6 - El Hombre Detrás del Jeque
En los días posteriores a la recepción, Rayan no apareció en el café.
Tampoco se presentó inesperadamente en Al-Qamar, no envió mensajes ni inventó ninguna necesidad administrativa para llamar a Camila al palacio.
Su ausencia debería haberla tranquilizado.
Era exactamente el espacio que creía necesitar después de la conversación en la terraza.
Aun así, la tercera mañana que tomó café sola, Camila se dio cuenta de que miraba hacia la puerta cada vez que se abría.
Se irritó consigo misma y concentró la atención en su cuaderno.
El problema no era Amira. Al menos, no del todo.
Era la vida que aquella mujer representaba.
Una vida en la que los matrimonios podían discutirse entre familias, las expectativas políticas eran tratadas como obligaciones naturales y el futuro de Rayan parecía pertenecer a muchas personas antes de pertenecerle a él mismo.
Camila había pasado años protegiendo la libertad de elegir su propio camino.
Enamorarse de un hombre que quizá no pudiera elegir el suyo parecía una manera particularmente eficaz de destruir todo aquello que había construido.
Rayan respetó la distancia porque finalmente empezaba a comprender que insistir produciría exactamente el resultado contrario.
Eso no significaba que se sintiera cómodo.
Pasó los primeros días sumergido en compromisos, reuniones y documentos, intentando convencerse de que la rutina resolvería el problema.
No lo hizo. Cuando bebía café, recordaba a Camila quejándose de que le ponía demasiada leche.
Cuando algún asesor mencionaba Al-Qamar, la imaginaba caminando por las calles cubiertas de polvo.
Incluso la terraza del palacio se había vuelto incómoda.
La cuarta noche encontró allí a Layla y escuchó a su hermana decirle que parecía un hombre intentando ganar una discusión contra sí mismo.
Rayan respondió que debería ocuparse de su propia vida.
Layla le informó que lo haría en cuanto la de él dejara de ser más interesante.
Antes de marcharse, sin embargo, dijo algo que permaneció en su mente: respetar el espacio de Camila no significaba dejarla sin respuestas.
Dos días después, Camila encontró a Rayan esperándola en Al-Qamar.
Esta vez no apareció en medio de una inspección ni interrumpió su trabajo.
Estaba sentado a la sombra de uno de los patios restaurados, conversando con Nabil, y solo se acercó cuando Camila terminó una reunión.
El gesto era tan diferente de las primeras semanas que ella lo notó inmediatamente.
Rayan preguntó si podían hablar. No ordenó, no dio por sentado que estuviera disponible.
Camila vaciló antes de aceptar. Caminaron hasta una zona más tranquila del edificio.
El olor de la madera recién tratada se mezclaba con el de la cal, y la luz atravesaba las celosías formando dibujos sobre el suelo.
Rayan permaneció a unos pasos de distancia.
—Debí haber respondido aquella noche.
Camila cruzó los brazos.
—No necesitabas tener una respuesta que no tenías.
—Necesitaba haber sido más claro.
Él explicó que nunca le había prometido matrimonio a Amira.
Nunca había existido un compromiso formal, un noviazgo secreto ni una relación entre ellos.
Las familias habían alimentado aquella idea durante años porque una unión sería conveniente y porque nadie había encontrado un motivo suficiente para ponerle fin definitivamente.
Rayan admitió que esa última parte era responsabilidad suya.
Como nunca había estado verdaderamente interesado en nadie, había permitido que aquella expectativa continuara existiendo.
Parecía un problema distante, algo que resolvería cuando llegara el momento.
Camila escuchó sin interrumpir. Su sinceridad era importante, pero no eliminaba aquello que la incomodaba.
—¿Te das cuenta de cómo suena eso para alguien como yo?
—Estoy intentándolo.
—Hay una mujer que pasó años siendo tratada como tu posible esposa. Tu familia lo sabe, la de ella lo sabe, probablemente la mitad del reino lo sabe. Y tú simplemente dejaste que ocurriera porque todavía no necesitabas decidir.
Rayan asintió.
—Sí.
Camila había esperado una defensa. La ausencia de ella la sorprendió.
—No voy a entrar en una historia en la que parece que ya existe un lugar reservado para otra mujer, Rayan.
—No te estoy pidiendo eso.
—Antes lo habrías hecho.
Él estuvo a punto de sonreír.
—Antes probablemente habría dicho que lo resolvería.
—Exactamente.
—Y tú te habrías enfadado.
—Exactamente.
Rayan soltó una breve respiración, pero no intentó acercarse.
Solo dijo que Camila tenía derecho a establecer sus límites y que no pretendía presionarla mientras no supiera exactamente qué podía ofrecerle.
Aquello debería haber terminado la conversación.
En cambio, dejó a Camila desconcertada. El Rayan que había conocido unas semanas antes habría convertido aquella resistencia en un desafío.
El hombre frente a ella parecía finalmente comprender que el corazón de otra persona no era un territorio que pudiera conquistar mediante la insistencia.
La oportunidad de poner a prueba aquella nueva dinámica surgió poco después.
Una parte complementaria del proyecto exigía inspeccionar antiguas estructuras de abastecimiento situadas a casi dos horas de la capital, cerca de una región donde pequeñas comunidades habían utilizado durante generaciones sistemas tradicionales de captación de agua.
Camila viajaría con ingenieros, restauradores y representantes del Ministerio de Cultura.
Rayan decidió acompañar la visita porque el gobierno pretendía integrar la zona en un programa de conservación histórica.
Esta vez, su presencia tenía una justificación real y Camila no lo acusó de perseguirla.
El grupo partió temprano. Poco a poco, los edificios de Azhar quedaron atrás, sustituidos por carreteras rodeadas de extensiones de arena y formaciones rocosas.
Camila observaba el paisaje por la ventana, fascinada por los cambios de color provocados por el sol.
Rayan, en el vehículo siguiente, se sorprendió mirando hacia el coche de ella más veces de las que debería.
La inspección duró prácticamente todo el día.
El lugar tenía estrechos canales, antiguos depósitos y pequeñas construcciones de piedra levantadas para proteger los puntos de agua.
Camila pasó horas fotografiando estructuras, haciendo preguntas y discutiendo posibilidades de conservación.
Rayan acompañó buena parte del trabajo sin interferir.
Cerca del final de la tarde, sin embargo, el viento empezó a intensificarse.
No era una tormenta como aquella que los había sorprendido en Al-Qamar, pero la combinación de arena suspendida y un frente climático inesperado hizo desaconsejable regresar a la capital por carretera a aquella hora.
El equipo de seguridad decidió que todos pasarían la noche en una propiedad real situada a unos cuarenta minutos de allí, utilizada normalmente durante viajes oficiales por el interior.
Camila aceptó el cambio con naturalidad.
Solo percibió la ironía cuando Layla, al enterarse de la situación por mensaje, respondió que el desierto aparentemente estaba colaborando más con el romance de su hermano que él mismo.
La propiedad estaba situada cerca de una pequeña elevación rocosa y parecía surgir de la propia tierra.
Construida en piedra clara, poseía patios interiores, corredores abiertos y habitaciones sencillas para los estándares de la familia Al-Fahd, aunque seguían siendo mucho más lujosas que cualquier alojamiento que Camila hubiera esperado encontrar tan lejos de la capital.
La cena fue servida en un patio protegido del viento.
Había arroz perfumado con especias, cordero asado lentamente, verduras, panes finos, salsas de yogur y pequeños platos de fruta.
El equipo conversó durante horas, cansado después de la inspección.
Rayan se sentó lejos de Camila y no hizo ningún intento por reorganizar los lugares.
Curiosamente, eso la molestó. En cierto momento, se dio cuenta de que estaba siguiendo su risa durante una conversación con Nabil.
Más tarde, cuando la mayoría empezó a retirarse, Camila permaneció en el patio con una taza de té, observando el cielo que había quedado despejado después del viento.
Rayan la encontró allí casi media hora después.
No había suficiente iluminación como para ocultar las estrellas, y Camila nunca había visto tantas al mismo tiempo.
El silencio del desierto era diferente de cualquier silencio que conociera.
No era ausencia de sonido, sino una inmensidad en la que cada pequeño ruido parecía adquirir importancia: el viento rozando las hojas de una palmera, el agua de una fuente baja, el tintineo distante de alguna vajilla que estaban recogiendo.
Rayan preguntó si podía sentarse. Camila señaló la silla de al lado.
Durante unos minutos permanecieron contemplando el cielo.
Ninguno de los dos parecía dispuesto a romper aquella tranquilidad.
—A mi madre le gustaba este lugar —dijo Rayan de repente.
Camila volvió el rostro hacia él.
Rayan continuó mirando la oscuridad. Le contó que Samira Al-Fahd solía llevarlo a aquella propiedad cuando era niño.
El rey tenía compromisos constantes, y ella encontraba pequeñas maneras de alejar a su hijo del protocolo.
A veces pasaban dos o tres días allí. Rayan montaba a caballo por la mañana, almorzaba tarde y dormía sin que nadie le entregara una agenda para el día siguiente.
El recuerdo produjo una breve sonrisa. Después desapareció.
—¿Cuántos años tenías cuando murió? —preguntó Camila suavemente.
—Trece.
La respuesta le oprimió el pecho.