4 - Café sin Corona
Camila había descubierto el pequeño café por casualidad durante su primera semana en Azhar.
Estaba en una calle lateral a pocas manzanas de Al-Qamar, escondido entre una tienda de telas y un establecimiento que vendía especias en grandes recipientes de madera.
No había lámparas de cristal, camareros uniformados ni ningún intento de competir con los lujosos establecimientos repartidos por la zona moderna de la capital.
Solo había media docena de mesas redondas, sillas de madera, algunas plantas junto a las ventanas y un mostrador detrás del cual un hombre de cabello gris preparaba café mientras conversaba con los clientes habituales.
El aroma de los granos tostados se mezclaba con el del cardamomo, el pan caliente y la canela.
A Camila le había gustado el lugar de inmediato.
Todas las mañanas, poco antes de las ocho, se sentaba cerca de la ventana, pedía café fuerte con un poco de leche y algo sencillo para comer antes de caminar hasta las obras.
Allí, durante veinte minutos, nadie le preguntaba por plazos, presupuestos ni piedras centenarias.
Aquella mañana, Camila estaba inclinada sobre un cuaderno cuando percibió un cambio casi imperceptible en el ambiente.
Una conversación bajó de volumen. El muchacho que llevaba una bandeja detrás del mostrador se detuvo por un segundo.
El propietario enderezó la postura y rápidamente se pasó una mano por el delantal.
Camila conocía aquel tipo de silencio. Levantó lentamente la mirada y encontró a Rayan de pie cerca de la entrada.
Llevaba pantalones oscuros y una camisa clara de lino con las mangas dobladas hasta los antebrazos.
No vestía ropa ceremonial, pero era imposible confundirlo con un hombre cualquiera.
La postura, la seguridad y, sobre todo, la reacción de las personas a su alrededor revelaban quién acababa de entrar.
Dos guardias de seguridad permanecían discretamente afuera, lo que hacía que el intento de normalidad resultara casi divertido.
Rayan miró alrededor hasta encontrarla junto a la ventana.
Entonces caminó directamente hacia su mesa.
—No —dijo Camila antes de que llegara.
Rayan se detuvo.
—Todavía no he preguntado nada.
—Estoy ahorrando tiempo.
—Tal vez solo quiera café.
Ella cruzó los brazos.
—Hay aproximadamente mil lugares donde el futuro gobernante de Azhar podría tomar café.
—¿Mil?
—Ha sido una estimación.
—Bastante imprecisa para alguien tan preocupada por los detalles.
Camila intentó mantener la seriedad, pero perdió la batalla cuando él apartó la silla frente a ella.
—¿Me estás persiguiendo?
Rayan se sentó con una tranquilidad irritante.
—Esa palabra parece excesiva.
—Has aparecido sin avisar en la obra dos veces, descubriste mi hotel, intentaste enviarme un coche y ahora has encontrado mi café.
—Técnicamente, el café no es tuyo.
—Todavía.
El propietario se acercó personalmente, visiblemente nervioso, y preguntó qué podía servirle al príncipe. Rayan miró la taza de Camila y pidió exactamente lo mismo. El hombre se alejó casi haciendo una reverencia, y Camila observó la escena con diversión. Rayan lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—Porque probablemente contará durante veinte años que un príncipe tomó café aquí.
Rayan miró a su alrededor. Una pareja sentada cerca de la pared fingía no observarlo. Dos hombres habían bajado el tono de su conversación y el empleado detrás del mostrador comprobaba repetidamente que todo estuviera perfecto. Rayan soltó el aire lentamente.
—Siempre es así.
La respuesta no llevaba orgullo. Camila lo percibió inmediatamente. Había cansancio.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
El café llegó acompañado de un plato con panes, dátiles y pequeños dulces que Camila definitivamente no había pedido. Rayan agradeció al propietario y esperó a que se alejara antes de mirar la cantidad de comida sobre la mesa.
—He pedido café.
—Eres el príncipe heredero.
—Aparentemente eso incluye alimentación obligatoria.
Camila rio. Rayan probó el café e hizo una pequeña pausa al sentir un sabor más fuerte de lo que estaba acostumbrado. Ella se dio cuenta.
—No te ha gustado.
—No he dicho eso.
—Tu expresión lo ha dicho.
—Mi expresión no dice nada.
—Dice muchas cosas. Solo estás rodeado de personas demasiado educadas para comentarlo.
Rayan tomó otro sorbo únicamente para llevarle la contraria.
Esta vez consiguió ocultar mejor la reacción.
Camila sonrió por encima del borde de su propia taza.
Había algo extrañamente agradable en aquella situación.
Ninguna sala de reuniones, ningún plano abierto entre ambos, ninguna discusión sobre decisiones reales.
Solo una mesa demasiado pequeña para el tamaño de Rayan y un café que claramente él no habría elegido por sí mismo.
—¿Los príncipes no tienen compromisos a las ocho de la mañana? —preguntó Camila.
—Muchos.
—Entonces deberías estar en ellos.
—Probablemente.
—¿Y nadie va a quejarse?
Rayan tomó un dátil.
—Todos se quejarán con Nabil.
—Pobre hombre.
—Está muy bien pagado.
—Eso no te hace menos inconveniente.
Rayan sonrió.
—¿Siempre hablas así con la gente?
—Solo con quienes aparecen en mi café sin invitación.
La palabra mi hizo que Rayan volviera a observar el pequeño establecimiento.
Por primera vez en muchos años, estaba sentado en un lugar que no había sido previamente reservado, inspeccionado ni preparado para su presencia.
Aquello debería haberlo incomodado. En cambio, sintió una libertad casi infantil.
Nadie le presentaba documentos. Nadie esperaba una decisión.
Camila ni siquiera parecía especialmente impresionada por tenerlo allí.
Volvió a abrir el cuaderno y le mostró algunos dibujos que había hecho mientras esperaba el café.
Eran detalles de las fachadas de Al-Qamar, pequeñas soluciones para ventanas y estructuras de madera.
Rayan se inclinó para observarlos y durante unos minutos hablaron de arquitectura.
Después, el tema cambió sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Camila contó que había empezado a dibujar cuando todavía era una niña.
No porque siempre hubiera soñado con ser arquitecta, sino porque su padre guardaba hojas usadas en la tienda para que pudiera entretenerse mientras él trabajaba.
En el reverso de facturas, pedidos y listas antiguas, Camila dibujaba casas enormes para la familia.
Algunas tenían piscinas imposibles, otras torres, jardines o demasiadas habitaciones.
Su madre había guardado varios de aquellos dibujos.
Cuando Camila decidió estudiar arquitectura, encontró en casa una caja llena de ellos.
Rayan preguntó si alguno de aquellos proyectos infantiles sobreviviría a una evaluación profesional.
Ella respondió que probablemente todos serían condenados de inmediato.
Él quiso saber si al menos había conservado alguno.
—Mi madre los conservó todos.
—¿Todos?
—Mi madre cree que cualquier cosa hecha por sus hijos merece un archivo histórico.
Rayan sonrió.
—Parece peligroso.
—Extremadamente. Todavía guarda trabajos escolares míos que deberían haber desaparecido por razones de dignidad.
La conversación sobre la madre de Camila trajo de vuelta algo que ella había mencionado durante la tormenta.
Esta vez, Rayan preguntó más. Camila contó que Teresa Andrade había dado clases durante casi treinta años y que podría haber aceptado puestos administrativos mejor remunerados en distintos momentos, pero había rechazado algunas oportunidades porque exigían cambios que afectarían a la familia.
Durante un período especialmente difícil en la pequeña tienda de su marido, también había asumido clases adicionales para mantener las cuentas en orden.
Camila hablaba de su madre con admiración, pero había otra capa debajo de aquel sentimiento.
Cuando Rayan preguntó si aquello explicaba su obsesión por la independencia, ella guardó silencio.
La pregunta había sido demasiado directa.
Aun así, no parecía invasiva. Tal vez porque él no estaba intentando convencerla de nada en aquel momento.
—En parte —admitió—. Mi madre nunca se quejó. Ese es precisamente el problema.
Rayan esperó.
—Eligió muchas cosas pensando primero en nosotros.
En mi padre, en mí, en mi hermano. Y sé que lo hizo por amor.
Pero también vi desaparecer oportunidades.
Vi decisiones importantes depender del dinero, de los horarios, de otras personas.
Cuando empecé a trabajar, me prometí que nunca construiría una vida en la que alguien pudiera decidir por mí solo porque pagaba mis cuentas.
Rayan la observó durante unos segundos. Finalmente comprendió la pluma devuelta, el conductor rechazado y quizá incluso parte de las negativas que tanto habían herido su orgullo.
Para él, ofrecer comodidad era algo natural.
El dinero significaba facilidad. Significaba eliminar obstáculos.
Nunca había tenido que pensar que, para otra persona, aceptar demasiado podía crear una sensación de deuda.
—Pensaste que intentaba comprarte.
Camila pasó un dedo por el borde de la taza.
—¿Al principio?
—Sí.
—Un poco.
Aquella sinceridad podría haberlo ofendido semanas atrás. En ese momento, solo lo dejó pensativo.
—No lo hacía.
—Lo sé.
Rayan levantó los ojos.
—¿Lo sabes?
—Ahora sí.