La Única Mujer que le Dijo No al Jeque 5 - Una Noche en el Palacio #2
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5 - Una Noche en el Palacio #2

Antes de que Camila pudiera preguntarle qué significaba aquello, otra persona llamó a Amira.

Se despidió con la misma amabilidad y desapareció entre los invitados.

Camila se quedó mirando el lugar donde había estado.

No necesitaba una explicación detallada para comprenderlo.

Recordó vagamente alguna información que había leído antes del viaje, una referencia a la familia Haddad como una de las más antiguas e influyentes del reino.

Tal vez también había visto una fotografía de Amira junto a Rayan en algún evento oficial.

En aquel momento no le había prestado atención.

Ahora, cada detalle parecía adquirir otro significado.

—¿Todo bien?

La voz de Rayan sonó demasiado cerca. Camila se volvió y lo encontró a su lado.

—Perfectamente.

Él conocía aquella respuesta.

—Haces una pequeña pausa antes de decir “perfectamente” cuando algo está claramente lejos de estar perfecto.

Camila frunció el ceño.

—¿Cuándo aprendiste eso?

—Demasiado café.

Ella desvió la mirada.

—He conocido a Amira.

Rayan guardó silencio durante un instante.

—Entiendo.

—¿Entiendes?

Antes de que pudiera responder, un asesor se acercó para informarle que el rey Farouk deseaba presentarlo a un invitado.

Rayan mostró irritación durante una fracción de segundo, pero no podía simplemente ignorar a su padre.

Le dijo a Camila que volvería. Ella respondió que no era necesario.

Rayan percibió cómo la distancia volvía a aparecer en su voz y quiso insistir, pero había decenas de ojos a su alrededor.

Por primera vez, sintió rabia no hacia Camila, sino hacia el hecho de que su vida rara vez permitiera que una conversación ocurriera precisamente cuando necesitaba que ocurriera.

Camila pasó los minutos siguientes observando.

Vio a Rayan junto a su padre. Farouk era un hombre de presencia austera, cabello gris y gestos contenidos.

Vio a Amira saludarlo con la naturalidad de quien frecuentaba aquel palacio desde hacía años.

Vio a los tres aparecer juntos durante unos minutos en una conversación con representantes de otra familia.

La imagen parecía perfecta. Natural. Rayan y Amira pertenecían a aquel lugar de una manera en que Camila jamás pertenecería.

Odió aquel pensamiento en cuanto apareció.

No existía ninguna relación entre ella y Rayan.

Algunos cafés, discusiones, una tormenta de arena y una cantidad inconveniente de miradas no le daban derecho a sentir celos.

Aun así, sintió algo desagradable apretarle el pecho.

Necesitando aire, Camila atravesó discretamente una de las puertas laterales y encontró un corredor abierto hacia los jardines.

Caminó hasta una terraza elevada, donde el sonido de la recepción se volvió distante.

La noche era cálida, pero una brisa ligera llegaba desde el Golfo y movía su cabello.

Desde allí, Azhar se extendía en miles de luces.

Minaretes, torres modernas, avenidas y construcciones antiguas formaban un paisaje donde el pasado y el futuro parecían disputarse el espacio de la misma manera que ocurría en Al-Qamar.

Camila apoyó las manos sobre la balaustrada de piedra y respiró profundamente.

—¿Huyendo de mi familia?

No necesitó darse la vuelta para saber quién era.

—Solo buscando silencio.

Rayan se acercó y se detuvo a su lado, dejando una distancia respetuosa entre ambos.

—Es difícil encontrarlo aquí durante una recepción.

—Me lo imaginaba.

Durante unos segundos observaron la ciudad sin hablar. El perfume de jazmín procedente de los jardines se mezclaba con el aire cálido. Detrás de ellos, a través de las puertas cerradas, la música parecía apenas una vibración distante.

—Amira no es mi prometida —dijo Rayan.

Camila siguió mirando la ciudad.

—No he preguntado.

—Ibas a hacerlo.

—Mucha confianza.

—Conozco tus pausas.

Ella estuvo a punto de sonreír, pero no pudo.

—Entonces, ¿qué es?

Rayan tardó en responder.

—Una amiga de la familia.

—¿Solo eso?

La palabra permaneció entre ambos.

Rayan se acercó un poco más a la balaustrada.

Explicó que conocía a Amira desde su juventud, que sus familias eran cercanas y que, durante muchos años, había existido la expectativa de que una unión entre ambos sería conveniente.

Nunca habían estado formalmente comprometidos.

Nunca había tenido una relación amorosa con ella.

Para Rayan, aquello siempre había sido apenas una posibilidad distante, una decisión que algún día tendría que afrontar.

—Una decisión —repitió Camila.

—Sí.

—Sobre el matrimonio.

—Mi vida no funciona exactamente como la tuya.

—Estoy empezando a darme cuenta.

No había acusación en su voz. Eso hizo que todo fuera más difícil.

Rayan se volvió hacia ella. La luz de los faroles cercanos dibujaba sombras suaves sobre el rostro de Camila.

Quiso decir que Amira no importaba. Quiso decir que desde que había conocido a Camila ninguna mujer había conseguido ocupar sus pensamientos de aquella manera.

Pero comprendió que sería una respuesta incompleta.

Las expectativas existían. Su padre existía.

La posición que algún día ocuparía también existía.

Fingir lo contrario sería repetir exactamente el comportamiento que Camila más desconfiaba de él.

—Yo no elegí a Amira —dijo finalmente.

Camila encontró sus ojos.

—Pero tampoco elegiste nunca rechazar esa posibilidad.

Rayan guardó silencio.

Era verdad.

La brisa movió un mechón del cabello de Camila sobre su rostro.

Antes de pensarlo, Rayan levantó la mano y lo apartó delicadamente.

Sus dedos rozaron la mejilla de ella. Camila debería haber retrocedido.

No lo hizo. El gesto fue pequeño, pero toda la tensión acumulada durante las últimas semanas pareció concentrarse en aquel contacto.

Rayan dejó caer lentamente la mano, pero permaneció cerca.

Camila sintió que el corazón se le aceleraba.

El hombre frente a ella ya no parecía el príncipe rodeado de ministros y familias influyentes.

Era el mismo Rayan que había confesado haber soñado con criar caballos cuando era niño, que había aprendido cómo tomaba ella el café y que, aquella noche, parecía tan inseguro como ella.

—Camila...

Ella levantó la mirada.

Rayan se acercó lentamente, dándole tiempo suficiente para apartarse.

Ella no lo hizo. El espacio entre ambos disminuyó hasta que Camila pudo sentir su respiración.

Sus dedos apretaron la piedra de la balaustrada.

Rayan miró brevemente sus labios y después volvió a sus ojos, como si pidiera en silencio un permiso que algunas semanas antes quizá habría dado por sentado.

Camila quería besarlo.

La certeza llegó clara y aterradora.

Entonces recordó a Amira caminando por el salón como si hubiera nacido para ocupar aquel lugar.

—Rayan.

Él se detuvo inmediatamente.

—Amira.

El nombre fue suficiente para romper el momento.

Rayan cerró los ojos durante un breve instante antes de retroceder unos centímetros. Camila percibió su frustración, pero también notó algo más importante: él no intentó convencerla de olvidar la pregunta.

—¿Qué quieres saber?

—Si tu padre te pidiera que te casaras con ella mañana, ¿qué pasaría?

Rayan abrió la boca.

No salió ninguna respuesta.

Camila sintió que se le oprimía el pecho.

No porque esperara una declaración de amor. Era demasiado pronto para eso. Tal vez ni siquiera existiera amor entre ellos todavía. Pero necesitaba saber si estaba permitiendo que crecieran sentimientos por un hombre cuya vida quizá ya había sido planeada por otras personas.

—Es una pregunta sencilla —dijo ella.

—No para mí.

Camila asintió lentamente.

La respuesta era suficiente.

O quizá lo fuera su ausencia.

—Entonces creo que será mejor que volvamos.

Rayan no intentó detenerla. Caminaron juntos hasta las puertas del salón, pero la distancia entre ambos parecía mucho mayor que unos pocos pasos. Antes de entrar, Camila se detuvo.

—Me gusta el hombre que toma café conmigo.

Rayan permaneció inmóvil.

—¿Pero?

Ella miró a través de las puertas hacia el salón, las luces, los invitados y el mundo que esperaba a Rayan al otro lado.

—Todavía no sé si ese hombre existe cuando la corona entra en la habitación.

Camila abrió la puerta y regresó a la recepción.

Rayan se quedó solo en la terraza.

Minutos antes había estado lo bastante cerca para besarla.

Ahora comprendía que el mayor obstáculo entre ellos nunca sería conseguir que Camila lo deseara.

Sería descubrir si tenía el valor de elegir algo que no hubiera sido elegido para él.