
Había aprendido a preguntarle si quería ayuda con problemas pequeños, mientras había decidido por sí mismo ocultarle una información que podía cambiar por completo la manera en que ella veía su relación.
Rayan percibió que algo iba mal antes incluso de que Camila dijera una palabra.
Llegó a Al-Qamar cerca del final de la tarde llevando los dos cafés que se habían convertido en una costumbre y la encontró frente a una mesa improvisada, revisando fotografías.
Ella le dio las gracias cuando recibió la taza, pero no sonrió.
Rayan esperó. Camila continuó trabajando.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Esa respuesta nunca significa nada.
Ella levantó los ojos.
—Tienes razón.
Rayan percibió inmediatamente la tensión.
Camila cerró el ordenador.
—¿Tu padre se reunió con Khalil Haddad la semana pasada?
El silencio de Rayan respondió antes que sus palabras.
—Sí.
—¿Para hablar de ti y de Amira?
Él dejó su propia taza sobre la mesa.
—Entre otras cosas.
Camila soltó una breve exhalación y apartó la mirada.
—Lo sabías.
—Camila...
—¿Desde cuándo?
Rayan comprendió que cualquier intento de suavizar la respuesta sería un error.
—Desde poco después de la recepción.
Ella asintió.
El rostro de Camila permaneció controlado, pero Rayan la conocía lo suficiente para percibir el movimiento de sus dedos apretando el borde de la mesa.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque no existe ningún acuerdo.
—No te he preguntado si existe un acuerdo.
—Mi padre retomó una conversación que existe desde hace años. Dejé claro que no he tomado ninguna decisión.
—Todavía no has respondido.
Rayan se pasó una mano por la nuca. La respuesta le había parecido razonable cuando la pensó a solas. Frente a Camila, comenzó a sonar exactamente como el tipo de justificación que ella detestaría.
—Pensé que podría resolverlo antes de que se volviera relevante para ti.
Camila se quedó completamente inmóvil.
Rayan supo inmediatamente que había elegido las palabras equivocadas.
—¿Relevante para mí?
—No quise decirlo de esa manera.
—Entonces explícamelo.
—Mi padre puede hablar con los Haddad todas las veces que quiera. Eso no significa que yo vaya a aceptar nada. Pretendía terminar definitivamente con el asunto.
—¿Y después contármelo?
Rayan vaciló.
Camila soltó una risa sin humor, más de incredulidad que de diversión.
—Entiendo.
Él se acercó.
—No quería que te preocuparas por una situación que consideraba que podía resolver.
—Exactamente.
—¿Exactamente qué?
—Volviste a decidir qué parte de la realidad debía conocer.
La frase hizo que Rayan se detuviera.
Camila caminó unos pasos hasta una de las ventanas. Afuera, el sol comenzaba a descender sobre Al-Qamar y teñía de dorado las fachadas restauradas. Necesitaba mirar cualquier cosa que no fuera Rayan.
—Cuando interferiste con la comisión, decidiste que yo no necesitaba enfrentarme al problema porque podías resolverlo por mí. Ahora decidiste que no necesitaba conocer una información porque pretendías resolverla antes de que llegara hasta mí.
—No son situaciones iguales.
—Para mí lo son.
—Camila, no he aceptado casarme con Amira.
Ella se volvió.
—Y yo nunca he dicho que lo hayas hecho.
Rayan guardó silencio.
—Ese es el problema. Sigues defendiéndote de una acusación que yo no he hecho. No estoy enfadada porque exista una mujer intentando quitármelo. Ni siquiera sé si Amira quiere ese matrimonio. Estoy enfadada porque todo el mundo parecía saber que esas conversaciones estaban ocurriendo, menos yo.
Las palabras todo el mundo lo golpearon.
Rayan pensó en Nabil, Layla, Farouk, Amira y en decenas de personas cercanas a ambas familias que probablemente conocían aquella expectativa desde hacía años.
Camila, precisamente la persona más afectada por aquella información en ese momento, había sido excluida.
—Quería proteger lo que estaba comenzando entre nosotros —dijo él.
Camila negó con la cabeza.
—Una relación no se protege ocultando aquello que puede destruirla.
Rayan sintió crecer una inquietud en el pecho.
—Si te lo hubiera contado aquella noche, te habrías alejado.
—Tal vez.
—Entonces entiendes por qué...
—No.
La respuesta fue firme.
Camila volvió a acercarse.
—No puedes hacer eso, Rayan. No puedes decidir que una verdad debe esperar porque tienes miedo de lo que yo vaya a hacer con ella.
Él abrió la boca y volvió a cerrarla.
Porque aquella era exactamente la verdad.
Había tenido miedo.
Después de la terraza, después de la tormenta, después de comenzar finalmente a atravesar las barreras de Camila, la posibilidad de contarle que Farouk había retomado las conversaciones con los Haddad le había parecido una amenaza innecesaria.
Rayan estaba convencido de que rechazaría cualquier acuerdo cuando fuera necesario.
Por eso se había dicho a sí mismo que no estaba ocultando nada.
Solo estaba aplazando una información irrelevante hasta resolver el problema.
Ahora comprendía que irrelevante para él no significaba irrelevante para ella.