42. Beligerancia #2
—Y yo que creía que podría dedicarme a ilustrar los nuevos Hiniur —se quejó Samil, apoyando en su lira las yemas de sus dedos, en los que también se apreciaba un haz de luz—. Me temo que eso va a tener que esperar.
—O quizás no haga ni falta, comandante— intervino Farco, sosteniendo sus dos escudos de jaspe, uno en cada mano. El haz de luz hizo brillar sus brazos—. Si acabamos con ellos hoy, podremos quemar ese dichoso libro.
—Sería una pena —intervino Adami, colocándose el yelmo—. Le estaba quedando muy bonito, la verdad sea dicha.
—A-a-a mí me dan miedo los Hiniur —reconoció Kerin, limpiándose el sudor de las palmas de sus manos sobre sus piernas—. Aunque sea en una simple ilustración.
—No te preocupes, muchacho —intervino Doile, cuyo haz de luz nacía en el centro de su pecho, confiriendo a su cabello un color rojizo y plateado más brillante—. Hoy será la última vez que los veas.
—Vamos, vamos, vamos —apremió Cecil, ocultando su reloj de arena entre sus ropajes y desenvainando dos dagas, una en cada mano—. ¡Están tardando mucho en llegar!
—No puedes evitar ser un mocoso impertinente ni en un momento como este —espetó Valtyra desenvolviendo el pañuelo que cubría su cabeza para colocarse el yelmo de jaspe negro, adornado también con cadenas de oro.
Surcos luminosos brotaron desde el nacimiento de su pelo hasta su mandíbula, retorciéndose en formas geométricas en su descenso.
—¡Bronk! ¡Krib!
—¿Sí, mi señora? —dijeron ambos Kyanos al unísono con una ligera reverencia.
—Ha llegado la hora —sentenció Shaila a medida que sus aletas comenzaron a desprender un fulgor rosado—. Vamos a demostrarles a estos terrestres el poder que ostentamos nosotros los Kyanos.
Bronk sonrió.
—Cuando vean el poder del que goza mi señora, los humanos le cederán el trono y gobernará ya no solo los mares, sino también los reinos terrestres.
—Será un honor servirla una vez más, mi señora —aseguró Krib, haciendo rodar sus dagas, e iluminando su aleta central.
En el extremo contrario, Ilma dirigió su mirada tras ella, asegurándose de que los cuatro guardabosques que la acompañaban se mantenían alerta para el ataque inminente.
Ellos le devolvieron la mirada y asintieron, haciéndole saber que estaban preparados para lo que estaba a punto de acontecer.
Fue entonces cuando Ilma miró a sus dos compañeros felinos.
—Horos, Naila —los felinos alzaron sus orejas hacia la davense—. Buscad a la pequeña. Una vez dé comienzo la batalla, vosotros dos os quedareis con ella protegiéndola, pase lo que pase.
Ilma se agachó colocándose a la misma altura que las panteras. Con delicadeza, aproximó su frente hacia la de los felinos. La gema de su corona brilló al hacer contacto.
—Quiero que la protejáis y que os aseguréis de que nada le pasa. Buscad un sitio seguro. Confío en vosotros dos.
Tan pronto la gema dejó de brillar, los felinos abandonaron el lugar, dirigiéndose al interior de las puertas para cumplir los deseos de su dueña.
—Ya están aquí —informó Jedena desde el centro de la formación—. Comandantes, gritad conmigo: ¡POR LA HUMANIDAD!
Aún con el grito emanando de sus gargantas, Yskar e Íkaro se adelantaron al resto, cabalgando a lomos de los enormes osos de pasos torpes y pesados.
El resto de los brevodianos, encaramados también a las espaldas de algún oso, corrieron tras ellos, gruñendo con ímpetu mientras se acercaban a la primera fila de Hiniur.
Los davenses se abrieron a los flancos de la formación, ocultándose entre la escasa maleza que crecía alrededor.
Una vez allí, Káman extrajo de entre sus mangas un pequeño vial que contenía un líquido tan negruzco como letal.
Con un rápido movimiento de sus dedos, destaponó el recipiente, vertiendo el líquido sobre la punta de sus flechas.
—Tan solo con unas gotas bastará —calculó, haciendo entrega del veneno a su hermana—. Según Ilma, es el más potente jamás fabricado.
Mientras los guardabosques realizaban los preparativos, los soldados de los escuadrones se lanzaron al campo de batalla, corriendo tras los brevodianos, adelantándose a los comandantes, que permanecieron atrás.
Shaila, junto a los Kyanos que la seguían, avanzaron tras los soldados hacia la marabunta de Hiniur.
Los comandantes miraron al frente, observando como sus compañeros se aproximaban cada vez más hacia las tropas enemigas.
—No dejéis a ninguno con vida.
Tras sus palabras, Jedena dejó fluir el haz de luz de su Bendición. La máscara lumínica envolvió su rostro, brillando con la intensidad propia de las estrellas. Sin límite. Sin contenciones.
Pasados unos segundos, el resto de los comandantes siguieron su ejemplo, liberando la luz de su Bendición todo lo que fueron capaces. El campo de batalla quedó envuelto por el resplandor que emanó de los doce líderes capitenses.
Doce luces que desafiaron la opacidad de la noche, iluminando como antorchas a sus compañeros desde la retaguardia.
Doce luces tan cegadoras que, por un momento, pareció amanecer.
Doce luces que se negaron a seguir el camino preestablecido y no aceptaron tal destino.