1 - La Mujer que Dijo No
El calor de Azhar parecía tener peso. Camila Andrade lo percibió en el instante en que bajó del coche climatizado frente a las puertas del Palacio Al-Fahd y sintió el aire seco envolverle el rostro como una pared invisible.
Eran poco más de las diez de la mañana, pero el sol ya hacía brillar intensamente las piedras claras del patio, obligándola a entrecerrar los ojos mientras acomodaba la carpeta de cuero bajo el brazo.
Llevaba una camisa blanca de manga larga, pantalones de vestir color arena y zapatos bajos elegidos precisamente porque sabía que pasaría buena parte del día de pie.
Su cabello castaño estaba recogido en un moño sencillo, y apenas unos mechones se habían soltado durante el trayecto desde el hotel.
A su alrededor, los demás integrantes del equipo internacional bajaban de los vehículos en silencio, visiblemente impresionados por la construcción que se alzaba frente a ellos.
Camila también lo estaba. Simplemente no tenía intención de demostrarlo.
El Palacio Al-Fahd era aún más grandioso que en las fotografías que había estudiado antes del viaje.
La fachada combinaba enormes arcos de piedra clara con paneles geométricos tallados a mano, mientras dos hileras de palmeras acompañaban una sucesión de fuentes poco profundas hasta la entrada principal.
El agua producía un murmullo constante que parecía imposible en aquel clima casi desértico.
En cuanto cruzó las puertas, Camila sintió el brusco cambio de temperatura.
El interior era fresco y estaba impregnado de un aroma amaderado que reconoció como oud, mezclado con el perfume más delicado de las flores blancas dispuestas en grandes jarrones.
Sus ojos de arquitecta buscaron inmediatamente los detalles: mosaicos azules y dorados, celosías de madera oscura, columnas cuidadosamente restauradas y pequeñas aberturas diseñadas para favorecer la circulación del aire.
Todo aquello era hermoso, pero también intimidante.
Cada superficie parecía recordarle que había entrado en un mundo construido con una cantidad de dinero que su familia probablemente jamás podría imaginar.
Camila respiró hondo antes de seguir a los demás por un largo corredor.
No había llegado hasta allí por casualidad.
A sus veintisiete años, ya había participado en proyectos importantes en Brasil y Portugal, pero ninguno se acercaba a la magnitud de Al-Qamar.
La antigua zona comercial de Azhar existía desde hacía siglos y conservaba vestigios de diferentes períodos de la historia del reino.
Algunos edificios estaban abandonados, otros habían sufrido reformas desastrosas y varios corrían el riesgo de desaparecer bajo la presión de la modernización de la capital.
La empresa internacional para la que trabajaba Camila había ganado un disputado concurso para revitalizar el distrito sin convertirlo en una imitación turística de sí mismo.
Ella había sido elegida para coordinar la parte arquitectónica de la restauración.
Era la mayor oportunidad profesional de su vida, y quizá por eso su corazón latía un poco más rápido cuando un empleado del palacio abrió las puertas de la sala donde tendría lugar la presentación oficial.
La sala de reuniones era amplia, aunque no exageradamente ornamentada.
Una larga mesa de madera oscura ocupaba el centro, rodeada de sillas tapizadas en cuero.
Grandes ventanales daban a un jardín interior donde pequeños árboles proyectaban sombras sobre senderos de piedra.
Sobre la mesa ya habían dispuesto botellas de agua, pequeñas tazas de café árabe, dátiles y recipientes de plata.
Camila dejó su carpeta frente al lugar reservado para ella y revisó discretamente los documentos.
Conocía cada plano, cada estudio y cada justificación técnica.
Aun así, cuando oyó movimiento cerca de la puerta, vio que todos a su alrededor enderezaban inmediatamente la postura.
Algunos hombres se levantaron antes incluso de que alguien anunciara nada.
Camila alzó los ojos y vio por primera vez al hombre cuya aprobación podía facilitar o complicar los próximos meses de su vida.
El jeque Rayan Al-Fahd no se parecía exactamente a las fotografías oficiales que Camila había encontrado durante sus investigaciones.
En persona parecía más joven, aunque sabía que tenía treinta y seis años, y también más imponente.
Era alto, de hombros anchos y con una postura tan naturalmente segura que no necesitaba alzar la voz para llamar la atención.
Vestía un impecable thobe blanco, acompañado de una ghutra cuidadosamente ajustada, y caminaba junto a Nabil Rahman, su jefe de gabinete.
El rostro de Rayan mantenía una expresión controlada mientras saludaba a los responsables del proyecto, pero sus ojos oscuros recorrían la sala con una atención casi incómoda.
Cuando llegaron hasta Camila, se detuvieron un segundo más.
Ella sostuvo su mirada sin saber exactamente por qué.
Tal vez porque todos los demás parecían decididos a apartarla primero.
Rayan hizo una leve inclinación de cabeza.
Camila respondió del mismo modo. Ninguno de los dos sonrió.
—Podemos empezar —dijo Rayan después de ocupar la silla de la cabecera.
La presentación transcurrió tranquilamente durante casi cuarenta minutos.
Camila explicó el plan de recuperación de las fachadas, la creación de zonas peatonales, el aprovechamiento de técnicas tradicionales de ventilación y la cuidadosa sustitución de las estructuras deterioradas.
Rayan hacía preguntas precisas. No eran preguntas de alguien que hubiera aparecido únicamente para cumplir con el protocolo, y eso sorprendió a Camila.
Conocía las cifras, los plazos e incluso algunos detalles históricos de Al-Qamar.
En determinados momentos se inclinaba sobre los planos para observar mejor algún dibujo, apoyando dos dedos sobre la mesa mientras escuchaba las respuestas.
Camila empezó a reconsiderar su impresión inicial de que tendría frente a ella únicamente a un príncipe rico interesado en una obra grandiosa.
Hasta que llegaron al sector oriental del distrito.
Rayan observó durante unos segundos la proyección que aparecía en la pantalla y señaló una construcción estrecha situada entre dos antiguas casas comerciales.
—Ese paso debe ampliarse.
Camila siguió la dirección de su dedo. Era el antiguo portal de Bab Al-Sahar, una de las pocas estructuras de aquella calle que todavía conservaban elementos originales del período más antiguo identificado por el equipo.
Explicó que el acceso se había mantenido deliberadamente estrecho en el proyecto para preservar los muros laterales y el arco central.
Rayan escuchó hasta el final y luego pidió que mostraran la siguiente imagen.
Señaló una zona donde deseaba crear una entrada monumental, lo bastante ancha como para permitir la llegada de vehículos oficiales y mejorar la vista de la plaza restaurada.
Camila sintió las primeras señales de incomodidad.
Explicó que aquello exigiría desmontar parte de la estructura histórica, retirar piedras originales y modificar por completo las proporciones de la entrada.
Uno de los ingenieros del equipo intentó intervenir con una solución intermedia, pero Rayan negó con la cabeza.
Quería un acceso amplio. Según él, la región debía representar a la nueva Azhar tanto como preservar la antigua.
—Podemos crear un acceso más amplio por la calle paralela —sugirió Camila, acercando uno de los planos—. Aquí. Tendríamos espacio suficiente sin tocar el portal.
Rayan estudió el dibujo durante unos segundos.
—Quedaría demasiado lejos de la plaza principal.
—Poco más de ciento veinte metros.
—Ciento veinte metros son suficientes para cambiar la experiencia de llegada.
—Y retirar esos muros es suficiente para cambiar una construcción que ha sobrevivido durante siglos.
El silencio que siguió a aquella respuesta fue tan repentino que Camila comprendió inmediatamente que había cruzado alguna frontera invisible.
El director del proyecto, sentado dos sillas a su izquierda, movió discretamente una mano sobre la mesa, como si quisiera pedirle cautela sin decir nada.
Nabil permaneció inmóvil junto a Rayan, aunque sus ojos pasaron rápidamente de Camila al príncipe.
Rayan, por su parte, no pareció ofendido.
Simplemente la observó con mayor atención.
Camila sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo la postura.
Él preguntó qué porcentaje de la estructura original se vería comprometido.
Ella se lo explicó detalladamente. Rayan escuchó todo, volvió a mirar la proyección y pareció considerar las posibilidades. Entonces se recostó en la silla.
—Haga la modificación.