La Única Mujer que le Dijo No al Jeque
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Prólogo
Durante treinta y seis años, Rayan Al-Fahd creyó que existían pocas cosas realmente difíciles en el mundo.
Gobernar sería difícil. Su padre se lo había enseñado desde niño.
Mantener la estabilidad de un pequeño reino rodeado de intereses mucho mayores exigía inteligencia, paciencia y una capacidad casi cruel para anticiparse a los problemas.
Negociar tratados sería difícil. Equilibrar tradición y modernidad sería difícil.
Ocupar algún día el lugar del hombre cuya palabra determinaba el futuro de millones de personas también sería difícil.
Pero ¿conseguir algo que deseara?
Eso nunca había sido un problema.
Rayan había crecido entre pasillos de mármol donde las puertas se abrían antes de su llegada.
Aprendió pronto que su apellido hacía que hombres importantes enderezaran la postura y que mujeres de familias influyentes ensayaran sonrisas antes de ser presentadas ante él.
Si deseaba un objeto raro, alguien lo encontraba.
Si necesitaba cruzar un continente, un avión estaría preparado.
Si una reunión interfería con su agenda, decenas de personas reorganizarían su propio día.
Por eso, quizá era inevitable que confundiera el poder con la posibilidad.
Hasta que Camila Andrade entró en una sala del palacio con una sencilla camisa blanca, pantalones de vestir color arena y una expresión que dejaba claro que estaba mucho más interesada en los planos arquitectónicos sobre la mesa que en el príncipe sentado frente a ella.
Rayan hizo una exigencia.
Ella discrepó.
Él insistió.
Camila sostuvo su mirada.
—No.
Una palabra.
Dos letras.
Ningún miedo.
Rayan tardaría meses en comprender que aquel había sido el momento exacto en que todo había comenzado.
No porque una mujer hubiera tenido el valor de llevarle la contraria.
Sino porque, por primera vez, alguien lo había mirado sin ver primero la corona.
Y el hombre que podía ofrecer prácticamente cualquier cosa descubriría que lo único que realmente deseaba no podía comprarse, ordenarse ni negociarse.
Tendría que merecerlo.