La Única Mujer que le Dijo No al Jeque 8 - Entre Dos Mundos
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8 - Entre Dos Mundos

Durante las dos semanas siguientes al primer beso, Camila y Rayan descubrieron una felicidad construida a base de intervalos.

No hubo ningún anuncio sobre lo que existía entre ellos, ni tampoco una conversación formal que definiera aquello como una relación.

Aun así, los encuentros comenzaron a suceder con una naturalidad que hacía innecesario darles un nombre.

Algunas noches terminaban con un paseo por Al-Qamar después de que el equipo se marchaba.

Otras, Rayan encontraba una hora libre entre sus compromisos y aparecía en el pequeño café.

Hubo cenas sencillas, mensajes intercambiados a altas horas de la noche y llamadas telefónicas que comenzaban con alguna pregunta sobre el proyecto y terminaban cuarenta minutos después hablando de asuntos completamente diferentes.

Camila conoció al Rayan que se quejaba cuando dormía poco, que prefería los postres con pistacho y que podía ser absurdamente competitivo incluso en una discusión sobre qué país preparaba el mejor café.

Rayan conoció a la mujer que llamaba a su madre casi todas las noches, que fotografiaba puertas antiguas por diversión y que guardaba billetes de viajes dentro de los libros que leía.

Layla descubrió lo del beso antes de que ninguno de los dos decidiera contárselo.

Le bastó con observar a su hermano durante un almuerzo.

Rayan estaba mirando el teléfono cuando recibió un mensaje y, durante menos de dos segundos, su expresión cambió.

Layla dejó los cubiertos sobre el plato y preguntó cuándo había sucedido.

Rayan fingió no entender. Ella repitió la pregunta con la paciencia de quien ya conocía la respuesta.

Cuando finalmente descubrió que había besado a Camila en Al-Qamar, sonrió triunfante y declaró que, al parecer, lo imposible solo había requerido unas semanas de humillación romántica.

Rayan amenazó con terminar el almuerzo. Layla respondió que estaba sinceramente feliz por él y, esta vez, no había provocación en su voz.

Después solo le pidió que tuviera cuidado.

Camila no había crecido en aquel mundo. Cosas que Rayan había aprendido a ignorar desde niño podían resultar abrumadoras para alguien que nunca había vivido bajo una observación constante.

Camila comenzó a comprender el significado de aquella advertencia pocos días después.

Una fotografía apareció en una publicación digital de Azhar.

No mostraba ningún beso ni gesto comprometedor.

Solo a Rayan y Camila caminando uno al lado del otro después de una visita a las obras.

Sin embargo, el titular preguntaba quién era la arquitecta brasileña que estaba recibiendo una atención poco habitual por parte del príncipe heredero.

Camila encontró la noticia porque una compañera le envió el enlace acompañado de una pregunta divertida.

Al principio rio. Después leyó los comentarios.

Algunas personas elogiaban su trabajo. Otras discutían sobre su apariencia, edad, nacionalidad y ropa.

Una mujer preguntaba por qué Rayan pasaba tanto tiempo con una extranjera.

Otra comparaba a Camila con Amira Haddad.

Había especulaciones sobre un romance que ellos ni siquiera habían definido entre sí.

Camila cerró la página sintiendo una extraña invasión.

Por primera vez comprendió que acercarse a Rayan significaba entregar partes de su propia vida a la curiosidad de personas que jamás conocería.

La situación empeoró cuando comenzaron a circular nuevas fotografías.

Alguien los había fotografiado saliendo del mismo restaurante en noches diferentes.

Una imagen mostraba a Rayan entregándole un café a Camila durante una inspección.

Otra había captado a ambos conversando demasiado cerca en un patio.

Nada era realmente íntimo, pero la repetición creó una narrativa.

Camila comenzó a notar las miradas. En el hotel, empleados que antes conversaban con naturalidad con ella empezaron a tratarla con excesiva formalidad.

En el palacio, una asistente se levantó cuando Camila entró en una sala, algo que jamás había hecho antes.

Durante una reunión con representantes de un proveedor, uno de los hombres preguntó, sonriendo, si debían enviar determinadas solicitudes directamente al despacho del príncipe ahora que ella tenía “acceso privilegiado”.

Camila respondió fríamente que cualquier solicitud relacionada con el proyecto debía seguir exactamente los mismos procedimientos de siempre.

Terminó la reunión con la mandíbula tensa.

Rayan, cuando se enteró de las noticias, no comprendió inmediatamente la magnitud del problema.

Estaba acostumbrado a aparecer en los periódicos desde niño.

Su ropa, sus viajes, sus reuniones e incluso la expresión de su rostro en determinados eventos habían sido analizados públicamente innumerables veces.

Para él, la mayoría de las especulaciones no eran más que ruido.

Cuando Camila comentó que estaban fotografiándolos, Rayan respondió que aquello terminaría perdiendo interés.

Ella intentó explicarle que su preocupación no era únicamente la exposición.

Era lo que esa exposición estaba haciendo con su identidad profesional.

—He pasado años construyendo mi currículum —dijo Camila mientras caminaban por uno de los jardines laterales del palacio—. Ahora hay personas que me miran y te ven primero a ti.

—Eso pasará.

—Para ti, tal vez.

Rayan frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que nadie va a olvidar que eres el futuro gobernante de Azhar porque apareciste conmigo en una fotografía. Pero pueden olvidar fácilmente que soy la arquitecta responsable del proyecto si resulta más interesante llamarme la brasileña del príncipe.

La frase quedó suspendida entre ellos. Rayan quiso decir que nadie importante pensaría de aquella manera.

Camila respondió que alguien ya lo había hecho.

Le contó lo sucedido con el proveedor y los comentarios que había escuchado de algunos empleados.

Rayan se mostró visiblemente molesto. Su primera reacción fue preguntarle el nombre del hombre.

Camila comprendió inmediatamente hacia dónde se dirigía la conversación.

—No.

—Camila, cuestionó tu posición profesional.

—Yo lo resolví.

—No debería hablarte de esa manera.

—Estoy de acuerdo. Por eso respondí.

Rayan endureció la expresión.

—Puedo asegurarme de que no vuelva a suceder.

—Precisamente de eso estoy hablando.

Él no entendió.

Camila respiró profundamente. Le explicó que, si cada persona que le faltara al respeto profesionalmente recibía una llamada del despacho del príncipe, nadie creería jamás que era capaz de defender su propio trabajo.

Rayan consideraba su influencia una herramienta.

Para Camila, esa misma influencia podía borrar todo lo que había tardado años en construir.

Él escuchó, pero una parte de él seguía convencida de que permitir que alguien la tratara injustamente cuando tenía poder para impedirlo era absurdo.

La discusión terminó sin una conclusión.

Rayan prometió no hacer nada. Camila le creyó.

Dos días después surgió un problema mayor.

Una comisión técnica encargada de autorizar la intervención en tres edificios aplazó el análisis después de que uno de sus miembros cuestionara públicamente si algunas decisiones del proyecto estaban siendo aceleradas debido a la cercanía entre Camila y Rayan.

La acusación no era formal, pero fue suficiente para enfurecer a Camila.

Preparó documentación adicional, reunió dictámenes independientes y programó una presentación para demostrar que todas las decisiones habían seguido criterios técnicos.

Pretendía enfrentarse directamente al cuestionamiento.

Era importante no solo para el proyecto, sino también para su propio nombre.

Pasó casi toda una noche revisando informes.

La presentación nunca llegó a celebrarse.

A la mañana siguiente, Camila recibió un mensaje informándole de que la comisión había retirado las objeciones y autorizado la continuación de las intervenciones.

Al principio sintió alivio. Después se dio cuenta de que nadie había solicitado los documentos adicionales.

Llamó al coordinador y recibió respuestas vagas.

Quince minutos más tarde, encontró en el historial administrativo una reunión extraordinaria celebrada aquella mañana con representantes del despacho real.

Camila se quedó mirando la pantalla durante varios segundos.

No necesitó preguntar quién estaba detrás.

Encontró a Rayan en el palacio aquella tarde.

Acababa de salir de una reunión y caminaba junto a Nabil cuando vio a Camila esperándolo en el pasillo. Le bastó observar su expresión para saber que algo iba mal.

—Tenemos que hablar.

Rayan hizo un gesto y Nabil continuó solo. Los dos entraron en una pequeña sala lateral.

Camila dejó una carpeta sobre la mesa.

—¿Hablaste con la comisión?

Rayan no intentó mentir.

—Mi despacho aclaró algunas cuestiones.

—¿Te pedí que hicieras eso?

—No.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

—Porque estaban utilizando nuestra relación para cuestionar un trabajo que sé que es técnicamente sólido.

Camila soltó una breve exhalación.

—No sabes si es sólido porque estás relacionándote conmigo. Eso es exactamente lo que yo necesitaba demostrar.

—Conozco el proyecto.

—No importa.

Rayan pareció visiblemente sorprendido.

—Claro que importa.

—No de esa manera. Tenía dictámenes independientes, documentación, estudios. Podía responder.

—Y ahora no tienes que hacerlo.

Camila permaneció en silencio durante unos segundos. La frase había alcanzado exactamente el centro del problema.

—Realmente no lo entiendes.

Rayan percibió el dolor antes de comprender completamente su causa.

—Intentaba protegerte.

—¿De qué? ¿De tener que hacer mi trabajo?